La Sombra De La Guillotina
- Автор: Мантел Хилари
- Язык: испанский
- Жанр: Историческая проза
Электронная книга - «La Sombra De La Guillotina». Краткое содержание книги:
En la orilla izquierda del Sena, un joven y desconocido abogado llamado Georges-Jaques Danton intenta labrarse un porvenir. Es un hombre enérgico y se ha propuesto dejar su impronta en la historia cueste lo que cueste. Maximilien Robespierre, tambien abogado, es un hombre tímido que detesta la violencia pero está dispuesto a dar la vida por ayudar a los demas. Camille Desmoulins es un joven sin domicilio fijo y aparentemente sin porvenir.
¿Qué es la revolución francesa? ¿Un desastre, un sueño, una oportunidad? Para estos tres hombres representa la única carrera posible a la que consagrar su vida.
– ¿Crees que los ingleses se alegrarán de vernos? ¿Crees que nos recibirán en Dover con un banquete y una banda militar?
– Tenemos contactos.
– Es cierto -contestó Camille con tono burlón-, pero ¿dónde se mete Grace Elliot cuando uno la necesita?
– No es necesario que viajemos bajo nuestros nombres auténticos. Tengo documentos falsos, y conseguiré otros para ti. Nos haremos pasar por hombres de negocios, soy un experto en telares. Una vez en Inglaterra, nos pondremos en contacto con nuestros seguidores y buscaremos alojamiento. El dinero no será problema… ¿Qué sucede?
– ¿Cuándo planificaste esto?
– De camino hacia aquí.
– De modo que lo tenías todo planeado… Ésa ha sido siempre tu intención, ¿no es cierto? Aprovecharte de la situación cuando todo iba bien y largarte en cuanto las cosas se pusieran feas, ¿no es así? ¿Acaso te propones vivir en Hampshire como un caballero rural? ¿Es ésa tu máxima aspiración?
– No queda más remedio -contestó Danton. Tenía jaqueca, y las incesantes preguntas de Camille le producían más dolor de cabeza. Sentía deseos de decir: «Te conozco bien, desde que eras un mocoso tímido y apocado.»
– No puedo creer… -dijo Camille, temblando de rabia- que seas capaz de huir.
– Si vamos a Inglaterra podemos comenzar de nuevo. Trazar un plan.
Camille lo miró con tristeza. En realidad era una expresión que reflejaba más que tristeza, pero Danton estaba tan fatigado mentalmente ante la perspectiva de comenzar de nuevo que era incapaz de percibirla.
– Ve tú -dijo Camille-. Yo me quedo aquí. Me ocultaré el tiempo que haga falta. Cuando lo crea oportuno, te enviaré un recado. Confío en que regreses. No sé si lo harás, pero si me aseguras que regresarás creeré en tu palabra. No existe otra solución. Si no regresas, iré a Inglaterra. No tengo intención de continuar nuestra labor sin ti.
– Tengo esposa, un hijo y…
– Sí, lo sé. Gabrielle está encinta.
– ¿Te lo ha dicho ella?
– No, no tiene tanta confianza conmigo.
– A mí tampoco me lo ha dicho.
– Iré a hablar con nuestros amigos -dijo Camille, indicando la casa- y haré que se sientan avergonzados. Esta misma noche regresarán a París, puedes estar seguro de ello. Eso distraerá a los guardias y te dará oportunidad de escapar. El importante eres tú. No debí decir lo que dije antes. Pediré a Fabre que acompañe a Lucile a Bourg-la-Reine; puede ocultarse allí durante un par de semanas.
– No sé si confiaría la seguridad de mi esposa a Fabre.
– Entonces, ¿a quién? ¿A Conejo? ¿A nuestro valeroso carnicero?
Los dos amigos se miraron sonriendo.
– ¿Recuerdas lo que solía decir Mirabeau? -preguntó Camille-. «Vivimos en una época de grandes acontecimientos y hombres insignificantes.»
– Ten cuidado -dijo Danton-. Y de todos modos no te olvides de tu testamento. Yo me ocuparé de tu mujer.
Camille soltó una carcajada. Danton se volvió. No quería verlo partir.
Robespierre había caído contra una barrera al iniciarse el ataque. La conmoción había sido más intensa que el dolor. Había visto cadáveres por doquier. Tras retirarse las tropas, había observado cómo se llevaban a los heridos, y los absurdos despojos diseminados por el campo de batalla civiclass="underline" sombreros adornados de flores, un zapato, muñecas y peonzas.
Al cabo de unos minutos echó a andar. No estaba seguro de la dirección que había tomado, pero tenía prisa por regresar a la rue Saint-Honoré, al Club de los Jacobinos, para tomar posesión del territorio. Casi lo había conseguido, cuando de pronto alguien le interceptó el paso.
Robespierre levantó la cabeza. El individuo llevaba una camisa rota, un gorro manchado de polvo y los restos de un uniforme de la Guardia Nacional.
Lo más curioso era que se reía a mandíbula batiente, mostrando unos dientes afilados como los de un perro.
En la mano sostenía un sable con una cinta tricolor atada a la empuñadura.
Detrás de él había otros dos hombres, armados con bayonetas.
Robespierre permaneció inmóvil. Nunca llevaba pistola, pese a que Camille se lo había aconsejado en numerosas ocasiones. «De todos modos, no la utilizaría -le había contestado-. Soy incapaz de matar a nadie.»
Era cierto. En cualquier caso, era demasiado tarde.
Se preguntó si moriría rápidamente o sufriría una lenta agonía. Sea como fuere, no dependía de él. No podía hacer nada para defenderse.
Dentro de unos momentos, pensó, descansaré para siempre. Me quedaré dormido.
La espantosa calma que sentía en su corazón se reflejaba en su rostro.
El individuo con cara de perro extendió el brazo, lo agarró por la pechera de la casaca y le ordenó:
– Arrodíllate.
De improviso alguien le empujó desde detrás y lo derribó al suelo.
Robespierre cerró los ojos.
No imaginé que sería de este modo, pensó.
En medio de la calle.
Entonces oyó que alguien pronunciaba su nombre, no desde el otro lado de la eternidad sino en su mismo oído.
Acto seguido, dos pares de manos lo ayudaron a incorporarse.
Luego oyó el ruido de un desgarrón, unas blasfemias, un grito y el contacto de un puño contra un rostro humano. Al abrir los ojos, vio al individuo con cara de perro sangrando por la nariz y a una mujer, tan alta como su agresor, de cuya nariz manaba también un chorro de sangre.
– De modo que te dedicas a atacar a las mujeres, ¿eh? Veamos qué puedo hacer con estas tijeras.
La mujer sacó de entre los pliegues de la falda unas tijeras de sastre. Otra mujer, detrás de ella, sostenía en la mano una pequeña hacha, como la que suele utilizarse para partir leña.
Mientras Robespierre trataba de recuperar el resuello aparecieron una docena de mujeres armadas con barras de hierro, astas de picas y cuchillos, gritando «¡Robespierre!» Al cabo de unos instantes salieron numerosas personas de las tiendas y las casas para presenciar la escena.
Los hombres armados con bayonetas habían sido obligados a emprender la retirada. El individuo con cara de perro lanzó un escupitajo de sangre y saliva, alcanzando el rostro de la mujer que sostenía las tijeras.
– ¡Escupe, aristócrata! -gritó ésta-. Muéstrame a Lafayette y lo abriré en canal y lo rellenaré con castañas. ¡Robespierre! -gritó de nuevo-. Si tenemos que tener un Rey, queremos que sea él.
– ¡El rey Robespierre! -corearon todas las mujeres-. ¡El rey Robespierre!
El hombre era alto y calvo, llevaba un delantal limpio de algodón y sostenía un martillo en la mano mientras agitaba el otro brazo para abrirse paso entre la multitud.
– Soy uno de los vuestros -gritó-. Mi casa está cerca de aquí.
Las mujeres retrocedieron.
– Es el carpintero Duplay -dijo una-, un buen patriota, un buen maestro carpintero.
Duplay blandió el martillo en las narices de los guardias mientras las mujeres lo vitoreaban.
– No sois más que basura -dijo a los guardias-. ¡Atrás, cerdos! -Luego agarró a Robespierre del brazo y repitió-: Mi casa está muy cerca. Acompáñame.
Las mujeres les abrieron paso, tratando de tocar a Robespierre. Éste siguió a Duplay a través de una pequeña puerta y entraron en casa del carpintero.
En el patio había un grupo de operarios, charlando.
– Volved al trabajo, muchachos -dijo su patrono-. Y poneos la camisa en señal de respeto a nuestro huésped.
– No es necesario -protestó Robespierre.
No quería que alteraran sus costumbres por él. En un arbusto junto a la puerta había un petirrojo cantando. El aire olía a madera recién cortada. Al otro lado del patio estaba situada la vivienda. Robespierre sabía lo que hallaría al otro lado de la puerta. El carpintero Duplay apoyó una mano en su hombro y dijo:
– Estás a salvo, muchacho.
Una mujer alta y poco agraciada, con un sencillo vestido negro, salió de una puerta lateral.