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El Pajaro Canta Hasta Morir (el Pajaro Espino)

Электронная книга - «El Pajaro Canta Hasta Morir (el Pajaro Espino)». Краткое содержание книги:

En la Australia casi salvaje de los primeros años delsiglo XX, se desarrolla una trama de pasión ytragedia que afecta a tres generaciones. Una historia de amor ¿la que viven Maggie y el sacerdote Ralph de Bricassart? que se convierte en renuncia, dolor y sufrimiento, y que marca el altoprecio de la ambición y de las convenciones sociales. Una novela que supuso un verdadero fenómeno y que ha alcanzado la categoría de los clásicos.
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Subió a cubierta y se encontró con una nueva Australia, diferente una vez más. En un cielo alto y claro, delicadamente descolorido, un resplandor blanco rosado surgió lentamente del borde oriental del océano, hasta que el sol se elevó sobre el horizonte y la luz perdió su color rojo, y se hizo de día. El barco se deslizaba silencioso sobre un agua incolora, tan transparente, mirada desde la borda, que uno podía ver a gran profundidad las grutas purpúreas y distinguir las formas de los peces que pasaban a gran velocidad. Más lejos, el mar era como un aguamarina de tono verdoso, salpicada de manchas de color de heces de vino en los sitios donde las algas o el coral cubrían el fondo, y, por todos lados, parecían surgir islas con palmeras en las playas de brillante y blanca arena, que se habría dicho que habían brotado espontáneamente como cristales de sílice: islas selváticas, montañosas o planas, islas frondosas a poca altura sobre el nivel del agua.

– Las planas son verdaderas islas de coral -explicó un tripulante-. Si tienen forma de anillo y hay una laguna en su centro, se llaman atolones, pero si no son más que un peñasco que sobresale del mar, se llaman cayos. Las islas mas altas son cimas de montañas, pero también están rodeadas de arrecifes de coral y tienen lagunas.

– ¿Dónde está Matlock Island? -preguntó Meggie.

El hombre la miró con curiosidad; una mujer sola, dirigiéndose a una isla como Matlock, frecuentada por parejas de recién casados, era en sí misma una contradicción.

– Ahora estamos navegando por el estrecho de Whitsunday; después, nos dirigiremos al lado del acantilado correspondiente al Pacífico. La costa oceánica de Matlock está batida por grandes olas que llegan después de recorrer cien millas de océano Pacífico, rugiendo como trenes expresos, hasta el punto de que uno no puede oír sus propios pensamientos. ¿Se imagina lo que es correr cien millas sobre la misma ola? -Suspiró reflexivamente-. Estaremos en Matlock antes de ponerse el sol, señora.

Y una hora antes de la puesta del sol, el barquito se abrió paso en la resaca, mientras la espuma de la rompiente se elevaba como un muro de niebla en el cielo de Oriente. Un muelle sobre delgados pilotes se adentraba media milla en el mar a través de un arrecife que quedaba al descubierto en marea baja, y, detrás de él, se veía una escabrosa línea costera que nada tenía que ver con la frondosidad tropical que esperaba Meggie. Un viejo que estaba esperando la ayudó a pasar del barco al muelle y tomó su equipaje de manos de un tripulante.

– ¿Cómo está usted, señora O'Neill? -saludó-. Me llamo Rob Walter. Espero que su marido pueda venir a fin de cuentas. En esta época del año, hay poca gente en Matlock; en realidad, es una estación de invierno.

Caminaron juntos sobre las inseguras tablas; el coral descubierto parecía fundirse bajo el sol agonizante, y el mar, terrible, reflejaba el esplendor tumultuoso de una espuma escarlata.

– La marea está baja; en otro caso, su viaje habría sido mucho peor. ¿Ve usted aquella bruma, en el Este? Es el borde de la Gran Barrera. Aquí, en Matlock, estamos prendidos a ella por las puntas de los dientes; se siente temblar continuamente la isla por los embates de allá fuera. -La ayudó a subir a un coche-. Éste es el lado de barlovento de Matlock; un poco salvaje y desagradable a la vista, ¿en? Pero espere a ver el lado de sotavento. ¡Ah! Es completamente distinto.

Avanzaron a la despreocupada velocidad propia del único coche de Matlock por una angosta carretera de crujientes huesos de coral, entre palmeras y espesos matorrales; a uno de los lados, se veía una alta moru taña, tal vez a unos seis kilómetros, cruzando la espina dorsal de la isla.

– ¡Oh! ¡Qué preciosidad! -exclamó Meggie.

Habían salido a otra carretera, que seguía la ondulada y arenosa playa del lado de la laguna, poco profunda y en forma de media luna. Más lejos, se veía más espuma blanca, en el lugar donde el océano rompía en encajes resplandecientes sobre los bordes del arrecife de la laguna; pero, dentro del abrazo del coral, el agua estaba serena y tranquila cómo un pulido espejo de plata teñido de bronce.

– La isla tiene unos siete kilómetros de anchura por doce de larga -le explicó su guía. Pasaron por delante de un sorprendente edificio blanco, provisto de una ancha terraza y de unas ventanas que parecían escaparates-. El almacén general -indicó, con orgullo de propietario-. Yo vivo allí con mi señora, y debo confesarle que a ella no le gustó mucho que llegase una mujer sola. Tiene miedo de que me deje seducir; así lo dijo. Menos mal que los de la oficina dijeron que quería usted una paz y una soledad absoluta, y mi señora se apaciguó un poco cuando le destiné la casita más alejada que tenemos. No hay un alma en su dirección; las únicas personas que tenemos ahora son una pareja que está en el otro lado. Puede pasear desnuda, sin temor a que la vea nadie. Y mi esposa no me perderá de vista, mientras esté usted aquí. Cuando necesite algo, llame por teléfono y yo le llevaré lo que sea. No hace falta que entre en la casa. Y, diga lo que diga mi esposa, iré a hacerle una visita cada día, al ponerse el sol, para asegurarme de que está perfectamente. Será mejor que se encuentre usted en casa y que vaya vestida como es debido…, para el caso de que a mi esposa se le ocurriese acompañarme.

La casita, de un solo piso y con tres habitaciones, tenía su propia playa particular/entre dos puntas del monte que se hundían en el agua; y allí terminaba la carretera. La isla producía su propia electricidad; por consiguiente, contaba con un pequeño frigorífico, luz eléctrica, el teléfono prometido e incluso un aparato de radio. El retrete disponía de agua corriente, y el baño, de agua dulce; «más comodidades modernas que Drogheda o Hirnmelhoch», pensó Meggie, divertida. Fácilmente se veía que la mayoría de los clientes procedían de Sydney o de Melbourne, y habían impuesto una civilización de la que no podían prescindir.

Una vez sola, cuando Rob se hubo marchado a toda prisa para volver junto a su celosa mujer, Meggie deshizo el equipaje e inspeccionó sus dominios. La gran cama de matrimonio era muchísimo más cómoda de lo que había sido su propio lecho nupcial. Pero esto era natural en un paraíso de luna de miel, donde lo único que exigirían los clientes sería una buena cama, mientras que los parroquianos del hotelucho de Dunny estaban generalmente demasiado borrachos para poner reparos a unos muelles capaces de her-niar al más pintado. Tanto el frigorífico como las alacenas estaban bien provistos de comida, y. sobre el mostrador, había una gran cesta de bananas, ñames, pinas y mangos. Nada impediría que comiese bien y durmiera bien.

Durante la primera semana, Meggie pareció no hacer nada más que comer y dormir; hasta ahora no se había dado cuenta de lo fatigada que estaba y de que el clima de Dungloe era lo que le quitaba el apetito. En aquella hermosa cama, se quedaba dormida en cuanto se tumbaba en ella, y dormía diez y doce horas seguidas, y la comida tenía un atractivo para ella que no había poseído desde los tiempos de Drogheda. Habríase dicho que no paraba de comer mientras estaba despierta, llevándose incluso mangos al agua. La verdad es que aquél era el lugar más cómodo para comer mangos, después de una bañera, pues sólo tenían zumo. Como su playita estaba dentro de la laguna, el mar era un espejo tranquilo, sin corrientes y muy poco profundo. Todo lo cual la complacía mucho, ya que jo sabía dar una brazada. Pero, en un agua tan salada que casi la sostenía, empezó a hacer algunas tentativas, y se entusiasmó cuando pudo flotar diez segundos seguidos. La sensación de librarse de la atracción de la tierra le hacía desear moverse con la facilidad de un pez.

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