Los rebeldes de Filadelfia
- Автор: Лисс Дэвид
- Язык: испанский
- Жанр: Историческая проза
Электронная книга - «Los rebeldes de Filadelfia». Краткое содержание книги:
Sin embargo, en este momento, el peor de su vida, su integridad y resuelta valentía le llevan a aceptar una investigación que le enfrentará al poder y al secretario del Tesoro: un antiguo enemigo y, también, el artífice en la oscuridad de un enorme engaño financiero; un hombre sin escrúpulos cuyos manejos sucios y métodos viles conducen a la violencia más feroz. Desde Filadelfia, Ethan, el patriota proscrito, inicia una lucha denodada, una valerosa cruzada contra la corrupción para evitar que Estados Unidos se convierta en una vulgar tierra para especuladores.
«Una novela que te deja sin aliento. Una narración que te sumerge en una compleja trama protagonizada por un espía revolucionario y una mujer deslumbrante que se convierte en su aliada y su Némesis.»
Allí me encontraba, tomando té a pequeños sorbos sin prisas, cuando el señor Black se puso en pie finalmente para mostrar al mundo la insólita cortedad de sus piernas. A continuación, se dirigió a grandes voces a otro especulador, que estaba al otro de la sala.
– Señor Cheever, corríjame si me equivoco, pero ¿no deseaba usted, la semana pasada, adquirir títulos del Banco de Norteamérica? -Su voz era mucho más profunda y firme de lo que había supuesto. El hombre tenía un aspecto muy ridículo, pero un vozarrón impresionante-. Tengo cierto número de acciones de las que estoy dispuesto a desprenderme, si está usted interesado. En caso contrario… -Se encogió de hombros para demostrar su indiferencia.
El señor Cheever al que dirigía aquel parlamento, un caballero de edad avanzada que solo consiguió ponerse en pie con la ayuda de un bastón y de un joven asistente que lo sostenía por el codo, se dispuso a responder. Como había hecho el agente de Duer, habló a gritos de un lado a otro de la taberna; para entonces, ya me había dado cuenta de que allí era costumbre hacerlo así y que las conversaciones reservadas y los cuchicheos estaban mal vistos.
– Hace dos semanas, cuando le ofrecí un precio razonable, no estaba tan dispuesto a venderlas.
– Solo estoy cambiando mi cartera, como hace cualquiera -replicó el señor Black-. Creo que me ofrecía dos mil setecientos dólares, y lo encuentro un precio aceptable.
El señor Cheever, en respuesta, soltó una risotada.
– Llevo mucho tiempo haciendo negocios y he observado demasiadas veces cómo lleva usted sus asuntos. Sabe algo de esos títulos, ¿no es eso? Hay problemas con ese banco, ¿verdad? No compraré a más de dos mil trescientos.
Los demás hombres de la sala continuaron sus transacciones y siguieron atentos a sus asuntos, pero vi que todos ellos tenían un oído o un ojo pendientes de aquel diálogo, pues también era asunto suyo percibir cuándo podía producirse un cambio y había signos de que estaba a punto de suceder uno de ellos.
El señor Burlington Black tragó saliva, provocando una oleada de ondulaciones en su papada.
– Le venderé la cartera de valores de la que hablamos a dos mil cien dólares.
Esta vez, las transacciones cesaron y los demás especuladores se volvieron a mirar, pues lo que sucediera a continuación determinaría si comprarían más títulos del banco o si empezarían a vender los que ya tenían. El señor Cheever observó a su interlocutor con profundo escepticismo.
– No acepto -dijo al fin, con un gesto de su mano decrépita.
Se hizo el silencio en la taberna.
El señor Black, hay que decirlo en su favor, se sonrojó considerablemente y mostró un nerviosismo extremo. No sé si su reacción se debió a la inquietud por el peso que se cargaba sobre él o un mero truco teatral pero, en cualquier caso, produjo la impresión de un hombre en completa zozobra.
– Mil novecientos -dijo, con voz trémula-, y usted sabe que le ofrezco una verdadera ganga.
Un sirviente procedió a recoger unos platos sucios y, cuando se atrevió a hacer ruido entrechocando dos de ellos, uno de los especuladores lo hizo callar con un enérgico siseo.
El señor Cheever, claramente, se olió problemas.
– No me gusta su apremio y prefiero declinar la oferta.
En esos momentos, se alzó en la sala una exclamación ahogada. En unos instantes apenas, el valor de aquellos títulos había caído una tercera parte y los especuladores se quedaron paralizados durante unos segundos, mientras intentaban establecer sus estrategias. Quienes poseían bonos del Banco de Norteamérica planearon la mejor manera de deshacerse de los títulos indeseados. Quienes no, se aplicaron a determinar cómo podían sacar provecho de aquel giro repentino.
En aquellos momentos, cuando todo estaba en el aire y nadie sabía aún qué haría, en los segundos previos a que alguno de los presentes decidiera comprar y desencadenara en la sala principal de la taberna de la City una orgía de compras y ventas, era cuando el señor Duer hacía siempre su jugada. Yo lo sabía por los despachos que me mandaba el señor Dalton: Duer se levantaría y anunciaría que tenía fe en uno de los grandes bancos del país y que aceptaba de buen grado la oferta del señor Black. Después, continuaría aceptando ofertas parecidas, un tercio por debajo del precio anterior, y cuando apareciera en Nueva York y las vendiera, todo el mundo lo elogiaría como un sagaz negociante que había olido la jugada mucho mejor que sus colegas de oficio.
Entonces, me levanté de la silla.
– Compro a mil novecientos -anuncié con voz clara.
Cuesta decir qué produjo más sorpresa, si mi voluntad de comprar o el hecho de ser una mujer, pero de inmediato se alzó una explosión de voces, gritando todas a la vez, y una expresión de terror y confusión se apoderó del rostro del señor Black.
Según las reglas que se seguían en la taberna de la City, el señor Black no podía escoger a quién vender y su oferta al señor Cheever, una vez rechazada por el caballero, podía ser aceptada legítimamente por cualquier otro. Yo acababa de actuar como podía hacerlo cualquiera de los presentes y mis actos tal vez podían censurarse como impropios porque los llevaba a cabo una mujer, pero no podían rechazarse.
El señor Black, no obstante, debió de sopesar sus alternativas y decidió que no podía venderme los títulos a aquel precio. Casi amoratado, buscó desesperadamente una escapatoria y, finalmente, sacudió la cabeza con el consecuente temblor de sus fofas mejillas.
– Debo declinar su oferta. No comercio con damas. -A continuación, decidió que actuaría como un truhán, si era necesario, para salvar su negocio y añadió-: Con ninguna mujer, de hecho.
De nuevo, la sala estalló en un griterío. Los hombres exclamaban, «¡no!», «¡los usos!», «¡las normas!».
– ¡Debe vender! -gritó uno y recibió la aprobación general. Animado, continuó-: Si no lo hace, no volverá a ser aceptado aquí. No podemos tolerar entre nosotros a un hombre que no siga nuestras costumbres.
Este comentario recibió el asentimiento general y por último, sabiendo que lo habían puesto entre la espada y la pared, el señor Black asintió. De hecho, parecía un poco aliviado. Supuse que se diría a sí mismo que había hecho cuanto había podido y que Duer no le podría reprochar nada.
Di unos pasos hacia él y Black me dedicó una reverencia.
– No estoy acostumbrado a hacer negocios con damas y me he dejado llevar por el apasionamiento. Le ruego que me perdone.
Sonreí, le devolví la reverencia y le estreché la mano para significar que cerrábamos el trato. Estaba hecho y ya no podría volverse atrás sin arruinar su reputación.
– No tiene importancia, señor. No me ha perjudicado, al contrario, me ha hecho un buen servicio, pues sé que estos títulos conservan todo su valor. Si no encuentro a quien venderlos aquí, no dudo de que podré negociarlos en Nueva York, donde mis agentes aseguran que se colocarán muy bien.
Hice este comentario en el tono normal de una conversación, pero sabía que cuanto dijera sería oído y que la seguridad con la que hablaba destruiría la capacidad de Duer para perpetuar su plan. No era que mi opinión tuviera el menor peso, pues los inversores no me conocían y, al fin y al cabo, solo era una mujer. No obstante, la firmeza que empleé al hablar rompió el hechizo que habían tendido los agentes de Duer y, de pronto, ninguno de los presentes quiso seguir comprando o vendiendo títulos hasta saber más de aquel asunto.
Terminada la transacción, volví a la mesa y recogí mis cosas, dejando claro que me disponía a marcharme. Esperaba que me detuvieran. Esperaba que, después de aquella transacción, la sagacidad que había demostrado bastara para atraer interés, pero no podía estar segura. Si no era así, tendría que arriesgarme a nuevas operaciones, aunque proporcionarían menos beneficios, pues cada nuevo éxito sería visto con menos admiración y asombro, y con más suspicacia.