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Los rebeldes de Filadelfia

Электронная книга - «Los rebeldes de Filadelfia». Краткое содержание книги:

Ethan Saunders, el que antaño fuera uno de los mejores espías del general George Washington, es ahora un ex capitán sin reputación ni dinero que ahoga sus penas de taberna en taberna en Filadelfia. Además, la acusación de traición por la que fue expulsado del ejército no solo le costó su buen nombre, sino que también significó el abandono de su prometida.
Sin embargo, en este momento, el peor de su vida, su integridad y resuelta valentía le llevan a aceptar una investigación que le enfrentará al poder y al secretario del Tesoro: un antiguo enemigo y, también, el artífice en la oscuridad de un enorme engaño financiero; un hombre sin escrúpulos cuyos manejos sucios y métodos viles conducen a la violencia más feroz. Desde Filadelfia, Ethan, el patriota proscrito, inicia una lucha denodada, una valerosa cruzada contra la corrupción para evitar que Estados Unidos se convierta en una vulgar tierra para especuladores.
«Una novela que te deja sin aliento. Una narración que te sumerge en una compleja trama protagonizada por un espía revolucionario y una mujer deslumbrante que se convierte en su aliada y su Némesis.»
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Según averiguaron mis hombres de Nueva York, William Duer tenía un buen número de cómplices en Filadelfia. Algunos eran conocidos agentes suyos y todo el mundo daba por sentado que actuaban a sus órdenes. Otros, en cambio, eran anónimos y, de ser descubiertos, perderían toda utilidad. Su principal responsabilidad era nada menos que establecerse como especuladores por cuenta propia, con su propia reputación, para luego, cuando se les indicara, ralentizar el mercado o paralizarlo, a conveniencia de Duer.

Si un especulador quería aprovecharse de William Duer, solo tenía que descubrir la identidad de esos agentes ocultos, averiguar qué órdenes tenían y proceder en consecuencia. Dada la importante posición de Duer, dado que un estornudo suyo, o un carraspeo, tenían el poder de disparar los precios al alza o de hundirlos, me sorprendía un poco que nadie hubiera intentado todavía lo que nos proponíamos: infiltrarnos en el núcleo mismo de su operación y engañarlo.

Sí, supongo que se requería una mentalidad singular para imaginar siquiera un plan como aquel y, a decir verdad, era poco probable que produjera resultados significativos. Se podía engañar a Duer una vez e incluso dos, pero a la tercera empezaría, sin duda, a sospechar que alguien lo traicionaba. Se precisaba un conjunto de circunstancias excepcional, único -como el que reunía nuestra pequeña banda de rebeldes del whisky-, para que un solo golpe fuese suficiente.

Esperamos hasta finales de agosto, una vez pasadas las peores convulsiones del lanzamiento del banco. La mañana elegida, llegué a la taberna de la City en compañía del señor Skye, a quien la concurrencia debió de tomar por un inversor. No era extraño que los especuladores llevaran a una dama a sus sesiones de negocios, tal vez para impresionar a un miembro del sexo débil con la viril actividad de las artimañas financieras. Nos sentamos a una mesa de la sala principal sin atraer demasiada atención, pedimos té y, cuando nos hubieron servido, Skye se escabulló y me dejó a solas en aquella sala, llena de hombres jadeantes, sudorosos y gesticulantes, tan concentrados en sus propios asuntos que ni reparaban en la presencia de una dama solitaria entre ellos.

Mi deseo era pasar inadvertida hasta que quisiera que se notara mi presencia y, entonces, llamar mucho la atención. Para ello, llevaba un vestido de color crema de cuello alto y mangas largas. No era mi color favorito, pero creo que el corte me favorecía. Mi intención era agradar al hombre que me mirara dos veces, no al que solo me mirase una.

Allí estaba, pues, en el centro mismo del torbellino hamiltoniano. Contemplé con repulsión a los inversores, cuya codicia babeante les daba un aspecto más bestial que humano, como si una magia maléfica salida de un cuento infantil los transformara. Yo recordaba cuentos de aquel estilo de mi propia infancia, pero nunca jamás se me habría ocurrido contarles ninguno a mis propios hijos. Eso era lo que aquella sala, aquellos hombres, me habían arrebatado.

Quince años antes, en aquella misma ciudad, a menos de un cuarto de hora a pie de donde estaba sentada en aquel momento, un grupo de hombres prominentes se había reunido en la Casa de Gobierno de Pensilvania para ratificar la declaración de Independencia. Qué parecidos a dioses habían sido aquellos hombres… Cómo habían dejado a un lado sus pequeñas diferencias y preocupaciones, sus muy reales temores por su propia seguridad, por sus propiedades y vidas, ante la responsabilidad de esculpir, de la piedra en bruto de los conceptos y la historia, un imperio de valor republicano. Ahora, todo aquello estaba en declive, prácticamente en ruinas, debido a Hamilton y sus políticas de voracidad, oligarquía y corrupción. Por mucho que hombres como Jefferson y Madison condenaran tales abusos, de nada servirían sus condenas si los hombres y mujeres de la república no luchaban por los principios de la Revolución.

Cuánto odié a Hamilton al observar a aquellos hombres. Más que a Duer, más que a Tindall, lo aborrecí a él por lo que había forjado. Duer nos había atraído al Oeste con engaños y Tindall había asesinado a mi marido, pero los dos eran simples perros de presa. Hamilton era el amo que los había adiestrado y yo lo destruiría a él y su obra. Allí, en aquel instante, juré que lo destruiría todo.

Y, a continuación, me dispuse a hacerlo. Eché una mirada a la estancia y me pregunté si habría algún vestido, o la falta de él, capaz de distraer la atención de aquellas legiones de adoradores del becerro de oro. Conté en torno a una docena de mesas, a las que se sentaban entre uno y seis hombres. Cada uno tenía cerca platillos de té y de café, jarras de cerveza o vasos de vino, o un revoltijo de los cuatro. Diseminados por la mesa había papeles, documentos y libros, y se habían instalado pequeñas escribanías portátiles. Las plumas mojaban y escribían con tal furia que producían un huracán de tinta.

Un hombre hablaba con otro y un tercero se entrometía y decía: «Eh, ¿qué dices? ¿Estás vendiendo tal y tal? ¿A cuánto? ¡Es un buen precio!», y otros se levantaban y gritaban y compraban o vendían o regateaban. Y todo esto se hacía entre aspavientos que sugerían que aquellos hombres no eran negociantes, sino lunáticos que mejor estarían en una casa de locos que en aquella taberna, donde iban a consolidarse las fortunas del imperio recién nacido.

Ni tres mesas me separaban del señor Burlington Black, a quien conocía gracias al excelente trabajo realizado en Nueva York por Dalton y sus chicos. El plan era sencillo, pero no poco astuto, sobre todo porque Duer lo había llevado a cabo muchas veces sin ser detectado. Duer deseaba comprar títulos del Banco de Norteamérica a la baja en Filadelfia y venderlos luego en Nueva York, donde el precio permanecía intacto, ajeno al rumor que había depreciado su valor en la primera ciudad. Así, la tarde anterior, había hecho correr la voz de que las acciones se negociaban muy a la baja en Nueva York, lo cual no era cierto. Por la mañana, el señor Black, reaccionando al rumor, vendía una buena cantidad de acciones bastante por debajo del precio de mercado. A Duer no le preocupaba la pérdida, ya que compraría suficientes para compensarla con los beneficios de Nueva York y la experiencia le había enseñado que estaría en condiciones de recomprar las acciones de Black a un precio solo ligeramente superior al que las había vendido este.

En el pasado, Duer había intentado operaciones en las que uno de sus agentes vendía y otro compraba, pero había descubierto (según supe gracias a las comunicaciones de Dalton) que aquello entrañaba un riesgo significativo: que el mundo permaneciera ajeno a aquella pequeña obra de teatro. Era mucho más eficaz reclutar especuladores auténticos, individuos que se dedicaban con verdadero empeño a ganar dinero. Duer conocía la tendencia de aquellos hombres a revolotear como abejas en torno a las noticias, buenas o malas, por lo que solo tenía que ofrecer la clase de polen adecuada para atraer su atención. En este caso, el señor Black recordaría al mundo, con palabras y hechos, los rumores que Duer y sus agentes habían hecho correr. Los reforzaría con su interés por deshacerse de sus títulos del Banco de Norteamérica a cualquier precio y Duer observaría mientras los demás hombres de la sala se dedicaban a descargarse de sus valores. Luego, con los títulos comprados, él o su hombre tomarían el siguiente coche expréss a Nueva York y los negociaría allí antes de que llegara a aquel mercado la noticia de la bajada de los valores en Filadelfia.

Nadie había reparado todavía en la presencia de una dama, callada y solitaria, sentada a una mesa en la más masculina de las tabernas, pero yo observé a muchos hombres mientras se dedicaban a sus negocios. Me fijé especialmente en el señor Burlington Black, de quien tanto dependía. Era un hombre de aire blandengue, de unos cincuenta años, con tendencia a la obesidad, pero la suya era una blandura como la de la grasa dúctil de un recién nacido.

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