En El Pais De La Nube Blanca
- Автор: Lark Sarah
- Год: 2011
- Язык: испанский
- Жанр: Историческая проза
Электронная книга - «En El Pais De La Nube Blanca». Краткое содержание книги:
En el país de la nube blanca, el debut más exitoso de los últimos años en Alemania, es una novela cautivadora sobre el amor y el odio, la confianza y la enemistad, y sobre dos familias cuyo sino está unido de forma indisoluble.
Gwyneira asintió y se dejó conducir al baño. Kiri dejó correr el agua y quería verter una esencia de flores; pero Gwyneira lo rechazó. Todavía tenía presente el embriagante aroma de rosas de la noche anterior.
– Yo traer desayuno a la habitación, ¿sí? -preguntó Kiri-. Moana preparar gofres para pedir perdón al señor Gerald. Pero él todavía no despierto…
Gwyneira se preguntaba cómo iba a volver a mirar a Gerald a la cara. Al menos se sentía algo mejor ahora que se había enjabonado varias veces seguidas y se había desprendido del sudor y el mal olor de Gerald.
No obstante, todavía estaba dolorida y cualquier movimiento le hacía daño, pero eso pasaría. La humillación, sin embargo, la sentiría durante toda su vida.
Al final se cubrió con un ligero albornoz y dejó el baño. Kiri había abierto la ventana de la habitación y los jirones de su vestido habían desaparecido. Tras la tormenta, el mundo exterior parecía recién lavado. El aire era fresco y límpido. Gwyneira respiró hondo e intentó serenar su mente. La experiencia de la noche anterior había sido espantosa, pero no peor que la que sufrían muchas mujeres cada noche. Si ponía empeño, conseguiría olvidarla. Debía actuar como si no hubiera pasado nada…
Sin embargo, se sobresaltó cuando oyó la puerta. Cleo gruñó. Sentía la tensión de Gwyneira. No obstante sólo entraron Kiri y Fleurette. La pequeña estaba de mal humor, lo que Gwyn podía comprender. Por lo general, ella misma despertaba a la niña con un beso y luego Lucas y Gwyn solían desayunar con ella. Esa «hora en familia» sin Gerald, que todavía dormía su borrachera, era sagrada para ellos y todos parecían disfrutarla. Gwyn había supuesto que Lucas se habría ocupado de Fleur esa mañana, pero era evidente que la niña había sido abandonada a su suerte. De ahí su descabellada vestimenta. Llevaba una faldita que hacía las veces de poncho sobre un vestido mal abrochado.
– Papá se ha ido -anunció la niña.
Gwyn sacudió la cabeza.
– No, Fleur, seguro que papá no se ha ido. A lo mejor se ha marchado a dar una vuelta a caballo. Él…, nosotros…, nosotros nos peleamos un poco ayer con el abuelo… -Lo admitió a su pesar, pero Fleur presenciaba con tanta frecuencia sus diferencias con Gerald que eso no podía resultar nada nuevo para ella.
– Sí, puede ser que papá se haya ido a caballo -respondió Fleur-. Con Flyer. Él tampoco está, me ha dicho el señor James. ¿Pero por qué papá se ha ido antes del desayuno?
A Gwyneira también le extrañaba esto. Salir a galopar por el monte para aclarar la cabeza respondía más a su estilo que al de Lucas. Pocas veces ensillaba él mismo el caballo. La gente bromeaba porque hacía que los pastores le llevaran la montura incluso cuando estaba trabajando en la granja. ¿Y por qué había escogido al más viejo caballo de trabajo? Lucas no era un jinete apasionado, pero sí bueno. El viejo Flyer lo aburriría, sólo Fleur lo montaba de vez en cuando. Pero tal vez Fleur y James se equivocaban y la desaparición de Flyer y Lucas no estaba relacionada. El caballo bien podría haberse escapado. Era algo que sucedía a menudo.
– Seguro que papá vuelve pronto -aseguró Gwyneira-. ¿Has mirado ya en el taller? Pero ven, come antes un gofre.
Kiri había dispuesto la mesa del desayuno junto a la ventana y sirvió café a Gwyneira. También Fleur obtuvo su chorrito de café con mucha leche.
– En habitación no está, miss -dijo la doncella a Gwyneira-. Witi ha mirado. La cama no tocada. Seguro en otro lugar de la granja, él vergüenza… -Lanzó una expresiva mirada a Gwyneira.
Ésta, por el contrario, estaba preocupada. Lucas no tenía ningún motivo por el que avergonzarse… ¿o sí? ¿Acaso Gerald no lo había humillado tanto como a ella? Y ella misma…, era imperdonable el modo en que había tratado a Lucas.
– Vamos a ir a buscarlo enseguida, Fleur. Lo encontraremos. -Gwyn no sabía si con ello estaba tranquilizando a la niña o a sí misma.
No encontraron a Lucas, ni en la casa ni en la granja. Ni tampoco volvió a aparecer Flyer. Además, James informó de que faltaban una silla viejísima y una rienda muchas veces parcheada.
– ¿Hay algo que deba saber? -preguntó con voz queda. Miraba el rostro pálido de Gwyneira y su andar cansino.
Gwyn sacudió la cabeza y se contentó con herir a James como antes había herido a Lucas.
– No es nada de tu incumbencia.
James, ella lo sabía, habría matado a Gerald.
6
Lucas siguió desaparecido las semanas posteriores. Circunstancia ésta que conllevó, inesperadamente, a que la relación entre Gwyneira y Gerald se normalizara un poco: a fin de cuentas debían arreglárselas de algún modo aunque fuera sólo por Fleur. Los primeros días tras la partida de Lucas, los dos compartieron la preocupación de que le hubiera ocurrido algo o incluso de que se hubiera él mismo hecho algo. La búsqueda en el entorno de la granja fue vana y, tras reflexionar en profundidad, Gwyneira llegó a la conclusión de que no se había suicidado. Entretanto había examinado las cosas de Lucas y confirmado que faltaba un par de trajes sencillos, justo aquellos, para su asombro, que menos le gustaban a su marido. Lucas se había llevado ropa de trabajo, prendas para la lluvia, ropa interior y muy poco dinero. Eso encajaba con el viejo caballo y la vieja silla: estaba claro que no quería llevarse nada de Gerald. La separación debía efectuarse limpiamente. A Gwyneira le dolía que la hubiera dejado sin decirle nada. Por lo que alcanzaba a ver, no se había llevado ningún recuerdo de ella ni de su hija, sólo una navaja que ella le había regalado una vez. Tenía la sensación de que nunca había significado nada para él, la amistad superficial que había unido a la pareja ni siquiera merecía una carta de despedida.
Gerald se informó en Haldon acerca de su hijo, lo que desencadenó los rumores, así como en Christchurch, de forma más discreta, con ayuda de George Greenwood. De nada sirvió, Lucas Warden no se había dejado ver en ninguno de los dos sitios.
– Sabe Dios dónde estará -dijo Gwyneira apenada a Helen-. En Otago, en los campos de los buscadores de oro, o en la costa Oeste, tal vez en la isla Norte. Gerald quiere emprender investigaciones, pero no hay esperanza. Si Lucas no quiere que lo encuentren, no lo encontrarán.
Helen hizo un gesto de resignación y sirvió el ineludible té.
– Quizá sea mejor así. Es posible que no le conviniera vivir siempre dependiendo de Gerald. Ahora puede demostrar quién es y Gerald ya no te fastidiará más con la falta de niños. ¿Pero por qué ha desaparecido tan de repente? ¿No ha habido una causa real? ¿Una pelea?
Gwyneira lo negó ruborizada. No había contado a nadie, ni siquiera a su mejor amiga, la violación. Esperaba que si se lo guardaba para sí, el recuerdo empezaría a difuminarse. Entonces sería como si esa noche nunca hubiera existido, como si sólo hubiera sido una horrible pesadilla. Gerald parecía ver el asunto del mismo modo. Era excepcionalmente cortés con Gwyneira, pocas veces la miraba y ponía atención en no tocarla. Ambos se veían en las comidas, para no dar motivo de conversación al servicio, y conseguían al mismo tiempo hablar con reservas entre sí. Gerald seguía bebiendo igual que antes, pero ahora, por lo general, tras la cena, cuando Gwyneira ya se había retirado. La joven empleó a la alumna favorita de Helen, Rongo Rongo, que ahora tenía quince años, como doncella personal, e insistió en que la muchacha durmiera en sus aposentos para estar siempre a su disposición. Esperaba impedir con ello los abusos de Gerald, pero sus inquietudes eran infundadas. La conducta de Gerald era impecable. Hasta ahí podría haber llegado a olvidarse de la funesta noche de verano. Sin embargo, el hecho tuvo sus consecuencias. Cuando por segundo mes no tuvo el período y Rongo Rongo rio elocuentemente y le acarició el vientre, Gwyn tuvo que reconocer que estaba embarazada.
– No quiero tenerlo -dijo entre sollozos después de una fatigosa cabalgada. No habría podido esperar a las horas de clase para hablar con su amiga. Pero Helen ya reconoció en su terrible expresión que algo horrible había tenido que pasar. Dio la tarde libre a los niños, envió a Fleur y Ruben a jugar en el monte y tomó a Gwyneira del brazo.