La Piedra de las Lágrimas (A Espada da Verdade #3)
- Автор: Гудкайнд Терри
- Серия: La Espada de la Verdad #2
- Язык: испанский
- Переводчик: Joana Claverol
- Жанр: Фэнтези
Электронная книга - «La Piedra de las Lágrimas (A Espada da Verdade #3)». Краткое содержание книги:
Para vencerlo, Richard debe aprender a dominar sus incipientes talentos arcanos, pues de otro modo morirá. A no ser que Richard aprenda a controlar sus poderes, nadie, ni siquiera su amada Calan, la poderosa pero benevolente Madre Confesora, podrá salvar al mundo. El único modo de lograrlo es ponerse en manos de las misteriosas Hermanas de la Verdad, que afirman ser su única esperanza.
— Jedidiah —dijo en un áspero susurro. Jadeaba—, por favor, no me obligues a recurrir al collar para frenarte. Esto es demasiado importante. Hay vidas en juego. —Jedidiah trató de abrazarla de nuevo, pero la mujer le envió una descarga de poder a través de sus manos hacia las muñecas del joven. Entonces, le apartó las manos con firmeza.
— Lo sé, Margaret. Tu vida es una de las que está en juego. No quiero que nada malo te ocurra. Te quiero más que a nada en el mundo.
— Jedidiah, esto es más importante que mi vida. Las vidas de todos están en peligro. Creo que el Innombrable tiene algo que ver con todo esto.
El joven mago se quedó helado.
— No lo dirás en serio.
— ¿Por qué crees que esas Hermanas anhelan el poder? ¿Para qué lo necesitan? ¿Por qué están dispuestas a matar por él? ¿Con qué fin? ¿A quién crees que sirven las Hermanas de las Tinieblas?
— Quiera el Creador que te equivoques —susurró Jedidiah lentamente. Alzó las manos hasta sujetarla por los hombros y preguntó—: Margaret, ¿quién más lo sabe? ¿A quién se lo has dicho?
— Sólo a ti, Jedidiah. Conozco a cuatro o quizás a cinco Hermanas de las Tinieblas, pero hay otras y no sé quiénes son. Ya no sé en quién puedo confiar. Esta noche he seguido a once hasta aquí, pero podrían ser más.
— ¿Qué me dices de la Prelada? Tal vez no deberías acudir a ella; podría estar de su lado.
Margaret sacudió la cabeza mientras suspiraba.
— Es posible que tengas razón, pero es nuestra única oportunidad. No se me ocurre nadie más que pudiera ayudarnos. Debo acudir a ella. Jedidiah, te lo suplico, regresa —imploró, rozándole la cara con la yema de sus dedos—. Así, si algo me pasara, tú podrías hacer algo. Alguien lo sabría.
— No. No pienso dejarte sola. Si me obligas a volver, iré a contárselo todo a la Prelada. Te amo y prefiero morir antes que vivir sin ti.
— Pero debemos pensar en otros. Hay otras vidas en juego.
— No me importa nadie más. Por favor, Margaret, no me pidas que te deje sola ante el peligro.
— A veces me sacas de quicio, amor mío. —La Hermana cogió las manos del joven entre las suyas y le dijo—: Jedidiah, si nos cogen…
— Si estamos juntos, acepto el riesgo.
— En ese caso, ¿quieres ser mi marido, tal como hablamos? —le preguntó, entrelazando sus dedos—. Si muero esta noche, quiero morir siendo tu esposa.
Jedidiah la atrajo hacia sí colocándole una mano detrás de la cabeza. Entonces le apartó el pelo de la oreja y le susurró suavemente:
— Eso me haría el hombre más feliz del mundo. Te quiero tanto, Margaret. Pero ¿cómo podemos casarnos aquí y ahora?
— Podemos hacer los votos. Nuestro amor es lo que cuenta, no que haya otra persona que pronuncie los votos por nosotros. Las palabras que nazcan de nuestro corazón nos unirán más estrechamente de lo que podría hacerlo nadie.
— Éste es el momento más feliz de mi vida —declaró Jedidiah, abrazándola con fuerza. Entonces se retiró y volvió a cogerla de las manos. En la oscuridad se miraron el uno al otro—. Yo, Jedidiah, prometo ser tu esposo en la vida y en la muerte. Te ofrezco mi vida, mi amor y mi devoción eterna. A partir de ahora estamos unidos a los ojos y el corazón del Creador, así como a los nuestros.
La mujer susurró las mismas palabras mientras las lágrimas le corrían por las mejillas. Nunca se había sentido tan asustada y tan feliz en toda su vida. Lo deseaba tanto que temblaba. Cuando acabaron de pronunciar los votos, se besaron. Fue el beso más tierno y más cariñoso que Jedidiah le hubiera dado jamás. De los ojos de Margaret seguían brotando lágrimas mientras se abrazaba a él y le besaba los labios. Con las manos se aferraba a sus anchos hombros, atrayéndolo hacia ella. Los brazos del joven rodeándola la hacían sentir más segura y más amada de lo que nunca se había sentido. Al fin se separaron.
— Te quiero, esposo mío —dijo Margaret, pugnando por recuperar el aliento.
— Te quiero, esposa mía, por siempre jamás.
La Hermana sonrió. Aunque no podía ver en la oscuridad, sabía que él también sonreía.
— Vamos a ver si encontramos alguna prueba y podemos detener a las Hermanas de las Tinieblas. Hagamos que el Creador se sienta orgulloso de las Hermanas de la Luz y de un futuro mago.
— Prométeme que no harás nada descabellado —le pidió Jedidiah, apretándole una mano—. Prométeme que no tratarás de hacer nada demasiado arriesgado. Quiero que pasemos lo que queda de noche en nuestra cama y no aquí, en el bosque.
— Tengo que averiguar qué se proponen y ver si hay un modo de demostrárselo a la Prelada. Pero son más poderosas que yo y, al menos, son once. Por si fuera poco, si realmente son Hermanas de las Tinieblas, pueden usar la Magia de Resta, y contra ello no tenemos defensa.
»No sé cómo vamos a arrebatarles el quillion. Tal vez encontremos algo más que nos sirva como prueba. Si tenemos los ojos bien abiertos y dejamos que el Creador nos guíe, tal vez éste nos revelará qué podemos hacer. Pero no quiero que ni tú ni yo nos arriesguemos más de lo necesario. No deben descubrirnos.
— Perfecto. Eso es justo lo que deseo —repuso Jedidiah.
— Pero, Jedidiah, soy una Hermana de la Luz, lo cual significa que tengo responsabilidades hacia el Creador y hacia sus otras criaturas. Aunque ahora seamos marido y mujer, mi trabajo sigue siendo guiarte. En esto no somos iguales: yo estoy al mando y sólo permitiré que me acompañes si me prometes que será así. Aún no eres un mago de pleno derecho. Si te digo algo, debes obedecerme. Sigo controlando mejor mi han que tú.
— Lo sé, Margaret. Una de las razones por las que deseaba ser tu esposo es que te respeto. No quiero tener una mujer débil. Tú siempre has sido mi guía, y eso no va a cambiar ahora. Tú me has dado todo lo que tengo. Te seguiré siempre.
— Eres maravilloso, esposo mío. Realmente maravilloso —replicó la mujer, sonriendo y meneando la cabeza—. Serás un mago extraordinario. Nunca te lo había dicho, porque temía que se te pudiera subir a la cabeza, pero algunas de las Hermanas creen que te convertirás en el mago más poderoso que ha existido en los últimos mil años.
El joven nada dijo, y Margaret no podía verle la cara, pero estaba segura de que se había sonrojado.
— Margaret, tus ojos son los únicos que quiero ver llenos de orgullo por mí.
La Hermana lo besó en la mejilla y, mientras lo cogía de la mano, dijo:
— Vamos a ver si podemos detener todo esto.
— ¿Cómo sabes qué dirección han tomado? Los árboles ocultan la luna.
— Es un truco que mi madre me enseñó y que nunca he revelado a nadie. Cuando las vi abandonar el palacio, conjuré un charco de mi han a sus pies. Lo pisaron y ahora van dejando huellas de mi propio han, huellas que sólo yo puedo ver. Las veo tan claramente como el sol en un estanque, pero nadie más las ve.
— Tienes que enseñarme ese truco.
— Un día lo haré, te lo prometo. Vamos.
Cogiéndolo de la mano, lo guió siguiendo el resplandor que dejaban las huellas de las Hermanas por el espeso bosque. En la distancia, aves nocturnas emitían inquietantes llamadas, las lechuzas ululaban, y otras criaturas lanzaban quedos chillidos y chasquidos. El terreno era abrupto, cubierto por raíces y maleza, pero las brillantes huellas la ayudaban a ver por dónde iba.
Sudaba por efecto del húmedo calor, y el vestido se le pegaba a la piel. Al llegar a casa, protegería su alcoba y se daría un baño. Un baño muy largo junto con Jedidiah. Después dejaría que el joven usara su magia con ella, y ella usaría la suya con él.
Se fueron internando cada vez más profundamente en el bosque Hagen, donde nunca habían estado antes. El vapor que emanaba de las zonas cenagosas transportaba el penetrante hedor de vegetación en descomposición. Atravesaron oscuros barrancos velados por raíces colgantes y musgo que les rozaba la cara y los brazos, haciéndolos estremecerse cada vez. Las huellas ascendían por crestas rocosas en las que los árboles escaseaban.