Los rebeldes de Filadelfia
- Автор: Лисс Дэвид
- Язык: испанский
- Жанр: Историческая проза
Электронная книга - «Los rebeldes de Filadelfia». Краткое содержание книги:
Sin embargo, en este momento, el peor de su vida, su integridad y resuelta valentía le llevan a aceptar una investigación que le enfrentará al poder y al secretario del Tesoro: un antiguo enemigo y, también, el artífice en la oscuridad de un enorme engaño financiero; un hombre sin escrúpulos cuyos manejos sucios y métodos viles conducen a la violencia más feroz. Desde Filadelfia, Ethan, el patriota proscrito, inicia una lucha denodada, una valerosa cruzada contra la corrupción para evitar que Estados Unidos se convierta en una vulgar tierra para especuladores.
«Una novela que te deja sin aliento. Una narración que te sumerge en una compleja trama protagonizada por un espía revolucionario y una mujer deslumbrante que se convierte en su aliada y su Némesis.»
Para mi sorpresa, el especulador había tomado el control de la conversación con la tenacidad de un terrier y no tenía intención de soltarlo.
– Bien, respecto a la realidad del asunto -continuó Duer-, yo no digo a mis agentes qué comprar y qué vender cuando se dedican a sus propios asuntos. No me incumbe. Respecto a lo que hago yo, prefiero reservármelo y le pido que también se guarde sus suposiciones para usted. Cualquier rumor que extendiera podría ser muy perjudicial para mis finanzas y, por extensión, para el propio país.
– Usted ha estado intentando hundir los precios -afirmé-. ¿Cómo puede decir que lo hace por el bien del país?
– Me temo que esta confusión tiene origen en su escaso conocimiento de los mercados. Supongamos que, efectivamente, estoy jugando a que el valor de los títulos descenderá. ¿Me convierte eso en enemigo del gobierno? Creo que no. Los precios cambian continuamente y, si he de suponer que descenderán en este momento, eso no significa que desee que bajen, ni que espere que se mantengan bajos eternamente. Se trata solamente del flujo y reflujo del mercado y no es más que lo que Hamilton espera; de hecho, es lo que desea. ¿Por qué su banco ha puesto tan baratos los créditos, si no es para que podamos comprar y vender e intentar adivinar el resultado final? Decir que hago mal uso del mercado por intentar predecirlo es como decir que un barco maltrata el océano por surcarlo.
Sinceramente, no supe dónde terminaba la bravata y la invención y dónde empezaba la verdad. Aquello no era la guerra, donde los secretos tienen que ver con cosas tangibles como movimientos de tropas, composición de los ejércitos y planes de batalla. Ese era el mundo de las finanzas, en el que incluso la naturaleza de la verdad puede torcerse con la más ligera brisa. No insistí en el tema porque pensé que no sacaría nada más de escuchar las ficciones de Duer.
– Entonces -dije, como si fuese una consecuencia natural de lo que precedía-, ¿qué puede decirme de Pearson?
Duer se permitió un leve frunce del entrecejo y una minúscula mueca de disgusto.
– ¿Jack Pearson? ¿Qué quiere de él?
– Querría que me hablara de su animosidad contra él.
– ¿Animosidad, dice? -Duer ya volvía a sonreír-. No sé a qué se refiere.
– Se comenta que usted es enemigo suyo. Que las dificultades financieras que experimenta en la actualidad son obra suya. Que usted y Pearson están trabados en una especie de duelo a muerte y que él ya se perfila como el claro perdedor.
Duer se levantó con movimientos lentos, meditados. Ahora tenía el rostro contraído, como si experimentara dolor. Whippo observó esto con cierta alarma, como si yo estuviera utilizando un hechizo invisible para causar daño a su patrón, y dio un paso hacia mí.
– ¿Quién le ha dicho eso? -exclamó Duer.
– Son comentarios que he oído -contesté despreocupadamente y apuré el vino-. ¿Tiene más de este clarete? Está espléndido.
– El señor Duer le ha hecho una pregunta -dijo Whippo. Su voz era grave y resonante, pero transmitía la vaguedad de los perpetuamente aburridos.
– Sí, lo he oído. Pero yo también he hecho una. Sobre el vino. -Le entregué mi copa a Whippo-. Sírvame un poco más, si hace el favor.
Duer hizo un gesto de asentimiento a su asistente y, aunque el largo rostro del tal Whippo era una máscara de resentimiento -ojos entrecerrados, labios apretados, aletas de la nariz temblorosas-, se dirigió al aparador e inclinó la botella, llenando la copa casi hasta el borde.
Cuando tuve el vino en la mano, sonreí como un pachá satisfecho.
– Mucho mejor así. Ahora, haga el favor de sentarse, señor Duer. Malo es que este Pantagruel suyo me amenace, pero no puedo hablar con usted de caballero a caballero mientras siga ahí plantado, delante de mí.
Duel, deseando tal vez recuperar la apariencia de calma, volvió a su asiento. Tomé un sorbo de vino.
– Bien -dije a continuación-, ¿qué me preguntaba?
– Maldita sea, estúpido borracho, ¿dónde ha oído que yo estaba contra Pearson? ¿Quién le ha dicho tal cosa?
– Ah, sí, Pearson.
Para que el lector no crea que estaba ebrio, realmente, debo señalar que buena parte de mi comportamiento era una artimaña calculada. Que me creyeran mucho más bebido de lo que estaba convenía a mis propósitos.
Vacié la copa hasta que pude sostenerla cómodamente en la mano sin derramar una gota. Mientras lo hacía, pensé qué mentira me serviría mejor a mis intereses. Era evidente que Duer y su factótum consideraban terrible que corrieran rumores de aquella naturaleza. No podía contarles que había interceptado mensajes codificados entre dos partes a las que no conocía. Al propio tiempo, no quería decirles que había oído comentarios al respecto en una taberna o en el coche exprés, pues con ello los alarmaría y, si bien causar alarma era un dardo que tal vez quisiera sacar de mi aljaba más adelante, todavía no estaba dispuesto a hacerlo. De momento, deseaba tranquilizarlos.
– La esposa del caballero -dije, finalmente-. Cuando vi a la señora Pearson en la casa Bingham, expresó cierta preocupación acerca de la naturaleza de los asuntos de su marido con usted.
Duer exhaló un suspiro. Whippo relajó los puños.
– Las esposas son dadas a hablar de lo que no entienden -dijo Duer-. Creen que saben más que sus maridos y consideran que cualquier nueva empresa resultará ruinosa.
– ¿Cuál es, pues, la naturaleza de sus negocios con Pearson?
– No puedo contarle eso -dijo Duer-. Los negocios que hiciera con ese hombre son cosa del pasado, ya se lo he dicho. No tengo más conocimiento de sus dificultades actuales que lo que escucho, como cualquiera.
– ¿Y dónde está Pearson ahora?
– No tengo idea -aseguró él-. Lo creía en Filadelfia, pero supongo que no debe de ser así, ya que ha venido usted a buscarlo aquí.
– ¿Y dónde estuvo cuando desapareció por primera vez?
– Tampoco tengo idea de eso.
– ¿Tiene planes inmediatos de hacer nuevos negocios con Pearson? No tiene que explicarme la naturaleza del asunto, solo la fecha.
– Sería tonto si hiciera negocios con un hombre arruinado… -Duer sonrió.
– Entonces -murmuré, poniéndome en pie-, no le haré perder más tiempo.
Leónidas se reunió conmigo en el coche y emprendimos el accidentado camino de regreso a Nueva York en la oscuridad de la noche. Era un carruaje cerrado, pero tenía una ventanilla por la que podíamos observar al cochero y me fijé en que este se volvía repetidas veces a mirarnos. Desde que iniciamos el viaje, Leónidas y yo solo hablamos de asuntos triviales, pero me pareció que el cochero estaba pendiente de todo lo que decíamos.
– ¿Qué ha averiguado? -preguntó Leónidas por último, visiblemente impaciente con mi silencio.
Señalé al cochero con un rápido gesto de cabeza y luego dije:
– Oh, nada de importancia. El hombre estaba poco comunicativo, pero no importa. Siempre sé cuándo alguien oculta algo y él no lo hacía. ¿Y tú? ¿Has sabido algo por los sirvientes?
Sospeché que había algo que quería contarme, pero moví la cabeza en un levísimo gesto de negativa. Leónidas comprendió la señal y respondió que no había averiguado nada.
Cuando llegamos a la taberna de Fraunces, descendimos del carruaje, pero a continuación me volví al cochero.
– ¿Cuánto le ha ofrecido?
– ¿Señor?
– El hombre de Duer. Le ha ofrecido dinero para que le informe de todo lo que decíamos. ¿Cuánto?
El cochero se encogió de hombros; lo habían descubierto y no tenía intención de negarlo.
– Me ofreció un dólar.
Le puse en la mano unas monedas de los fondos que Cynthia me había dado.
– Aquí tiene dos. Informe a ese hombre que no he dicho nada, que solo le he hecho detener el coche para vomitar en la cuneta.
El cochero asintió.
– Gracias, señor -murmuró.