Бесплатная библиотека
Читайте книгу на сайте или телефоне
READ-E-BOOK » Историческая проза » El Pajaro Canta Hasta Morir (el Pajaro Espino)
El Pajaro Canta Hasta Morir (el Pajaro Espino) - Читать Любимую Русскую Полную Книгу 👉 Read-E-Book.com

El Pajaro Canta Hasta Morir (el Pajaro Espino)

Электронная книга - «El Pajaro Canta Hasta Morir (el Pajaro Espino)». Краткое содержание книги:

En la Australia casi salvaje de los primeros años delsiglo XX, se desarrolla una trama de pasión ytragedia que afecta a tres generaciones. Una historia de amor ¿la que viven Maggie y el sacerdote Ralph de Bricassart? que se convierte en renuncia, dolor y sufrimiento, y que marca el altoprecio de la ambición y de las convenciones sociales. Una novela que supuso un verdadero fenómeno y que ha alcanzado la categoría de los clásicos.
1 ... 97 98 99 100 101 102 103 104 105 ... 170
Перейти на страницу:

Había sido sincero al hablar con Anne Mueller; sólo quería verla, y nada más. Aunque la amaba, no había venido para convertirse en su amante. Sólo para verla, para hablar con ella, para dormir en el diván del cuarto de estar, mientras trataba, una vez más, de desenterrar la raíz de aquella eterna fascinación que le poseía, pensando que, si podía verla expuesta a la luz del día, encontraría los medios espirituales para destruirla.

Había sido duro adaptarse a una Meggie con senos, cintura y caderas, pero lo había hecho porque, al mirarla a los ojos, brillaba en ellos su Meggie como un charquito de luz en una lámpara de santuario. Una mente y un espíritu que le había arrastrado desde su primer encuentro, que no había cambiado dentro de aquel cuerpo desgraciadamente tan distinto, pero, mientras viese la prueba de su continuada existencia en ¿Sus ojos, podría aceptar el cuerpo alterado, vencer la atracción de éste.

Y, proyectando en ella sus propios sueños y deseos, nunca había dudado de que ella se proponía lo mismo, hasta que se había vuelto contra él, como una gata enfurecida, el día del nacimiento de Justine. Pero incluso entonces, cuando se hubieron calmado sus propias irritación y congoja, había atribuido su comportamiento a los dolores que había padecido, más espirituales que físicos. Ahora, al verla al fin tal como era, podía precisar exactamente el momento en que ella se había quitado las lentes de niña y se había puesto las de mujer: aquel interludio en el cementerio de Drogheda, después de la fiesta de cumpleaños de Mary Carson. Cuando él le había explicado por qué no podía prestarle una atención especial, para que la gente no pensara que se interesaba por ella como nombre, ella le había mirado con algo en los ojos que él no había comprendido, y después, había desviado la mirada y, al volverse de nuevo, había desaparecido aquella expresión. Ahora veía que, desde aquella vez, ella le había mirado bajo una luz diferente; cuando le había besado, no había sido cediendo a una debilidad pasajera, para volver a pensar en él como antes, como él pensaba en ella. Y él había perpetuado sus ilusiones, las había alimentado, adaptándolas lo mejor posible a su modo de vida no cambiado, llevándolas como una prenda de vestir. Mientras tanto, ella había fomentado su amor por él con objetivos de mujer.

Tenía que admitirlo: la había deseado físicamente desde el día de su primer beso, pero el deseo no le había hostigado de la misma manera que su amor por ella; los había visto como dos cosas separadas y distintas, no como facetas de-la misma cosa. Ella, pobre criatura incomprendida,' no había sucumbido nunca a esta singular locura.

En este momento, si hubiese tenido manera de hacerlo, habría huido de Matlock Island, habría huido de Meggie como Orestes de Jas Euménides. Pero no podía salir de la isla, y tenía el valor suficiente para permanecer en su presencia, en vez de pasar la noche vagando estúpidamente. ¿Qué puedo hacer, cómo puedo reparar el mal. ¡Yo la amo! Y, si la amo, tiene que ser por lo que ella es ahora, no por una breve etapa juvenil en el camino. Es la feminidad lo que siempre amé en ella; el peso de la carga. Por consiguiente, Ralph de Bricassart, quítate la venda de los ojos, mírala como realmente es, no como era hace mucho tiempo. Hace dieciséis años, dieciséis largos e increíbles años… Tengo cuarenta y cuatro, y ella, veintiséis; ninguno de los dos es un chiquillo, pero yo soy mucho más inmaduro que ella.

Lo diste por cosa hecha en el momento en que me apeé del coche de Rob, ¿no es verdad, Meggie? Pensaste que al fin había cedido. Y, antes de que pudiese recobrar el aliento, tuve que mostrarte lo equivocada que estabas. Rasgué el velo de tu falsa ilusión como si fuese un trapo sucio y viejo. ¡Oh, Meggie, ¿Qué te he hecho? ¿Cómo pude estar tan ciego, tan centrado en mí mismo? Nada he conseguido viniendo a verte, salvo destrozarte. Todos estos años, hemos estado amando cosas contradictorias.

Él seguía mirándola a los ojos, llenos los suyos de vergüenza y de humillación; pero, cuando la expresión de su cara se trocó en definitiva, en desesperada compasión, ella pareció advertir la magnitud de su error y lo horrible que era éste. Y más aún: el hecho de que él conocía su error.

¡Vamos, corre! ¡Corre, Meggie, y aléjate de aquí con el resto de orgullo que te queda! Nada más pensarlo, se levantó y echó a correr.

Él la alcanzó antes de que pudiese llegar a la galería, y el ímpetu de la huida hizo que ella girase en redondo y chocase con él, haciéndole tambalear. De nada servía ya la terrible batalla emprendida por él para conservar la integridad de su alma, la larga presión de la voluntad sobre el deseo; en unos momentos, todo había quedado infinitamente atrás. Y surgía la fuerza latente, dormida, que sólo necesitaba la chispa de un contacto para provocar un caos en el que la mente estaba sometida a la pasión, y la voluntad de la mente se extinguía en la voluntad del cuerpo.

Él ciñó los brazos de la joven alrededor de su propio cuello, y cruzó los suyos en su espalda; inclinó la cabeza, buscó la boca, y la encontró. Su boca, no ya un recuerdo ingrato, reprimido, sino una realidad; los brazos de ella le asían como si no pudiese resignarse a dejarle marchar; parecía haber perdido completamente el sentido; era oscura como la noche, una maraña de recuerdo y de deseo, un recuerdo y un deseo que él no había querido sentir. ¡Cuántos años debía haber ansiado este momento, deseándola y negando su poder, luchando contra la idea de que era una mujer!

¿La llevó él al lecho, o fueron los dos andando? Él pensó después que debió llevarla, pero no estaba seguro; sólo sabía que estaban allí los dos, y que la piel de ella estaba bajo los manos de él, v la piel de él bajo las manos de ella. ¡Oh, Dios mío! ¡Meggie, mi Meggie! ¿Cómo pudieron educarme desde mi infancia a considerarte como una profanación?

El tiempo interrumpió su curso y empezó a fluir, pasando sobre él hasta que perdió su significado, dejando sólo una profundidad de dimensión más real que el propio tiempo. Él podía sentirla y, sin embargo, no lo sentía, no como un ente separado; quería hacer de ella, definitivamente y para siempre, una parte de sí mismo, un injerto que era é! mismo, no una simbiosis que la reconociese como algo distinto. Toda ella estaría siempre en él. Ciertamente, estaba hecha para él, porque él la había hecho; durante dieciséis años, la había formado y moldeado sin saber lo que estaba haciendo, ni por qué lo estaba hacien do. Y olvidó que la había abandonado, que otro hombre le había enseñado el fin de lo que había empezado para él, de lo que había querido siempre para sí mismo, pues ella era su caída, su rosa, su creación. Era un sueño del que nunca despertaría ya, mientras fuese un hombre con un cuerpo de hombre. ¡Oh, Dios mío! ¡Lo sé! ¡Lo sé! Sé por qué la conservé como una idea y como una niña dentro de mí, mucho tiempo después de dejar de ser ella ambas cusas, pero, ¿por qué tenía que aprenderlo de este modo?

Porque al fin comprendía que lo que había pretendido era no ser un hombre. No un hombre, nunca un hombre, sino algo más grande, algo más encumbrado que el destino de un hombre vulgar. Y sin embargo, su destino estaba aquí, bajo sus manos, tembloroso y vivo con él, su hombre. Un hombre, un hombre para siempre. Dios mío, ¿no podías alejar esto de mí? Soy un hombre, no puedo ser Dios; mi vida en busca de la divinidad fue una ilusión. ¿Es que todos los sacerdotes ansiamos convertirnos en dioses? Para ello, renegamos del único acto que prueba irrefutablemente que somos hombres.

La rodeó con sus brazos y contempló, con los ojos llenos de lágrimas, aquella cara inmóvil y débilmente iluminada, y vio abrirse el capullo de su boca, convertida en una O de asombrada dicha. Los brazos de ella se cerraron sobre él, cuerdas vivas que le ataban a ella, sedosas y resbaladizas, y le atormentaban. Él apoyó el mentón en el hombro de Meggie, y la mejilla sobre la de ella, tan suave, y se abandonó al enloquecedor y desesperante impulso del hombre que se debate en manos del destino. Su mente vaciló, resbaló, se produjo en ella una oscuridad absoluta y un brillo cegador; por un momento, estuvo dentro del sol, y después, el brillo disminuyó, se hizo gris, y se extinguió. Esto era ser un hombre. No podía ser más. Pero ésta no era la fuente del dolor. El dolor estaba en el momento final, en el momento finito, en la realización vacía, desolada: el éxtasis es fugaz. Ahora que la tenía, no podía soportar dejarla; la había hecho para sí. Por eso se aferraba a ella como un náufrago a una tabla en un mar solitario, y pronto, al flotar, al elevarse de nuevo sobre una ola que le había hecho rápidamente familiar, sucumbió al inescrutable destino propio del hombre.

1 ... 97 98 99 100 101 102 103 104 105 ... 170
Перейти на страницу:
0
Сюжет
  • 1
  • 2
  • 3
  • 4
  • 5
  • 6
  • 7
  • 8
  • 9
  • 10
0
Атмосфера
  • 1
  • 2
  • 3
  • 4
  • 5
  • 6
  • 7
  • 8
  • 9
  • 10
0
Главный герой
  • 1
  • 2
  • 3
  • 4
  • 5
  • 6
  • 7
  • 8
  • 9
  • 10
0
Общее впечатление
  • 1
  • 2
  • 3
  • 4
  • 5
  • 6
  • 7
  • 8
  • 9
  • 10
Итоговая оценка: 0.0 из 10 (голосов: 0 / История оценок)