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El Pajaro Canta Hasta Morir (el Pajaro Espino)

Электронная книга - «El Pajaro Canta Hasta Morir (el Pajaro Espino)». Краткое содержание книги:

En la Australia casi salvaje de los primeros años delsiglo XX, se desarrolla una trama de pasión ytragedia que afecta a tres generaciones. Una historia de amor ¿la que viven Maggie y el sacerdote Ralph de Bricassart? que se convierte en renuncia, dolor y sufrimiento, y que marca el altoprecio de la ambición y de las convenciones sociales. Una novela que supuso un verdadero fenómeno y que ha alcanzado la categoría de los clásicos.
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– ¡Tonterías! Si Luke te hubiese dejado con gente antipática, habrías regresado a Drogheda y, ¿quién sabe? Tal vez esto hubiese sido lo mejor.

– No. Esta experiencia con Luke no fue nada agradable, pero hice bien en quedarme y salirme con la mía.

La lluvia avanzaba sobre el cada vez más oscuro cañaveral, borrándolo todo detrás de su filo, como un hacha gris.

– Tienes razón; no estoy bien -dijo Meggie-. No he estado bien desde que me quedé embarazada. He tratado de sobreponerme, pero creo que se llega a un punto en que no hay energía para hacerlo. ¡Oh., Anne! ¡Estoy tan cansada, tan desanimada! Ni siquiera soy una buena madre para Justine, y debería serlo. Fui yo quien hice que viniera al mundo; ella no lo pidió. Pero, sobre todo, estoy desanimada porque Luke no me da una sola oportunidad de hacerle feliz. No quiere vivir conmigo, ni me deja construir un hogar para él; no quería que tuviésemos hijos. Yo no le amo…, nunca le amé como debe amar una mujer al hombre con quien se casa, y quizás él se dio cuenta. Tal vez si yo le hubiese amado, se habría portado de un modo diferente. ¿Cómo puedo culparle? Creo que toda la culpa es mía.

– Quieres al arzobispo, ¿no?

– Sí, ¡desde que era pequeña! Cuando vino a visitarme, fui muy dura con él. ¡Pobre Ralph! No tenía derecho a decirle lo que le dije, porque él nunca me animó a quererle, ¿sabes? Confío en que haya comprendido que yo sufría, estaba agotada y me sentía terriblemente desgraciada. Yo sólo podía pensar que lo justo habría sido que la criatura fuese suya, y que no podía ser, nunca podría ser. ¡No es justo! Los sacerdotes protestantes pueden casarse, ¿por qué no pueden hacerlo los católicos? Y no me diga que los pastores cuidan menos de su rebaño que los curas, porque no la creeré. He conocido curas malos y pastores maravillosos. Pero, por culpa del celibato de los curas, tuve que renunciar a Ralph, construir mi familia y mi vida con otro hombre, tener mi hija con otro hombre. Y, ¿sabes una cosa, Anne? Eso es un pecado tan grave como si Ralph hubiese roto sus votos, o quizá peor. ¡No puedo creer a la Iglesia, cuando dice que mi amor por Ralph es pecado!

– Márchate una temporada, Meggie. Descansa, come y duerme y deja de inquietarte. Tal vez, cuando vuelvas, podrás persuadir de algún modo a Luke para que compre la finca, en vez de hablar tanto de ella. Sé que no le quieres, pero creo que, si él te diese una pequeña oportunidad, todavía podrías ser feliz con él.

Los ojos grises tenían el mismo color de la lluvia que caía a ráfagas alrededor de la casa; sus voces se habían elevado hasta convertirse en gritos, para hacerse oír sobre el increíble ruido del tejado metálico.

– ¡Pero es precisamente eso, Anne! Cuando Luke y yo fuimos a Atherton, comprendí al fin que él nunca dejará la caña de azúcar mientras tenga fuerzas para cortarla. Le gusta esa vida, le gusta de veras. Le agrada estar con hombres tan fuertes y tan independientes como él mismo; le gusta vagar de un sitio a otro. Pensándolo bien, siempre fue un vagabundo. En cuanto a necesitar una mujer, aunque solo sea para divertirse, está demasiado agotado por la caña. ¿Y qué puedo hacer yo? Luke es de esos hombres a quienes les importa un bledo comer la comida fría y dormir en el suelo. ¿No lo comprendes? Yo no puedo atraerle con cosas buenas y agradables, porque no le importan. Incluso creo que desprecia las cosas buenas, las cosas bonitas. Son blandas, y podrían ablandarle. Carezco de seducciones lo bastante poderosas para arrancarle de su actual estilo de vida.

Miró con impaciencia el tejado de la galería, como cansada de gritar.

– No sé si tendré fuerzas para soportar la soledad de una vida sin hogar durante los próximos diez o quince años, Anne, ni cuánto tiempo tardará Luke en agotarse. Estoy muy bien con vosotros; no creas que soy una desagradecida. ¡Pero quiero un hogart Quiero que Justine tenga hermanos y hermanas, deseo quitar el polvo a mis muebles, quiero hacer cortinas para mis ventanas, cocinar en mi fogón para mi hombre. ¡Oh, Anne! Yo soy una mujer vulgar; no soy ambiciosa ni inteligente, ni culta, ya lo sabes. Lo único que anhelo es un marido, hijos, y una casa que sea mía. ¡Y un poco de amor de alguien!

Anne sacó su pañuelo, se enjugó los ojos y trató de reír.

– ¡Qué par de lloronas somos! Pero te comprendo, Meggie, de verdad que sí. Yo llevo diez años casada con Luddie, los únicos años verdaderamente felices de mi vida. Sufrí parálisis infantil cuando tenía cinco, y me quedé así. Estaba convencida de que ningún hombre me miraría nunca. Y sabe Dios que era así. Cuando conocí a Luddie, tenía treinta años y me ganaba la vida enseñando. Él tenía diez años menos que yo, y por eso no lo tomé en serio cuando me dijo que me amaba y que quería casarse conmigo. ¡Es terrible arruinar la vida de un hombre joven, Meggie! Durante cinco años, le traté lo peor que puedas imaginarte, pero él volvía siempre. Al fin, me casé con él, y he sido feliz. Luddie dice que él también lo es, aunque no estoy segura. Ha tenido que renunciar a muchas cosas, incluso a tener hijos, y ahora parece más viejo que yo, el pobrecillo.

– Es por esta vida, Anne, y por el clima.

La lluvia cesó tan de repente como había empezado; salió el sol, el arco iris desplegó toda su gloria sobre el cielo vaporoso, y el monte Bartle Frere asomó, morado, entre las nubes que corrían por el firmamento.

Meggie volvió a hablar.

– Iré. Os agradezco mucho que hayáis pensado en esto; probablemente es lo que necesito. Pero, ¿estás segura de que Justine no será un engorro demasiado grande?

– ¡No, por Dios! Luddie lo ha previsto todo. Anna María, que trabajó para mí antes de venir tú, tiene una hermana menor, Annunziata, que quiere trabajar de enfermera en Townsville. Pero no cumple los dieciséis años hasta marzo, y termina sus estudios dentro de unos días. Por consiguiente, vendrá aquí mientras estés fuera. Y es buena cuidadora de niños. Hay hordas de niños en el clan Tesoriero.

– ¿Dónde está Matlock Island?

– Muy cerca del estrecho de Whitsunday, en la Gran Barrera. Es un lugar muy tranquilo, supongo que frecuentado sobre todo por recién casados en luna de miel. Ya sabes: casitas aisladas, en vez de un gran hotel central. No tendrás que vestirte para cenar en un comedor lleno de gente, ni hacer cumplidos a una serie de personas con las que preferirías no tener que hablar. Y, en esta época del año, está casi desierto, debido al peligro de los ciclones de verano. La estación húmeda no es problema, pero nadie parece querer ir allí en verano. Probablemente porque la mayoría de los que van allí proceden de Sydney o de Melbourne, y el verano es bastante bueno en sus ciudades y no necesitan salir de ellas. En junio, julio y agosto, todas las plazas están reservadas con tres años de anticipación para los meridionales.

13

El último día de 1937, Meggie tomó el tren para Tonwsville. Aunque sus vacaciones no hacían más que empezar, se sentía ya mucho mejor, pues había dejado atrás el olor a melaza de Dunny. Tonwsville, la población más grande de North Queensland, era una floreciente ciudad de varios miles de habitantes que vivían en casas de madera sobre pilares. Como el barco enlazaba con el tren con tiempo muy justo, Meggie no tuvo ocasión de visitarla; pero, en cierto modo, no lamentaba tener que ir corriendo al puerto, pues así no tenía oportunidad para pensar; después de aquella horrible travesía del mar de Tasmania, dieciséis años atrás, no eran muy halagüeñas las treinta y seis horas de viaje que la esperaban en un barco mucho más pequeño que el Wahine.

Pero ahora fue muy diferente; el barco se deslizaba susurrante en un mar como un espejo, y ella tenía veintiséis años en vez de diez. El aire estaba en calma entre dos ciclones, y el mar parecía fatigado, aunque sólo era mediodía, Meggie se acostó y durmió sin pesadillas hasta que el camarero la despertó a las seis de la mañana, trayéndole una taza de té y una fuente de bizcochos dulces.

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