Бесплатная библиотека
Читайте книгу на сайте или телефоне
READ-E-BOOK » Историческая проза » Los rebeldes de Filadelfia
Los rebeldes de Filadelfia - Читать Любимую Русскую Полную Книгу 👉 Read-E-Book.com

Los rebeldes de Filadelfia

Электронная книга - «Los rebeldes de Filadelfia». Краткое содержание книги:

Ethan Saunders, el que antaño fuera uno de los mejores espías del general George Washington, es ahora un ex capitán sin reputación ni dinero que ahoga sus penas de taberna en taberna en Filadelfia. Además, la acusación de traición por la que fue expulsado del ejército no solo le costó su buen nombre, sino que también significó el abandono de su prometida.
Sin embargo, en este momento, el peor de su vida, su integridad y resuelta valentía le llevan a aceptar una investigación que le enfrentará al poder y al secretario del Tesoro: un antiguo enemigo y, también, el artífice en la oscuridad de un enorme engaño financiero; un hombre sin escrúpulos cuyos manejos sucios y métodos viles conducen a la violencia más feroz. Desde Filadelfia, Ethan, el patriota proscrito, inicia una lucha denodada, una valerosa cruzada contra la corrupción para evitar que Estados Unidos se convierta en una vulgar tierra para especuladores.
«Una novela que te deja sin aliento. Una narración que te sumerge en una compleja trama protagonizada por un espía revolucionario y una mujer deslumbrante que se convierte en su aliada y su Némesis.»
1 ... 89 90 91 92 93 94 95 96 97 ... 144
Перейти на страницу:

Es extraño. Tendría que haberme indignado, pero aquel mismo día ya había descubierto que Pearson maltrataba a Cynthia y que había asesinado a mi mejor amigo, por lo que aquella noticia ya no podía enojarme más. En cualquier caso, me sentí victorioso, porque había encontrado aquel hilo de verdad en la urdimbre del universo y había tirado de él. La vida nos ofrece esos pequeños triunfos y hay que disfrutarlos cuando se presentan.

– Solo he empezado a barruntar la profundidad de la villanía de Pearson al engañarlo, Dorland. Tenía sus razones para librarse de mí, por eso le contó unas falsedades horribles sobre su esposa y lo incitó a atacarme. Piense en ello. Un hombre dispuesto a arruinar otra felicidad doméstica a fin de cometer un asesinato por persona interpuesta.

– Un momento -dijo Dorland, acercándose-. ¿Quiere decir que mi esposa y usted… esto… que usted y…?

– Oh, Dorland… Dígalo de una vez. ¿Qué si hemos estado juntos ella y yo? No, naturalmente que no. He hablado con ella en más de una ocasión y es encantadora, pero ¿cómo puede dudar usted de una dama tan buena como su Susan?

– Se llama Sarah -murmuró en voz baja, con la mente en otro sitio.

– ¿Qué me importa cómo se llame? -continué-. Tendría que prestar más atención a su bondad y menos a que prefiera que la llamen de un modo u otro.

Por suerte, Dorland no era tan hábil como yo a la hora de captar mentiras, ni vi razón para no ofrecerle a la dama aquel pequeño consuelo, ya que le había complicado la vida. Con un poco de esfuerzo, tal vez podría simplificársela.

– ¿Y por qué no lo dijo antes? -me preguntó.

– Porque usted me molestó -le dije-. Me amenazó con recurrir a la violencia y luego la perpetró. No vi razón para tranquilizarlo al respecto, pero me equivoqué porque he perjudicado a su esposa y ella no ha hecho nada para merecerlo. Fui un estúpido y lo lamento.

– Tengo que darle las gracias. -Se acercó aún más y me tendió la mano-. Ojalá me lo hubiese dicho antes, pero no puedo describir la alegría que esta noticia me proporciona.

Nos estrechamos la mano y Dorland entró en la casa a toda prisa, a ver a su bondadosa dama y a pedirle perdón de mil maneras. Lo único que podía esperar yo era que la señora fuese lo bastante lista como para no irse de la lengua y aceptar las disculpas.

Me volví para dirigirme a mis aposentos y prepararme para partir a la mañana siguiente en el coche expréss, que salía a las tres de la madrugada. Ahora tenía un nuevo dilema sobre el que cavilar durante el viaje. Antes incluso de conocer a Kyler Lavien, o de saber que había una conspiración contra el Banco de Estados Unidos, antes de todo eso, Pearson ya había tratado de matarme. Había llegado el momento de descubrir por qué.

Capítulo 29

Joan Maycott

Verano de 1791

A pesar de los daños del incendio, nuestra pequeña cabaña de troncos se vendió mucho mejor de lo que había supuesto. No me sorprendió, en cambio, que la propiedad de Skye, cuidada y formal como la tenía, aportara una buena suma, pero la mayor cantidad, con mucho, la proporcionó la parte de Dalton: no sus edificios, que eran excelentes, ni las mejoras en sus tierras, que eran significativas, sino los alambiques, que en el Oeste eran casi equivalentes a cecas y, a propósitos prácticos, a una licencia para acuñar moneda. Ciertamente, había inquietud acerca de la nueva tasa, pero nadie creía de verdad, sobre todo ahora que Tindall había desaparecido, que el lejano gobierno de Filadelfia pudiera cobrarla efectivamente o impedir, en caso contrario, la producción del whisky de centeno del Monongahela. Para asegurarse y a instancias nuestras, Brackenridge dejó muy claro que quien comprara las tierras de Dalton y los alambiques adquiriría también sus recetas para la elaboración del whisky.

No abrumaré al lector con los detalles de nuestro regreso al Este. El dinero que obtuvimos de esa transacción no nos hizo ricos, pero nos proporcionó lo que necesitábamos para nuestro plan. El señor Dalton habló con cinco de sus chicos del whisky, los que consideró más inteligentes y de confianza, y como los hombres se habían quedado sin su medio de ganarse la vida, aceptaron de buen grado compartir nuestra suerte, sobre todo porque podíamos ofrecerles dinero en mano al momento y la promesa de más en el futuro.

Hete aquí, pues, que nos instalamos de nuevo en Filadelfia a principios del verano de 1791, en una vivienda alquilada en Elfreth's Alley, un rincón poco elegante pero tranquilo. Era una casita estrecha, ninguna de cuyas habitaciones medía más de dos pasos de anchura, y apenas podía albergar a cuatro personas con cierta holgura. Sin embargo, los nueve retornados de la frontera nos las arreglamos para caber. En cuanto al orden y el aseo, tuve que dar más de un grito para que los hombres me hicieran caso. Y como no podíamos permitir que los vecinos chismorrearan acerca de la presencia de una mujer sola entre ocho hombres, corrimos la voz de que el señor Skye era mi hermano y no se volvió a hablar del asunto.

La situación no se prolongó mucho tiempo. Las noticias que nos habían llegado en el Oeste estaban terriblemente retrasadas, pero al poco de nuestra llegada nos habíamos puesto totalmente al día respecto a las andanzas del banco de Hamilton, que estaban provocando un frenesí en las calles de Filadelfia. Estaba previsto que las acciones salieran al mercado el 4 de julio -¿no era este detalle, por sí solo, una muestra del desprecio que aquellos hombres sentían por la libertad americana?- y, por todas partes, los hombres urdían la manera de situarse en la mejor posición para conseguir una parte. Se preveía que las acciones del banco subirían casi inmediatamente. Fue una obsesión, un soborno a gran escala con el cual Hamilton embaucaba a la gente para financiar sus manejos, haciendo creer a todos que serían recompensados por ello.

Aquellos hombres adinerados se creían invencibles, pero yo estaba convencida de que no sería demasiado difícil destruir su banco. Dediqué dos semanas a estudiar el asunto, consultar mis libros y dar largos paseos junto al río, y así formulé de nuevo mi plan. Cuando lo tuve todo preparado, se lo presenté a mis aliados y aunque algunos, sobre todo los chicos del whisky, no acabaron de captar algunas sutilezas, todos lo aprobaron.

Al cabo de unas pocas semanas, se hizo necesario establecer una segunda base de operaciones en Nueva York y, pese a su resistencia a dejarme sola, envié allí a Dalton y Jericho, junto con dos de sus chicos del whisky, Isaac y Jemmy. Buena parte de lo que sucedería a continuación dependería de sus esfuerzos y no creí que pudieran alcanzar sus objetivos en el plazo de un año pero, al cabo de unos pocos meses, mis hombres en Nueva York tenían preparado el plan para la destrucción del banco.

El 4 de julio, el banco de Hamilton abrió sus puertas en Carpenters' Hall y antes del mediodía había vendido todo su cupo de acciones. Pronto, estas se negociaban al veinte, treinta y cuarenta por ciento por encima del nominal. El Departamento del Tesoro lo consideró un éxito enorme y los periódicos federalistas lo cacarearon triunfalmente. Los pobres de la ciudad refunfuñaron y vieron en el banco la mecánica de la oligarquía británica, pero los ricos se negaron a ver que se arrojaban en brazos de su propia destrucción.

En Nueva York, Dalton y sus chicos habían cumplido con su parte; era hora de que yo hiciera la mía. Para ello, me vi obligada a gastar en ropa un poco más de dinero de nuestra menguada reserva de lo que habría querido, pero necesitaba parecer una dama de la cabeza a los pies. Alquilé unas habitaciones en una casa elegante de Second Street y empecé a aparecer en público. Di paseos por High Street y trabé conversación con otras féminas elegantes. Aparecí en conciertos y representaciones, en ocasiones con un atildado señor Skye por acompañante. Hice correr la voz de que era una viuda de posibles y no necesité más recomendación para entrar en sociedad.

1 ... 89 90 91 92 93 94 95 96 97 ... 144
Перейти на страницу:
0
Сюжет
  • 1
  • 2
  • 3
  • 4
  • 5
  • 6
  • 7
  • 8
  • 9
  • 10
0
Атмосфера
  • 1
  • 2
  • 3
  • 4
  • 5
  • 6
  • 7
  • 8
  • 9
  • 10
0
Главный герой
  • 1
  • 2
  • 3
  • 4
  • 5
  • 6
  • 7
  • 8
  • 9
  • 10
0
Общее впечатление
  • 1
  • 2
  • 3
  • 4
  • 5
  • 6
  • 7
  • 8
  • 9
  • 10
Итоговая оценка: 0.0 из 10 (голосов: 0 / История оценок)