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El Pajaro Canta Hasta Morir (el Pajaro Espino)

Электронная книга - «El Pajaro Canta Hasta Morir (el Pajaro Espino)». Краткое содержание книги:

En la Australia casi salvaje de los primeros años delsiglo XX, se desarrolla una trama de pasión ytragedia que afecta a tres generaciones. Una historia de amor ¿la que viven Maggie y el sacerdote Ralph de Bricassart? que se convierte en renuncia, dolor y sufrimiento, y que marca el altoprecio de la ambición y de las convenciones sociales. Una novela que supuso un verdadero fenómeno y que ha alcanzado la categoría de los clásicos.
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– La Iglesia se ha pronunciado rotundamente sobre esta cuestión. No se puede elegir. Ni se puede condenar a muerte al hijo para salvar a la madre, ni se puede condenar a la madre para salvar al hijo. -Sonrió al doctor Smith, con la misma malicia que éste-. Pero, si se plantease ahora este dilema, doctor, no vacilaría en aconsejarle que salvase a Meggie y que no se preocupara del pequeño.

El doctor Smith se quedó boquiabierto, rió y le dio una palmada en la espalda.

– ¡Bravo! -dijo-. Quede tranquilo, pues no difundiré lo que acaba de decir. Sin embargo, mientras el niño siga con vida, no cieo que convenga liquidarlo.

Pero Anne pensaba para sus adentros: ¿Qué habrías respondido, arzobispo, si el hijo hubiese sido tuyo?

Unas tres horas más tarde, cuando el sol se hundía tristemente en dirección a la brumosa mole del monte Bartle Frere, el doctor Smith salió de la habitación.

– Bueno, ya está -declaró, bastante satisfecho-. Meggie tardará en reponerse, pero, si Dios quiere, se pondrá bien. Y la criatura es una niña de dos kilos trescientos gramos, pellejuda y lunática, cabezuda y con un mal genio que nunca había visto en un recién nacido pelirrojo. Un bicho al que no matarían de un hachazo, y lo sé muy bien, porque yo mismo estuve a punto de intentarlo.

Luddie, entusiasmado, descorchó la botella de champaña que tenía reservada para la ocasión, y ios cinco se pusieron en pie y levantaron sus copas. El sacerdote, el médico, la comadrona, el agricultor y su mujer tullida, brindaron por la salud y la suerte de la madre y de su llorona y revoltosa hija. Era el primero de junio, el primer día del verano australiano.

Había llegado una enfermera para sustituir a la comadrona, y se quedaría hasta que Meggie fuese declarada fuera de peligro. El médico y la comadrona se marcharon, y Anne, Luddie y el arzobispo entraron a ver a Meggie.

Ésta parecía tan menuda y derrengada en aquella cama de matrimonio que el arzobispo Ralph se vio obligado a guardar otro dolor independiente en el fondo de su memoria, para sacarlo, estudiarlo y soportarlo más tarde. «Meggie, mi desgarrada y apaleada Meggie, yo te amaré siempre, pero no puedo darte lo que te dio Luke O'Neill, aunque fuese de mala gana.»

El trocito de humanidad responsable de todo esto yacía en una cuna de mimbre junto a la pared del fondo, completamente indiferente a su atención, mientras todos se agrupaban a su alrededor para mirarlo. Chillaba, muy enfadada, y no cesaba en sus gritos. Por fin, la enfermera la levantó, junto con la cuna, y la depositó en la habitación que le había sido destinada.

– Desde luego, sus pulmones están sanos -dijo el arzobispo Ralph, sonriendo, y se sentó en el borde de la cama y asió la pálida mano de Meggie.

– No creo que la guste mucho la vida -dijo Meggie, correspondiendo'a su sonrisa. ¡Qué viejo parecía! Esbelto y apuesto como siempre, pero inconmensurablemente más viejo. Volvió la cabeza en dirección a Anne y Luddie, y les tendió la otra mano-. ¡Mis queridos y buenos amigos! ¿Qué habría hecho sin ustedes? ¿Hay noticias de Luke?

– He recibido un telegrama diciendo que su trabajo le impide venir, pero que te desea suerte.

– ¡Qué amable! -exclamó Meggie.

Anne se inclinó rápidamente para besarla en la mejilla.

– La dejaremos sola, para que pueda hablar con el arzobispo, querida. Estoy segura de que tienen muchas cosas que decirse. -Asió a Luddie de un brazo e hizo una seña con el dedo a la enfermera, que se había quedado mirando boquiabierta al sacerdote, como si no pudiese dar crédito a sus ojos-. Venga, Nettie, a tornar una taza de té con nosotros. Si Meggie la necesita, Su Ilustrísima la llamará.

– ¿Qué nombre vas a ponerle a tu hija?-preguntó él, cuando los otros hubieron salido y cerrado la puerta.

– Justine.

– Un nombre muy bonito. Pero, ¿por qué lo elegiste?

– Lo leí en alguna parte, y me gusta.

– ¿No la quieres, Meggie?

La cara de ella se había encogido, y parecía toda ojos; unos ojos dulces y llenos de una luz velada, sin odio, pero sin amor.

– Supongo que sí. Sí, la quiero. Hice cuanto pude para tenerla. Pero, cuando la llevaba en mi seno, no podía sentir nada por ella, salvo que ella no me quería. No creo que Justine sea nunca mía, ni de Luke, ni de nadie. Creo que sólo se pertenecerá a sí misma.

– Tengo que marcharme, Meggie -deGlaró él suavemente.

Y ahora, los ojos de la joven se endurecieron, brillaron más; su boca se torció en un gesto desagradable.

– ¡Lo esperaba! Es curioso que todos los hombres que ha habido en mi vida escurrieron el bulto, ¿verdad?

Él se estremeció.

– No seas cruel, Meggie. Me entristece dejarte pensando de este modo. A pesar de cuanto te ha ocurrido en el pasado, has conservado siempre tu dulzura, y ésta ha sido, para mí, tu cualidad más estimable. No cambies, no te endurezcas a causa de esto. Sé que debe de ser terrible para ti pensar que Luke no se ha tornado la molestia de venir, pero no cambies. Si lo hicieses, dejarías de ser mi Meggie.

Pero ella siguió mirándole casi como si le odiara.

– ¡Oh, vamos, Ralph! ¡Yo no soy su Meggie, ni lo fui nunca! Usted no me quería, usted me envió a él, a Luke. ¿Qué se imagina que soy? ¿Una santita, o una monja? Pues no lo soy. Soy un ser humano corriente, ¡y usted destrozó mi vida! Siempre le amé, ni quise a nadie más, le esperé… Luego traté de olvidarle con todas mis fuerzas, pero me casé con un hombre que pensé que se le parecía un poco, y é¡ tampoco me amaba ni me necesita. Ser necesitada por un hombre, ser amada por él, ¿es pedir demasiado?

Empezó a sollozar, pero se dominó; había en su rostro unas finas arrugas de dolor que él no había visto antes de ahora, y comprendió que no' eran de las que se borraban con el descanso y la recuperación de la salud.

– Luke no es malo, ni siquiera antipático -siguió diciendo ella-. Sólo es un hombre. Todos los hombres son iguales: mariposas grandes y velludas, que se destruyeron corriendo tras una llama tonta que brilla detrás de un cristal tan fino que sus ojos no lo ven. Y, si consiguen atravesar el cristal y volar hasta la llama, se queman y caen muertos. Mientras tanto, fuera, en la noche fresca, hay comida y amor y mariposas pequeñas a su alcance. Pero, ¿lo ven ustedes? ¿Lo quieren? ¡No! Hay que volver a la llama, revolotear como insensatos, ¡hasta que se queman y mueren!

Él no supo qué decirle, pues era éste un aspecto de ella que jamás había visto. ¿Había estado siempre allí, o se había desarrollado a causa de su aflicción y su abandono? ¿Era Meggie quien decía estas cosas? Casi no oía lo que decía, tan trastornado estaba de que lo dijese, sin comprender que todo procedía de su soledad… y de su sentimiento de culpa.

– ¿Recuerdas la rosa que me diste la noche en que me marché de Drogheda?

– preguntó tiernamente.

– Sí, la recuerdo.

La vida había huido de su voz, y el fuerte brillo, de sus ojos. Ahora le miraba como un alma sin esperanza, tan inexpresiva y fría como su madre.

– Todavía la llevo en mi breviario. Y cada vez que veo una rosa de aquel color, pienso en ti. Te quiero, Meggie. Tú eres mi rosa, la imagen humana y la idea más hermosa de mi vida.

Ella frunció de nuevo las comisuras de los labios, y de nuevo brilló aquel orgullo tenso, chispeante, que tenía cierto matiz de odio.

– ¡Una imagen! ¡Una idea! ¡Una imagen y una idea humanas! Sí, es verdad, ¡esto es lo que soy para usted! ¡Usted no es más que un tonto romántico y soñador, Ralph de Bricassart! No tiene más idea de lo – que es la vida que la mariposa con la que le comparé. ¡No es extraño que se hiciera sacerdote! Si fuese un hombre corriente, no podría vivir en la vulgaridad de la vida, como no puede hacerlo un hom Ere vulgar como Luke.

»Dice que me quiere, pero no tiene la menor idea de lo que es el amor; pronuncia palabras que se ha aprendido de memoria, ¡porque piensa que suenan bien! Lo que me asombra es por qué no se las han ingeniado los hombres para prescindir totalmente de las mujeres, que es lo que les gustaría hacer, ¿no? Si encontrasen la manera de casarse entre ustedes, ¡su felicidad sería divina!

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