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El secreto de Mona Lisa

Электронная книга - «El secreto de Mona Lisa». Краткое содержание книги:

La apasionante vida de la mujer que inspiró La Gioconda, en una intrigante trama llena de amor, traición y luchas de poder. La joven y hermosa Lisa di Gherardini es conducida por su padre al palacio Médici, donde la espera Lorenzo el Magnífico. Allí conoce a Leonardo da Vinci, con quien mantendrá una relación muy especial, y a Giuliano, el hijo menor de Lorenzo, de quien se enamorará perdidamente. Lisa y Giuliano se casan en secreto, pero al poco tiempo estalla una rebelión contra los Médici y Lisa da a su marido por muerto. Comienza una época turbulenta marcada por el terror religioso. La joven florentina tendrá que tomar partido en la contienda.
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– ¿Sabes cómo usar un puñal? -pregunté.

Él sonrió.

– Nací con uno en la mano.

Torpemente -con mucho cuidado para no cortarme- saqué la daga de doble filo de Zalumma de la vaina oculta en mi corpiño.

Salai hizo una mueca.

– Muy propio de una chica. Si no acabas cortándote a ti misma en tiras, tu oponente se partirá de risa en cuanto termines de desenfundar el arma.

– No te burles de mí. Enséñame a usarla.

– Leonardo nunca lo aprobaría. -Se burlaba; sus ojos seguían sonriendo-. Nunca he sido capaz de convencerlo para que empuñe una. Para estas cosas es peor que una mujer.

– Leonardo no está aquí.

– Excelente observación. -Se rió-. En primer lugar, no la guardes en el corpiño. Es chapucero y te hará más lenta. Tienes que levantar la mano para cogerla. Debes llevarla en tu cinturón, cerca de la cintura.

– Pero no siempre llevo cinturón.

– Lo harás si quieres llevar un puñal. Uno bonito y ancho, ¿no es esa la moda? Sencillamente, mételo debajo. Pero, por favor, no lo sostengas como si fueses a usarlo para comer.

Miré el arma que tenía en la mano.

– Con tu permiso. -Se acercó para colocarse detrás de mí, junto a mi hombro derecho, y apoyó su mano sobre la mía. Sujetaba el cuchillo con firmeza, con rigidez; me sacudió la muñeca hasta que aflojé un poco la mano-. Ahora -me explicó- lo estás sujetando con la punta hacia abajo. Haz exactamente lo opuesto: con la punta hacia arriba. Pero solo ligeramente hacia arriba. Mira.

Me giró la mano y guió la punta hacia arriba; notaba su aliento caliente en mi oreja. Olía a vino y a aceite de lino. Mire atrás y pensé por primera vez que, a pesar de su inmadurez, era un joven de mi edad, y apuesto; su cuerpo era fuerte y musculoso. Cuando mi mirada se cruzó con la suya, sonrió coquetamente. Yo me ruboricé, avergonzada por el destello de pasión entre nosotros, y desvié la mirada, pero entonces comprendí por qué Isabella se había enamorado.

– Así está bien -dijo suavemente-. Es bueno que sea de doble filo; no tendrás que preocuparte tanto. Ahora te enseñaré cómo se ataca. Adelante, mata a alguien.

Di un paso hacia delante y descargué una puñalada.

Salai se rió.

– Eso está muy bien, si tu rival permanece completamente inmóvil y solo quieres hacerle un corte y dejar que se escape.

Se puso a mi lado y, con la velocidad del rayo, sacó del interior de su capa un largo y delgado puñal. Antes de que pudiese parpadear, dio un paso y descargó una puñalada baja; después, con un gesto salvaje, lo alzó en línea recta en el aire.

– ¿Lo ves? -Se volvió hacia mí con el puñal todavía alzado-. Tienes que apuñalar abajo, en la tripa; ese es el punto más vulnerable. Además, es más fácil para una mujer débil. El corazón, los pulmones; ahí hay mucho hueso, demasiado esfuerzo para penetrarlos. Solo apunta a la tripa, casi en la entrepierna, y después, para asegurarte de que no tenga la menor oportunidad de crearte más problemas, súbelo con fuerza. Hacia arriba, hasta que las costillas te detengan. Le destrozarás los órganos vitales. Eso es todo lo que necesitas hacer para matar a un hombre. Se desangrará hasta morir, casi tan rápido como si le hubieses abierto la garganta. -Sonrió y guardó su puñal-. Ahora hazlo tú.

Las palabras no habían acabado de salir de su boca, cuando me adelanté con tanta rapidez que se sobresaltó. Mantuve la punta ligeramente levantada. Recordé golpear bajo, tirar hacia arriba, recto, duro y brutal.

Salai hizo chasquear la lengua en una sorprendida aprobación.

– ¿Y se supone que eres una noble dama, de una buena familia? Aprendes rápido, Mona Lisa. Lo empuñas como si te hubieses criado en las calles.

Salí sola al balcón después de cenar. Sostuve el arma en mi mano, con la punta ligeramente hacia arriba, y practiqué. Cargué sobre un pie, golpeé con el puñal; lo subí y escuché el silbido de la hoja al cortar el aire.

Ataqué una y otra vez. Blandí el puñal. Herí y maté. Apuñalé repetidamente los intestinos de los Pazzi, el vientre del tercer hombre.

Piero no llegaba. Una quincena después de entregar el mensaje a Salai, Zalumma vino a mis habitaciones con una expresión de derrota. La noticia corría rápidamente por toda la ciudad. Piero y sus hombres se acercaban desde Siena y habían seguido hacia el sur hasta San Gaggio. Pero una violenta lluvia había forzado al ejército a buscar refugio y a esperar que cesase la tormenta; debido a ello habían perdido la protección de la noche. Ese retraso permitió que la noticia de su presencia llegase a las tropas florentinas estacionadas en Pisa, al norte. Piero se vio forzado a retirarse para evitar verse en inferioridad numérica.

Los seguidores de Savonarola, por supuesto, dijeron que Dios había hablado. Los demás nos mostramos apesadumbrados y temerosos de hablar.

Yo estaba amargada. Amargada porque pensaba que nunca sabríamos toda la verdad, por culpa de mi marido y de los Pazzi. Durante el día sostenía a mi hijo en brazos; por la noche, acunaba el puñal.

Con el fracaso de la invasión de los Médicis, había esperado ver a Francesco de buen humor, ver cómo se ufanaba. Pero al día siguiente, durante la cena, se mostró visiblemente preocupado y no dijo nada en absoluto del desastroso intento de Piero de recuperar la ciudad.

– He oído decir -manifestó mi padre en tono neutral- que los integrantes de la recién elegida Signoria son todos arrabbiati. Fray Girolamo debe de estar muy decepcionado.

Francesco no respondió directamente a su mirada, pero murmuró:

– Tú lo sabes mejor que yo. -Luego salió de su humor sombrío y manifestó en voz más alta-: No tiene importancia. La Signoria siempre va y viene. Durante dos meses, sufriremos con los arrabbiati. ¿Quién sabe? Los siguientes podrían ser todos piagnoni. En cualquier caso, la Signoria no podrá causar demasiados problemas. Fue un éxito crear el Consejo de los Ocho, gracias a nuestra amenaza.

Mi mirada se fijó en el plato que tenía delante. Sabía que se refería a Piero; quizá no había dicho el nombre de mi cuñado por miedo a ofenderme.

– ¿Ocho? -preguntó mi padre amablemente.

– Ocho hombres, elegidos para proteger a la ciudad contra la amenaza. Dedicarán particular atención a Bernardo del Nero y a su partido de los bigi. Tomarán medidas muy severas para acabar con cualquier espionaje. Todas las cartas que entren y salgan de Florencia serán interceptadas y leídas. Los partidarios de los Médicis encontrarán cerrados sus caminos habituales.

Me entretuve con el trozo de liebre asada que tenía en el plato. Dada la escasez de trigo y cebada, Agrippina, ahora con una cojera permanente después de aquel terrible día en la piazza del Grano, dependía mucho de los cazadores locales para llenar nuestra despensa. Separé la carne de los huesos, pero no comí ningún trozo.

– ¿Qué dice fray Girolamo de todo esto? -aventuró mi padre. Me sorprendió que plantease la pregunta. Iba todos los días a escuchar la prédica del fraile; algunas veces hablaba con él después de los sermones. Sin duda debía de saberlo.

El tono de Francesco era firme.

– En realidad, fue idea suya.

Acabamos la comida en silencio. La habitual sonrisa insulsa de Francesco no apareció ni una sola vez.

Aquella noche, dejé a Zalumma para bajar al despacho de Francesco. Me alegraba que mi marido no hubiese vuelto a visitarme en mi habitación después de aquel intento de dejarme embarazada; aparentemente, su desagrado por la intimidad consagrada era muy grande.

Era finales de primavera y el tiempo era agradable. Las ventanas estaban todas abiertas; el aire olía a rosas y se oía el canto de los insectos. Sin embargo, no podía disfrutar de la belleza de la noche; me impedía dormir pensar que Piero quizá nunca lograría reconquistar la ciudad, que podía llegar a vieja y morir con Francesco en una ciudad gobernada por un loco.

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