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El secreto de Mona Lisa

Электронная книга - «El secreto de Mona Lisa». Краткое содержание книги:

La apasionante vida de la mujer que inspiró La Gioconda, en una intrigante trama llena de amor, traición y luchas de poder. La joven y hermosa Lisa di Gherardini es conducida por su padre al palacio Médici, donde la espera Lorenzo el Magnífico. Allí conoce a Leonardo da Vinci, con quien mantendrá una relación muy especial, y a Giuliano, el hijo menor de Lorenzo, de quien se enamorará perdidamente. Lisa y Giuliano se casan en secreto, pero al poco tiempo estalla una rebelión contra los Médici y Lisa da a su marido por muerto. Comienza una época turbulenta marcada por el terror religioso. La joven florentina tendrá que tomar partido en la contienda.
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– Sé contener mi lengua -respondí demasiado vivamente-. Como tú dices, soy inteligente. No me descubrirán. Después de todo, vivo con un hombre al que desprecio, y él no sabe cómo me siento.

– Pero yo sí. Lo veo en tu rostro, en cada uno de tus gestos. ¿Quién puede asegurar que otros no se hayan dado cuenta?

Guardé silencio. Leonardo prosiguió:

– Sé que no te ayudará en nada que hable tan lúgubremente. Y lo que es peor, por mi culpa has perdido tu sonrisa. Sé que eres prudente y que serás discreta. Hablemos de algo más alegre. Tu hijo, quizá. Estoy seguro de que debe de parecerse a ti.

Sus palabras tuvieron el efecto deseado; recordé a Matteo y me relajé en el acto.

– ¡Crece tanto! Ya gatea -manifesté orgullosamente-. A veces, incluso más rápido de lo que yo puedo caminar. Me mira con sus ojos oscuros y sus largas pestañas, y los labios carnosos de su abuela. Cuando lo miro veo en él a su padre, por supuesto… Su cabello es más suave y rizado, como el suyo.

Me miró con una débil sonrisa.

– ¿Lo ves tú? -pregunté súbitamente.

– ¿Si veo qué?

– Cuándo me miras, ¿ves a mi padre? ¿A mi verdadero padre?

Su expresión se ensombreció, se volvió impenetrable. Por fin respondió:

– Lo veo. Pero sobre todo, veo a tu madre. Tú tienes la misma tristeza que vi en ella cuando…

– ¿Cuándo? ¿La viste alguna vez fuera del palacio Médicis?

Parpadeó; bajó la mirada. Miró el retrato, no a mí, mientras replicaba:

– La vi tiempo después de que él muriese. En Santo Spirito.

Me incliné hacia delante, intrigada.

– ¿Qué estabas haciendo al otro lado del Arno?

Él se encogió de hombros.

– Tenía encargos por toda la ciudad, en muchas iglesias. Iba a hablar con el prior dominico sobre el altar, para una capilla…

– ¿Estaba rezando? ¿Estaba en misa?

– Salía de misa. Su marido no estaba con ella, pero su doncella…

– Zalumma.

– ¿La de ese maravilloso pelo? Deseaba tanto dibujarlo… Sí, su doncella estaba con ella. Estaba embarazada de ti.

Me sentí hechizada.

– ¿Qué aspecto tenía?

– Hermosa, y deshecha -dijo suavemente-. Deshecha, y sin embargo ilusionada. Creo que tú fuiste su razón para continuar.

Volví el rostro hacia la ventana empapelada y la débil luz.

– Lo siento -se disculpó Leonardo, y me miró de nuevo-. No pretendía entristecerte.

Me encogí de hombros, sin apartar la mirada de la ventana.

– No dejo de preguntarme si él la dejó asistir al funeral de Juliano.

– No pudo detenerla -respondió, con tan repentina vehemencia que volví la cabeza para mirarlo.

– ¿Tú la viste allí?

– Sí. -Sus mejillas se sonrojaron.

Pensé en ellos dos allí -dos personas enamoradas del mismo hombre- y me pregunté si mi madre lo había sabido, si alguna vez habían hablado de ello. Abrí la boca para formular otra pregunta, pero Leonardo dejó el pincel con mucho cuidado en el plato con aceite y se apartó del caballete.

– Ha pasado casi una hora, no puedes quedarte más -dijo firmemente-. Madonna, debo regresar a Milán por un tiempo. Tengo obligaciones con mi patrón, el duque, y tengo el encargo de pintar una última cena para un refectorio…

– ¿Te marchas? -No pude disimular la desilusión en mi voz. Me levanté; la empapada capa negra de Salai se deslizó de mis hombros y acabó en la silla.

– Regresaré, por supuesto, aunque no puedo decir exactamente cuándo. Mientras tanto, Salai permanecerá aquí. Tú continuarás haciendo como antes, excepto que ahora le comunicarás a él el texto de cualquier carta que descubras. Él me lo transmitirá.

– Pero ¿qué pasará si Piero viene? ¿Qué debo hacer?

Sonrió dulcemente al escucharme.

– Si Piero viene, no tendrás nada de qué preocuparte. Tu seguridad y la de tu hijo estarán aseguradas. Mientras tanto, puede que te enteres de cosas que te inquieten, o incluso te enojen. Por favor, comprende que hay cosas que no puedo decirte ahora porque aumentaría el peligro para ti y para aquellos a los que más quieres.

– Si debes regresar a Milán, y no podremos vernos de nuevo durante mucho tiempo… quiero pedirte que respondas a aquella carta que te envié hace tanto tiempo.

Él sabía exactamente a qué me refería, pero le costaba responder.

– El asesino en Santa Maria del Fiore, el día que murió Juliano -añadí-. El primer hombre que lo atacó, el hombre que huyó. Giuliano, mi marido, me habló de él. Dijo que tú le habías hablado a Lorenzo de ese hombre. Que tú estabas en la catedral cuando asesinaron a Juliano.

– Vestía las ropas de un penitente -respondió Leonardo brevemente-. Con una capucha. No pude ver su rostro con claridad.

– Pero debiste de ver parte de su rostro. Giuliano dijo que tú lo habías visto, que su tío murió en tus brazos.

– Vi una parte. Pero ocurrió hace más de quince años; solo lo vi un instante. No puedes esperar que lo recuerde.

– Sí puedo -afirmé-. Tú recordaste mi rostro después de verme una única vez en el palacio Médicis. Lo dibujaste perfectamente, de memoria. Tú me enseñaste cómo recordar un rostro. Sin duda utilizaste la misma técnica para recordar este. Llevas tu libreta a todas partes. No puedo creer que nunca dibujaras su rostro; al menos la parte que viste.

Sonaron unas pisadas en el pasillo; al volverme vi a Salai de pie en el umbral.

– No puede quedarse más tiempo -anunció-. Las nubes son cada vez más negras; está a punto de caer un aguacero.

– Entendido -dijo Leonardo, y despidió al muchacho con un gesto. Me miró de nuevo y respiró profundamente-. Ahora debo marcharme.

– La primera vez que nos encontramos aquí -le recordé en tono ácido-, me dijiste que Piero quería verme. Deseaba tanto creerte que no me di cuenta de que me mentías. Pero ahora veo con toda claridad que lo estás haciendo. Tú dibujaste al penitente, ¿no es así? Debes de llevar años buscándolo. Tengo derecho a ver el rostro del hombre que asesinó a mi padre. ¿Por qué no me lo muestras?

Su expresión se volvió pétrea; esperó a que acabase y después de un buen rato preguntó:

– ¿Se te ha ocurrido, madonna, que quizá es mejor para ti no saber ciertas cosas?

Iba a hablar pero me detuve.

– Juliano fue asesinado hace mucho tiempo -manifestó-. Su hermano Lorenzo está muerto. Los Médicis han sido expulsados de Florencia. El asesino, si todavía respira, no vivirá mucho más. ¿De qué serviría encontrar a ese hombre? ¿Qué crees que deberíamos hacer si lo encontrásemos?

De nuevo, no tuve una respuesta.

– La venganza no serviría a ninguna causa noble. Solo despertaríamos un viejo dolor, un viejo odio. Estamos atrapados en unas circunstancias nacidas de errores lejanos. Debemos confiar en no repetirlos.

– Sin embargo, merezco saberlo -repliqué con voz calma-. No quiero que me mientas.

Él levanto la barbilla bruscamente.

– Yo nunca te mentiré. Puedes confiar en ello. Pero si considero que es lo mejor para ti, te ocultaré la verdad. No hago esto a la ligera. No olvides que eres la madre de un heredero de los Médicis. Esa es una carga enorme. Tú y el niño debéis ser protegidos. He jurado hacerlo, incluso aunque mi corazón no me lo hubiese exigido.

Lo miré. Estaba furiosa, decepcionada; sin embargo confiaba tan profundamente en él como confiaba en el hombre que me había criado como su hija.

– Tienes que marcharte -dijo suavemente-. Tu cochero no debe sospechar, y se aproxima la lluvia.

Asentí. Recogí la capa de la silla y me la eché sobre los hombros; después me volví hacia él.

– No quiero que nuestra despedida sea desagradable.

– No hay nada desagradable; solo hay buena voluntad. -Señaló la pintura-. Me la llevaré conmigo y trabajaré en ella si puedo. Quizá tendrás la oportunidad de posar de nuevo para mí.

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