Los rebeldes de Filadelfia
- Автор: Лисс Дэвид
- Язык: испанский
- Жанр: Историческая проза
Электронная книга - «Los rebeldes de Filadelfia». Краткое содержание книги:
Sin embargo, en este momento, el peor de su vida, su integridad y resuelta valentía le llevan a aceptar una investigación que le enfrentará al poder y al secretario del Tesoro: un antiguo enemigo y, también, el artífice en la oscuridad de un enorme engaño financiero; un hombre sin escrúpulos cuyos manejos sucios y métodos viles conducen a la violencia más feroz. Desde Filadelfia, Ethan, el patriota proscrito, inicia una lucha denodada, una valerosa cruzada contra la corrupción para evitar que Estados Unidos se convierta en una vulgar tierra para especuladores.
«Una novela que te deja sin aliento. Una narración que te sumerge en una compleja trama protagonizada por un espía revolucionario y una mujer deslumbrante que se convierte en su aliada y su Némesis.»
– Sí -respondí.
Lavien sacudió negativamente la cabeza.
– ¿Quieres ayudarme, Leónidas? -dijo.
– No lo hagas -le ordené.
Sin embargo, Leónidas no me obedeció. Se plantó detrás de Turner, lo sujetó con fuerza y le hizo un pequeño corte que sangró.
– Es su última oportunidad -dijo Lavien.
– Está usted loco -masculló Turner-. Se lo diré, no me corte la oreja.
– Leónidas, sujétale los brazos donde los tiene ahora -dijo Lavien-. Si me parece que se calla algo, te pediré que le disloques los hombros.
– Tal vez necesite varios intentos -comentó Leónidas.
– Hazlo lo mejor que puedas. Y ahora, señor Turner, cuéntenos su secreto.
Permaneció callado quince segundos. Treinta. Lavien sacudió la cabeza.
– Me está haciendo perder el tiempo -dijo, mientras daba un paso al frente blandiendo la navaja.
– Lo matamos nosotros -dijo Turner.
Si yo me hubiera imaginado una escena así, habría pensado que Turner hablaría chillando, pero pronunció aquellas palabras en voz baja, como si añadiera una información de cierta importancia a una conversación en curso.
Lo miré. No fue necesario que le preguntase más.
– Fleet. Volvió a Filadelfia a buscarme, tratando de limpiar su nombre. Iba a las tabernas, hacía preguntas, se acercaba. Los detalles no importan, supongo. Lo único que necesitan saber es que Pearson estaba al tanto de que Fleet lo buscaba, de que nos buscaba, y me pidió ayuda. No dijo para qué, y no sé si se la habría prestado de haberlo sabido. Abordé a Fleet. Estaba en una taberna, borracho y enojado, y le pedí que saliera a la calle conmigo porque conocía a un hombre que podía responder a sus preguntas. Salimos a la oscuridad de la calle y Pearson lo golpeó en la cabeza con un martillo. Luego, lo apuñaló. A Fleet no lo mataron en una pelea de borrachos. Jack Pearson lo asesinó.
Capítulo 28
Ethan Saunders
Más tarde sería incapaz de decir qué me proponía hacer. Tampoco sé por qué se me permitió hacerlo solo. Salí de la posada de Clark a toda prisa y me pareció que no caminaba, sino que una magia desconocida me transportaba a la Cuarta con Spruce, a la casa de Pearson. Ni Lavien ni Leónidas me acompañaron. No les pedí que lo hicieran, pero creo que llegaron a la conclusión de que era algo que necesitaba afrontar por mí mismo, a mi manera, sin palabras de cautela o prudencia.
Más tarde, me recriminaría a mí mismo, no por lo que había ocurrido, sino por lo que hubiese podido suceder. No soy como Lavien, experto en proezas marciales, pero no le tenía miedo a Pearson. Tal vez debería habérselo tenido, pues aquel individuo había matado a sangre fría y yo no lo había hecho nunca. Tendría que haberme tomado tiempo -un par de días, quizás-, para meditar lo que quería y luego decidir cómo lo lograría. Ese habría sido el enfoque correcto, pero soy muy impaciente. Si me hubiese tomado un rato más para pensar -aunque solo fuese cinco minutos-, habría llegado a una única e inevitable conclusión. No podía permitir que Cynthia viviera con él ni un día más. No, ni una hora más. El tiempo de la cautela había terminado.
Al acercarme a la casa, vi que estaba silenciosa y tranquila. Era media tarde, demasiado temprano como para ver luces en las ventanas; por lo tanto, no sé qué podría haberle proporcionado a la casa un aspecto vivo, pero me dio la impresión de que faltaba algo. Me detuve un momento a pensar, no llegué a ninguna conclusión y seguí adelante.
No me tomé la molestia de llamar. Empujé la puerta delantera, descubrí que estaba abierta y entré. Solo había dado cinco pasos por el vestíbulo cuando fui abordado por un sorprendido sirviente. Tuve la tentación de agarrarlo, derribarlo y golpearlo, pero me contuve. Se llamaba Nate. De eso me acordaba. Y también recordaba que, como el resto de los criados, el hombre era leal a Cynthia.
– Capitán Saunders… -empezó a decir el criado, pero calló de inmediato. Yo no lo interrumpí con palabras, pero me vio la cara y percibió la rabia que me ardía en la piel. No imagino qué aspecto debía de tener.
– ¿Dónde está?
Me pareció que mis dientes mordían las palabras en el aire.
– Lo siento -respondió con voz temblorosa-. Es decir, si pregunta por el señor Pearson, no está aquí en este momento. Se encuentra de viaje. Estoy seguro de que si vuelve usted en otra ocasión…
– ¿Dónde ha ido, maldita sea? -Avancé un paso más y él retrocedió otro.
El pobre hombre se encogió. Trabajaba para Pearson, vivía con él día tras día y, sin embargo, se encogía ante mí. No me gustó. Yo no me sentía poderoso, ni dominante. Me sentía como una personificación de la rabia, alguien que no era yo mismo, pero no me importaba y creo que habría agredido al desdichado criado si las cosas no hubiesen cambiado de repente.
– No está aquí, Ethan.
Fue Cynthia quien habló. Estaba en el otro extremo del vestíbulo, de pie en la penumbra, en el espacio donde la oscuridad del vestíbulo no se encontraba todavía con la luz del salón. Media hora más tarde, los candelabros ya habrían estado encendidos, pero en esos momentos reinaba una luz crepuscular y Cynthia solo era una silueta de perfil.
– Se ha marchado. De nuevo.
Cerré y abrí los puños varias veces y seguí avanzando, pero Nate se interpuso en mi camino, lo cual se me antojó de una gran valentía, dadas las circunstancias. Cualquier otro día, en cualquier otro momento, no habría apostado un centavo por mis posibilidades contra un criado robusto como él, pero en aquel instante las cosas eran distintas y él lo sabía. Me temía y me cerró el paso.
– Mantenga la distancia, señor. No es usted el de siempre.
Tenía razón. Miré a Cynthia, que estaba detrás del individuo.
– ¿Adonde ha ido?
– No lo sé. No lo explicó, solo dijo que se marchaba y que no regresaría durante un tiempo. ¿Qué ha sucedido, Ethan?
No podía responderle. No sabía cómo hacerlo.
– ¿Otra vez a Nueva York?
– No sabía que fuese ahí donde estuvo la vez anterior.
Estuve a punto de decirle que era la señora Maycott quien me lo había contado, pero consideré que sería mejor callármelo.
– Tengo que encontrarlo. No puedo decirle por qué, todavía, pero debo encontrarlo.
– No sé adonde ha ido -Cynthia se adelantó un paso-, pero pareció… sugerir que pasaría bastante tiempo fuera. No esperaba volver pronto a casa. Hizo que su criado le pusiera varios trajes en el equipaje y partió horas antes del amanecer.
En el coche expréss de Nueva York, sin lugar a dudas. Ya no podía posponerlo más. Yo también tenía que ir a Nueva York. Encontraría a Pearson y entonces… Entonces, no sabía lo que haría. ¿Matarlo? No era mi estilo. ¿Llevarlo ante la justicia? ¿Con qué? ¿Con un solo testigo que, para colmo, era espía británico y que nos había contado lo que sabía bajo amenazas de tortura y mutilación?
– Cynthia… -empecé a decir y di un paso pero ella retrocedió.
– No, Ethan. Tiene que mantenerse al margen.
¿Imaginaba Cynthia que aquello me disuadiría? ¿Pensaba que me creería que lo decía por una cuestión de decoro? No me lo creí y, apartando al sirviente de un empujón, me planté a su lado.
Ella retrocedió, pero no escapó; la luz de la sala la iluminó y vi lo que quería ocultar. Había estado de perfil todo el tiempo, mostrándome el lado izquierdo de la cara, porque tenía el derecho lleno de contusiones rojas, púrpuras y azules. Pearson le había pegado en el ojo. Su marido le había puesto un ojo tumefacto como si Cynthia fuese un borracho de taberna.
No puedo decir que la rabia me invadiera de nuevo porque ya no me cabía más ira. En todo caso, mi furia se volvió más pura, más intensa y más fácil de encauzar y controlar. Lo encontraría y pondría fin a aquello. No sabía cómo, pero lo haría.