El Pajaro Canta Hasta Morir (el Pajaro Espino)
- Автор: Маккалоу Колин
- Язык: испанский
- Жанр: Историческая проза
Электронная книга - «El Pajaro Canta Hasta Morir (el Pajaro Espino)». Краткое содержание книги:
Un día, cuando el sol se había hundido lo bastante para ensangrentar el mar y teñir de un vago amarillo la arena coralina, él se volvió a ella mientras yacían en la playa.
– Meggie, nunca he sido tan feliz, ni tan desgraciado.
– Lo sé, Ralph.
– Creo que lo sabes. ¿Te amo por esto? No te sales mucho de lo corriente, Meggie, y, sin embargo, no eres una mujer corriente, en absoluto. ¿Me di cuenta de esto hace años? Supongo que sí. ¡Mi pasión por los cabellos que pintaba Tiziano! Poco sabía adonde me llevaría. Te quiero, Meggie.
– ¿Te vas?
– Mañana. Debo hacerlo. Mi barco zarpa para Genova antes de una semana.
– ¿Genova?
– En realidad, voy a Roma. Para mucho tiempo, tal vez para el resto de mi vida. No lo sé.
– No te preocupes, Ralph; dejaré que te marches sin armar jaleo. También mi tiempo se está acabando. Voy a separarme de Luke; volveré a Drogheda.
– ¡Oh, querida! ¿Es a causa de esto, por culpa mía?
– No, claro que no -mintió ella-. Lo había decidido antes de que tú llegases. Luke no me quiere ni me necesita, no me echará de menos en absoluto. Pero yo necesito una casa, algo propio, y ahora creo que Drogheda será siempre este algo para mí. No es justo que la pobre Justine se críe en una casa de la que soy sirvienta, aunque sé que Anne y Luddie no me consideran como una criada. Pero yo sí que me considero como tal, y sé lo que Justine pensaría de mí cuando fuese lo bastante mayor para comprender que su hogar no era normal. En cierto modo, nunca lo tendrá; pero debo hacer todo lo que pueda por ella. Por eso volveré a Drogheda.
– Te escribiré, Meggie.
– No; no lo hagas. ¿Crees que necesito cartas, después de esto? No quiero que haya nada entre nosotros que pueda perjudicarte, que pueda caer en manos de personas poco escrupulosas. Por consiguiente, nada de cartas. Si volvieses alguna vez a.Australia, sería natural y normal que visitaras Drogheda, aunque te pido, Ralph, que lo pienses antes de hacerlo. Sólo hay dos lugares en el mundo donde me perteneces más que a Dios: éste, Matlock, y Drogheda.
Él la atrajo a sus brazos y la estrechó, acariciando sus cabellos.
– Meggie, quisiera con todo mi corazón poder casarme contigo, no volver a apartarme de ti. No quiero dejarte… Y, en cierto modo, siempre estaré unido a ti. Ojalá no hubiese venido a Matlock. Pero no podemos cambiar lo que somos, y tal vez sea mejor así. Ahora sé cosas acerca de mí mismo que nunca habría sabido ni considerado, si no hubiese venido. Es mejor enfrentarse con lo conocido que con lo ignorado. Te amo. Siempre te he amado y siempre te amaré. Recuérdalo.
El día siguiente, Rob apareció por primera vez desde que había acompañado a Ralph, y esperó pacientemente a que se despidiesen. Por lo visto, no eran recién casados, porque él había llegado después de ella y se marchaba antes. Tampoco era una pareja irregular. Estaban casados; lo llevaban escrito en la cara. Pero se querían mucho; esto era indudable. Como él y su esposa; la diferencia de edad era garantía de matrimonio feliz.
– Adiós, Meggie.
– Adiós, Ralph. Cuídate mucho.
– Lo haré. Haz tú lo mismo.
El se inclinó para darle un beso; a pesar de su resolución, ella le abrazó con fuerza, pero, cuando él le desprendió las manos de su cuello, las cruzó detrás de la espalda y las mantuvo allí.
Él subió al coche y se sentó, mientras Rob maniobraba; después, miró fijamente a través del parabrisas, sin volver ni una sola vez la cabeza atrás. «Era raro que un hombre hiciese esto», pensó Rob, que nunca había oído hablar de Orfeo. Cruzaron en silencio los bosques lluviosos y al fin llegaron al mar y al largo muelle. Mientras se estrechaban la mano, Rob le miró a la cara, extrañado. Nunca había visto unos ojos tan humanos… o tan tristes. La altivez se había borrado para siempre de la mirada del arzobispo Ralph.
Cuando Meggie volvió a Himmelhoch, Anne supo en seguida que la perdería. Sí; era la misma Meggie…, pero algo más. Por muchas cosas que se hubiese prometido el arzobispo Ralph antes de ir a Matlock, una vez allí, Meggie se había salido al fin con la suya. Ya era hora.
Meggie tomó a Justine en brazos, como si sólo ahora comprendiese lo que significaba tenerla, y meció a la criaturita, mientras miraba sonriendo a su alrededor. Su mirada tropezó con la de Anne, tan viva, tan emocionada, y Anne sintió que sus ojos se llenaban de lágrimas de alegría.
– Nunca te lo agradeceré bastante, Anne.
– ¡Bah! ¿A qué te refieres?
– A enviar a Ralph. Debiste saber que esto significaría mi separación de Luke, por lo que mi agradecimiento es aún mayor. ¡Oh! ¡No sabes el bien que me hiciste! Yo había resuelto quedarme con Luke, ¿sabes? Ahora volveré a Drogheda y me quedaré allí para siempre.
– Siento que te marches y, en especial, que te lleves a Justine, pero me alegro por las dos, Meggie. Luke no te daría más que disgustos.
– ¿Sabes dónde está?
– Ha vuelto de la CSR. Está cortando caña cerca de Ingham.
– Tendré que ir a verle para decírselo. Y, por mucho que aborrezca la idea, para dormir con él.
– ¿Qué?
Los ojos de Meggie brillaron.
– Llevo dos semanas de retraso en el período, y nunca me retraso un solo día. La única vez que me ocurrió esto, fue cuando concebí a Justine. Estoy embarazada, Anne, sé que lo estoy!
– ¡Dios mío! -Anne se quedó mirando boquiabierta a Meggie, como si no la conociese, y tal vez era así. Se humedeció los labios y balbució-: Puede ser una falsa alarma.
Pero Meggie sacudió rotundamente la cabeza.
– ¡Oh, no! Estoy embarazada. Hay cosas en las que una no se engaña nunca.
– ¡Menudo lío, si lo estás! -murmuró Anne.
– ¡Oh, Anne! ¿No lo comprendes? ¿No ves lo que esto significa? Nunca podré tener a Ralph, siempre supe que no podía ser mío. Y, sin embargo, lo ha sido, ¡lo ha sido! -Rió, estrechando a Justine con tanta fuerza que Anne temió que la niña empezara a chillar; pero, cosa extraña, no lo hizo-. Tuve la parte de Ralph que nunca podrá tener la Iglesia, la parte de él que se conserva de generación en generación. Él seguirá viviendo a través de mí, ¡porque sé que será un varón! Y este hijo tendrá hijos, v éstos tendrán hijos… Quiero a Ralph desde que yo tenía diez años, y creo que seguiré amándole hasta el fin, aunque viva cien años. Pero él no es mío, mientras que su hijo lo será. Mío, Anne, ¡mió!
– ¡Oh, Meggie! -dijo Anne, desalentada.
La pasión y el entusiasmo se fueron apagando en los ojos de Meggie, y volvió a ser la Meggie de siempre, dulce y tranquila, pero con una fibra de hierro, que era la capacidad de aguantar mucho. Pero, ahora, Anne se puso en guardia, preguntándose qué había hecho al enviar a Ralph a Matlock Island. ¿Era posible que alguien cambiase tanto? Anne no lo creía. Tenía que haber algo en Meggie que había estado siempre allí, tan disimulado que su presencia no podía sospecharse.
Había más que una fibra de hierro en Meggie; ésta era puro acero.
– Meggie, si me aprecias un poco, ¿recordarás lo que voy a decirte?