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Los rebeldes de Filadelfia

Электронная книга - «Los rebeldes de Filadelfia». Краткое содержание книги:

Ethan Saunders, el que antaño fuera uno de los mejores espías del general George Washington, es ahora un ex capitán sin reputación ni dinero que ahoga sus penas de taberna en taberna en Filadelfia. Además, la acusación de traición por la que fue expulsado del ejército no solo le costó su buen nombre, sino que también significó el abandono de su prometida.
Sin embargo, en este momento, el peor de su vida, su integridad y resuelta valentía le llevan a aceptar una investigación que le enfrentará al poder y al secretario del Tesoro: un antiguo enemigo y, también, el artífice en la oscuridad de un enorme engaño financiero; un hombre sin escrúpulos cuyos manejos sucios y métodos viles conducen a la violencia más feroz. Desde Filadelfia, Ethan, el patriota proscrito, inicia una lucha denodada, una valerosa cruzada contra la corrupción para evitar que Estados Unidos se convierta en una vulgar tierra para especuladores.
«Una novela que te deja sin aliento. Una narración que te sumerge en una compleja trama protagonizada por un espía revolucionario y una mujer deslumbrante que se convierte en su aliada y su Némesis.»
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Intenté hablar pero se me entrecortó el aliento. Probé otra vez.

– ¿Cómo se llama? -dije. Pero no necesitaba preguntarlo: ya lo sabía.

– Se llama Pearson. Jacob Pearson.

Me había puesto en pie y estaba a punto de cruzar la puerta cuando la mano de Lavien me agarró del brazo y tiró de mí hacia la mesa. El hombrecillo debía de pesar una tercera parte que yo, pero tenía una fuerza descomunal. Dudo que hubiera podido desasirme.

– Espere -dijo en un tono tranquilo, pero claramente imperioso.

– No me diga que espere -repliqué, aunque me había detenido sin tener intención de hacerlo-. No me puede aconsejar cautela. Ese hombre destruyó mi vida y ahora destruye la de ella. Pero ¡si destruye incluso la de sus hijos, por el amor de Dios! ¿Cómo quiere que espere?

– Me ha malinterpretado -dijo Lavien-. No le pido que se contenga. ¿Ha olvidado con quién está hablando? Solo le pido que espere.

– ¿Y qué tengo que esperar? -pregunté, con los dientes apretados.

– No está pensando con sensatez -replicó-. Ha permitido que la rabia le nuble la razón. No ve lo que veo yo.

– ¿Y qué ve? -quise saber.

– No nos lo está diciendo todo -respondió, mirando a Turner. Me volví hacia el viejo, que jugueteaba, nervioso, con un anillo que llevaba en un dedo. Yo no albergaba odio hacia él. No, no le había hecho una sola recriminación, pues había escuchado su alegato original y, aunque los traidores no me gustaban, no podía condenar a un hombre que amaba a su país, por equivocado que estuviese. Eso fue lo que dije y él me creyó porque lo había visto en mí. Y, sin embargo, seguía dándole vueltas al anillo en torno al dedo con gesto nervioso. Lo miré y él desvió la vista. Entonces, me volví hacia Lavien.

– No nos lo está contando todo -repetí.

Me senté. Lavien hizo lo propio. Leónidas no había llegado a levantarse, pero pareció comprender de inmediato nuestro estado de ánimo.

– Hay más -dijo Leónidas.

Asentí. Y me volví hacia Turner y le dije:

– Hay más.

Turner continuó dando vueltas al anillo. Se había sonrojado.

– Se lo he contado todo, todo lo que les interesa saber. Hay más secretos, por supuesto. Yo era espía y estábamos en guerra, pero no tengo nada más que decir que lo concierna a usted.

– Hay más -repetí-. ¿Adonde podríamos llevarlo? ¿A casa de usted, Lavien?

– No puedo llevar la violencia al hogar en el que viven mi esposa e hijos -respondió-. En casa soy un hombre distinto. Tiene que ser a otra parte.

– Yo vivo en una casa de huéspedes -anuncié-. Allí no podemos interrogar a nadie.

– Alquilen una habitación aquí -propuso Leónidas-. Es una taberna muy ruidosa. Nadie oirá nada.

– Muy listo -repliqué.

– Un momento -dijo Turner, cuya expresión había pasado del terror a la confusión y de nuevo al terror-. Señor Lavien, usted me dijo que recibiría una recompensa por la información y que, siempre y cuando le dijera la verdad, no sufriría consecuencias. No le he dicho más que la verdad.

– Y yo le dije que tenía que contarnos toda la verdad -replicó Lavien-. El capitán Saunders cree que miente Yo creo que miente. Leónidas cree que miente. O nos lo dice todo ahora o tendrá que decírnoslo en privado.

– No tengo nada más que decir -espetó Turner.

– ¿Serías tan amable de alquilarnos una habitación? -Lavien le lanzó una moneda a Leónidas-. Lo más lejos posible de la sala principal.

Leónidas fue a cumplir el encargo.

– No pueden obligarme a nada en contra de mi voluntad -Turner seguía mirando con nerviosismo a su alrededor-. Me pondré a gritar.

– Si lo hace -dije-, nos veremos forzados a decir a los parroquianos que fue espía británico durante la guerra y que participó en una conspiración contra los patriotas. Y no podríamos salvarlo de la turba aunque quisiéramos. Si tiene ganas de vivir, mejor que pruebe fortuna con nosotros.

– Prefiero no hacerlo. -Se puso en pie, pero volvió a sentarse enseguida y vi que Lavien le había puesto la punta de su afilada navaja en la espalda, a la altura del riñón.

Al cabo de un momento, Leónidas nos indicó con un gesto que ya tenía la habitación.

– Si no viene con nosotros tranquilamente y en silencio, morirá -le dijo Lavien a Turner-. ¿Me cree?

Turner asintió.

– Bien. Si viene con nosotros, si coopera, vivirá. No puede ser más sencillo.

Nos levantamos los tres y avanzamos hacia Leónidas. Yo abría la marcha, seguido de Turner y Lavien. Subimos un tramo de escaleras y luego otro. Leónidas nos llevó a una alcoba de la parte trasera. Las puertas de tres de las otras cinco habitaciones estaban cerradas y oímos crujidos del suelo de madera, muebles que se movían y gemidos apagados de pasión. Las alcobas de aquella taberna las utilizaban las prostitutas, lo cual nos iría muy bien. Los clientes ya estaban acostumbrados a que a veces hubiese ruidos extraños.

La habitación medía unos cinco pasos por seis, pero bastaría. Una vez dentro, Lavien cerró la puerta. Miré alrededor y descubrí un colchón viejo y sucio, un par de sillas y una mesita para comer o beber. De un empujón, Lavien obligó a Turner a sentarse en una de las sillas. Cerró la ventana y la habitación quedó casi a oscuras.

– No hace mucho que conozco al señor Lavien -le dije a Turner-, pero, por la impresión que he sacado de mi limitada experiencia con él, debería estar usted muy asustado.

– Si se lo cuento todo -susurró Turner-, me matarán.

– Es una posibilidad -terció Lavien-, pero no una certeza. Dependerá, por supuesto, de lo que diga y de lo mucho que nos haga trabajar para conseguirlo. Pero si no nos lo dice, recurriremos a lo que sea para que hable y, si no lo hace, lo mataremos. Ha admitido que hay más, por lo que no tenemos ninguna razón para no inducirlo a hablar.

Lavien utilizó la navaja para cortar una tira de tela del sucio cubrecama del colchón.

– No nos devolverán el depósito de la habitación -comentó Leónidas.

– ¿Qué está haciendo? -preguntó Turner.

– Un pequeño truco que aprendí en Surinam -respondió Lavien-. Cortas un trozo del cuerpo del hombre, se lo pones en la boca y lo amordazas. Lo dejas sentado con su propia carne sanguinolenta en la boca -funciona mejor bajo el sol tropical, pero aquí también lo hará- y, por lo general, se muestra dispuesto a cooperar. Al hombre del que aprendí el truco le encantaba hacerlo con el pene. Es simbólico, pero a mí me parece devastador. Un hombre sin pene se hunde enseguida en la desesperación. Yo prefiero utilizar una oreja.

– No, no va a… -Turner empezó a levantarse.

– ¡Siéntese! -gritó Lavien. Su voz sonó tan dura, tan imperiosa, que para resistirse a ella hubiese sido necesario un hombre con una voluntad divina. Turner se sentó.

– Leónidas, sujétale los brazos a la espalda. Con fuerza. No quiero que se mueva mientras hago esto.

Fue llegado aquel punto cuando empecé a entender lo que estaba ocurriendo allí exactamente. Si Turner poseía información sobre acontecimientos ocurridos hacía tantos años, yo también la necesitaba, por supuesto. No me marcharía de aquella alcoba sin ella. Por lo demás, había visto con mis propios ojos no solo la determinación de Lavien, sino también su crueldad. La noche que nos conocimos, si yo no hubiese intervenido, habría mutilado a Dorland. Ahora, no podía objetar que asustase a Turner o incluso que le pegara un poco. Cortarle la oreja a un hombre y ponérsela en la boca, sin embargo, era harina de otro costal.

– Espera, Leónidas -dije, volviéndome hacia Lavien-. Una palabra.

– No -respondió-. Lo haré a mi manera.

– Es mi pasado -repliqué.

– Y es mi sentido de la justicia. ¿Voy a perdonar a este hombre solo porque a usted no le guste mi método de obtener la verdad?

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