El Pajaro Canta Hasta Morir (el Pajaro Espino)
- Автор: Маккалоу Колин
- Язык: испанский
- Жанр: Историческая проза
Электронная книга - «El Pajaro Canta Hasta Morir (el Pajaro Espino)». Краткое содержание книги:
Y así, si echaba de menos una compañía, era solamente porque le habría gustado que alguien la enseñara a nadar. Aparte de esto, era maravilloso campar por sus respetos. ¡Cuánta razón había tenido Anne! Toda su vida había estado con otra gente en casa. No tener a nadie era un alivio, una paz completa. No se sentía sola; no añoraba a Anne, ni a Luddie, ni a Justine, ni a Luke, y, por primera vez desde hacía tres años, no añoraba Drogheda. El viejo Rob no turbaba nunca su soledad; cada día, al ponerse el sol, se detenía en la carretera a distancia suficiente para ver que el saludo de ella desde la galería no era una señal de alarma, y entonces, daba media vuelta en su coche y se alejaba de nuevo, para no incurrir en las iras de su señora, que era sorprendentemente linda. Un día le telefoneó para decirle que llevaría a la pareja de residentes a dar un paseo en un bote con el fondo de cristal, y le preguntó si quería acompañarles.
Aquello fue como si le diesen una entrada para un planeta completamente nuevo. Al mirar a través del cristal, veía un mundo prolífico y exquisitamente frágil, donde formas delicadas eran sostenidas e impulsadas por la cariñosa intimidad del agua. Descubrió que los corales vivos no tenían los colores chillones de los expuestos en la vitrina de souvenirs del almacén. Eran de un rosa pálido o de un azul grisáceo, y alrededor de cada nudo y de cada rama, oscilaba un maravilloso arco iris, como una aureola. Grandes anémonas de un palmo y medio de anchura agitaban flecos de tentáculos azules o rojos o anaranjados o purpúreos; blancas almejas estriadas, grandes como piedras, invitaban a los incautos exploradores a echar un vistazo a su interior, con el señuelo de algo inquieto y de vivos colores entre unos labios plumosos; rojos abanicos de blonda se movían al impulso de vientos acuáticos; algas como cintas verdes y brillantes bailaban flojamente, dejándose arrastrar por el agua. Ninguno de los cuatro que iban en el bote se habría sorprendido si hubiese visto una sirena, de pecho liso y pulido, cola oscilante y ensortijados cabellos como nubes flotantes, y la boca sonriente y cantarína que atraía antaño a los marineros. Pero, ¿y los peces? Como joyas vivas, surcaban a miles el agua, redondos como farolillos chinos o finos como balas, ataviados de colores brillantes de vida, con esa calidad luminosa que sólo el agua confiere; algunos, de fuego con escamas de oro y le plata; otros, de un azul frío y metálico; otros, como sacos flotantes y de colores más chillones que los loros. Había belonas de morro afilado como una aguja, peces de cabeza grande y nariz aplastada, barracudas de largos colmillos, un ser cavernoso y de hinchada vejiga medio oculto en una gruta, y, en una ocasión, un esbelto tiburón gris que pareció tardar una eternidad en pasar silenciosamente por debajo de ellos.
– Pero no tema -dijo Rob-. Las verdaderas fieras marinas no bajan tan al sur; si algo es capaz de matarla aquí, son más bien los escorpiones. No ande nunca descalza sobre el coral.
Sí; Meggie se alegró de haber ido. Pero no deseaba volver, ni entablar amistad con la pareja que había traído Rob. Prefería sumergirse en el mar, pasear y tumbarse al sol. Aunque parezca extraño, ni siquiera echaba en falta los libros para leer, pues siempre había algo interesante que observar.
Había seguido el consejo de Rob y dejado de llevar ropa. Al principio, se comportaba como un conejo que captase en el viento el olor de un perro, y corría a esconderse cuando crujía una rama y caía un coco al suelo con estruendo. Pero, al cabo de unos días de evidente soledad, empezó a creer que nadie se acercaría a ella, que, como había dicho Rob, aquello era un dominio absolutamente privado. Sobraba la timidez. Y, caminando por los senderos, yaciendo en la arena, chapoteando en la tibia agua salada, empezó a sentirse como el animal nacido y criado en una jaula que, de pronto, se encuentra en un mundo libre, soleado, espacioso y amable.
Lejos de Fee, de sus hermanos, de Luke, del inconsciente e implacable dominio de toda su vida, Meggie descubrió el ocio puro; todo un calidoscopio de formas de pensamiento tejían y destejían nuevos dibujos en su mente. Por primera vez en su vida, su ser consciente no permanecía absorto en concepto de trabajo, de la clase que fuesen. Se daba cuenta, con sorpresa, de que el continuo ejercicio físico es la barrera más eficaz que puede levantar el ser humano contra la actividad totalmente mental.
Hacía años, el padre Ralph le había preguntado en qué pensaba, y ella le había respondido: en papá y mamá, en Bob, Jack, Hughie y Stu, en los chicos pequeños y en Frank, en Drogheda, en la casa, en el trabajo, en la lluvia. No había dicho en él, aunque ocupaba el primer lugar de la lista, como siempre. Ahora debía añadir Justine, Luke, Luddie y Anne, la caña de azúcar, la añoranza del hogar, y más lluvia. Y siempre, desde luego, el saludable alivio que encontraba en los libros. Pero todo había llegado y pasado en una maraña tan enredada e inconexa, que no había tenido oportunidad ni instrucción suficiente para sentarse tranquilamente y pensar sobre quién era en realidad Meggie Cleary, Meggie O'Neill. ¿Qué quería? ¿Cuál creía que era su objetivo enaste mundo? Lamentaba su falta de instrucción, pues ésta era una omisión de las que no se rectificaban con el tiempo. Sin embargo, aquí gozaba de tiempo, paz, ociosidad y bienestar físico; podía tumbarse en la arena e intentarlo.
Bueno, estaba Ralph. Una risa sarcástica y desesperada. Mala cosa para empezar, pero, en cierto sentido, Ralph era como Dios: principio y fin de todas las cosas. Desde el día en que él se había arrodillado en el polvo del patio de la estación de Gilly, para tomarla entre sus manos, Ralph había estado presente, y, aunque nunca volviese a verle en su vida, lo más probable era que su último pensamiento, en este lado de la tumba, sería para él. Era terrible que una persona pudiese significar tanto, tantas cosas.
¿Qué le había dicho a Anne? Que sus deseos y necesidades eran completamente normales: un marido, hijos, una casa propia. Alguien a quien amar. No era mucho pedir; al fin y al cabo, la mayoría de las mujeres lo tenían. Pero, ¿cuántas mujeres que tenían esto estaban realmente satisfechas? Meggie pensaba que ella lo estaría, porque, para ella, era muy costoso de obtener.
Resígnate, Meggie Cleary, Meggie O'Neill. Ese alguien al que necesitas es Ralph de Bricassart, y no puedes tenerlo. Sin embargo, como hombre, parece haberte arruinado para cualquier otro. Está bien. Supongamos que no puedes amar a ningún hombre. Puedes tener hijos a quienes amar, y recibir amor de estos hijos. Lo cual significa Luke, y los hijos de Luke.
¡Oh, Dios mío, Dios mío! ¡No Dios mío! ¿Qué ha hecho Dios por mí, salvo privarme de Ralph? Dios y yo no nos llevamos bien. ¿Y sabes una cosa, oh Dios? Ya no te temo como antes. ¡Cuánto temía Tu castigo! Toda mi vida anduve por el camino angosto, porque te temía. ¿Y qué he conseguido? Ni una pizca más que si hubiese quebrantado todas las normas de Tu libro. Nos tratas como a chiquillos, con amenazas. Por esto no debería odiar a Ralph. ¡Pobre Ralph! Él también Te teme, siempre Te ha temido. No comprendo cómo puede amarte.
Sin embargo, ¿cómo puedo yo dejar de querer a un hombre que ama a Dios? Por mucho que me esfuerce, no puedo lograrlo. Él es la luna, v no puedo alcanzarla. Entonces, no llores más por ella, Meggie O'Neill; eso es todo. Tendrás que contentarte con Luke v con los hijos de Luke. Tienes que valerte de todas las artimañas para arrancar a Luke de la maldita caña de azúcar, y vivir con él donde ni siquiera hay árboles. Le dirás al director del Banco de Gilly que ponga tus futuros ingresos a tu propio nombre, y los emplearás para tener, en tu casa sin árboles, unas comodidades que Luke no pensaría nunca en darte. Y también para educar como es debido a los hijos de Luke y para asegurarte de que nunca carecerán de nada.
Y no hay más que decir, Meggie O'Neill. Soy Meggie O'Neill, no Meggie de Bricassart. Meggie de Bri-cassart suena incluso tontamente. Tendría que ser Meghann de Bricassart, y nunca me ha gustado el nombre de Meghann. ¡Oh! ¿Dejaré algún día de lamentar que mis hijos no sean de Ralph? Ésta es la cuestión, ¿verdad? Pues bien, repite una y otra vez: Tu vida es sólo tuya, Meggie O'Neill, y no vas a echarla a perder soñando con un hombre y con unos hijos que no podrás tener jamás.