El Pajaro Canta Hasta Morir (el Pajaro Espino)
- Автор: Маккалоу Колин
- Язык: испанский
- Жанр: Историческая проза
Электронная книга - «El Pajaro Canta Hasta Morir (el Pajaro Espino)». Краткое содержание книги:
– ¡Calla, Meggie! ¡Calla, por favor!
– ¡Oh, vayase! ¡No quiero verle! Y ha olvidado una cosa sobre sus preciosas rosas, Ralph… ¡Ha olvidado que tienen feas y punzantes espinas!
Él salió de la habitación sin mirar atrás.
Luke no se molestó en contestar el telegrama Informándole de que era el afortunado padre de una niña llamada Justine. Meggie se repuso poco a poco, y la criatura empezó a desarrollarse. Tal vez si Meggie hubiese podido amamantarla, se habría sentido más unida a aquella cosita flaca y malhumorada, pero aquellos senos que tanto gustaban a Luke carecían absolutamente de leche. Un irónico castigo, pensó ella. Por consiguiente, empezó a alimentar con biberón a la colorada y acalorada criaturita, tal como exigía la costumbre, esperando que surgiese alguna maravillosa emoción en su alma. Pero ésta no surgió nunca; no sentía el menor deseo de acariciar y besar aquella carita diminuta, ni de morderle los deditos, ni de hacer ninguna de las mil tonterías que suelen hacer las madres a sus pequeños. No íe parecía que fuese hija suya, y no la quería y necesitaba más de lo que «aquello» parecía quererla o necesitarla a ella. Aquello, aquello. Incluso le costaba llamarle «ella».
Luddie y Anne nunca sospecharon que Meggie no adoraba a Justine, de que sentía por ella menos de lo que había sentido por cualquiera de sus hermanos pequeños. Si Justine lloraba, Meggie se apresuraba a cogerla en brazos, a arrullarla, a mecerla, y nunca hubo una criatura más limpia y bien cuidada. Lo raro era que Justine no parecía querer que la cogiesen y la mimasen; callaba mucho antes si la dejaban sola.
Con el paso del tiempo, mejoró de aspecto. Su piel infantil perdió la característica rojez, y adquirió la fina transparencia surcada de venitas que suele acompañar a los cabellos rojos, y sus bracitos y sus piernas se llenaron y se volvieron agradablemente rollizos. Los cabellos empezaron a rizarse y hacer se más espesos, y a adquirir el violento color rojo i que habían tenido los de su abuelo Paddy. Todos esperaban ansiosamente a ver qué color tendrían sus ojos; Luddie apostaba por el azul de los del padre; Anne, por el gris de los de la madre, y Meggie no opinaba nada. Pero los ojos de Justine fueron algo singular, propio de ella; unos ojos enervantes, por decirlo en términos sencillos. A las seis semanas, empezaron a cambiar, y, a las nueve, habían tomado su forma y su color definitivos. Nadie había visto jamás unos ojos parecidos. Alrededor del borde externo del iris, había un círculo de un gris muy oscuro, pero el iris propiamente dicho era muy pálido y no podía decirse que fuese gris o azul; la descripción más aproximada de aquel color era la de un blanco oscuro. Eran unos ojos que parecían remachados, inquietos, inhumanos, y más bien cegatos, mas, con el tiempo, se hizo evidente que Justine veía muy bien con ellos.
Aunque no había dicho nada, el doctor Smith se había sentido preocupado por el tamaño de la cabeza, al nacer la criatura, y por eso la tuvo en observación durante los primeros seis meses; se había preguntado, especialmente después de ver aquellos extraños ojos, si no tendría lo que él seguía llamando agua en la cabeza, aunque los libros de texto de la época lo llamaban ya hidrocefalia. Pero resultó que Justine no padecía ningún defecto o mala conformación del cerebro; sólo tenía la cabeza grande, y, al crecer la niña, el resto de su cuerpo fue adquiriendo un volumen más o menos proporcionado a aquélla.
Luke continuaba ausente. Meggie le había escrito repetidas veces, pero él no había contestado ni había venido a ver a su hija. En cierto modo, ella se alegraba; no habría sabido qué decirle, v no creía que él se hubiese entusiasmado mucho con aquella extraña criaturita que era su hija. Si Justine hubiese sido un gallardo varón, tal vez él se habría ablandado, pero Meggie se alegraba de que no lo fuese. Era una prueba viva de que el gran Luke O'Neill no era perfecto, pues, si lo hubiese sido, seguro que sólo habría engendrado varones.
La niña progresó más que Meggie y se recobró más de prisa de las dificultades del parto. A tos cuatro meses, lloró mucho menos y empezó a divertirse en la cuna, manipulando las ristras de abalorios de colores colgados a su alcance. Pero nunca sonreía a nadie, ni siquiera cuando hacía gestos al eructar.
La temporada de lluvias llegó muy pronto, en octubre, y la humedad fue tremenda. Subió al cien porcien, y así quedó; todos los días llovía a mares durante horas, y la lluvia azotaba Himmelhoch, fundía el suelo rojizo, empapaba las cañas y llenaba el ancho y profundo río Dungloe, pero sin que éste se desbordase, pues su curso era tan corto que el agua se vertía rápidamente en el mar. Mientras Justine yacía en su cuna, contemplando su mundo con aquellos ojos extraños, Meggie permanecía abnegadamente sentada a su lado, observando cómo el Bartle Frere desaparecía detrás de la espesa cortina de lluvia, para reaparecer de nuevo.
El sol salía de vez en cuando; velos ondulantes de vapor surgían del suelo, las cañas mojadas brillaban como prismas diamantinos y el río parecía una enorme serpiente de oro. Entonces, en lo alto, cruzando toda la bóveda celeste, se materializaba un doble arco iris, perfecto en toda la longitud de sus dos arcos, tan rico de colorido sobre el opaco azul oscuro de las nubes que cualquier cosa que no hubiese sido el paisaje de North Queensland habría parecido desvaído en contraste con su etéreo brillo. Pero en North Queensland no era así, y Meggie pensó que ahora sabía por qué el paisaje de Gillanbone era tan pardo y gris: Noríh Queensland había usurpado también los colores de la paleta que le correspondían.
Un día, a primeros de diciembre, Anne salió a la galería, se sentó junto a Meggie y la observó. ¡Oh! ¡Qué delgada y marchita estaba! ¡Incluso los preciosos cabellos de oro habían perdido su brillo!
– Meggie, no sé si he procedido mal, pero he hecho algo, y quiero que al menos me escuches antes de decir que no.
Meggie dejó de mirar el arco iris y sonrió.
– ¡Qué solemnidad la tuya, Anne! ¿Qué es lo que debo escuchar?
– Luddie y yo estamos preocupados por ti. No te has recobrado como era de esperar desde que nació Justine, y ahora, con la humedad, tienes aún peor aspecto. No comes y estás perdiendo peso. Nunca pensé que este clima te sentara bien; pero, mientras no ocurrió nada que te perjudicase, pudiste soportarlo. Ahora creo que estás delicada, y, a menos que hagamos algo, te pondrás realmente enferma.
Suspiró profundamente y prosiguió;
– Por eso, hace un par de semanas, escribí a una amiga mía de la oficina de turismo y concerté unas vacaciones para ti. No, no protestes por el gasto, pues esto no disminuirá los recursos de Luke ni los nuestros. El arzobispo nos envió un cheque por una cantidad elevada para ti, y tu hermano nos mandó otro para ti y la pequeña; creo que fue una insinuación, por parte de todos, para que fueses a pasar una temporada a Drogheda. Pero no creo que ir a Drog-heda sean las vacaciones que te convienen. Luddie y yo pensamos que lo que más necesitas es tiempo para reflexionar. Sin Justine, sin nosotros, sin Luke, sin Drogheda. ¿Has sido independiente alguna vez, Meggie? Ya es hora de que lo seas. Por consiguiente, te hemos reservado una casita de campo en Matlock Island por dos meses, desde el primero de enero hasta el primero de marzo. Luddie y yo cuidaremos de Justine. Sabes que nada malo puede pasarle, petfo, a la menor señal de alarma, te damos nuestra palabra de que te avisaríamos inmediatamente, y, como la isla tiene teléfono, podrías volver sin pérdida de tiempo.
El arco iris había desaparecido, y también el sol; pronto llovería de nuevo.
– Anne, si no hubiese sido por ti y por Luddie, en estos tres años me habría vuelto loca. Tú lo sabes. A veces, me despierto por la noche y me pregunto lo que habría sido de mí si Luke me hubiese confiado a unas personas menos amables. Vosotros os habéis preocupado de mí más que Luke.