La Sombra De La Guillotina
- Автор: Мантел Хилари
- Язык: испанский
- Жанр: Историческая проза
Электронная книга - «La Sombra De La Guillotina». Краткое содержание книги:
En la orilla izquierda del Sena, un joven y desconocido abogado llamado Georges-Jaques Danton intenta labrarse un porvenir. Es un hombre enérgico y se ha propuesto dejar su impronta en la historia cueste lo que cueste. Maximilien Robespierre, tambien abogado, es un hombre tímido que detesta la violencia pero está dispuesto a dar la vida por ayudar a los demas. Camille Desmoulins es un joven sin domicilio fijo y aparentemente sin porvenir.
¿Qué es la revolución francesa? ¿Un desastre, un sueño, una oportunidad? Para estos tres hombres representa la única carrera posible a la que consagrar su vida.
Entre los fríos muros de la prisión sonó una estremecedora carcajada, seguida de una voz juvenil, aguda e histérica:
– ¡Viva el Amigo del Pueblo!
Luego, François oyó una voz que no reconoció, y otra cerca de ésta mascullando:
– Dice que tiene diecisiete prisioneros y no sabe dónde meterlos.
– Es como para morirse de risa -contestó la voz juvenil.
Al cabo de unos instantes la luz naranja de una antorcha invadió la celda. François se levantó.
Por la puerta asomaron unas cabezas, por fortuna adheridas a unos cuerpos.
– ¿Puedo marcharme?
– Sí, sí -contestó un soldado con tono irritado-. Tengo que acomodar a más de cien personas, gente que vagaba por las calles sin una justificación legítima. Siempre podemos volver a arrestarte dentro de unos días.
– ¿Qué hiciste? -inquirió la voz juvenil.
– Es profesor de derecho -contestó el tipo de las botas con la puntera metálica, al cual pertenecía la voz ebria-. ¿No es así, profesor? Un buen amigo mío -añadió, apoyando la mano en el hombro de François y echándole su pestilente aliento a la cara-. ¿Dónde está Danton? Él es el cabecilla.
– Si tú lo dices -respondió François.
– Lo he visto -anunció el soldado a sus colegas-. Me dijo, en vista de lo que sabes sobre prisiones, cuando sea el jefe de esta ciudad te encomendaré la misión de arrestar a todos los aristócratas y cortarles la cabeza. Percibirás un buen sueldo, me dijo, pues se trata de un servicio público.
– Eso es un cuento -replicó el joven-. Danton nunca ha hablado contigo. Estás borracho. El verdugo es el señor Sanson, como lo fueron su padre y su abuelo. ¿Acaso piensas sustituirlo? No me creo que Danton te dijera eso.
François Robert había regresado a casa. Las manos le temblaban tan violentamente que apenas era capaz de sostener la taza de café.
– Jamás imaginé que eso iba a afectarme de este modo -dijo, esbozando una mueca al tratar de sonreír-. Mi liberación fue una experiencia tan traumática como mi arresto. Olvidamos cómo es la gente, Louise, su ignorancia, su violencia, su manía de sacar conclusiones precipitadamente.
Louise recordó la escena con Camille, dos años atrás: los héroes de la Bastilla por las calles, el café enfriándose junto al lecho, la expresión de pánico en sus ojos separados y de mirada helada.
– Los jacobinos se han dividido -dijo Louise-. Los de la derecha van a formar otro club. Todos los amigos de Lafayette se han esfumado, toda la gente que solía apoyar a Mirabeau. Sólo queda un puñado de hombres, Pétion, Buzot, Robespierre…
– ¿Qué dice Robespierre?
– Que se alegra de que las disensiones hayan salido al descubierto. Que empezará de nuevo, esta vez con patriotas.
Louise cogió la taza de manos de François e hizo que apoyara la cabeza sobre su pecho, mientras le acariciaba el pelo y el cuello.
– Robespierre irá a los Campos de Marte -dijo-. Dará la cara, no lo dudes. Pero no esperes ver allí a los amigos de Danton.
– Entonces, ¿quién llevará la petición? ¿Quién va a representar a los cordeliers?
Dios mío, no, pensó François.
Al amanecer, Danton le dio unas palmadas en la espalda y dijo:
– Buen chico. No te preocupes, nos ocuparemos de su esposa. Los cordeliers no olvidarán tu gesto, François.
Al amanecer se habían reunido en el estudio de Danton, empapelado de rojo. Los sirvientes dormían tendidos en el suelo de la primera planta de la casa. Dormían el sueño de los sirvientes, pensó Gabrielle. Les llevó café a los hombres, rehuyendo su mirada. Danton entregó a Fabre una copia del Amigo del Pueblo.
– Dice, Dios sabe con qué fundamento -le informó-, que Lafayette se propone abrir fuego contra el pueblo. Por consiguiente, Marat asegura que hará asesinar al general. Resulta que la noche en que nos avisaron…
– ¿No puedes evitarlo? -preguntó Gabrielle-. ¿No puedes impedir que suceda?
– ¿Quieres que envíe a la multitud a casa? Es demasiado tarde. Han salido a celebrarlo. Para ellos, la petición sólo constituye una parte del asunto. Y no puedo responder por Lafayette.
– En ese caso, ¿debemos prepararnos para partir, Georges? No me importa, pero dime lo que quieres hacer. Dime lo que está sucediendo.
Danton parecía inquieto. Su intuición le decía que ese día las cosas saldrían mal y que era preferible largarse cuanto antes. Echó un vistazo a su alrededor, buscando a alguien que sirviera como la voz de su intuición. Fabre abrió la boca, pero Camille le interrumpió:
– Hace dos años, Danton, podías cerrar la puerta de tu estudio para ocuparte del caso de la empresa naviera que tenías entre manos. Pero ahora las cosas han cambiado.
Danton lo miró con aire pensativo y asintió. Luego siguieron aguardando. Ya había amanecido; era el comienzo de otro día soleado y caluroso.
Campos de Marte, el día de la celebración. La gente va endomingada; las mujeres se pasean con sombrillas y perritos sujetos con una cadena. Los niños se agarran a las faldas de sus madres con dedos pegajosos. Un grupo de personas han comprado unos cocos y no saben qué hacer con ellos. El sol se refleja en el acero de las bayonetas mientras la gente se saluda fraternalmente, alzan a los niños en brazos, se empujan y gritan alarmados al verse separados de sus familias. Debe de tratarse de un error. Han izado la bandera roja de la ley marcial. ¿Qué hace esa bandera ondeando el día en que se celebra la toma de la Bastilla? De pronto suena la primera descarga. La muchedumbre retrocede horrorizada, tropieza, cae bajo los cascos de los caballos, mientras la hierba se tiñe de sangre. Todo termina en diez minutos. Se ha dado un escarmiento. Un soldado desmonta del caballo y vomita.
Hacia media mañana llegaron las primeras noticias. Al parecer, los muertos ascendían a cincuenta. Puede que fuera una exageración, pero en cualquier caso el balance de víctimas, resultaba difícil de encajar. El estudio empapelado de rojo se había vuelto pequeño, asfixiante. Habían echado el cerrojo a la puerta, la misma que habían cerrado hacía dos años, la que había permanecido cerrada a cal y canto el día en que las mujeres marcharon sobre Versalles.
– Para expresarlo sin rodeos -dijo Danton-, ha llegado el momento de marcharse. Cuando la Guardia Nacional se dé cuenta de lo que han hecho, buscarán a un chivo expiatorio y culparán a los autores de la petición, o sea, a nosotros. -Alzó la cabeza y preguntó-: ¿Acaso disparó alguien de entre la multitud? ¿Fue ése el motivo? ¿Un ataque de pánico?
– No -contestó Camille-. Creo a Marat. Creo que, tal como nos advirtieron, todo estaba planeado.
Danton sacudió la cabeza. Le costaba creerlo. Todas las bonitas frases, las cláusulas, los retoques de la petición, las idas y venidas entre el Club de los Jacobinos y la Asamblea, para que acabara así, en una súbita y estúpida matanza. Pensaba que las tácticas de los abogados bastarían para ganar la batalla; quizás estallara la violencia, pero sólo como último recurso. Había procurado jugar de acuerdo con las normas. Se había mantenido dentro de los límites de la ley. Confiaba en que Lafayette y Bailly jugaran también de acuerdo con las normas, que contendrían a la multitud, que los dejarían en paz. Pero estamos penetrando en un mundo donde las normas tienen que redefinirse, pensó, y hay que estar preparado para lo peor.
– Los patriotas consideraban la petición como una oportunidad -dijo Camille-. Al igual que Lafayette, según parece, que lo consideró la oportunidad de desencadenar una matanza.
Sabían que eran las palabras de un periodista. La vida real nunca es tan clara y concisa. Pero a partir de entonces se llamaría así: «La matanza de los Campos de Marte.»
Danton sintió rabia. La próxima vez, pensó, emplearemos las tácticas de un toro, de un león, pero de momento debemos emplear las tácticas de una rata acosada y perseguida.