Бесплатная библиотека
Читайте книгу на сайте или телефоне
READ-E-BOOK » Историческая проза » El secreto de Mona Lisa
El secreto de Mona Lisa - Читать Любимую Русскую Полную Книгу 👉 Read-E-Book.com

El secreto de Mona Lisa

Электронная книга - «El secreto de Mona Lisa». Краткое содержание книги:

La apasionante vida de la mujer que inspiró La Gioconda, en una intrigante trama llena de amor, traición y luchas de poder. La joven y hermosa Lisa di Gherardini es conducida por su padre al palacio Médici, donde la espera Lorenzo el Magnífico. Allí conoce a Leonardo da Vinci, con quien mantendrá una relación muy especial, y a Giuliano, el hijo menor de Lorenzo, de quien se enamorará perdidamente. Lisa y Giuliano se casan en secreto, pero al poco tiempo estalla una rebelión contra los Médici y Lisa da a su marido por muerto. Comienza una época turbulenta marcada por el terror religioso. La joven florentina tendrá que tomar partido en la contienda.
1 ... 91 92 93 94 95 96 97 98 99 ... 118
Перейти на страницу:

En el ínterin, el hambre del pueblo puede conducir a protestas. Anímalos. Concentra su atención no en sus estómagos, sino en el cielo y en fray Girolamo.

Repetí estas palabras en silencio, las grabé en mi mente para poder recordarlas de nuevo cuando fuera necesario.

Por la mañana, dejé el libro para que Isabella lo viese. Al día siguiente, fui a la Santissima Annunziata cuando las campanas llamaban a la sexta.

Salai no hizo ningún nuevo intento de subterfugio. Los siervos de María estaban todos en misa, y muy pronto estarían comiendo en el refectorio; nuestro camino estaba despejado. Avanzamos desde la capilla por un angosto pasillo, después subimos una escalera de caracol. En el rellano había una pared de madera; Salai fue a un rincón y chistó, suave como una paloma, y un panel oculto en la pared se abrió. Entramos.

Un joven artista vestido con una larga túnica manchada de pintura cerró el panel detrás de nosotros. Caminamos por otro pasillo que se abría a tres habitaciones: la celda de un monje con un catre; una habitación más grande donde un par de jóvenes, con manchas de yeso en las mejillas, en las manos y en sus largos delantales, estaban preparando un fresco; y la habitación donde me había encontrado con Leonardo.

Mi retrato aún seguía en el caballete; Salai me informó que, con las prisas, Leonardo había olvidado llevárselo. Lo miré, excepto por los contornos y las sombras, mi piel continuaba siendo del blanco del panel de yeso. Tenía el aspecto de un fantasma a medio materializar.

Sonreí a la pintura.

Y sonreí a Salai mientras le repetía el texto de la carta. Él escribió las palabras lenta y laboriosamente; se detuvo varias veces para pedirme que se las repitiese.

Salí de la iglesia con paso ligero. Los esfuerzos de Leonardo estaban dando sus frutos. El Papa sin duda acabaría por silenciar a Savonarola. Los enemigos de los Médicis comenzaban a flaquear, y solo era una cuestión de tiempo que volviese a saludar a Piero de nuevo.

Sonreí porque no lo sabía. Sonreí porque no comprendí que la carta en realidad amenazaba todo lo que más quería.

En otoño llegó la plaga. Savonarola continuaba predicando, pero Francesco me permitió quedarme en casa. No llegaron nuevas cartas desde Roma que requiriesen que me aventurase a ir a la capilla de la familia. Me vi privada de mis paseos a la Santissima Annunziata, y con el empeoramiento del tiempo tampoco podía sentarme en mi balcón ni pasear por el jardín. Estaba inquieta.

La pérdida de las cosechas de primavera arruinaron Toscana. Los granjeros y campesinos abandonaron las tierras asoladas y acudieron a la ciudad en busca de comida. Los hombres y las mujeres llenaban las calles, pidiendo restos de comida y limosnas. Dormían en las escalinatas de las iglesias, en los portales de las tiendas; Francesco fue una mañana a su tienda y se encontró con una madre y sus dos hijos apoyados en la puerta, todos muertos. A medida que las noches se hacían más frías, algunos morían congelados, pero la mayoría morían de hambre y a causa de la plaga. Cada mañana había tantos cadáveres que era imposible retirarlos todos. Florencia comenzó a heder.

A pesar de la riqueza y de las relaciones de Francesco, notamos carestía. Agrippina se quedó primero sin pan, después sin harina, así que ya no pudimos tomar el caldo habitual con pasta; los cazadores nos trajeron aves, que comimos hasta que ya no pudimos soportar verlas.

Con el invierno, incluso los ricos estábamos desesperados.

Pasó la Navidad, luego el Año Nuevo. Llegó el Carnaval; en otro tiempo eran días de celebraciones con desfiles, fiestas y festejos, pero de acuerdo con la nueva moral de Savonarola, la Signoria declaró ilegales tales exhibiciones paganas.

Por fin llegó la noticia de que la Signoria había decidido abrir los depósitos de cereales del gobierno para venderlos a un precio justo en la piazza del Grano en la mañana del martes, 6 de febrero, el último día de Carnaval. A la mañana siguiente comenzaba la Cuaresma.

La cocinera, Agrippina, había perdido un sobrino a consecuencia de la plaga unos días antes. Por miedo a que trajese consigo la moria a casa, no asistió al funeral; pero afirmaba que encontraría consuelo si podía ir a la cercana catedral para encender una vela y rezar por su alma.

Por supuesto, era su deber ir a comprar el trigo y el pan para nosotros. Era lógico que fuese a la catedral, ofreciera sus rezos, y después recorriera la corta distancia hasta la piazza del Grano para hacer las compras.

Yo, inquieta como estaba, hablé con Francesco para convencerlo de que me permitiese acompañar a Agrippina a la catedral. No estaba muy lejos; habría poca gente; estaba ansiosa por rezar. Para mi alegría, me lo permitió.

Así que, el martes señalado, subí al carruaje con Agrippina y Zalumma, y Claudio nos llevó hacia el este, hacia la cúpula de ladrillos.

El cielo estaba despejado y de un color azul fuerte. No había viento, y mientras pudiese estar sentada inmóvil bajo el sol, notaría su débil calor; pero cualquier sombra traía con ella un intenso frío. Miraba a través de la ventanilla las tiendas, las casas, las iglesias, las personas que caminaban lentamente por las calles. Antes de que Savonarola hubiese conquistado el corazón de Florencia, el Carnaval había sido una fiesta maravillosa. En mi niñez, paseaba por aquellas calles y miraba asombrada las fachadas de los edificios, que eran grises pero se transformaban con los estandartes rojos y blancos, con los tapices dorados y las guirnaldas de brillantes flores de papel. Los hombres y las mujeres bailaban por las calles con máscaras pintadas y adornadas con oro y diamantes; los leones y camellos de los jardines de los Médicis desfilaban para la diversión de los ciudadanos.

Sin embargo, ahora las calles estaban silenciosas y tristes, debido al odio del profeta.

Zalumma y la cocinera no hablaban. Agrippina era una mujer mayor nacida en el campo, poco dada a conversar con aquellos a quienes consideraba sus superiores. Era rechoncha, con el rostro ancho, huesos fuertes y pocos dientes. Uno de sus ojos castaños era ciego, pero con su ojo bueno miraba a través de la ventanilla, tan ansiosa como yo de ver algo nuevo.

Habíamos decidido que sería mejor rezar más tarde y comprar la comida primero, antes de que comenzasen a escasear las provisiones. Así que pasamos por delante de la catedral y nos dirigimos al sur, hacia las grandes almenas de la torre del palacio de la Signoria. La piazza del Grano era una plaza pequeña que se encontraba detrás del edificio, en el lado oeste. Contra la pared trasera del palacio había grandes contenedores de trigo y avena, detrás de resistentes cercas de madera; delante de las cercas había tenderetes improvisados, con balanzas para las transacciones. Delante de los tenderetes había una reja baja, que permanecería cerrada hasta que comenzase la venta.

Claudio detuvo el carruaje al llegar a la plaza; no pudimos avanzar más. Esperaba que se congregara una multitud, pero no tanta como la que ahora veía: había tanta gente en la plaza que no se podía ver el suelo. Había centenares de campesinos con el rostro sucio de tierra, las manos ennegrecidas, los hombros envueltos en trozos de tela mientras gritaban pidiendo clemencia, limosnas o un puñado de grano. Junto a ellos, damas envueltas en pieles y terciopelos, que no habían confiado en que sus esclavos trajesen la comida a casa, y sirvientes de expresión dura, que se abrían paso a codazos entre los pobres.

Asomé la cabeza por la ventanilla; desde mi elevada posición, vi a varios hombres en los tenderetes, que hablaban con las cabezas muy juntas delante de las verjas cerradas. Parecían haber notado la creciente inquietud, lo mismo que nuestros caballos, que golpeaban el suelo con los cascos. Nadie había esperado semejante multitud tan temprano.

1 ... 91 92 93 94 95 96 97 98 99 ... 118
Перейти на страницу:
0
Сюжет
  • 1
  • 2
  • 3
  • 4
  • 5
  • 6
  • 7
  • 8
  • 9
  • 10
0
Атмосфера
  • 1
  • 2
  • 3
  • 4
  • 5
  • 6
  • 7
  • 8
  • 9
  • 10
0
Главный герой
  • 1
  • 2
  • 3
  • 4
  • 5
  • 6
  • 7
  • 8
  • 9
  • 10
0
Общее впечатление
  • 1
  • 2
  • 3
  • 4
  • 5
  • 6
  • 7
  • 8
  • 9
  • 10
Итоговая оценка: 0.0 из 10 (голосов: 0 / История оценок)