El Peso De La Culpa
- Автор: Джордж Элизабет
- Язык: испанский
- Жанр: Другие детективы
Электронная книга - «El Peso De La Culpa». Краткое содержание книги:
– ¿De modo que Vi Nevin trabajó para Martin Reeve? -preguntó Lynley a Shelly.
– Pues claro que sí. Las dos. Así se conocieron.
– ¿Usted también trabajó para él?
La joven resopló.
– Ni hablar. Bueno, lo intenté. Cuando contrataron a Vi, lo intenté, pero yo no era el tipo que andaba buscando, dijo el Pichaloca. Quería refinamiento, dijo. Quería que sus chicas dieran palique y supieran qué tenedor utilizar con el cuchillo de pescado y ver una ópera sin dormirse e ir a una fiesta del brazo de un tío feo y gordo que quiere fingir por una noche que ella es su novia y…
– Creo que nos hemos hecho la idea -interrumpió Lynley-. Pero deje que me asegure para no confundirme: ¿MKR es un servicio de señoritas de compañía?
– ¿Disfrazado de empresa de asesoría financiera? -añadió Nkata.
– ¿Es eso lo que está diciendo? -insistió Lynley-. ¿Está diciendo que tanto Nicola como Vi trabajaron para MKR como chicas de compañía, hasta que se despidieron para instalar su propio negocio? ¿Es eso correcto, señorita Platt?
– Tal como suena. Martin contrata chicas como auxiliares de un negocio que ni siquiera existe. Les entrega un montón de libros que deben estudiar para aprender el «negocio», y al cabo de una semana les pide que le hagan un favor y actúen como ligues de uno de los grandes clientes de MKR, que ha venido a la ciudad para asistir a una conferencia y quiere salir a cenar. Les pagará dinero extra, dice, si lo hacen solo por esta ocasión. Pero esta ocasión se convierte en otra, y cuando se dan cuenta de los verdaderos manejos de MKR, ya han comprendido que pueden ganar mucho más actuando como ligues de vendedores de ordenadores coreanos, jeques árabes, políticos norteamericanos o… quienquiera que sea. Y aún pueden ganar más si dan a su acompañante algo más que compañía. Y entonces es cuando el Pichaloca les revela de qué va el negocio en realidad. Que no tiene nada que ver con invertir el dinero de algún capullo, creedme.
– ¿Cómo averiguó todo esto? -preguntó Lynley.
– Vi trajo a Nikki a casa una vez. Estaban hablando y yo escuché. El Pichaloca había contratado a Vi para algo diferente, y se estaban contando mutuamente su historia para comparar experiencias.
– ¿Cuál era la de Vi?
– Diferente, como ya he dicho. Fue la única chica de compañía que contrató de la calle. Las demás eran estudiantes universitarias que querían trabajar a tiempo parcial. Pero Vi trabajaba a base de colocar sus postales en todos los teléfonos públicos…
– ¿Con usted como criada?
– Exacto. El Pichaloca cogió una postal, le gustó su aspecto, supongo que no tenía otra chica que pudiera aparentar diez años como Vi cuando se esfuerza, y la llamó. Yo le apunté en la agenda, como hacía siempre, pero cuando apareció solo quería hablar de negocios. -Bebió café mientras observaba a Lynley por encima de la taza-. Así que Vi fue a trabajar para él.
– Y dejó de necesitarla -añadió Lynley.
– Pero me quedé con ella. Cocinaba, hacía la colada, tenía el piso limpio y ordenado. Pero después quiso que Nikki fuera su compañera y socia, y yo me largué. Así de sencillo. -Chasqueó los dedos-. Un día le estaba lavando las bragas, y al siguiente me bajaba las mías para echar polvos por diez libras con tíos que esperaban el transbordo con la District Line en dirección a Ealing Broadway.
– Y fue entonces cuando decidió informar a Martin Reeve de lo que estaban tramando -dijo Lynley-. Fue un buen desafío para usted buscar venganza.
– ¡No hice daño a nadie! -gritó Shelly-. Si buscas a alguien capaz de liquidar a alguien, ve a ver al Pichaloca, no a mí.
– Pero Vi no acusa a Reeve -dijo Lynley-. Cosa que usted piensa que haría si sospechara de él. ¿Cómo explica eso? Hasta niega conocerle.
– Bueno, ella lo haría, ¿no? -afirmó Shelly-. Si ese tío se enterara de que ella se ha chivado a la poli sobre… bueno, sobre su negocio de chicas de compañía, encima de que ella ya le utilizó para confeccionarse una lista de clientes y luego establecerse por su cuenta… -Shelly respiró hondo y se pasó un pulgar por la garganta-. Vi no duraría ni diez minutos después de que él se enterase. Al Pichaloca no le gusta que le engañen, y se lo haría pagar caro.
Al parecer, Shelly se dio cuenta de lo que estaba diciendo y de sus implicaciones. Miró hacia la puerta, nerviosa, como si esperara que Martin Reeve entrara como una exhalación, dispuesto a vengarse de ella por sus revelaciones.
– Si tal es el caso -dijo Lynley-, si Reeve es responsable de la muerte de Nicola Maiden, tal como parece usted insinuar, cuando habla de que la gente paga caro engañarle…
– ¡Yo no he dicho eso!
– Ya. No lo ha dicho de una forma directa. Yo estoy extrayendo la deducción. -Lynley esperó a que la joven diera señales de comprender-. Bien, si deducimos que Reeve es responsable de la muerte de Nicola Maiden, ¿por qué esperó tanto para matarla? Dejó su empleo en abril. Estamos en septiembre. ¿Cómo explica los cinco meses que ha esperado para vengarse?
– No le dije dónde estaban -dijo Shelly con orgullo-. Fingí que no lo sabía. Pensé que debía saber lo que hacían a sus espaldas, pero localizarlas era cosa suya. Y eso fue lo que hizo.
19
Peter Hanken acababa de llegar a su despacho después de su conversación con Will Upman, cuando se enteró de que un niño de diez años llamado Theodore Webster, que jugaba al escondite en la carretera de Peak Forest a Lane Head, había encontrado un cuchillo en un contenedor de gravilla. Era una navaja de buen tamaño, repleta de hojas y con el tipo de complementos variados que la hacían indispensable en el equipo de todo acampador o excursionista experimentado. Tal vez el niño la habría conservado secretamente para su propio uso y disfrute, había informado el padre, si no le hubiera resultado imposible sacar las hojas de su alojamiento sin la ayuda de alguien. Debido a este hecho, había enseñado el cuchillo a su padre, pensando que unas gotas de aceite resolverían el problema. Pero su padre había visto sangre reseca en la navaja, y recordado la historia de los asesinatos de Calder Moor, que habían ocupado la portada del High Peak Courier. Había telefoneado a la policía en el acto. Tal vez no era el cuchillo utilizado en esos crímenes, dijo a Hanken la mujer policía que había recibido la llamada, pero quizá al inspector le gustaría echarle un vistazo antes de que se la llevaran al laboratorio. Hanken contestó por el móvil que él mismo llevaría el cuchillo al laboratorio, después de examinarlo, de modo que se dirigió al norte por la A623 y se desvió al sudeste en Sparrowpit. Esta carretera atravesaba Calder Moor y corría en un ángulo de cuarenta y cinco grados en relación a su borde noroeste, definido por la carretera junto a la cual había dejado aparcado su coche la Maiden.
Al llegar al lugar, Hanken examinó el contenedor de gravilla donde había sido encontrada el arma. Tomó nota del hecho de que el asesino, tras haber depositado el cuchillo en el cubo, podría haber continuado hasta un cruce que no distaba ni ocho kilómetros, donde habría podido desviarse hacia el este y luego al norte, en dirección a Padley Gorge, o al sur hacia Bakewell y Broughton Manor, que se hallaba a unos tres kilómetros. Una vez confirmó estos datos con un veloz vistazo al plano, fue a examinar el cuchillo en la cocina de la granja Webster.
Era una auténtica navaja suiza, y ahora estaba dentro de una bolsa de pruebas, a su lado en el coche. El laboratorio efectuaría los análisis correspondientes para verificar que la sangre incrustada en las dos hojas era de Terry Cole, pero antes de esos análisis, una identificación menos científica podría proporcionar a los investigadores una valiosa información.
Hanken encontró a Andy Maiden al final del camino que subía hasta el hostal. El ex agente del SO10 estaba instalando un nuevo letrero con la ayuda de una carretilla, una pala, una pequeña mezcladora de cemento, cierta extensión de cable eléctrico y un impresionante juego de proyectores. Ya había quitado el viejo letrero, abandonado bajo un limero. El nuevo (en todo su esplendor, tallado y pintado a mano) esperaba ser montado sobre un robusto poste de roble y hierro forjado.