El secreto de Mona Lisa
- Автор: Калогридис Джинн
- Язык: испанский
- Жанр: Историческая проза
Электронная книга - «El secreto de Mona Lisa». Краткое содержание книги:
Claudio bajó del pescante y puso sus manos en la puerta del carruaje, pero no la abrió. Frunció el entrecejo.
– Quizá debería ir yo -dijo-. Agrippina es bajita; no podrá llegar hasta la verja.
Ella lo miró indignada con su ojo bueno.
– Me he ocupado de dar de comer a esta familia durante cuarenta años. Nadie podrá detenerme.
Claudio continúo mirándome.
– Id los dos -decidí-. De ese modo tendréis más posibilidades. Zalumma y yo esperaremos aquí.
Claudio asintió y abrió la puerta para Agrippina, que bajó con cierta dificultad. Se volvió para dirigirse hacia la multitud junto al cochero, que llevaba una mano apoyada en la empuñadura de su largo puñal.
Los vi desaparecer entre la muchedumbre; de repente, un rostro apareció bruscamente en la ventanilla del carruaje y me sobresaltó.
Era una mujer joven, no mayor que yo; tenía los cabellos despeinados y unos ojos azules saltones. Las mejillas hundidas estaban manchadas de hollín. Un bebé silencioso colgaba de un cabestrillo hecho con un pañuelo sobre su pecho.
– Piedad, madonna -dijo con un marcado acento de campo-. ¡Ten piedad, por amor de Dios! ¡Una moneda, un bocado para mi bebé!
El rostro de Zalumma se endureció; su mano se acercó al corpiño.
– ¡Vete! ¡Aléjate de nuestro carruaje!
Los ojos enrojecidos y la nariz de la pordiosera lloraban de frío.
– ¡Madonna, Dios te ha enviado aquí para mí! Por amor de Dios…
De no haber sido por el bebé, yo hubiese tenido más cuidado. Busqué la bolsa en mi cintura y saqué una moneda. Iba a ponérsela en su sucia mano, pero pensar en Matteo y la plaga hizo que intentase arrojarla en su dirección.
Ella intentó cogerla con los dedos torpes y entumecidos; cayó al otro lado de la ventanilla y se agachó para buscarla. No estaba sola. Otro campesino, que la había visto, se lanzó sobre ella; la mujer comenzó a gritar y muy pronto se sumaron otros a la pelea.
– ¡Fuera! -gritó Zalumma-. ¡Dejadnos!
Llegaron más hombres y chicos. Uno comenzó a pegar a la joven pordiosera hasta que chilló desesperada; después, bruscamente, guardó un horroroso silencio.
– ¡Ella tenía una moneda; hay más! -gritó alguien. Nuestros caballos relincharon e intentaron moverse; el carruaje comenzó a sacudirse.
– ¡Muerte a los ricos! -gritó un hombre-. ¡Se llevan nuestra comida y no nos dejan nada!
Unos rostros sucios llenaron la ventanilla; brazos y unas manos desconocidas intentaron sujetarnos. Alguien abrió la puerta.
A mi lado, Zalumma metió la mano en el corpiño y sacó un largo puñal de dos filos. Comenzó a descargar golpes sobre los brazos; un hombre gritó y maldijo.
Entonces desde de la multitud llegaron gritos, el sonido de la madera al quebrarse, y un rumor que sonó como si la tierra temblase. Los pordioseros que asaltaban nuestro carruaje se volvieron como girasoles hacia el sol; en un instante, ellos también corrieron hacia el sonido y nos libramos de ellos.
Me asomé a la puerta abierta del carruaje y miré al exterior.
La muchedumbre había destrozado la verja cerrada y ahora corría entre los tenderetes; mientras yo miraba, llegaron a la cerca que protegía los contenedores de grano y la derribaron. Dos hombres -uno de ellos un chiquillo- treparon por los bordes de los recipientes y comenzaron a lanzar puñados de grano a la multitud desesperada.
Una marea de cuerpos famélicos avanzó; innumerables manos se alzaron hacia el cielo para coger la lluvia de granos. Los gritos se alzaron en un coro de locura, mientras los más rápidos y fuertes pisoteaban a los lentos y enfermos.
Mientras los hombres reían en el pináculo y lanzaban grano sobre los rostros famélicos, escuché un bajo y rítmico canto, suave al principio pero después cada vez más fuerte, que se extendía rápido como el fuego a través de la multitud frenética:
– Palle, palle, palle…!
Sujeté el brazo de Zalumma y se lo apreté muy fuerte; sollocé, pero no derramé ni una lágrima.
Aquel día murieron docenas de personas -pisoteadas o asfixiadas- en la avalancha por la comida. Todos los soldados, todos los guardias, fueron llamados para sofocar la revuelta y enviar a la gente de regreso a su casa; si la tenían.
Agrippina acabó con las piernas y el pecho aplastados; Claudio llegó cojeando al carruaje con ella en brazos. Sorprendentemente había conseguido introducir algo de grano en una bolsa. Temí que Francesco le exigiese devolverlo -después de todo era robado-, pero mi marido no dijo nada.
La noticia de que la multitud había llamado a los Médicis se corrió por toda la ciudad, incluso llegó a nuestros sirvientes. Cuando Francesco regresó de su tienda aquella tarde, mostró una expresión hermética y casi no dijo palabra. Al enterarse de las lesiones de Agrippina, acudió a verla inmediatamente, le dijo unas pocas palabras de consuelo y después mandó llamar a su propio médico.
Pero nunca lo había visto de tan mal humor. Cuando Elena se atrevió a preguntar tímidamente si él había escuchado el grito de «Palle!», se volvió hacia ella y le dijo en un tono muy desagradable: «Vuelve a pronunciar esa palabra en esta casa, y te encontrarás en la calle».
Aquella noche mi padre no vino a cenar y Francesco prefirió no hacerlo. Se marchó con la excusa de una reunión en la Signoria.
Zalumma y yo hablamos poco. Pero cuando ya nos habíamos retirado a nuestro dormitorio -cuando ella estaba en su catre y yo en mi cama- dije suavemente, en la oscuridad:
– Tú tienes un puñal. Yo también quiero uno.
– Te daré el mío -dijo.
Por la mañana cumplió su promesa.
El día siguiente era Miércoles de Ceniza. A mediodía, Francesco, mi padre y yo fuimos a San Lorenzo a escuchar el sermón de fray Girolamo.
Miré al profeta en el púlpito, su esquelético y feo rostro con su nariz ganchuda, y me pregunté si comprendería al fin que su inspiración no procedía de una fuente divina.
No dijo nada del papa Alejandro, pero habló de «aquellos viles prelados que hablan de Dios y al mismo tiempo se adornan con joyas y pieles». Denunció vehementemente a las mujeres que se pavoneaban con vestidos hechos de telas tan finas que el valor de solo uno de ellos bastaría para aumentar a muchos de los famélicos pordioseros que, en ese mismo instante, morían de hambre en las calles de Florencia.
Miré de reojo a mi marido. Francesco parecía escuchar atentamente, con una expresión compasiva y los ojos llenos de una calculada inocencia.
Al anochecer, Zalumma me vistió con un vestido gris y un simple tocado. Rechacé todas las joyas; no había usado ninguna durante meses por miedo a los fanciulli, los miembros del «ejército» de Savonarola: niños de diez años, quizá menos, que vestidos con túnicas blancas recorrían las calles de Florencia, atentos a las mujeres que violaban las leyes sobre la prohibición de aquellos vestidos que atentaban contra la moralidad. Cualquier corpiño que insinuara los pechos, cualquier resplandor de oro o gemas, era un delito. Los collares, los pendientes, los broches, todos eran confiscados como «donaciones» para los pobres. En los meses precedentes, los implacables querubines habían ido de casa en casa por toda la ciudad para apropiarse de pinturas, estatuas, muebles, cualquier cosa que pudiese quemarse en aquel Miércoles de Ceniza; una lección para aquellos que se entregaban a ostentosas exhibiciones de riquezas.
Pero nunca vinieron a nuestra casa.
Una vez vestida y preparada, esperé hasta que Francesco me llamó. Mientras yo bajaba la escalera, él observó mi modesto atuendo, mis recatadas trenzas, mi sencillo pelo negro, y dijo sencillamente:
– Bien. -Después me entregó una pintura del largo de mi brazo desde el codo hasta los dedos-. Quiero que ofrezcas esto esta noche.
La miré. La había visto antes, en la pared del pasillo cerca de la habitación de los niños. Pintada en un panel de madera, era un retrato de la primera esposa de Francesco, Nannina, caracterizada de Atenea. Su busto aparecía de perfil; en la cabeza llevaba un pequeño casco de plata del que colgaban largos rizos negros. El estilo del artista era vulgar, carente de profundidad. La piel era de un blanco artificial, los ojos sin vida, la postura rígida cuando en realidad pretendía ser digna.