El Peso De La Culpa
- Автор: Джордж Элизабет
- Язык: испанский
- Жанр: Другие детективы
Электронная книга - «El Peso De La Culpa». Краткое содержание книги:
Lynley extrajo de su bolsillo la carta anónima que Vi Nevin le había enseñado horas antes. Se la pasó. Shelly fingió examinarla con detenimiento, mientras se mordisqueaba el labio inferior.
Entretanto, Nkata abrió la libreta y sacó la mina del lápiz, mientras Lynley obtenía información dejando vagar su mirada por la habitación. Poseía dos notables características, aparte del olor inconfundible a coito, apenas disimulado por el perfume a incienso de jazmín recién quemado. Una era un viejo baúl de viaje que estaba abierto y revelaba su contenido de prendas de cuero negro, esposas, máscaras, látigos y similares. La otra era una colección de fotografías sujetas con chinchetas a las paredes. Solo había dos protagonistas: un patán joven fotografiado con una guitarra eléctrica colgada, y Vi Nevin, en una variedad de poses, desde seductora a juguetona: cuerpo infantil y expresión tímida.
Shelly se dio cuenta de que Lynley las miraba cuando terminó de examinar la carta anónima.
– ¿Y qué? -dijo, en aparente referencia a lo que estaba mirando-. ¿Qué pasa?
– ¿La envió usted? -preguntó Lynley.
– No puedo creer que llamara a la poli por eso. Menuda diva se ha vuelto.
– ¿De modo que usted la envió, además de otras similares?
– Yo no he dicho eso, ¿vale?
Shelly tiró la carta al suelo. Se tumbó sobre el estómago y sacó una caja impresa con alegres colores de debajo de varios amarillentos Daily Express. Contenía trufas de chocolate, que fue examinando hasta encontrar una de su gusto. Le pasó la lengua antes de deslizaría poco a poco en la boca. Sus mejillas se movieron como fuelles, mientras fingía que la chupaba. Lanzó un gemido de falso placer.
Al otro lado de la habitación, la expresión de Nkata era la de un hombre que empezaba a preguntarse si aquel día podía sucederle algo todavía peor.
– ¿Dónde estaba el martes por la noche?
La pregunta era una mera formalidad. Lynley era incapaz de imaginar que aquella chica poseyera el cerebro, por no hablar de la fuerza, suficiente para acabar con dos adultos jóvenes en toda su plenitud, por más que Vi Nevin pensara lo contrario. No obstante, la hizo. Nunca se sabía la información que podía obtenerse mediante una simple demostración de suspicacia policial.
– Donde siempre -contestó la joven, mientras se apoyaba sobre un codo y sostenía su cabeza anaranjada con una mano-. En los alrededores de la estación de Earl's Court… para poder orientar a los que salen despistados del metro, por supuesto. -Sonrió-. Anoche estaba allí. Esta noche estaré allí. También estaba el martes por la noche. ¿Por qué? ¿Vi ha dicho otra cosa?
– Dice que usted le envió cartas. Dice que la acosó durante meses.
– Menuda zorra -dijo Shelly con tono despectivo-. La última vez que pregunté, este era un país libre. Puedo ir a donde me dé la gana, y si da la casualidad de que ella está allí, mala suerte. Para ella, quiero decir. Me importa un huevo.
– ¿Incluso si está con Nicola Maiden?
Shelly no respondió y se limitó a coger otro bombón de chocolate. Estaba esqueléticamente delgada y el deprimente estado de sus dientes era un mudo testimonio de cómo lo lograba, pese a la dieta de trufas.
– Vaya par de putas. Unas aprovechadas, esas dos. Tendría que haberme dado cuenta antes, pero pensaba que ser colegas significa algo para ciertas personas. Pero no fue así, por supuesto. Espero que paguen por la forma en que me trataron.
– Nicola Maiden ya lo ha hecho -dijo Lynley-. Fue asesinada el martes por la noche. ¿Alguien puede corroborar dónde se encontraba usted entre las diez y las doce, señorita Platt?
– ¿Asesinada? -Shelly se incorporó-. ¿Nikki Maiden asesinada? ¿Cómo? ¿Cuándo? Nunca… ¿Dices que la asesinaron? Joder. He de llamar a Vi. -Se puso en pie y fue hacia el teléfono, que descansaba sobre la cómoda, al igual que el hornillo. El agua de la cacerola había empezado a hervir, lo cual distrajo un momento a Shelly de su llamada telefónica. Llevó la cacerola a la jofaina, y vertió un poco de agua en una taza de color lavanda-. Asesinada. ¿Cómo se encuentra? Me refiero a Vi, claro. Nadie ha hecho daño a Vi, supongo.
– Está bien.
Lynley sentía curiosidad por el súbito cambio producido en la joven.
– Te pidió que vinieras a decírmelo, ¿eh? Joder. Pobre cría.
Shelly abrió un armarito situado sobre la jofaina y sacó un bote de Gold Blend, un bote de crema para el café y una caja de azúcar. Removió la crema en busca de una cuchara de aspecto mugriento. La utilizó para servirse con generosidad cada ingrediente. Después de cada paso, no se molestaba en secar el utensilio, que al final quedó cubierto de una desagradable pátina color barro.
– Bien, que no cunda el pánico -dijo, tras haber utilizado el tiempo dedicado a preparar el café para reflexionar sobre la información que Lynley le había revelado-. No pienso ir corriendo a verla, aunque ella quiera. Me perjudicó, lo sabe muy bien, y tendrá que rogarme de rodillas si quiere que vuelva. Y tal vez me niegue, mira lo que te digo. Una tiene su orgullo.
Lynley se preguntó si había oído su anterior pregunta. Se preguntó si comprendía las implicaciones de la pregunta, no solo sobre su papel en la investigación del asesinato de Nicola Maiden, sino sobre el estado de su relación con Vi Nevin.
– El hecho de que haya enviado cartas amenazadoras la pone bajo sospecha, señorita Platt -dijo-. Lo entiende, ¿verdad? Por tanto, necesitará que alguien verifique su paradero entre las diez y las doce del martes por la noche.
– Pero Vi sabe que yo nunca… -Shelly arrugó el entrecejo. Por lo visto, algo se había infiltrado en su conciencia, como un topo que se abriera camino hasta las raíces de un rosal. Su rostro ilustró lo que su mente estaba barruntando: si la policía estaba en su cuarto, dándole la lata sobre la muerte de Nicola Maiden, solo podía existir un motivo de la visita y una única persona que la hubiera acusado-. Vi os ha enviado a mí, ¿verdad? Vi-os-ha-enviado-a-mí. Vi piensa que le di el pasaporte a Nikki. Joder, esa puta. Esa putita de mierda. Hará cualquier cosa con tal de vengarse de mí, ¿no es cierto?
– ¿Vengarse de qué? -preguntó Nkata. El patán de la guitarra se reía de él desde una fotografía ampliada, con la lengua fuera, erizada de tornillos. Una cadena plateada colgaba de un tornillo, enlazada sobre la mejilla con un pendiente de la oreja-. ¿Vengarse de usted por qué? -repitió Nkata con paciencia, el lápiz preparado y todo el interés del mundo reflejado en su cara.
– Por chivarme a Reeve el Pichaloca, por eso -anunció Shelly.
– ¿MKR Financial Management? -preguntó Nkata-. ¿Martin Reeve?
– El mismo hijoputa. -Shelly caminó sobre el colchón, con el tazón de café en la mano, indiferente a las gotas de líquido que caían. Se acuclilló, buscó una trufa y la echó en el tazón. Se metió otro chocolate en la boca. Chupó enérgicamente, con absoluta concentración. Esta actividad parecía dirigida, por fin, a poder reflexionar sobre el moderado peligro de su situación-. Sí, pues se lo conté todo -proclamó-. ¿Y qué más da, joder? Tenía derecho a saber que le estaban mintiendo. Bueno, no es que mereciera saberlo, el muy cabronazo, pero como le estaban haciendo lo que me hicieron a mí, y como iban a seguir haciéndolo a cualquiera que se cruzara en su camino mientras pudieran salirse con la suya, tenía derecho a saberlo. Porque si la gente utiliza a otra gente así, debería pagar por ello. De una forma u otra, debería pagar. Como los clientes, es lo que yo digo.
Nkata exhibía la expresión de un hombre que está escuchando griego y trata de escribir una traducción en latín. Tampoco era que Lynley entendiera gran cosa.
– ¿De qué está hablando, señorita Platt? -preguntó.
– Estoy hablando de Reeve el Pichaloca. Vi y Nikki le exprimieron como a una vaca, y cuando tuvieron los bolsillos llenos le dieron por el culo. Aunque se aseguraron de llevarse a sus clientes con ellas. Se aprovecharon del Pichaloca para montar su propio negocio, y yo pensé que no era justo. Así que se lo dije.