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El secreto de Mona Lisa

Электронная книга - «El secreto de Mona Lisa». Краткое содержание книги:

La apasionante vida de la mujer que inspiró La Gioconda, en una intrigante trama llena de amor, traición y luchas de poder. La joven y hermosa Lisa di Gherardini es conducida por su padre al palacio Médici, donde la espera Lorenzo el Magnífico. Allí conoce a Leonardo da Vinci, con quien mantendrá una relación muy especial, y a Giuliano, el hijo menor de Lorenzo, de quien se enamorará perdidamente. Lisa y Giuliano se casan en secreto, pero al poco tiempo estalla una rebelión contra los Médici y Lisa da a su marido por muerto. Comienza una época turbulenta marcada por el terror religioso. La joven florentina tendrá que tomar partido en la contienda.
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– Sé que lo haré. -Me adelanté y cogí su mano; su apretón fue cálido, con el perfecto grado de firmeza-. Te deseo lo mejor.

– Lo mismo digo, madonna Lisa. Sé que estos son tiempos difíciles para ti. Solo puedo prometerte que al final te espera una gran felicidad.

Su tono transmitía convicción, pero no me sirvió de consuelo. Giuliano se había ido; la felicidad estaba, para mí -como siempre había estado para mi madre- enterrada en el pasado.

Una vez más, Salai me vendó los ojos con el paño negro; una vez más, me tapó los oídos con trozos de lana. Con su mano guiándome por el codo, caminé lenta, insegura, por un corto pasillo; luego hicimos una pausa mientras apartaban un gran trozo de madera -una puerta o un gran panel- para que pudiese pasar; escuché su roce contra el suelo de piedra.

Bajamos un tramo de escaleras; yo, con paso vacilante, sostenía con una mano mis largas faldas y el dobladillo de la capa que arrastraba. Llegó nuestra habitual pausa mientras Salai esperaba que el vigía le indicara que el camino estaba despejado. Llegó la señal; avanzamos a paso rápido por suelos lisos.

Entonces, por primera vez, titubeamos al llegar a un portal. Estaba segura de que poco más allá la lluvia caía estrepitosamente, a un palmo de mi rostro. Gotas errantes llevadas por el viento rozaban mis mejillas. Los truenos eran tan violentos que se sacudía la tierra debajo de mis pies.

A mi lado, Salai se puso tenso y me sujetó el brazo.

– Corre -me ordenó, y me arrastró con él.

Corrí a ciegas. Jadeaba mientras las ráfagas de agua helada me azotaban. La lluvia caía en diagonal contra mi capucha, directamente sobre mi cara; agaché la cabeza y la volví hacia un lado para protegerla, pero la venda no tardó en empaparse; el agua hacía que me ardieran los ojos. Me llevé la mano libre hacia ellos.

Al hacerlo, mi zapato pisó el dobladillo empapado de la capa. Resbalé y caí con fuerza sobre mi codo libre y mis rodillas. Me esforcé por levantarme; mi palma se apoyó en las frías y mojadas lajas. Al mismo tiempo, giré la muñeca y levanté el brazo para enjugarme los ojos.

Se desprendió la empapada venda. Me encontré mirando el apuesto rostro de Salai, donde ahora podía verse el terror.

Cerca de nosotros esperaba el carro. Detrás se levantaba el impresionante muro de un gran monasterio que reconocí de inmediato. Él quiso sujetarme pero era demasiado tarde. Volví la cabeza y miré a través de la lluvia hacia la plaza, a lo lejos. Las gráciles columnatas del orfanato me devolvieron la mirada desde el otro lado de la calle. Más allá, por la izquierda, tan lejos que daba la impresión de no ser mayor que una mosca, mi cochero Claudio buscaba refugio debajo de un porche.

Salai y yo estábamos en el lado norte de la iglesia; Claudio me esperaba en el lado oeste, que daba a la plaza.

Cada vez que me había encontrado con Leonardo, había sido en la Santissima Annunziata.

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Salai y yo no hablamos; el intenso aguacero hacía imposible la comunicación. Me ayudó a levantarme, me tapó la cabeza con la capucha, y de nuevo corrimos, esta vez en busca de refugio en el monasterio. Allí, en el vestíbulo de entrada de lo que supuse que era un dormitorio, nos detuvimos a recuperar el aliento. Las rodillas y el codo izquierdo me dolían y sin duda estaban muy lastimados, pero no había sufrido un daño grave.

Salai no intentó vendarme de nuevo los ojos; es más, me hizo una seña para que me quitase las lanas de los oídos. Nuestros cuerpos estaban tan cerca que se tocaban, y dijo con los labios pegados a mis oídos:

– Ahora tienes el poder de traicionarnos a todos. Espera aquí. Nadie debería venir. Si alguien lo hace, no hables; ya pensaré en algo cuando regrese.

Esperé. Al cabo de un momento, Salai regresó con un trozo de tela. Me ayudó a quitarme la empapada capa negra, y después vigiló mientras yo me secaba lo mejor posible.

– Bien -dijo, cuando le devolví la tela-. Me preocupaba cómo podrías explicarle a tu cochero que estabas empapada.

– No es necesario que le digas a Leonardo -manifesté- que sé dónde estamos.

– No tenemos posibilidad de ocultárselo, Mona. Huele la mentira con tanta facilidad como nosotros olemos la sangre en una carnicería. Además estoy cansado de llevarte por la ciudad. Ven.

Me hizo subir un tramo de escaleras, seguimos por un laberinto de pasillos y bajamos de nuevo, hasta llegar al atrio que daba al santuario principal. Allí me dejó, sin siquiera dirigirme una mirada.

Salí de debajo del refugio de un voladizo; hice un gesto hacia el porche donde esperaba Claudio.

Aquella noche, después de que Matteo finalmente se durmiera en la habitación de los niños, Zalumma me desabrochó las mangas. Sentía curiosidad, y tenía ganas de hablar.

– ¿Conociste a Juliano? -pregunté-. ¿El hermano de Lorenzo?

Ella estaba preocupada; yo había vuelto a casa temblorosa y con los cabellos inexplicablemente mojados. Como Leonardo, tenía buen olfato para el engaño. Cuando le pregunté por Juliano su humor se ensombreció todavía más.

– No lo conocí bien- respondió-. Lo vi en unas pocas ocasiones. -Alzó los ojos y miró a su izquierda, a un distante pasado; su tono se suavizó-. Era un hombre sorprendente; en realidad las pocas imágenes que he visto no le hacen justicia. Era muy feliz, muy amable, como un niño en el mejor de los sentidos. Era amable con la gente incluso cuando no necesitaba serlo. Bondadoso conmigo, una esclava.

– ¿A ti te gustaba?

Ella asintió, nostálgica, mientras doblaba mis mangas. Las guardó en el armario, luego volvió y comenzó a desabrocharme el vestido.

– Amaba muchísimo a tu madre. Ella hubiese sido muy feliz con él.

– Había un hombre. En la catedral -dije-. El día que mataron a Juliano. Alguien… alguien vio todo lo ocurrido. No fueron solo Baroncelli y Francesco di Pazzi. Había otro hombre, un hombre con una capucha que le cubría el rostro; él asestó el primer golpe.

– ¿Había otro hombre? -Estaba atónita.

– Otro hombre, que escapó. Nunca lo han encontrado. Quizá aún esté aquí en Florencia. -Mi vestido cayó al suelo, y me aparté.

Ella soltó una exclamación furiosa.

– Tu madre amaba a Juliano más que a su propia vida. Cuando murió, creí que ella… -Sacudió la cabeza y recogió mi vestido.

– Creo que alguien más, alguien en Florencia sabe quién es -manifesté con voz muy suave-. Tarde o temprano sabré quién es. Ese día se encontrará finalmente con la justicia; de mi mano, espero.

– ¿De qué serviría? -preguntó-. Es demasiado tarde. Juliano murió y tu madre se quedó destrozada. Se iba a ir con él aquella noche. ¿Lo sabías? Ella iba a dejar a tu padre para marcharse con él a Roma. La noche anterior a que lo asesinasen ella fue a decírselo…

Me senté ante la chimenea para calentarme. Aquella noche no le dije nada más a Zalumma. Mientras miraba las llamas pensé en la vida destrozada de mi madre y me prometí en silencio que encontraría la manera de vengarla, a ella y a nuestros dos Giulianos.

El invierno transcurría lentamente. En la ausencia de Leonardo, fui a rezar casi a diario a una pequeña capilla en la Annunziata. Extrañaba al artista. Había sido mi único vínculo con mi verdadero padre y mi verdadero Giuliano. Sabía que, como yo, él lloraba su pérdida.

Casi todas las tardes, cuando el camino estaba despejado -es decir, cuando Francesco se había ido de putas-, bajaba a su despacho y buscaba cartas en su mesa. Durante varias semanas no encontré nada. Luché contra la desilusión diciéndome que Piero volvería, y que cuando llegase podría abandonar a Francesco. Con Matteo, mi padre y Zalumma, buscaría refugio con los Médicis.

Pero Piero no llegaba.

Como esposa de un piagnone de alto rango me vi obligada a continuar asistiendo a los sermones para las mujeres que daba Savonarola los sábados. Iba con Zalumma a San Lorenzo y me sentaba cerca del altar y del púlpito, el lugar reservado a aquellos que tenían vínculos con el profeta. Soportaba el sermón imaginándome que iba a ver a Leonardo y le encargaba un hermoso monumento para mi Giuliano. Pero la voz estridente de fray Girolamo captó mi atención mientras se dirigía a su silenciosa congregación:

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