Los rebeldes de Filadelfia
- Автор: Лисс Дэвид
- Язык: испанский
- Жанр: Историческая проза
Электронная книга - «Los rebeldes de Filadelfia». Краткое содержание книги:
Sin embargo, en este momento, el peor de su vida, su integridad y resuelta valentía le llevan a aceptar una investigación que le enfrentará al poder y al secretario del Tesoro: un antiguo enemigo y, también, el artífice en la oscuridad de un enorme engaño financiero; un hombre sin escrúpulos cuyos manejos sucios y métodos viles conducen a la violencia más feroz. Desde Filadelfia, Ethan, el patriota proscrito, inicia una lucha denodada, una valerosa cruzada contra la corrupción para evitar que Estados Unidos se convierta en una vulgar tierra para especuladores.
«Una novela que te deja sin aliento. Una narración que te sumerge en una compleja trama protagonizada por un espía revolucionario y una mujer deslumbrante que se convierte en su aliada y su Némesis.»
– Cynthia, debe usted dejar a ese hombre -le dije en voz baja y tranquila y absolutamente razonable. Estaba enloqueciendo de rabia, pero no permitiría que ella lo notara-. ¿Por qué la ha maltratado?
– Porque estaba enojado -respondió-. Ha estado enojado desde la noche que usted cenó con nosotros. Supongo que tenía buenas razones para estarlo, pero yo también. Sé que debo dejarlo, Ethan, pero no veo cómo. Es un monstruo, pero ya habrá usted visto lo que les ocurre a las mujeres que viven en la calle, sin dinero a su nombre. Y habrá visto lo que les ocurre a los hijos de esas mujeres. ¿No es mejor vivir con un enajenado que someter a mis hijos al escarnio y al maltrato de miles de desconocidos?
Me acerqué más. El secreto de sus contusiones había quedado revelado y ya no había razón para insistir en que mantuviera la distancia. Le tomé la mano, aunque sabía, y creo que ella también, que no me tomaría más libertades. Aun así, la calidez de su tacto me sorprendió, como si después de reencontrarla comprendiera por primera vez que era una mujer que vivía y respiraba, no solo un recuerdo animado. Era Cynthia, cuyos cabellos notaba deslizarse sobre la mano, cuyo rostro podía acariciar, cuyos labios podía besar. No era que pensase hacerlo, pero la pura verdad física de esa posibilidad me asombró.
– Cynthia, ¿qué quiere que haga? No puedo abandonarla a su suerte. Tengo que hacer algo para protegerla a usted y a sus hijos. Dígame qué y lo haré.
Ella volvió el rostro pero no trató de soltar la mano. Al cabo de un momento, me la apretó más fuerte.
– No se puede hacer nada -respondió.
– Sí se puede -repliqué.
– No -susurró. Se volvió de espaldas a mi y apartó la mano-. No, Ethan. No puedo permitir que hable así. No sé si se refiere a un duelo o a algo más inicuo, pero yo no se lo pido, ni lo apruebo. Lo odio, pero es el padre de mis hijos y no podría vivir pensando que he tenido algo que ver en ello.
– Yo no he dicho eso -le tomé de nuevo la mano-, pero seguro que existe una manera de que se libre de él sin tener que recurrir a lo impensable y la encontraré. Iré a Nueva York, le plantaré cara y resolveré el asunto.
– ¿Cómo? -quiso saber ella. Hablaba en voz baja y contenida. No me creía capaz de hacer una cosa así y, sin embargo, en sus ojos brillaba algo parecido a la esperanza.
– No tengo ni idea -respondí con una leve sonrisa-. Pero ya se me ocurrirá algo.
– Espere un momento, por favor. -Cynthia salió de la sala y, al cabo de unos minutos, regresó con un sobre-. Espero que no se sienta insultado ni crea que me tomo excesivas libertades, pero sé que sus medios son limitados. Tenga, aquí tiene algo de dinero para sus gastos.
– De usted no puedo aceptarlo -repliqué.
– Es dinero de él.
– Oh, en ese caso… -Cogí el sobre y me lo guardé en la chaqueta-. No lo acepto por codicia, ¿sabe?, sino por el placer de derrotarlo utilizando su propio dinero.
En algún momento desde que le tomé la mano hasta que salió a buscar el sobre, el criado de Cynthia desapareció, lo cual nos dio la intimidad que necesitábamos. No puedo decir, sin embargo, que la aprovecháramos demasiado. Comprendí que ella se sentía tan vulnerable que no era conveniente que yo le declarase mi amor y, por otro lado, creo que no necesitaba ninguna declaración para notarlo. Me deseó buena suerte y, tomándole las dos manos, le deseé lo mismo. No me atreví a hablarle de su padre, al menos de momento. Primero la libraría de su marido y luego le contaría lo que había descubierto. No soportaba la idea de que tuviera que vivir con Pearson, ni siquiera hablarle, sabiendo quién era y lo que había hecho.
No obstante, no se me ocurría cómo la libraría de su marido. Le había dicho la verdad. Yo no era un asesino y, pese a lo que Pearson le había hecho a Fleet, no podía matarlo a sangre fría. Si le pedía que se midiera conmigo en un duelo, me rechazaría, sin duda, como yo había rechazado a Dorland. Era raro el marido que aceptaba un desafío del admirador de su esposa.
Iría a Nueva York en el coche expréss que salía de madrugada. Averiguaría todo lo que pudiera sobre Pearson: en qué negocios andaba metido, qué relación tenía con Duer y con la conspiración contra el Banco de Estados Unidos. Y, no bien lo supiera todo, decidiría cómo convencerlo de que no maltratase más a su mujer. Tal vez bastaría con destruirlo a él y conservar al tiempo el dinero para su esposa.
Caminaba sin rumbo fijo cuando me asaltó un pensamiento. Consideré lo mucho más fácil que sería batirse en duelo; pensé en cómo lo había evitado con Dorland y cómo incluso este, que me había desafiado, parecía reacio a los duelos. Y entonces, de pronto, se me ocurrió una pregunta de no poca importancia. Si Dorland era reacio a los duelos, ¿por qué me había desafiado?
Las razones podían ser miles, por supuesto. Tal vez había pensado que su honor se lo exigía y quizá creía que yo no lo aceptaría, pero no me conocía muy bien. Solo sabía que había servido en la guerra, ¿y qué hombre, cobarde y tan reacio al duelo, se arriesgaría a enfrentarse con un individuo del que sabía que era un soldado?
Empecé a sospechar y, aunque tendría que haberlo dejado en paz a él y a su pobre mujer, no dudé en acercarme a la casa y llamar a la puerta. Cuando respondió el criado, le dije que tenía que hablar con el señor Dorland y que, en nombre del decoro, lo haría fuera de la casa en vez de dentro. Mi intención era ahorrarle a la mujer la incomodidad de verme, sobre todo en presencia de su marido.
Yo no creía que el hombre hiciese caso de mi llamada, pero se presentó y, aunque no parecía dispuesto a salir de la casa, se quedó detrás de su criado, que le sacaba una cabeza. Me miró y su cara carnosa se veía pálida.
– ¿De qué se trata, Saunders? ¿Por qué viene a molestarme a mi propia casa?
– Salga, Dorland, por el amor de Dios. No tengo ninguna intención de hacerle daño y lo que vengo a decirle solo puede oírlo usted. Nuestros asuntos no pueden ser tema de conversación de quienes ocupan los cuartos del servicio.
– ¿No es una treta? -preguntó.
– Le doy mi palabra de caballero.
– Usted no es un caballero.
– Entonces tiene mi palabra de truhán, lo cual, lo sé, supone una confusa paradoja que ahora no tengo tiempo ni ganas de desentrañar. Ahora, salga, concédame cinco minutos y no volveré a molestarlo más.
Creo que resultó decisiva mi impaciencia. Si me hubiese mostrado más hipócrita y menos apremiante, él tal vez habría obrado con más cautela a la hora de salir de su guarida. Mi poca disposición a utilizar una artimaña debió de ser una muestra de mi sinceridad. Tendría que recordar aquel truco para el futuro, decidí.
Salió con precaución al porche y se detuvo ante mí, a un par de pasos de distancia, lo bastante cerca para entablar una conversación y lo bastante lejos por si yo hacía, como él pensaba, algún movimiento repentino. Debió de confundirme con Lavien, para el que dos pasos no eran nada. En mi caso, solo dificultaban la conversación.
– Dorland, ¿por qué me desafió a un duelo? -inquirí.
– ¿Cómo puede preguntarme eso?
Gran parte de la rabia que aquel hombre había mostrado en nuestros encuentros anteriores, y de la que yo me había burlado, había desaparecido. Ahora solo parecía triste.
– No le pregunto por qué creía que tenía motivo, sino por qué decidió retarme. ¿Fue idea suya?
Tragó saliva, apartó los ojos y volvió a mirarme.
– Pues claro -respondió.
– ¿Quién lo convenció de que lo hiciera? -pregunté en tono amable-. ¿Quién le sugirió que me desafiara?
– ¿Tuvo que sugerírmelo alguien? -inquirió él, aunque con su actitud y sus gestos ya había respondido a mi pregunta.
– Me está haciendo perder el tiempo, Dorland, y pone a prueba mi paciencia. ¿Quién se lo recomendó?
– Jack Pearson -admitió-. Fue él quien me contó lo que ocurría entre usted y mi esposa, y quien me aconsejó retarlo a duelo. Dijo que usted nunca aceptaría y que entonces tendría libertad para vengarme como creyera conveniente.