El Peso De La Culpa
- Автор: Джордж Элизабет
- Язык: испанский
- Жанр: Другие детективы
Электронная книга - «El Peso De La Culpa». Краткое содержание книги:
Estaban hechos el uno para el otro, su primo y ella. Eran parientes cercanos, y otrora otros primos habían formado alianzas que habían enriquecido a la familia.
«Formado alianzas.» Qué manera de expresarlo, pensó Samantha con ironía. Y sin embargo, ¿acaso no había sido todo mucho más sensato durante la época de la historia en que los matrimonios se habían acordado por ese motivo? No se hablaba de amor verdadero en los días de acuerdos políticos y económicos, ni de ardores, anhelos y angustias hasta que el verdadero amor hacía acto de aparición. A cambio, existían la estabilidad y la devoción que nacían de comprender lo que se esperaba de uno. Ni ilusiones ni fantasías. Solo el acuerdo de unir dos vidas en una situación en la que ambas partes tenían mucho que ganar: dinero, posición, propiedades, autoridad, protección y respetabilidad. Tal vez esta última, sobre todo. Nadie estaba completo hasta que se casaba. Y una vez casado, la unión se consolidaba mediante el coito y se legitimaba mediante la reproducción. Así de sencillo. No existían expectativas de romance, pasión y rendición. Solo la sólida seguridad de que la pareja era lo que las partes contratantes habían definido.
Muy sensato, decidió Samantha. Y en un mundo en que hombres y mujeres se emparejaban de esa forma, sabía que los representantes de Julian y de ella habrían llegado a un compromiso mucho tiempo antes.
Pero no vivían en ese mundo, sino en uno que sugería que una relación permanente no era más que un pedazo de celuloide: chico conoce chica, se enamoran, tienen problemas que se resuelven en el acto III, fundido en negro y títulos de crédito. Este mundo era enloquecedor, porque Samantha sabía que si su primo se inclinaba a creer en esa clase de amor, su suerte estaba echada. «Estoy aquí -tuvo ganas de gritar, con la manguera en la mano-: Tengo lo que necesitas. Mírame. Mírame.»
Como si hubiera oído su súplica silenciosa, Julian levantó la vista en ese momento y la sorprendió mirándole. Se inclinó y abrió por completo la ventana. Samantha cruzó el patio en su dirección.
– Estás muy serio. No he podido evitar fijarme. Me has pillado intentando pensar en una cura para tus males.
– ¿Crees que tengo futuro como falsificador? -preguntó Julian. El sol le daba en la cara y entornó los ojos-. Puede que sea la única solución.
– ¿Eso crees? -preguntó ella con desenvoltura-. ¿Ninguna rica heredera en perspectiva?
– No parece. -Julian vio que la joven observaba los documentos y libros de contabilidad esparcidos sobre su escritorio, mucho más numerosos de los que utilizaba cuando hacía las cuentas de la semana siguiente-. Intentaba averiguar cuál es nuestra situación -explicó-. Tenía la esperanza de obtener diez mil libras de… bueno, de la nada, me temo.
– ¿Por qué? -Samantha reparó en su expresión desolada y se apresuró a añadir-: ¿Alguna emergencia, Julie? ¿Algo va mal?
– Eso es lo jodido. Algo va bien. O podría ir bien. Pero solo contamos con el dinero en metálico justo para llegar a fin de mes.
– Supongo que sabes que siempre puedes pedirme… -Vaciló, pues no quería ofenderle; sabía que era un hombre tan orgulloso como responsable. Lo expresó de otra manera-: Somos de la familia, Julie. Si ha pasado algo y necesitas dinero… Ni siquiera sería un préstamo. Eres mi primo. Lo que sea.
Julian pareció horrorizarse.
– No quería que pensaras…
– Basta. No pienso nada.
– Bien. Porque no podría. Nunca.
– De acuerdo. No discutamos. Pero haz el favor de decirme qué ha pasado. Pareces muy preocupado.
Julian suspiró.
– A la mierda -dijo, y con un veloz movimiento trepó sobre el escritorio y saltó por la ventana para reunirse con su prima en el patio-. ¿Qué estabas haciendo? Ah, las ventanas. Entiendo. ¿Tienes idea de cuánto hace que no se lavan, Samantha?
– ¿Desde que Eduardo renunció a todo por Wallis? [13] Menudo idiota.
– No está mal.
– ¿El qué? ¿Que lo haya adivinado o que renunciara a todo?
Julian sonrió, resignado.
– En este momento no estoy seguro.
Samantha no dijo lo primero que le vino a la cabeza: que una semana atrás no hubiera contestado de aquella manera. Se limitó a reflexionar sobre las implicaciones de su respuesta.
Se acercaron a las ventanas como buenos compañeros. Los viejos cristales estaban emplomados con excesiva fragilidad para dirigir el chorro de la manguera contra ellos, de modo que debieron limitarse a la penosa tarea de eliminar la suciedad con trapos mojados, atacando los cristales de uno en uno.
– Nos haremos viejos aquí -dijo Julian malhumorado, después de diez minutos de limpiar en silencio.
– No me extrañaría -contestó Samantha. Quiso preguntarle si quería quedarse con ella hasta entonces, pero se abstuvo. Julian estaba pensando en algo serio, y quería saber qué era, aunque solo fuera para demostrarle que todos los aspectos de su vida la preocupaban. Buscó una forma de averiguarlo-. Julie, me sabe muy mal que estés tan preocupado. Además de lo otro. No puedo hacer nada por… bien… -Descubrió que ni siquiera podía pronunciar el nombre de Nicola Maiden. Y menos delante de Julian-. Por lo que ha sucedido estos últimos días -fue su elección-. Pero si hay algo en que pueda ayudarte…
– Lo siento -contestó su primo.
– Es lógico. No podía ser de otra manera.
– Quiero decir que siento lo que te dije… mi reacción… cuando te interrogué sobre aquella noche. Ya sabes.
Samantha dedicó su atención a un vidrio incrustado de guano, producto de un siglo de nidos de aves encajados en una grieta más arriba.
– Estabas trastornado.
– No era necesario acusarte de… de lo que fuera.
– ¿De asesinar a la mujer que amabas, quieres decir?
Le miró. El tono rubicundo de su tez se había intensificado.
– A veces tengo la impresión de que no puedo controlar las voces que hablan en mi cabeza. Empiezo a hablar, y sale lo que las voces han estado gritando. No tiene nada que ver con lo que creo. Lo siento.
Samantha quiso decir «Pero ella no era buena para ti, Julie. ¿Por qué nunca te diste cuenta de que no era buena para ti? ¿Y cuándo comprenderás lo que su muerte puede significar? Para ti y para mí. Para nosotros, Julie». Pero no lo dijo, porque en ese caso revelaría lo que no podía permitirse (ni siquiera soportar) revelar.
– Aceptado -dijo en cambio.
– Gracias, Samantha. Eres un gran apoyo.
– Y van dos.
– Quiero decir…
Ella le sonrió.
– No pasa nada. Te entiendo. Pásame la manguera. Ahora conviene mojarlas.
Solo aplicaron un hilo de agua a las viejas ventanas. Un poco más potente, y los cristales hubieran fenecido. En un futuro próximo sería necesario sustituir el plomo, o lo que quedaba de las ventanas resultaría destruido por completo. Pero eso era una conversación para otro momento. Con sus actuales preocupaciones monetarias, Julian no necesitaba más prescripciones de Samantha para salvar otra parte del hogar familiar.
– Es papá -dijo Julian.
– ¿Qué?
– Lo que me preocupa, el motivo de que haya repasado los libros. Es papá. -Explicó sus deseos-. Tantos años esperando que lo deje…
[13] Eduardo VIII, que abdicó del trono para casarse con la divorciada estadounidense Wallis Simpson. (N. del T.)