El Pajaro Canta Hasta Morir (el Pajaro Espino)
- Автор: Маккалоу Колин
- Язык: испанский
- Жанр: Историческая проза
Электронная книга - «El Pajaro Canta Hasta Morir (el Pajaro Espino)». Краткое содержание книги:
¡Ya está! ¡Esto es lo que debes decirte! Es inútil pensar en lo que ha pasado, en lo que debe ser enterrado. Lo que importa es el futuro y el futuro pertenece a Luke, a los hijos de Luke. No pertenece a Ralph de Bricassart. Éste es el pasado.
Meggie se volvió sobre la arena y lloró como no lo había hecho desde que tenía tres años: gemidos ruidosos, y sólo los cangrejos y los pájaros como testigos de su desolación.
Anne Mueller había elegido deliberadamente Mat-lock Island, con la intención de enviar allí a Luke lo antes posible. En cuanto Meggie hubo emprendido su viaje, envió un telegrama a Luke, diciéndole que Meggie le necesitaba urgentemente y que hiciese el favor de venir. Por su carácter, era enemiga de entremeterse en las vidas ajenas, pero quería a Meggie y se compadecía de ella, y adoraba a aquel difícil y caprichoso renacuajo parido por Meggie y engendrado por Luke. Justine debía tener un hogar y tener sus dos padres. Anne lametaría verla marchar, pero esto era mejor que la situación actual.
Luke llegó dos días después. Se dirigía a la CSR de Sydney y, por consiguiente, no perdió mucho tiem-do al desviarse de su ruta. Ya era hora de que viese a su hija; si hubiera sido un chico, habría venido en el momento de nacer éste, pero la noticia de que había sido niña le había contrariado terriblemente. Si Meggie se empeñaba en tener hijos, al menos éstos debían ser capaces de dirigir un día la hacienda de Kynuna. Las chicas no servían para nada; se comían vivo al hombre y su casa y, cuando eran mayores, se marchaban a trabajar para otros, en vez de quedarse como los chicos a ayudar a su viejo padre en sus últimos años.
– ¿Cómo está Meg? -preguntó, mientras subía a la galería principal-. Confío en que no estará enferma.
– Confía, ¿eh? No, no está enferma. Ya le contaré. Pero primero entre a ver a su preciosa hija.
Él miró fijamente a la pequeña, «divertido e interesado, pero no emocionalmente conmovido», pensó Anne.
– Tiene los ojos más raros que jamás he visto -comentó-. Me pregunto a quién habrá salido.
– Meggie dice que no sabe que los haya habido iguales en su familia.
– Ni en la mía. Tal vez un caso curioso de atavismo. No parece muy contenta, ¿verdad?
– ¿Cómo podría estarlo? -saltó Anne, dejándose llevar por su genio-. Todavía no había visto a su padre, no tiene un verdadero hogar, y no es probable oue lo tenga hasta que sea mayor, si sigue usted como hasta ahora.
– ¡Estoy ahorrando, Anne! -protestó él.
– ¡Tonterías! Yo sé el dinero que tiene, unos amigos míos de Charters Towers me mandan el periódico local de vez en cuando, y he visto anuncios de fincas en venta en el Oeste, mucho más cerca que Kynuna y mucho más fértiles. ¡Estamos en plena depresión, Luke! Se puede comprar una finca magnífica por mucho menos dinero del que tiene usted en el Banco, y usted lo sabe.
– ¡Precisamenie es ésta la cuestión! Hay gran depresión, y, al oeste de la cordillera, reina una terrible sequía que se extiende desde Junee hasta el Isa. Éste es el segundo año sin llover, sin caer una sola gota. Apuesto a que ahora lo están pasando mal en Drogheda. ¿Cómo será en Winton y en Blackall? No; creo que tengo que esperar.
– ¿Esperar á que suba el precio de la tierra, cuando llegue una buena estación lluviosa? ¡Vamos, Luke! ¡Ahora es el momento de comprar! Con las dos mil libras anuales de Meggie, ¡pueden aguantar diez años de sequía! Basta con no poner ganado en k. finca, de momento; vivir con las dos mil libras de renta de Meggie hasta que vengan las lluvias, y comprar entonces el ganado.
– Todavía no estoy dispuesto a dejar la caña de azúcar -insistió tercamente Luke, sin dejar de mirar los extraños ojos de su hija.
– Por fin salió a relucir la verdad, ¿eh? ¿Por qué no lo confiesa, Luke? Usted no quiere hacer vida de casado; prefiere vivir como lo está haciendo ahora, duramente, entre hombres, echando los bofes, como la mitad de los varones australianos que conozco desde siempre. ¿Qué tendrá este maldito país, que los hombres prefieren estar con otros hombres a vivir en su casa con la mujer y los hijos? Si lo que realmente les gusta es la vida de soltero, ¿por qué diablos se casan? ¿Sabe usted cuántas esposas abandonadas hay en Dunny, ganándose a duras penas la vida y tratando de criar a sus hijos lejos de sus padres? ¡Oh! Éi sólo ha ido a los cañaverales, volverá, ¿sabe?, sólo es cuestión de una temporadita. ¡Ay! Y cada vez que llega el correo, se plantan en la puerta, esperando que el muy bastardo les mande un poco de dinero. Pero la mayoría no lo hacen, y, si lo hacen alguna vez, es en cantidad insuficiente, ¡sólo algo para ir tirando!
Estaba temblando de furia, echando chispas por sus amables ojos castaños.
– ¿Sabe que leí en el Brisbane Mail que Australia tiene el porcentaje de esposas abandonadas más elevado del mundo civilizado? Es en lo único en que superamos a cualquier otro país… ¡y no es una marca para enorgullecemos de ella!
– ¡Tranquilícese, Anne! Yo no he abandonado a Meg; Meg está segura y no pasa hambre. ¿A qué viene todo esto? ¿Qué le pasa?
– ¡Me pasa que estoy asqueada de la manera en que trata usted a su esposa! Por el amor de Dios, Luke, sea hombre, ¡cargue con su responsabilidad durante un tiempo! ¡Tiene una mujer y una hija! Debería construir un hogar para ellas, ser un marido y un padre, ¡no un maldito extraño!
– ¡Lo haré, lo haré! Pero todavía no puedo; tengo que seguir trabajando en el azúcar un par de años más, para estar seguro. No quiero que se diga que vivo a costa de Meg, que sería lo que haría hasta que mejorasen las cosas.
Anne frunció los labios, desdeñosamente.
– ¡Tonterías! Usted se casó con ella por su dinero, ¿no?
La cara morena del hombre se tiñó de un rojo oscuro. Respondió, sin mirarla:
– Confieso que el dinero influyó algo, pero me casé con ella porque me gustaba más que cualquier otra mujer.
– ¡Le gustaba! ¿Y la amaba también?
– ¡Amarla! ¿Qué es el amor? Sólo una invención de la imaginación de las mujeres; nada más. -Se apartó de la cuna y de aquellos ojos inquietantes, no muy seguro de que una criatura con unos ojos semejantes no pudiese entender lo que estaban diciendo-. Y, si ha terminado su lección, ¿quiere decirme dónde está Meg?
– No se encontraba bien. La envié de vacaciones una temporada. ¡Oh, no se asuste! No fue con su dinero. Confiaba en que podría convencerle de reunirse con ella, pero ya veo que esto es imposible.
– ¡Ni hablar! Arne y yo salimos para Sydney esta noche.
– ¿Qué debo decirle a Meggie cuando vuelva?
El se encogió de hombros, deseando desaparecer cuanto antes.
– Dígale lo que quiera. Bueno, dígale que resista un poco más. Ahora que se ha salido con la suya de tener familia, no me importaría que me diese un hijo varón.
Apoyándose en la pared para no caerse, Anne se inclinó sobre la cuna de mimbre, levantó la criatura y, trabajosamente, se acercó a la cama y se sentó. Luke no hizo ningún movimiento para ayudarla, ni para coger a la niña; más bien parecía asustado de su hija.
– ¡Vayase, Luke! No se merece lo que tiene. Me repugna mirarle. Vuelva con su maldito Arne, al flamante azúcar… ¡y a romperse la espalda!
Él se detuvo en la puerta.
– ¿Cómo se llama? He olvidado el nombre.
– Justine, Justine, ¡Justine!
– ¡Qué nombre tan estúpido! -replicó Luke, y salió de la casa.