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El secreto de Mona Lisa

Электронная книга - «El secreto de Mona Lisa». Краткое содержание книги:

La apasionante vida de la mujer que inspiró La Gioconda, en una intrigante trama llena de amor, traición y luchas de poder. La joven y hermosa Lisa di Gherardini es conducida por su padre al palacio Médici, donde la espera Lorenzo el Magnífico. Allí conoce a Leonardo da Vinci, con quien mantendrá una relación muy especial, y a Giuliano, el hijo menor de Lorenzo, de quien se enamorará perdidamente. Lisa y Giuliano se casan en secreto, pero al poco tiempo estalla una rebelión contra los Médici y Lisa da a su marido por muerto. Comienza una época turbulenta marcada por el terror religioso. La joven florentina tendrá que tomar partido en la contienda.
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Entré en el despacho de mi marido -oscuro, salvo por la luz de la lámpara que ardía en la habitación contigua- y abrí el cajón de la mesa rápidamente, sin la esperanza de encontrar nada, y después regresar silenciosamente a mi habitación.

Pero allí, en el cajón, había un carta que aún no había visto, con el sello roto hacía muy poco. Fruncí el entrecejo; hubiese preferido no encontrar ninguna. No estaba de humor para discutir el fracaso de Piero con Salai. Pero estaba obligada a cogerla y entrar a escondidas en el dormitorio de mi marido -dado que no había fuego en el estudio- y sostenerla delante de la lámpara.

Al parecer nuestro profeta continúa denunciando vehementemente a Roma desde el púlpito. Su Santidad está enfadado, y hay poco que yo pueda hacer para calmarlo. ¡Toda nuestra operación flaquea! ¿A los pies de quién dejaré este monstruoso fracaso? Mi intención era darle al profeta rienda suelta únicamente contra los Médicis. ¿Cómo has podido interpretarla tan mal? Tú sabes que he trabajado durante años para tener acceso al Papa y ganarme su confianza… ¿y ahora quieres ver todo esto destruido? ¿Debo darte el beneficio de la duda y acreditar a Antonio? Si él realmente tiene el oído del profeta, debe ser firme. Debes exhortarlo a utilizar todos sus poderes de persuasión. Si fracasa -porque el profeta ya no confía en él o porque ha perdido el valor- es tu decisión renunciar completamente a sus servicios o valerte de la hija y el nieto. Confío en tu elección en este asunto dado que no eres parte desinteresada. Si Antonio se acobarda, confía de nuevo, como hiciste mucho tiempo atrás, en Domenico, que ha demostrado ser capaz de hacer lo que se debe hacer.

Si el papa Alejandro actúa contra el fraile, nos veremos obligados a apelar a medidas extremas. Quizá Bernardo del Nero y sus bigi deban servir como ejemplo para la gente.

«Antonio», susurré. Apoyé una mano en la mesa para no tambalearme. Miré la carta, la leí una y otra vez.

Había creído sinceramente que Francesco se había casado conmigo porque yo era hermosa.

«Si Antonio se acobarda, confía de nuevo, como hiciste mucho tiempo atrás, en Domenico…»

Pensé en mi padre, triste y consumido. Recordé aquel terrible momento en la sacristía de San Marcos cuando fray Domenico estaba junto al cuerpo de mi madre. Cuando cruzó la mirada con mi padre y luego me miró significativamente.

Una amenaza.

Mi padre se arrodilló. Ahogado de furia, pero se arrodilló.

Recordé cómo más tarde me suplicó que fuera con él a escuchar la prédica de Savonarola. Cuando yo me negué, él lloró. Al igual que lloró el día de mi casamiento con Giuliano, cuando gritó desesperadamente que ya no podría garantizarme seguridad.

Recordé la cada vez más fría relación de mi padre con Pico después de la muerte de mi madre. Pensé en la muerte de Pico, y en la actual apática amistad de mi padre con mi marido.

«Valerte de la hija y el nieto.»

No podía llorar. Estaba demasiado horrorizada, demasiado herida, demasiado asustada.

Me erguí; con la respiración agitada, miré cada palabra para grabarla en mi memoria. Cuando acabé, volví al despacho de mi esposo, guardé la carta en el cajón y lo cerré.

Luego subí a mis habitaciones, busqué el puñal y lo metí debajo de mi cinturón. Una vez armada, crucé el pasillo hasta la habitación de Matteo. Mi pequeño dormía en su cuna. No lo desperté, pero permanecí sentada en el suelo a su lado hasta que oí que Francesco regresaba, hasta que me aseguré de que se acostaba, hasta que en la casa volvió a reinar el silencio, hasta que por fin salió el sol y llegó el día.

63

Aquella mañana, muy temprano, envié a Zalumma a ver a mi padre a su negocio para decirle que quería verlo a solas. Regresó casi dos horas más tarde para decirme que mi padre no se sentía bien, que se iba a su casa directamente y esperaba que yo fuese a verlo allí.

Por supuesto no era verdad que se sintiera mal. Mientras Zalumma -con Matteo en sus rodillas- y yo viajábamos en el carruaje camino a casa de mi padre, me miró sin pestañear hasta que finalmente acabé por decir:

– Mi padre está involucrado.

No parecía tener sentido esconder la verdad. Yo ya le había revelado el texto de la primera carta que había descubierto en el despacho de Francesco; ella ya sabía que mi marido estaba compinchado con Savonarola, sabía que tenía algo que ver en la muerte de Pico. Por la mañana, me había encontrado dormida junto a la cuna de Matteo, y no era estúpida. Dado que la había enviado a hablar con mi padre, había estado esperando que le diese una explicación de lo que pasaba.

Mis palabras no parecieron sorprenderla.

– ¿Con Francesco?

Asentí.

– Entonces ¿por qué vas a verlo? -Su expresión era dura, la desconfianza en su tono era evidente. Miré a través de la ventanilla y no respondí.

Mi padre me esperaba en la gran sala donde recibió a Giuliano el día que fue a pedir mi mano, la misma habitación donde mi madre se encontró con el astrólogo. Apenas había pasado el mediodía, y las cortinas habían sido descorridas para que entrara el sol; mi padre estaba sentado en un cuadrado de brillante luz. Se levantó cuando entré. No había ningún sirviente que lo atendiese, y yo envié a Zalumma a otra habitación para que se ocupase de Matteo.

Su rostro reflejaba una viva preocupación. No sabía exactamente cómo Zalumma le había transmitido mi solicitud, o qué había esperado mi padre. Pero desde luego no debía de haber previsto lo que dije.

En el instante en que Zalumma cerró la puerta, me erguí cuan alta era y no me molesté siquiera en saludarlo.

– Sé que tú y Francesco estáis manipulando a Savonarola. -Mi voz sonó sorprendentemente calmada-. Sé lo de Pico.

Su rostro se aflojó; sus labios se entreabrieron. Se había movido para abrazarme; entonces dio un paso atrás y se sentó de nuevo en su silla.

– Dios mío -susurró. Se pasó una mano por el rostro y me miró anonadado-. ¿Quién te ha dicho eso? ¿Zalumma?

– Zalumma no sabe nada.

– Entonces ¿uno de los sirvientes de Francesco?

Sacudí la cabeza.

– Sé que hablas con Savonarola. Sé que debes decirle que predique contra los Médicis, pero no contra el papa Alejandro. Pero por lo visto no estás haciendo un buen trabajo.

– ¿Quién? ¿Quién te ha dicho esto? -Cuando permanecí en silencio su expresión mostró terror-. Eres una espía. Mi hija es una espía de los Médicis… -No era una acusación; apoyó la cabeza en las manos, aterrorizado por la idea.

– No soy espía de nadie -repliqué-. No me he comunicado con Piero desde que Giuliano murió. Solo sé lo que te acabo de decir. Me enteré accidentalmente.

Gimió; creí que lloraría.

– Lo sé… sé que has hecho esto solo para protegerme. No estoy aquí para acusarte. Estoy aquí porque quiero ayudar.

Él buscó mi mano y me la apretó.

– Lo siento mucho -dijo-. Lamento mucho que hayas tenido que enterarte. Yo todavía… Fray Girolamo es un hombre sincero. Un buen hombre. Quiere hacer la obra de Dios. De verdad creo en él. Yo tenía muchas esperanzas, pero está rodeado de hombres malvados. Es un hombre fácilmente maleable. Una vez tuve su confianza, pero ahora ya no estoy tan seguro.

Retuve su mano con fuerza.

– No tiene importancia -dije-. Lo que importa es que has contrariado a tus amos. Estás en peligro. Tenemos que marcharnos. Tú, Matteo y yo; tenemos que dejar Florencia. Ya no hay razón para seguir aquí durante más tiempo.

– Nunca estarás segura. -Mi padre me miró con los ojos hundidos.

– Lo sé. Pero ahora tú tampoco estás seguro. -Caí de rodillas a su lado, sin soltarle la mano.

– ¿Crees que no pensé en marcharme? Años atrás, después de la muerte de tu madre, pensé en llevarte con mi hermano Giovanni al campo, donde tú y yo pudiésemos estar seguros. Pero ellos lo descubrieron. Enviaron a un matón a casa de mi hermano para amenazarlo con un puñal; hicieron lo mismo conmigo. Nos vigilan. Incluso ahora, cuando te acompañe al carruaje, Claudio observará tu rostro. Si estás alterada, se lo contará a Francesco. -Respiró fatigosamente-. Hay cosas que no puedo decirte, ¿lo comprendes? Cosas que no puedes saber, porque Claudio, Francesco, lo verían en tus ojos. Te comportarías de forma extraña y nos pondrías en peligro a todos. Pondrías en peligro a Matteo.

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