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El Peso De La Culpa

Электронная книга - «El Peso De La Culpa». Краткое содержание книги:

Parece que Asuntos Internos va a dejar de investigar de una vez por todas a la brillante, pero indisciplinada detective Barbara Havers. Tras una suspensión temporal como policía, Havers regresa al trabajo a las órdenes del lúcido Inspector Lynley en un extraño caso: el hallazgo de dos jóvenes en un bosque, con signos visibles de haber sufrido una cruenta muerte. Un asesinato de especial virulencia que abre una puerta hacia las oscuras y poderosas alteraciones de la psique humana. Un sórdido espacio en el que el sexo deviene en sadomasoquismo, y el pasado se adentra en la cara odiosa de una doble vida.
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Hanken aparcó junto al camino y estudió a Maiden, que trabajaba con un feroz derroche de energías, como si tuviera que colocar el letrero en un tiempo récord. Estaba sudando copiosamente. Su forma física era notable, y Hanken observó que parecía poseer el vigor y la fortaleza de un muchacho de veinte años.

– Señor Maiden -llamó cuando abrió la puerta-. ¿Podemos hablar un momento, por favor? -Como no hubo reacción, habló en voz más alta-. ¿Señor Maiden?

Maiden se volvió con lentitud. Hanken se quedó impresionado por lo que la expresión de su cara revelaba sobre su estado mental. Si el cuerpo del hombre habría podido pertenecer a un joven, el rostro era el de un anciano. Parecía que lo único que le impulsaba a continuar adelante era la pura fuerza física, desprovista de reflexión. Si le pedían que hiciera otra cosa que sudar y trabajar, el caparazón del hombre en que se había convertido estallaría en mil pedazos, como golpeado por un martillo.

Hanken experimentó una doble reacción al ver al ex agente del SO10: una inmediata oleada de compasión, sustituida casi con igual rapidez por el recuerdo de un detalle importante. Como topo, Andy Maiden sabía interpretar un papel.

Hanken guardó la bolsa de pruebas en el bolsillo de la chaqueta y se reunió con Andy Maiden. Este le miró, inexpresivo, mientras se acercaba.

Hanken señaló el nuevo letrero y admiró la maestría artesanal de su fabricación.

– Es más bonito que el letrero de la carretera de Cavendish, diría yo.

– Gracias.

Pero Maiden no había pasado años en la Policía Metropolitana para pensar que el inspector a cargo de la investigación del asesinato de su hija había venido para hablar del cartel. Arrojó una palada de cemento al hoyo que había cavado y hundió la pala en la tierra cercana.

– Nos trae noticias -dijo, y dio la impresión de que intentaba leer en la cara de Hanken la respuesta antes de oírla.

– Han encontrado una navaja.

Hanken le resumió la historia de cómo la navaja había acabado en manos de la policía.

– Querrá que le eche un vistazo -dijo Maiden, siempre un paso por delante de él.

Hanken sacó la bolsa de plástico y la sostuvo. Maiden no pidió que se la entregara. Se la quedó mirando como si la sangre que la manchaba pudiera proporcionarle una respuesta a preguntas que aún no se atrevía a formular.

– Dijo que usted le había dado su propia navaja -le recordó Hanken-. ¿Podría ser esta? -Maiden asintió-. ¿Hay algo que distinga la navaja que le dio de otras del mismo tipo?

– ¿Andy? -La voz de una mujer se fue acercando a medida que esta bajaba desde el hostal, caminando entre los árboles-. Andy, cariño, te he traído un poco… -Nan Maiden enmudeció cuando vio a Hanken-. Perdone, inspector. No sabía que estuviera… Andy, te be traído un poco de agua. El calor, ya sabes. La Pellegrino te sienta bien, ¿verdad? -Entregó el agua a su marido y se masajeó las sienes-. No estás haciendo demasiado esfuerzo, ¿verdad?

Su marido se encogió de hombros.

Hanken sintió un escalofrío en la nuca. Paseó la vista entre marido y mujer, analizó el momento que acababa de pasar entre ellos, y supo que se estaba acercando a marchas forzadas el momento de hacer la pregunta que aún nadie se había atrevido a verbalizar.

– En cuanto a algo que pudiera diferenciar la navaja que entregó a su hija de otras navajas suizas similares… -dijo, después de saludar con la cabeza a la mujer de Maiden.

– Una de las hojas de las tijeras se rompió hace unos años. Nunca la sustituí -dijo Maiden.

– ¿Algo más?

– No que yo recuerde.

– Después de darle la navaja, tal vez esta, ¿se compró otra?

– Tengo otra, sí. Más pequeña y menos pesada.

– ¿La lleva encima?

Maiden introdujo la mano en el bolsillo de sus tejanos cortados. Sacó otro modelo de navaja suiza y lo entregó al inspector. Hanken lo examinó y utilizó el pulgar para abrir la hoja más larga. Su longitud era de unos cinco centímetros.

– Inspector-dijo Nan Maiden-, no entiendo qué tiene que ver la navaja de Andy con nada. -Y agregó sin esperar respuesta-. Aún no has comido, cariño. ¿Te traigo un bocadillo?

Pero Andy Maiden estaba mirando a Hanken, que medía todas las hojas de la navaja. Hanken notó los ojos del ex agente fijos en él. Intuyó la intención de la mirada clavada en sus dedos.

– Andy -dijo Nan Maiden-. ¿Puedo traerte…?

– No.

– Pero has de comer algo. No puedes seguir…

– No.

Hanken alzó la vista. La navaja de Maiden era demasiado pequeña para ser el arma homicida. Pero eso no evitaba formular la subsiguiente pregunta. Ambos lo sabían. Al fin y al cabo, Maiden había admitido haber ayudado a su hija el martes a cargar los útiles de acampada en el coche. Y él le había dado la navaja, sobre cuya desaparición había llamado la atención con posterioridad.

– Señor Maiden -dijo-, ¿dónde estaba usted el martes por la noche?

– Esa pregunta es monstruosa -musitó Nan Maiden.

– Supongo que sí -admitió Hanken-. ¿Señor Maiden?

Maiden miró en dirección al hostal, como si lo que fuera a decir necesitara la corroboración del hostal.

– El martes por la noche padecí molestias en los ojos. Subí temprano porque tenía visión de túnel. Me asusté, así que me acosté a ver si mejoraba.

¿Visión de túnel?, se preguntó Hanken. Era una coartada más vieja que el tebeo. A juzgar por su expresión, Maiden dedujo los pensamientos de Hanken.

– Sucedió durante la cena, inspector -explicó-. No se pueden mezclar bebidas o servir cenas si el campo de visión se te reduce al tamaño de una moneda.

– Es la verdad -afirmó Nan-. Subió a su cuarto a descansar.

– ¿A qué hora fue?

La mujer de Maiden contestó por él.

– El primero de nuestros huéspedes había acabado los entrantes, de modo que Andy debió de marcharse alrededor de las siete y media.

Hanken miró a Maiden para que lo confirmara, pero este frunció el entrecejo como si estuviera manteniendo un complicado diálogo consigo mismo.

– ¿Cuánto rato estuvo en su habitación?

– El resto de la noche -dijo Maiden.

– La visión no mejoró. ¿Fue así?

– Fue así.

– ¿Le ha visto algún médico? Me parece un problema que podría causar verdaderas preocupaciones.

– Andy ha tenido diversas dificultades por el estilo -dijo Nan-. Vienen y se van. Cuando descansa se pone bien. Eso fue lo que hizo el martes por la noche. Descansar. Por culpa de la vista.

– No obstante, creo que debería consultarlo con un médico. Podría degenerar en algo peor. Yo temería un ataque inminente. En cuanto tuviera los primeros síntomas, llamaría a una ambulancia.

– Ya hemos pasado antes por esto. Sabemos lo que hay que hacer -insistió Nan Maiden.

– ¿Por ejemplo? -preguntó Hanken-. ¿Aplicar compresas de hielo? ¿Acupuntura? ¿Masaje corporal completo? ¿Media docena de aspirinas? ¿Qué hace cuando parece que a su marido le va a dar un ataque?

– No es un ataque.

– Así que le dejó solo para que descansara, ¿verdad? Desde las siete y media de la noche hasta… ¿qué hora debió de ser, señora Maiden?

El cuidado con que la pareja evitó mirarse fue tan obvio como si se hubieran puesto de acuerdo.

– Claro que no dejé solo a Andy, inspector -dijo Nan-. Subí a verle dos veces. Tres, tal vez. Durante la noche.

– ¿Y a qué horas subió a verle?

– No tengo ni idea. A las nueve, probablemente. Después, a eso de las once. -Cuando Hanken miró a Maiden, continuó hablando-. Es inútil que pregunte a Andy. Se durmió, y yo no le desperté. Pero estuvo en su cuarto, y allí se quedó toda la noche. Espero que sea solo eso lo que desea preguntar al respecto, inspector Hanken, porque la sola idea… solo pensar que… -Sus ojos brillaron cuando miró a su marido. El hombre desvió la vista en dirección a la garganta en forma de U, cuyo extremo sur podía verse en el punto donde la carretera torcía hacia el norte-. Espero que sea todo cuanto quiere preguntar -insistió con serena dignidad.

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