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La Piedra de las Lágrimas (A Espada da Verdade #3)

Электронная книга - «La Piedra de las Lágrimas (A Espada da Verdade #3)». Краткое содержание книги:

Tras derrotar a Rahl el Oscuro, Richard se dispone a disfrutar de la máxima recompensa a la que podría aspirar, el amor de Calan. Pero, inadvertidamente, el joven rasgó el velo que separa el mundo de los vivos del de los muertos y ahora debe enfrentarse al mal supremo, al temible Custodio del inframundo, que intenta escapar.

Para vencerlo, Richard debe aprender a dominar sus incipientes talentos arcanos, pues de otro modo morirá. A no ser que Richard aprenda a controlar sus poderes, nadie, ni siquiera su amada Calan, la poderosa pero benevolente Madre Confesora, podrá salvar al mundo. El único modo de lograrlo es ponerse en manos de las misteriosas Hermanas de la Verdad, que afirman ser su única esperanza.
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El joven enarcó una ceja.

— Con los caballos, al igual que con muchas otras cosas, Hermana, uno recibe lo que espera recibir.

— Sin bocados, no tendremos control alguno.

— Tonterías. Si montas correctamente, controlas al caballo con las piernas y el cuerpo. Sólo tienes que enseñar al caballo a prestar atención y a confiar en ti.

La Hermana se aproximó a él, reclamando su atención.

— ¡Eso es una estupidez! ¡Y además peligroso! Ahí fuera acechan peligros. Si caes en una situación peligrosa, y el caballo se asusta, podría desbocarse. Sin el bocado es imposible detener a un caballo fuera de control.

Richard dejó lo que estaba haciendo y clavó la mirada en sus vivos ojos marrones.

— A veces, Hermana, conseguimos justo lo contrario de lo que pretendemos. Si realmente te encuentras en una situación peligrosa y, por nerviosismo, tiras con demasiada fuerza del bocado, podrías desgarrar la boca del caballo. Si eso ocurre, el dolor, el terror y la furia pueden ser tan intensos que el animal no responda. No comprendería qué quieres. Lo único que sabría es que le has hecho daño, y que cada vez que tiras de las riendas le haces más. Tú serías la amenaza y te desmontaría en un abrir y cerrar de ojos.

»Luego, si simplemente está asustado, saldrá corriendo. Pero, si está enfadado, la cosa pinta más negra. Un caballo enfadado es muy peligroso; tratando de evitar un peligro, te has expuesto a otro. —El joven mantuvo la asombrada mirada de la Hermana—. Si llegamos a una aldea o a una ciudad en la que podamos encontrar un bridón articulado, dejaré que lo uses. Pero, mientras sigamos juntos, no voy a permitir que le pongas a un caballo un bocado curvo.

La mujer inspiró hondo y fue soltando el aire lentamente, al tiempo que volvía a cruzar los brazos.

— Richard, no podremos controlarlos sin bocado. Es así de simple.

— Claro que podremos —la contradijo el joven, dirigiéndole una sonrisa de soslayo—. Yo te enseñaré. Lo peor que puede pasar si tu montura no lleva bocado es que eche a correr contigo encima y te cueste un poco pararlo, pero más pronto o más tarde lo frenarás. Del otro modo, tanto tú como el caballo corréis el riesgo de salir heridos o acabar muertos.

»Lo primero es hacerte amiga de ellos —prosiguió, rascándole a Bonnie el cuello—. Los caballos tienen que confiar en que no les harás daño ni permitirás que les ocurra nada malo mientras estés al mando. Si eres su mejor amiga, no permitirán que te pase nada. Harán lo que les ordenes.

»Es de una sencillez sorprendente; todo lo que debes hacer es mostrarles un poco de respeto y amabilidad, y otro poco de mano dura. Si van a ser amigos tuyos, necesitan nombres para llamarles la atención y así saber cuándo te diriges a ellos.

Richard rascó a la yegua con un poco más de fuerza, y el animal se recostó contra él.

— ¿Verdad que tengo razón, Bonnie? Eres una buena chica. Pues claro que sí. A Jessup le encanta que le rasquen debajo de la barbilla. ¿Por qué no pruebas? Demuéstrale que quieres ser su amiga. —Richard le dirigió una sonrisa muy seria—. Te guste o no, Hermana, ya no tenemos bocados, y tendrás que aprender a hacerlo a mi manera.

La hermana Verna le lanzó una fría mirada. Al fin, descruzó los brazos y se dirigió al caballo castaño. Se quedó frente a él un momento y luego empezó a acariciarle un lado de la cabeza, hasta que movió la mano debajo de la barbilla y se la rascó.

— Muy bien, buen chico —dijo en tono inexpresivo.

— Tal vez creas que los caballos son estúpidos porque no entienden lo que les decimos, pero sí que entienden el tono de voz. Si quieres que te crea, al menos tendrás que fingir que eres sincera.

— Eres una bestia estúpida —dijo con voz almibarada la mujer, alzando la mano y frotándole el cuello—. ¿Contento? —espetó por encima del hombro.

— Lo estaré mientras seas amable con él. Tienes que ganarte su confianza. Los caballos no son tan tontos como crees. Mira cómo está; no confía en ti. A partir de ahora tú te ocuparás de Jessup: atenderás todas sus necesidades. Es preciso que dependa de ti para todo y confíe en ti. Yo cuidaré a Bonnie y a Geraldine. Tú tendrás que cepillar a Jessup al desmontar cada noche y antes de volver a montarlo por la mañana.

— ¿Yo? ¡Ni hablar! Yo estoy al mando aquí. Tú eres perfectamente capaz de cepillar a los tres, y lo harás.

— Esto no tiene nada que ver con quién está al mando. Entre otras cosas, almohazar a los caballos sirve para crear un vínculo entre jinete y animal. Ya te lo he dicho, ahora que no tenemos bocados tienes que hacerlo a mi manera. Tendrás que aprender por tu propia seguridad. —Richard le tendió unas riendas y le dijo—: Tensa el ronzal y sujeta esto a este anillo de aquí.

Mientras la Hermana obedecía sus indicaciones, Richard cortó a trozos pequeños la corteza de melón que le había sobrado.

— Háblale. Llámalo por su nombre y dale a entender que te gusta. No importa qué le digas, si quieres describe qué estás haciendo, pero procura que suene como si fuese importante para ti. Si es necesario, finge; trátalo como si fuera uno de tus muchachos.

La mujer le lanzó una airada mirada por encima del hombro, pero, cuando se volvió para seguir sujetando las riendas, empezó a hablar al caballo en voz baja para que Richard no la oyera. Lo único que sabía el joven era que hablaba en tono suave. Al acabar, le tendió algunos trozos de la corteza de melón.

— A los caballos les encanta. Dale un trozo y dile que es un buen chico. Se trata de que cambie de actitud con respecto a las riendas. Dale a entender que será una experiencia agradable, y no como cuando llevaba el bocado que tanto odiaba.

— Agradable —repitió la mujer en tono inexpresivo.

— Pues claro. No tienes que demostrarle todo el daño que puedes causarle para conseguir que te obedezca. Eso es contraproducente. Tú sé firme, pero amable. Se trata de que te lo ganes con amabilidad y comprensión, aunque no seas sincera, en vez de utilizar la fuerza.

La sonrisa de Richard se desvaneció, y la miró echando fuego por los ojos. Entonces se inclinó hacia ella y le dijo:

— Deberías ser capaz de hacerlo, hermana Verna; a mí me parece que se te da muy bien. Trátalo del mismo modo que me tratas a mí.

La atónita expresión de la Hermana se endureció.

— Juré por mi vida llevarte conmigo al Palacio de los Profetas. Pero, me temo que cuando al fin te vean, me colgarán por cumplir con mi deber.

Dicho esto, dio media vuelta y ofreció la corteza de melón al impaciente caballo, mientras lo acariciaba y lo animaba dándole maternales palmadas.

— Muy bien, buen chico. ¿Te gusta, Jessup? Eres un buen caballo.

Hablaba con voz llena de compasión y ternura. Al caballo parecía gustarle, pero Richard sabía que no era sincera. No confiaba en ella y quería que lo supiera. No le gustaba que nadie creyera que se dejaba engañar tan fácilmente. El joven se preguntó si su actitud hacia él cambiaría ahora que sabía que Richard no se había tragado el cuento.

Según Kahlan, la hermana Verna era una hechicera. Richard no tenía ni idea de lo que era capaz, pero en la casa de los espíritus había notado la red que había tejido alrededor. También había visto el fuego que encendió con una orden mental. La noche anterior podría haber encendido fácilmente una hoguera sin pedirle a Richard que lo hiciera. El joven estaba convencido de que, si quería, podría partirlo por la mitad con su han.

Sólo estaba tratando de ganárselo, de que se acostumbrara a cumplir sus órdenes sin pensar. Era como adiestrar a un caballo, o a una «bestia», que era como consideraba ella a los caballos. Richard dudaba de que tuviera más respeto por él que por los caballos.

En vez de controlarlo con un bocado, le había puesto el rada’han alrededor del cuello, lo que era mucho peor. Pero ya se libraría de él a su debido tiempo. Aunque Kahlan se hubiera desentendido de él y lo hubiera enviado lejos, se desharía de ese collar.

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