Los rebeldes de Filadelfia
- Автор: Лисс Дэвид
- Язык: испанский
- Жанр: Историческая проза
Электронная книга - «Los rebeldes de Filadelfia». Краткое содержание книги:
Sin embargo, en este momento, el peor de su vida, su integridad y resuelta valentía le llevan a aceptar una investigación que le enfrentará al poder y al secretario del Tesoro: un antiguo enemigo y, también, el artífice en la oscuridad de un enorme engaño financiero; un hombre sin escrúpulos cuyos manejos sucios y métodos viles conducen a la violencia más feroz. Desde Filadelfia, Ethan, el patriota proscrito, inicia una lucha denodada, una valerosa cruzada contra la corrupción para evitar que Estados Unidos se convierta en una vulgar tierra para especuladores.
«Una novela que te deja sin aliento. Una narración que te sumerge en una compleja trama protagonizada por un espía revolucionario y una mujer deslumbrante que se convierte en su aliada y su Némesis.»
No debería haberme preocupado, pues pronto noté que una mano me tomaba por el codo y cuando me volví, con una sonrisa perfectamente preparada, me encontré cara a cara con el mismísimo William Duer. Yo había acudido a la taberna con la esperanza de que estuviera allí para seguir el desarrollo de su pequeña estafa, pero no lo había reconocido en la sala y no lo había visto llegar después. Sin embargo, allí estaba, para ser testigo de mi maniobra. Delante de mí tenía al principal causante de todas mis desgracias, el hombre que, mediante su connivencia y codicia, había destruido todo lo que yo quería. Aquel hombre había asesinado a mi hijo y a mi Andrew y, ahora, me sonreía.
– William Duer, de Nueva York, a su servicio, señora -me dijo con una reverencia-. Aunque observo por mil pequeños detalles que es usted nueva en el negocio de la bolsa, me ha impresionado con su conocimiento y su frialdad. ¿Querría usted honrarme compartiendo una taza de chocolate en el piso de arriba, donde el ambiente es mucho más tranquilo?
Miré al monstruo directamente a los ojos.
– Señor Duer, sería muy tonta si rechazara las atenciones de un hombre tan bien considerado como usted -respondí.
Y así fue como los dos echamos a andar hacia la escalera.
Capítulo 30
Ethan Saunders
Nunca me han gustado los largos desplazamientos por carretera. El movimiento del carruaje impide la lectura o cualquier otro entretenimiento y deja poco que hacer, como no sea conversar con desconocidos. Sin embargo, la categoría de los desconocidos que viajan en el coche nunca es muy elevada. A cambio, uno debe soportar constantes vaivenes y un progresivo e inmisericorde dolor de nalgas, combinados con bruscos zarandeos y empujones. En invierno, cuando es preciso cerrar las ventanas para resguardarse del frío, hiede a cuerpos sudorosos, a mal aliento, a ajo, a cebolla y a calzones sucios. Y, por encima de todo, están el olor a madera vieja húmeda, a lana y cuero mojados, y las inevitables flatulencias. Es una experiencia desagradable.
Por lo menos, las carreteras estaban despejadas. No había nevado con intensidad desde hacía varios días y la precipitación caída en la King's Highway había sido bien pisada por anteriores coches expréss. El que nos transportaba era un vehículo típico de tales menesteres: un carruaje largo, cerrado, con capacidad para nueve viajeros, dividido en cuatro bancos con cortinas de cuero que podían correrse para ofrecer una mínima simulación de intimidad. Carecía de espacio para el equipaje, de modo que debíamos llevar delante de nosotros las catorce libras que nos habían adjudicado a cada uno. Los cuatro caballos que tiraban del vehículo llevaban buena marcha, pero aun así había poco que hacer, aparte de contemplar el paisaje.
Tener a Leónidas a mi lado hacía que el tiempo transcurriera más agradablemente, ya que me proporcionaba alguien a quien cuchichear comentarios despectivos acerca de nuestros compañeros de viaje. Y no tardé mucho en descubrir que, por lo menos, podía sacar algún beneficio del trayecto, pues resultó que, como solía suceder en aquel recorrido, casi todos los pasajeros del expréss eran especuladores que viajaban por negocios. Uno de nuestros compañeros, un hombre alto de ojos pequeños y diabólicos que miraban por debajo de unas cejas tupidas, me preguntó a qué me dedicaba. Me pareció buena idea echarle un cebo y le conté que iba a Nueva York a poner en orden la hacienda de un primo fallecido recientemente. El hombre me hizo algunas preguntas respecto a cuánto dinero me había dejado mi primo y si tenía algún interés en invertir en algún fondo o proyecto pero, salvo esto, no desperté gran interés entre los demás pasajeros.
Pronto, aquellos especuladores se olvidaron de nuestra presencia y empezaron a hablar entre ellos con toda libertad. La conversación se centró principalmente en el precio de los bonos del gobierno al seis por ciento. En general, estaban de acuerdo en que Duer se mostraba muy seguro de la bajada de los títulos y en que sus agentes los vendían en corto significativamente en Filadelfia. Más allá de esto, gran parte de los comentarios se referían a lo baratos que se podían conseguir préstamos en el Banco de Estados Unidos y en el Banco de Nueva York. Esto hacía lógico invertir en aquellos títulos, pero uno de los principales problemas de hacerlo parecía ser que Duer se aplicaba tanto en venderlos a la baja que solo un tonto compraría cuando debería vender.
Para asegurar que su línea de crédito continuaría abierta si se producía una restricción por parte de los dos grandes bancos, Duer se había involucrado en un proyecto para fundar un nuevo banco en Nueva York, que se llamaría el Banco del Millón.
Leónidas y yo apenas nos atrevimos a cruzar una mirada. Yo no demostré ningún interés especial y me limité a preguntar cuánto tiempo llevaba gestándose aquel plan.
Uno de los especuladores, un hombre con una verruga en la nariz, se volvió hacia mí.
– Si tiene interés en invertir en los nuevos bancos, venga a visitarme en Nueva York. Puedo hacerle de agente en cualquier inversión que elija.
– Antes de invertir un dólar, tendría que saber más.
– Lo único que tiene que saber es que, si se lo piensa, otro ocupará su lugar. Y lo hará muy a gusto. El interés en los bancos ha crecido tanto que los inversores hablan de una «bancomanía». Le prometo que encontrará muy razonables mis comisiones, pero el Banco del Millón abre el próximo miércoles, de modo que si desea beneficiarse de esta oportunidad, tiene que actuar muy deprisa.
El hombre me entregó su tarjeta y fingí leerla con interés. Otro de los especuladores se volvió y me comentó:
– Será mejor que se asegure de que le están diciendo la verdad. Si no actúa deprisa, tal vez pierda la oportunidad. Sin embargo, quizá la urgencia no sea una razón suficiente para invertir.
– ¿Por qué no?
– El Banco de Estados Unidos nació bajo el asesoramiento del secretario del Tesoro, que es un hombre muy capaz, y tanto el Banco de Nueva York como el Banco de Norteamérica han resistido la prueba del tiempo. En cambio, estos nuevos bancos solo son negocios pensados para hacer dinero para los primeros inversores, sin pensar en las perspectivas futuras de la institución, que, en vista de tal negligencia, no pueden ser muy boyantes. Siga mi consejo y actúe con cautela.
El hombre de la verruga se volvió a su colega.
– Oiga, es muy desconsiderado por su parte espantarme un cliente. Es muy feo hacerle una cosa así a un hombre que comparte su coche.
– ¿Acaso él no lo comparte también? -replicó el otro.
El de la verruga consideró la pregunta unos instantes.
– Tal vez, pero yo he actuado para hacer dinero tentándolo. Usted ha intervenido para no ganar nada disuadiéndolo. Esto… esto es casi peor que el vandalismo.
– Hay quien lo llamaría integridad -apunté.
– Quien diga tal cosa no ha trabajado a comisión en su vida -sentenció el hombre.
Viajamos a buena marcha y llegamos a última hora de la tarde a la orilla del Hudson del lado de Nueva Jersey, desde donde completamos nuestro trayecto en transbordador. Llegamos cuando ya había caído la noche y nos envolvió al instante el bullicio de Nueva York. Yo había vivido varios años en la ciudad al terminar la guerra y siempre me había gustado, sin que llegara a considerarla mi hogar. Estaba llena de gente frenética que apenas se tomaba la molestia de hablar con desconocidos aunque, una vez empezaba uno a hablar con un neoyorquino, no era más capaz de hacerlo callar que de detener el fluir de un río. Siempre he sentido aprecio por Filadelfia, que en muchos aspectos es una ciudad más agradable para vivir, pero no puedo dejar de deplorar que la capital del país ya no sea Nueva York, que siempre me ha parecido, por su intensa actividad, el mejor lugar para ser sede de la nación. Con sus modas internacionales, sus excelentes locales de comidas, sus diversiones y su variedad, es la que posee un sabor más europeo de todas las ciudades del país. Por sus calles se oye hablar más de un centenar de lenguas distintas y el puerto está siempre, incluso en invierno, lleno de naves cuyos mástiles forman un auténtico bosque.