El secreto de Mona Lisa
- Автор: Калогридис Джинн
- Язык: испанский
- Жанр: Историческая проза
Электронная книга - «El secreto de Mona Lisa». Краткое содержание книги:
– Subirán los precios -dijo mi padre-. Esto ya ocurrió cuando yo era un niño. Si las lluvias no cesan, no tendremos cosechas. Si esto ocurre, te lo garantizo, los hambrientos se rebelarán.
– No tenemos por qué preocuparnos -declaró Francesco firmemente-. Dios sonríe a Florencia. La lluvia cesará.
Mi padre no pareció impresionado.
– ¿Qué ocurrirá si no cesa? ¿Qué pasará si no tenemos cosechas? Savonarola tendría que interceder para que el sol brille de nuevo sobre nosotros.
La sonrisa de Francesco se apagó un poco; volvió a mirar de nuevo a mi padre cautelosamente.
– Lo hará, ser Antonio. Te prometo que lo hará.
– Las inundaciones traen la plaga -señaló mi padre-. El hambre trae la plaga. Lo he visto antes…
Al pensar en Matteo, me sobresalté. Mi padre lo vio y, arrepentido, me sujetó la mano.
– No pretendía asustarte. La plaga no nos afectará, Lisa.
– Desde luego que no -afirmó Francesco en tono de advertencia-. Aquí no corremos el riego de ninguna inundación, ni de pasar hambre. Nadie en mi casa pasará nunca hambre.
Mi padre asintió antes de bajar la mirada.
Comimos en silencio, excepto por la queja de Francesco de que los campesinos eran aún demasiado ignorantes para comprender la verdad de lo ocurrido: que había sido el duque de Milán, Ludovico Sforza, y no fray Girolamo, quien había dado a los pisanos las llaves de su fortaleza. Una desafortunada confusión, pues hacía que los hombres hablasen en contra de aquel que más los amaba y que rogaba fervientemente a Dios en su beneficio. Era, insistió Francesco, la única posible razón para el crecimiento de los arrabbiati, que estaban muy cerca de convertirse en un partido político opuesto a Savonarola y a los piagnoni.
Después Francesco insinuó descaradamente que él y yo estábamos cansados y que nos retiraríamos temprano; mi padre -que normalmente se quedaba hasta tarde para disfrutar de la compañía de su nieto- aceptó la insinuación cortésmente y se marchó.
Mientras yo también me disculpaba con la intención de retirarme a mis habitaciones, Francesco se levantó y me dirigió una mirada muy significativa.
– Ve a tu habitación -dijo con bastante gentileza-, y dile a Zalumma que te desvista. No tardaré en subir.
Lo hice con un disgusto tan profundo que casi bordeaba la náusea. Mientras Zalumma me desabrochaba el vestido, nos miramos la una a la otra con el mismo temor que habíamos experimentado en mi noche de bodas.
– Si te hace daño… -murmuró Zalumma amenazadoramente.
Sacudí la cabeza para tranquilizarla. Si me hacía daño no había nada que ella o yo pudiésemos hacer. La observé guardar mi vestido en el armario. Luego permanecí de pie pacientemente mientras ella me cepillaba el pelo y lo trenzaba. Después la despedí, me senté en la cama y le pedí disculpas a Giuliano. «Francesco solo toca mi cuerpo -le dije-. Pero nunca tocará mi amor por ti.»
Esperé sola en mi cama durante una angustiada media hora. Cuando se abrió la puerta, vi a Francesco, con los ojos inyectados en sangre, y tambaleante. En su mano sostenía una copa de vino.
– Mi amada esposa -murmuró-. ¿Qué dices a mi deseo de tener otro hijo?
No respondí a su mirada; quizá creyó que era recato.
– Tú eres mi marido. No puedo oponerme a tus deseos.
Se sentó a mi lado, dejó caer todo su peso sobre la cama y dejó la copa en la mesilla de noche; el vino se derramó por el borde y perfumó el aire.
– ¿Tú no tienes deseos? Sin duda querrás tener más hijos. ¿Qué madre no los desea?
No podía mirarlo.
– Por supuesto que quiero tener más.
Me cogió la mano; la dejé inerte en la suya.
– No soy tonto, Lisa.
Sus palabras hicieron que se me erizaran los cabellos de la nuca.
¿Él lo sabía? ¿Había descubierto mis incursiones en su despacho?
¿Claudio había visto algo?
– Se que tú no me quieres -continuó él-, aunque esperaba que aprendieras a hacerlo. Eres una mujer muy hermosa y muy inteligente. Me enorgullece llamarte mi esposa. Esperaba que respondieses a mi bondad dándome muchos herederos.
– Por supuesto -repetí.
Él se levantó. Su tono se volvió frío, débilmente amenazador.
– Entonces, tiéndete.
Me tendí.
Actuó de forma muy impersonal. Él permaneció completamente vestido; se bajó las calzas solo lo necesario. Con cuidado pero no con ternura, se metió entre mis piernas, me levantó la camisa y me penetró. Pero no estaba preparado; de hecho, su proximidad apagaba todo ardor en mí, y él se encogió. Permaneció quieto durante un momento, respiraba muy fuerte; entonces, de pronto, apoyó las palmas en el colchón y levantó el torso.
Creí que iba a apartarse. Inmediatamente me moví, con la ilusión de que aceptaría la derrota y se marcharía.
– ¡He dicho que te tiendas! -Levantó la mano y la volvió hacia mí como si fuese a golpearme. Me encogí y volví la cara.
Esto lo complació. Recuperó la erección; mientras lo hacía, cerró los ojos y comenzó a susurrar: «¡Puta! ¡Ramera desvergonzada!». No pensé en nada. Dejé que mi cabeza golpease contra el cabezal de madera. Escuché su martilleo contra la pared. Esto continuó durante unos largos y dolorosos instantes; le costaba, pero se incitó a sí mismo con palabras obscenas hasta que al final consiguió su objetivo.
Cuando acabó, se apartó de mí, se arregló las ropas rápidamente y se marchó sin decir palabra.
Llamé a Zalumma. Una buena esposa hubiese permanecido tendida en la cama para favorecer quedarse preñada. Pero me levanté de inmediato, y cuando Zalumma llegó, le dije con voz temblorosa:
– No quiero tener a su hijo. ¿Lo comprendes? ¡No quiero!
Zalumma lo comprendió. A la mañana siguiente me trajo una botella de té y me enseñó cómo usarla.
61
La advertencia de mi padre resultó profética: la lluvia no cesó. Para mediados de mes, el Arno se desbordó y se llevó todas las cosechas. A principios de junio, el río Rifredi inundó sus riberas y destrozó los pocos campos que quedaban.
Cuando volvió a brillar el sol en verano, la ciudad sufría una epidemia de fiebres. Por el bien de Matteo, no permití la entrada de visitas en su habitación, ni tampoco dejé que saliese de la casa. Comenzaba a dar sus primeros torpes pasos; cuanto más miraba su rostro, más veía el de su padre.
Yo salía de casa muy de cuando en cuando. Una vez que se extendió la fiebre, prohibí a Zalumma que fuera al mercado con Agrippina, y yo iba a la Santissima Annunziata en contadas ocasiones, debido a que no encontré ninguna carta nueva en la mesa de Francesco durante aquellas semanas.
Pero para parecer una buena esposa y evitar las sospechas, seguí asistiendo a los sermones de los sábados de Savonarola para las mujeres. Sus ataques contra los Médicis y sus seguidores continuaron, pero los combinaba con una nueva obsesión: la cohabitación de Alejandro, en el Vaticano, con su joven amante, Giulia Farnesio, y su afición a invitar a prostitutas a sus fiestas.
«¡Tú, líder de la Iglesia! -gritaba-, cada noche te vas con tu concubina, cada mañana tomas los sacramentos; has provocado la ira de Dios. Con tus putas y tus miserables alcahuetes, has convertido tus iglesias en antros para putas.» Cuando los cardenales protestaban y decían que no debía hablar así del Papa, proclamaba: «¡No soy yo quien amenaza a Roma, sino Dios! ¡Que ella haga lo que quiera, Roma nunca apagará esta llama!».
Varias noches más tarde, después de que mi marido hubiese ido a visitar a sus propias concubinas y los sirvientes se hubiesen retirado, bajé al despacho de Francesco.
La carta escondida en la mesa era quejumbrosa.
Deja que ataque a los Médicis, dije. Pero no lo animé a atacar a Alejandro. ¡Todo lo contrario! Está perjudicando todo mi cuidadoso trabajo aquí en Roma. Déjalo bien claro a todos los involucrados: ¡si no cesan esta estupidez de inmediato, lo pagarán muy caro!