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El Pajaro Canta Hasta Morir (el Pajaro Espino)

Электронная книга - «El Pajaro Canta Hasta Morir (el Pajaro Espino)». Краткое содержание книги:

En la Australia casi salvaje de los primeros años delsiglo XX, se desarrolla una trama de pasión ytragedia que afecta a tres generaciones. Una historia de amor ¿la que viven Maggie y el sacerdote Ralph de Bricassart? que se convierte en renuncia, dolor y sufrimiento, y que marca el altoprecio de la ambición y de las convenciones sociales. Una novela que supuso un verdadero fenómeno y que ha alcanzado la categoría de los clásicos.
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«¿Qué era el sueño? -se preguntó Meggie-. ¿Una bendición,, una tregua de la vida, un eco de la muerte, un mal necesario?» Fuera lo que fuese, Ralph había cedido a él, y yacía con un brazo sobre ella y la cabeza junto a su hombro, posesivo incluso cuando dormía. Ella también estaba cansada, pero se negaba a dormir. Tenía la impresión de que, si se soltaba de su abrazo antes de dormirse, él no estaría ya allí cuando despertara de nuevo. Ya dormiría más tarde, cuando él se hubiese despertado y hubieran brotado las primeras palabras de su boca reservada y soberbia. ¿Qué le diría? ¿Lamentaría lo que había pasado? ¿Habría compensado ella su renunciación? Él había luchado muchos años contra esto, y había hecho que ella luchase con él contra lo mismo; apenas podía creer que él se hubiese rendido al fin, pero había dicho cosas en la noche y en las brumas de su dolor que borraban su prolongada negación de ella.

Se sentía sumamente feliz, más de lo que recordaba haber sido nunca. Desde el momento en que él la había hecho volver de la puerta, había sido un poema de carne, un poema de brazos y manos y piel y placer exquisito. Fui hecha para él y sólo para él… ¡Por eso sentía tan poco con Luke! Llevada más allá de los límites de resistencia por la oleada surgida en su interior, sólo podía pensar que el hecho de darle a él cuanto pudiese era para ella más necesario que su propia vida. Él no debía lamentarlo nunca, nunca. ¡Oh, su dolor! Hubo momentos en que ella lo sintió como si fuese propio. Y esto contribuía a su felicidad; había algo de justicia en su dolor.

El estaba despierto. Ella le miró a los ojos y vio en su profundidad azul el mismo amor que la había arrebatado, que había fijado su objetivo desde la infancia; y, junto a esto, una grande y disimulada fatiga. No un cansancio del cuerpo, sino un cansancio del alma.

Él estaba pensando que en su vida se había despertado en la cama con otra persona; era, en cierto modo, algo más íntimo que el acto sexual que lo había precedido, una indicación deliberada de lazos emocionales, una adhesión a ella. Ligero y vacío como el aire tan naturalmente lleno del olor del mar y de la vegetación empapada de sol, anduvo un rato a la deriva en alas de una clase diferente de libertad: el alivio de desobedecer su propia orden, de luchar contra ella, la paz de perder una larga e increíblemente sangrienta guerra y de descubrir que la rendición era mucho más dulce que el combate. ¡Ah, pero luché bravamente contra ti, mi Meggie! Sin embargo, al final, no debo pegar tus fragmentos, sino mi propio cuerpo descuartizado.

Entraste en mi vida para demostrarme lo falso, lo presuntuoso que es el orgullo de un sacerdote de mi clase; como Lucifer, aspiré a lo que sólo es de Dios, y como Lucifer, caí. Fui casto, obediente, incluso pobre, antes de Mary Carson. Pero, hasta esta mañana, nunca había conocido la humildad. ¡Señor! Si ella no significase nada para mí, sería más fácil de soportar, pero a veces creo que la amo mucho más que a Ti, y esto también es parte de Tu castigo. No dudo de ella. ¿Y de Ti? Una ilusión, un fantasma, un juego. ¿Cómo puedo amar un juego? Y, sin embargo, lo amo.

– Si pudiese reunir mis energías, creo que iría a tornar un baño y prepararía después el desayuno -dijo, por romper el silencio, y sintió la sonrisa de ella sobre su pecho.

– Ve a tomar un baño, y yo haré el desayuno. Y no hace falta que te vistas. No viene nadie por aquí.

– ¡Un verdadero paraíso! -Sacó las piernas de la cama, se sentó y se estiró-. Hace una mañana espléndida. Me pregunto si será un presagio.

Ya sintió el dolor de la separación, en el momento de saltar él de la cama; le observó mientras se dirigía a la puerta corredera que daba a la playa, la cruzaba y se detenía. Él se volvió y le tendió una mano.

– ¿Vienes conmigo? Después prepararemos juntos el desayuno.

La marea estaba alta, cubriendo el arrecife; el sol tempranero calentaba, pero era fresco el viento inquieto del verano; toscas hierbas estiraban sus tentáculos sobre una arena desmigajada que no parecía arena, entre la que se deslizaban cangrejos e insectos en busca del yantar cotidiano.

– Siento como si no hubiese visto el mundo hasta ahora -dijo él, mirándola fijamente.

Meggie le asió la mano; se sentía extraña, y esta mañana de sol le parecía más incomprensible que la fantástica realidad de la noche. Le miró, con expresión doliente. El tiempo se había detenido; el mundo era distinto.

Por consiguiente, dijo:

– No este mundo. ¿Cómo podías verlo? Éste es nuestro mundo, mientras dure.

Mientras desayunaban, él le preguntó:

– ¿Cómo es Luke?

Ella ladeó la cabeza, reflexionando.

– Físicamente, no se parece tanto a ti como yo me había imaginado, porque, en aquellos tiempos, te echaba más en falta y no me había acostumbrado a vivir lejos de ti. Creo que me casé con él porque me recordaba a ti. De todos modos, había resuelto casarme, y él estaba muy por encima de todos los demás. No me refiero a su valía, ni a su amabilidad, ni a ninguna de las cosas que se presumen deseables en un marido. Era algo que no puedo definir exactamente. Salvo, quizá, que es como tú. Y tampoco necesita a las mujeres.

Él torció el gesto.

– ¿Es así como me ves, Meggie?

– ¿Sinceramente? Creo que sí. Nunca sabré por qué, pero esto es lo que pienso. Algo, en ti y en Luke, os hace pensar que necesitar a una mujer es signo de debilidad. No me refiero a dormir con ella, sino a necesitarla, a necesitarla de verdad.

– Y, aceptando esto, ¿todavía nos quieres?

Ella se encogió de hombros y sonrió, con un matiz de compasión.

– ¡Oh, Ralph! Yo no digo que eso no sea importante, y ciertamente me causó mucha aflicción, pero así son las cosas. Sería una tonta si me matase para eliminarlo, Cuando no se puede eliminar. Lo mejor que puedo hacer es explotar la debilidad, no ignorar su existencia. Porque yo también quiero y necesito. Y, por lo visto, quiero y necesito a gente como tú y Luke, o no me habría arruinado por Tos dos tal como he hecho. Me habría casado con un hombre bueno, amable y sencillo como mi padre, con alguien que me quisiera y que me necesitara. Creo que todo hombre tiene algo de Sansón. Pero, en hombres como tú y Luke, esta cualidad es más pronunciada.

El no pareció ofendido; sonreía.

– ¡Mi sabia Meggie!

– Esto no es sabiduría, Ralph. Sólo sentido común. No tengo nada de inteligente, lo sabes muy bien. Pero mira a mis hermanos. Dudo de que los mayores lleguen a casarse, o incluso que tengan alguna amigui-ta. Son sumamente tímidos, les espanta el poder que una mujer podría tener sobre ellos, y se refugian entre las faldas de mamá.

Se sucedieron los días y las noches. Incluso la fuerte lluvia era hermosa, para andar debajo de ella y oírla repiquetear sobre el tejado metálico, tan cálida y acariciadora como el sol. Y, cuando salía éste, paseaban también, se tendían en la playa, nadaban, porque él la estaba enseñando a nadar.

A veces, cuando él no sabía que era observado, Meggie le miraba y trataba desesperadamente de imprimir su cara en el centro de su mente, recordando que, a pesar de lo mucho que había querido a Frank, la imagen de éste se había vuelto borrosa con el paso de los años. Estaban los ojos, la nariz, la boca, la asombrosa plata de las sienes destacando de ¡os cabellos negros, y el cuerpo largo y duro que había conservado ja esbeltez y la tensión de la juventud, pero que, sin embargo, había perdido un poco de elasticidad. Él se volvía y la sorprendía observándole, y le respondía con una mirada de dolor pasmado, una mirada agorera. Ella comprendía el mensaje implícito, o creía comprenderlo: él tenía que marcharse, volver a la Iglesia y a sus deberes. Tal vez nunca con el mismo espíritu, pero quizá más apto para el servicio. Pues sólo los que han resbalado y caído conocen las vicisitudes del camino.

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