El Peso De La Culpa
- Автор: Джордж Элизабет
- Язык: испанский
- Жанр: Другие детективы
Электронная книга - «El Peso De La Culpa». Краткое содержание книги:
– ¿Tenían idea de qué quería hacer su hija una vez regresara a Londres después de pasar el verano en Derbyshire? -preguntó Hanken.
Maiden le miró sin pestañear, aunque su mujer apartó la vista.
– No -contestó-. No lo sé.
– ¿Está seguro? ¿No quiere añadir nada más? ¿Nada que quiera explicar?
– Nada -dijo Maiden, y se volvió hacia su mujer-. ¿Y tú, Nancy?
– Nada.
Hanken hizo un ademán con la bolsa de pruebas.
– Ya conoce la rutina, señor Maiden. En cuanto recibamos el informe detallado del forense, es muy probable que tengamos que hablar otra vez.
– Lo sé -dijo Andy Maiden-. Haga su trabajo, inspector. Hágalo bien. Es todo lo que pido.
Pero no miró a su mujer.
A Hanken se le antojaron dos desconocidos en un andén de ferrocarril, relacionados de alguna manera con un huésped que se marchaba y al que ninguno de los dos admitía conocer.
Nan Maiden siguió al inspector con la mirada. Sin darse cuenta empezó a mordisquearse lo que quedaba de las uñas de su mano derecha. A su lado, Andy dejó la botella de Pellegrino en una depresión que su tacón había horadado en la tierra blanda que rodeaba el hoyo lleno de cemento. Odiaba la Pellegrino. Detestaba todas las aguas que se jactaban de ofrecer más beneficios que el agua de su propio pozo. Ella lo sabía. Pero cuando había mirado desde el rellano del primer piso, cuando vio a través de los árboles el coche que frenaba junto al camino y vio bajar al inspector Hanken, una botella de agua fue la única excusa que se le ocurrió para bajar a toda prisa con el fin de interceptarle. Se agachó para coger la botella y limpió la tierra adherida como sarna a la condensación que perlaba el plástico.
Andy fue a buscar el poste de roble y hierro forjado del cual colgaría el nuevo letrero de Maiden Hall. Lo hundió en el suelo y lo sujetó con cuatro robustos maderos. Distribuyó el resto del cemento alrededor.
¿Cuándo hablaremos?, se preguntó Nan. ¿Cuándo se podrá verbalizar lo peor? Intentó convencerse de que sus treinta y siete años de matrimonio hacían la conversación innecesaria entre ambos, pero sabía que no era cierto. Solo en los días dichosos del cortejo, el compromiso y la luna de miel bastaba una mirada, una caricia o una sonrisa entre hombre y mujer. Y se hallaban a décadas de distancia de aquellos días dichosos. Más de treinta años y una muerte devastadora les separaban de aquella época en que las palabras eran secundarias para el conocimiento de la persona amada, tan inmediato y natural como respirar.
Andy, en silencio, aplanó el cemento alrededor del poste. Rascó los restos de la mezcla, hasta que no quedó nada en el cubo. A continuación, dedicó su atención a los reflectores. Nan estrujó la botella de Pellegrino contra el pecho y dio media vuelta para subir al hostal.
– ¿Por qué dijiste eso? -preguntó su marido.
Ella se volvió.
– ¿El qué?
– Ya lo sabes. ¿Por qué dijiste que habías subido a verme, Nancy?
Ella notó la botella pegajosa contra su palma, y dura contra su pecho.
– Es que subí a verte -contestó.
– No. Los dos lo sabemos.
– Sí que lo hice, cariño. Estabas dormido. Debiste amodorrarte. Eché un rápido vistazo desde la puerta y volví a trabajar. No me sorprende que no me oyeras.
Andy estaba inmóvil, con los proyectores en las manos. Nan deseó envolver su cuerpo con un manto protector que ahuyentara los demonios y aplacara la desesperación. Pero se quedó quieta, a pocos metros de él, sujetando una botella de Pellegrino que él no deseaba y que nunca bebería, como ambos bien sabían.
– Ella es el porqué -dijo él en voz baja-. Todo viaje en la vida llega a su fin, pero si tienes suerte hallarás un nuevo comienzo durante el trayecto. Nick es el porqué. ¿Lo comprendes, Nancy?
Sus miradas se encontraron un momento. Los ojos de Andy, que ella había estudiado durante treinta y siete años de amor y frustración, de risas y miedo, de placer y angustia, le hablaban de un mensaje tan inconfundible como incomprensible. Nancy tembló a causa de un escalofrío de miedo, convencida de que no podía permitirse el lujo de comprender nada de lo que el hombre al que amaba intentara explicarle a partir de aquel momento.
– He de hacer algo en el hostal -dijo.
Empezó a subir la ladera entre los limeros. Sintió el aire frío de las sombras, como si las hojas de los árboles lo estuvieran desprendiendo al igual que gotas de lluvia. Primero tocó sus mejillas, después se deslizó hasta sus hombros, y el movimiento del frío sobre su piel la impulsó a volverse hacia su marido para hacer una última pregunta.
– Andy -dijo con voz normal-. ¿Me oyes desde aquí?
El hombre no contestó ni levantó la vista. No hizo nada, salvo situar el primer proyector bajo el poste que sujetaría el nuevo letrero de Maiden Hall.
– Oh, Dios -susurró Nancy. Dio media vuelta y continuó subiendo.
Después de la conversación sostenida con su tío Jeremy el día anterior, Samantha había procurado evitarle. Le había visto durante el desayuno y la comida, por supuesto, pero había esquivado el contacto visual y la conversación con él, y en cuanto terminó de comer recogió su plato y salió de la habitación.
Estaba en el patio más antiguo, dispuesta a limpiar lo que parecían cincuenta años de mugre de las ventanas que aún conservaban los vidrios, cuando reparó en su primo. Estaba sentado ante el escritorio de su despacho, al otro lado de los guijarros donde ella estaba desenrollando una manguera. Se detuvo para observarle y admirar la forma en que la luz otoñal incidía sobre la ventana abierta del despacho y teñía su cabeza con un tono dorado rojizo. Vio que se masajeaba las arrugas de la frente, y eso le reveló la tarea en que estaba enfrascado, aunque no el motivo.
Era muy bueno con los números, por lo tanto estaba revisando los libros de cuentas, como cada semana, con el fin de evaluar los ingresos, bienes e inversiones de la propiedad familiar. Pasaba revista a todo: lo que ingresaba por la venta de cachorros y lo que gastaba en el mantenimiento de la perrera; lo que ingresaba de los alquileres devengados en la propiedad y lo que se destinaba de los beneficios a la conservación de todas las granjas; los ingresos procedentes de las fiestas y torneos celebrados en Broughton Manor y los gastos derivados de la utilización de la propiedad por terceros; los intereses de los capitales invertidos y la parte de dicho capital que era menester sacrificar cuando los gastos del mes superaban a los beneficios.
Cuando hubiera terminado con eso, examinaría los libros en los que registraba meticulosamente cada libra gastada en la renovación de Broughton Manor, y después refrescaría su memoria acerca de las deudas que también formaban parte del Cuadro Económico de la Familia Britton. Cuando terminara, se habría hecho una idea cabal del estado de las cosas, y trazaría los planes pertinentes para la semana siguiente.
A Samantha no le sorprendió verle examinando los libros, pero sí que lo hiciera por segunda vez en cuatro días.
Vio que se mesaba el cabello. Tecleó cifras en una anticuada calculadora y Samantha oyó el sonido del aparato al sumar. Cuando tuvo la respuesta, Julian cortó el papel y lo examinó. Después lo arrugó y tiró a la papelera. Volvió a los libros.
Samantha se sintió conmovida. Se preguntó si existía algún hombre tan responsable como Julian. Un hijo menos consciente de la historia familiar y de su deber personal habría huido de aquel hogar ancestral de pesadilla mucho tiempo antes. Un hijo menos afectuoso habría dejado que su padre se precipitara al delirium tremens, la cirrosis hepática y una tumba prematura. Pero su primo Julian no era ese tipo de hijo. Sentía los lazos de sangre y las obligaciones de su herencia. Eran cargas tremendas, pero las llevaba con elegancia. Si las hubiera abordado de otra forma, Samantha no habría llegado a quererle tanto. En su esfuerzo, había aprendido a ver un propósito definido que sintonizaba con su forma de vivir.