El secreto de Mona Lisa
- Автор: Калогридис Джинн
- Язык: испанский
- Жанр: Историческая проза
Электронная книга - «El secreto de Mona Lisa». Краткое содержание книги:
– Aquellos amantes de Piero de Médicis, su hermano Giuliano y aquel que se hace llamar cardenal Giovanni…
Zalumma y yo miramos fijamente al frente; no me atreví a mirarla. El dolor y la ira me cegaban. Escuchaba las palabras del profeta, pero no podía mirarlo a la cara. «Idiota -pensé-. No sabes que Giuliano está muerto…»
– ¡Dios sabe quiénes son! ¡Dios conoce sus corazones! Os lo digo, aquellos que continúan amando a los Médicis son como ellos: los ricos, los idólatras, aquellos que rinden culto a los ideales paganos de la belleza, al arte pagano, a los tesoros paganos. ¡Mientras tanto, mientras ellos brillan con su oro y sus joyas, los pobres mueren de hambre! Dios me dice esto; no hablo por mí mismo: «Mirad, aquellos que rinden culto a tales idólatras merecen sentir el golpe de la hoja del verdugo en sus cuellos. Se comportan como hombres decapitados, sin consideración en la ley de Dios, sin compasión por los pobres. Y así, ellos se convertirán en decapitados».
Permanecí en silencio, pero por dentro me consumía la rabia mientras recordaba una frase de la última carta descubierta en el estudio de Francesco: «Nuestro profeta debería redoblar su fervor específicamente contra los Médicis».
Rabiaba. Y temblaba. Y rezaba por el regreso de Piero.
Solo encontré una carta en el despacho de Francesco en aquel tiempo; de nuevo, con la misma caligrafía.
Tus miedos a una excomunión son infundados. Ya te dije que tuvieses fe. ¡Déjalo predicar sin miedo! No lo contengas. Ya lo verás. El papa Alejandro cederá.
Un año dio paso al siguiente. El primer día de 1496, Ludovico Sforza, duque de Milán, traicionó a Florencia.
Una de las joyas que el rey Carlos de Francia había robado a Florencia en su marcha hacia el sur, era la fortaleza de Pisa. Pisa siempre había sido gobernada por Florencia, pero desde hacía mucho ansiaba ser libre. Desde la invasión, la ciudad había estado bajo el control de los franceses.
Pero Ludovico sobornó al vigilante de la fortaleza para que entregase las llaves a los propios pisanos. Con esta simple jugada, Pisa ganaba su libertad; se libraba de Carlos y de Florencia.
El artero Ludovico había mantenido en secreto su participación en la maniobra. Como resultado, los florentinos creyeron que el rey Carlos había dado a los pisanos el autogobierno. Carlos, proclamado por Savonarola como el adalid de Dios que daría a Florencia una gran gloria, la había traicionado.
El pueblo culpó a Savonarola. Por primera vez las alabanzas hacia él se convirtieron en descontento.
Fue Salai quien -incapaz de contener su entusiasmo- me contó la verdad un día, mientras yo salía tras mis plegarias en la capilla de la familia. Sonreí. Si aquel era el resultado del trabajo de Leonardo, podía aceptar alegremente su ausencia.
El invierno dio paso a la primavera, que trajo incesantes lluvias. Las zonas bajas de la ciudad se inundaron, muchos talleres sufrieron daños, incluidos aquellos de muchos tintoreros, que a su vez hicieron disminuir las ganancias en las ventas de seda de Francesco y de lana de mi padre.
Pero por el momento teníamos comida más que suficiente; gracias principalmente a las conexiones de Francesco.
El humor de mi esposo era excepcionalmente alegre durante aquellos días. No supe por qué hasta que una noche en la cena se mostró particularmente locuaz.
La tormenta se había convertido en una fuerte lluvia constante. Después de semanas de tinieblas, nuestro palacio era ventoso y frío, así que nosotros tres -mi padre, Francesco y yo- nos sentamos lo más cerca posible del fuego.
Francesco había pasado la tarde en el palacio de la Signoria; por ello, vestía su mejor lucco, la larga túnica morada con vivos de marta marrón en las mangas y el cuello. Llegó a casa sonriente, y su alegría pareció aumentar después de su llegada. Cuando nos sentamos todos a la mesa -en el instante en que nos sirvieron el vino-, Francesco ya no pudo contenerse.
– ¡Buenas noticias, ser Antonio! -le dijo a mi padre; a mi macilento y apesadumbrado padre, que aunque tenía la edad de Francesco parecía muchísimo mayor. Los ojos de Francesco brillaban; sus mejillas y la punta de la nariz todavía estaban enrojecidas por el viaje de regreso a casa bajo el aire helado. Las pequeñas gotas de humedad que salpicaban sus cabellos canosos brillaban con el fuego-. ¿Recordarás, por supuesto, el escrito del Papa del año pasado en el que ordenaba a fray Girolamo que dejase de predicar?
– Lo recuerdo -replicó mi padre sin entusiasmo. Los sermones de Savonarola habían continuado, desafiando abiertamente la orden. Había quienes decían que la excomunión no podía tardar.
– Su Santidad, después de investigar el asunto, se dio cuenta de la injusticia de su orden. Hoy, la Signoria ha recibido la noticia de que fray Girolamo puede continuar con la prédica, siempre y cuando no ataque a Roma, y específicamente a Su Santidad. -Francesco echó la cabeza hacia atrás y bebió un largo trago de vino.
Yo escuchaba pero mantenía una expresión desinteresada y cortés. Secretamente me preguntaba si Francesco se había enterado de aquello en la Signoria o a través de su misterioso corresponsal. Decidí buscar en su mesa aquella noche si me era posible.
– Bien -dijo mi padre-, es prudente que no enfade a Roma. La gente comenzaba a preocuparse.
– Tales preocupaciones son infundadas -afirmó Francesco-. La gente olvida demasiado rápido todo lo que fray Girolamo ha hecho por Florencia. Carlos podría haber arrasado la ciudad de no haber sido por la intervención del fraile.
Mi padre asintió débilmente, y luego miró distraído el fuego.
– Pero qué hay del rumor -comencé con fingida inocencia- que dice que hace mucho tiempo interceptó una carta que iba camino a Francia… de fray Girolamo al rey Carlos.
Mi marido se volvió vivamente hacia mí.
– ¿Dónde te has enterado?
– Agrippina dijo que lo había oído en el mercado. Dicen que el fraile suplicó a Carlos que viniese a Italia para que Florencia creyese su profecía.
– Sé lo que decía. ¿Cómo puedes repetir una mentira tan burda?
– Lo mencioné a sabiendas de que tú conocías la verdad -respondí con tanta tranquilidad que yo misma me asombré-. También escuché que el Papa pensaba dejar la Liga Santa. -El papa Alejandro había formado la Liga, que estaba integrada por Nápoles, Milán, y el Sacro Romano Emperador, con el propósito de expulsar a Carlos de Italia. Savonarola por supuesto se oponía, pero Florencia había sufrido muchas presiones desde Roma para que se sumase.
Esto calmó a Francesco.
– No lo sabía. Es muy posible. Desde luego sería una muy buena noticia para nosotros. -Hizo otra pausa y bebió otro sorbo de vino, después miró a mi padre con una expresión astuta-. Ser Antonio, creo que es un buen momento para que tengas otro nieto que te alegre. -Su mirada se posó en mí brevemente antes de agachar la cabeza y ocultar su sonrisa detrás de la copa-. No soy un hombre joven. Necesito hijos que puedan seguir con el negocio familiar. ¿Tú qué opinas?
Asqueada, yo también bajé la mirada y observé el vino en mi copa. Deseé ahogarme en él.
– Yo solo tuve una hija -respondió mi padre lentamente-. Nunca sentí la necesidad tener otra. Estoy muy orgulloso de mi hija.
– Sí, todos lo estamos -replicó Francesco rápidamente; no había nada que pudiese disminuir su buen humor-. Por supuesto no está bien por mi parte hablar de estas cosas sin consultarlas antes con mi amada esposa. -Se acabó la copa de vino y pidió más; luego cambió bruscamente de conversación y habló de las consecuencias del mal tiempo.