La Sombra De La Guillotina
- Автор: Мантел Хилари
- Язык: испанский
- Жанр: Историческая проза
Электронная книга - «La Sombra De La Guillotina». Краткое содержание книги:
En la orilla izquierda del Sena, un joven y desconocido abogado llamado Georges-Jaques Danton intenta labrarse un porvenir. Es un hombre enérgico y se ha propuesto dejar su impronta en la historia cueste lo que cueste. Maximilien Robespierre, tambien abogado, es un hombre tímido que detesta la violencia pero está dispuesto a dar la vida por ayudar a los demas. Camille Desmoulins es un joven sin domicilio fijo y aparentemente sin porvenir.
¿Qué es la revolución francesa? ¿Un desastre, un sueño, una oportunidad? Para estos tres hombres representa la única carrera posible a la que consagrar su vida.
– ¿Qué sucede, padre? -preguntó-. Hemos oído unos gritos en la calle. ¿Lía pasado algo?
– No, Eleonore. Entra y dile a tu madre que el ciudadano Robespierre se alojará en nuestra casa.
El 18 de julio, un destacamento de policía se dirigió por la rue des Cordeliers hacia la redacción del Révolutions de France con orden de cerrar dicho periódico. No hallaron al editor, pero sí a su ayudante, el cual sacó una pistola. Tras intercambiar unos disparos, los policías golpearon salvajemente al ayudante del editor y lo detuvieron.
Cuando la policía llegó a casa de los Charpentier, en Fontenay-sous-Bois, encontraron sólo a un hombre que, debido a su edad, confundieron con Georges-Jacques Danton. Era Victor Charpentier, el hermano de Gabrielle. Cuando descubrieron su error, el joven yacía herido en un charco de sangre, pero en aquella época la policía no se molestaba en disculparse por haber cometido un error. Al cabo de unos días se emitieron unas órdenes de arresto contra Danton, abogado; Desmoulins, periodista; Fréron, periodista; y Legendre, maestro carnicero.
Camille Desmoulins permanecía oculto cerca de Versalles. Danton se apresuraba en Arcis a poner sus asuntos en orden. Había concedido a su cuñado plenos poderes, autorizándole inter alia a vender los muebles y anular el contrato de arriendo de la vivienda de París si lo juzgaba oportuno. Posteriormente adquirió una casa situada junto al río e instaló en ella a su madre, disponiendo al mismo tiempo que ésta recibiera una pensión anual vitalicia. A primeros de agosto, partió para Inglaterra.
Lord Gower, el embajador británico, en unos despachos
Danton ha huido, y el señor Robespierre, el gran denunciateur y accusateur publique, está a punto de denunciarse a sí mismo.
El Révolutions de París publica lo siguiente
¿Qué será de la libertad? Algunos aseguran que se ha acabado…
Cuarta parte
Camille Desmoulins:
El Rey ha disparado contra la cabeza de la nación; ha errado el tiro, y ahora le toca el turno a la nación.
Lucile Desmoulins:
Deseamos ser libres, pero el coste es atroz.
I. Una persona de suerte
Manon Roland estaba sentada junto a la ventana, sintiendo en la mejilla el tibio sol de octubre. Lenta y deliberadamente, clavaba la aguja en la sábana que estaba remendando. Incluso en nuestras circunstancias, los sirvientes domésticos pueden realizar esas tareas. Pero si quieres que queden perfectamente es mejor hacerlas tú misma. Además, pensó, inclinando la cabeza sobre la labor, ¿qué puede ser más relajante, más corriente, en un mundo lleno de violencia, que remendar una sábana de hilo? No hay más remedio que remendar y zurcir, reparar y poner parches ahora que, como decía su marido, «nos han asestado un duro golpe».
¿Qué sucede con esas metáforas de trabajos domésticos? ¿Es ella la que se resiste a éstas, o son éstas las que se resisten a ella? El centro está raído, gastado, de modo que hay que ponerle un parche, Ça Ira. Manon sonrió. Tenía un excelente sentido del humor.
Sus cuidados y su fuerza de voluntad han impedido que su marido, que tiene casi sesenta años y que padece una úlcera y trastornos hepáticos, se convierta en un inválido. Había sido inspector de artículos manufacturados; actualmente, bajo la nueva administración de septiembre de 1791, su cargo ha sido abolido. Habían aplaudido la muerte del viejo régimen; no eran personas interesadas. Pero cuando uno no dispone de una pensión de jubilación y le aguarda un porvenir de discreta pobreza los aplausos carecen de entusiasmo.
Has estado enferma, piensa, febril y agotada por el verano de París, angustiada por la sangre que ha corrido por los Campos de Marte. «Ha sido demasiado para ti, querida; tienes los nervios alterados. Debemos dejarlo todo y regresar a casa, porque lo más importante es tu salud, y Le Clos te proporciona serenidad.» ¿Serenidad? ¿A mí? No sé lo que es eso desde 1789.
Ése fue el motivo por el que regresaron a su pequeña propiedad en las colinas de Beaujolais, al huerto, y a las deslucidas cortinas, y a las mujeres pobres que se presentaban en la puerta trasera en busca de consejos y cataplasmas de hierbas. Aquí (Manon había leído muchas obras de Rousseau) uno vivía en armonía con la naturaleza y las estaciones. Pero la nación se estaba asfixiando, y ella deseaba… deseaba…
Irritada, Manon apartó la silla de la ventana. Toda su vida ha sido una espectadora, una mera observadora. Ese papel no le ha aportado nada, ni siquiera el don de tomarse las cosas con filosofía. En ese sentido, el estudio tampoco le ha ayudado, ni el autoanálisis, ni siquiera la jardinería. Muchos creen que en una mujer de treinta y seis años, esposa y madre, debería de haber un poco de sosiego, un poco de calma interior, pero no es así. Después de dar a luz te sigue fluyendo sangre por las venas, no leche. No puedo mostrarme pasiva ante la vida, y no creo que pueda hacerlo nunca. Bien mirado, teniendo en cuenta los últimos acontecimientos, ¿por qué habría de hacerlo?
¿Cómo podía tomarse tranquilamente la última desgracia que les había acaecido? Acaban de llegar de París y deben regresar dentro de unos días. O bien consiguen una pensión, o un nuevo cargo bajo el nuevo orden.
Roland no tenía ganas de volver. Pero Manon sentía que París la reclamaba; al fin y al cabo, había nacido allí.
La tienda de su padre estaba situada en el Quai d’Horloge, cerca del Pont-Neuf. Era grabador -una profesión respetable, clientes respetables- y tenía un carácter idóneo, firme pero al mismo tiempo obsequioso, artista y artesano, ambas cosas y ninguna de ellas.
Había sido bautizada con el nombre de Marie-Jeanne, pero siempre la habían llamado Manon. Sus hermanos y hermanas habían muerto. Debía existir alguna razón (pensó Manon cuando tenía ocho o nueve años) por la cual el Señor no se la había llevado también a ella, algún propósito determinado. Solía observar a sus padres detenidamente, calibrando con la implacable mirada de un niño sus limitaciones, sus esfuerzos por presentar una fachada digna y refinada. Sus padres se sentían un tanto intimidados por ella, y la cuidaban y protegían con excesivo celo. Tomaba clases de música.
Cuando cumplió diez años, su padre compró varios tratados sobre la educación de los niños, pensando que cualquier libro en cuyo título figurara la palabra «educación» era justamente lo que ella necesitaba.
Un día cometieron la imprudencia de dejar a esa niña, tan bonita e inteligente, por la que sus padres se desvivían, sola en el taller. El aprendiz (quince años, alto, con las manos ásperas y el rostro cubierto de pecas) parecía un muchacho bien educado, inofensivo. Era por la tarde, y estaba trabajando a la luz de una lámpara. Manon estaba de pie junto a él, observándolo. De pronto el chico le cogió la mano, la retuvo unos instantes entre las suyas, jugueteando con ella y sonriendo, y luego la obligó a tocarle por dentro de la bragueta.
Manon palpó un extraño pedazo de carne, duro, húmedo, hinchado, que se estremecía bajo su tacto. El joven le apretó la muñeca y al girarse hacia ella, Manon vio lo que había tocado. «No se lo digas a nadie», murmuró él. Manon apartó la mano bruscamente, arqueando las cejas hasta que rozaron los rizos que le caían sobre la frente, y salió del taller dando un portazo.
Cuando subía por la escalera oyó que su madre la llamaba. Quería que hiciera un recado o que la ayudara en la cocina, no lo recordaba con exactitud. El caso es que hizo lo que le pidió su madre, aunque se sentía mareada y le dolía el vientre. Pero no dijo una palabra. En realidad, no sabía qué decir.