La Piedra de las Lágrimas (A Espada da Verdade #3)
- Автор: Гудкайнд Терри
- Серия: La Espada de la Verdad #2
- Язык: испанский
- Переводчик: Joana Claverol
- Жанр: Фэнтези
Электронная книга - «La Piedra de las Lágrimas (A Espada da Verdade #3)». Краткое содержание книги:
Para vencerlo, Richard debe aprender a dominar sus incipientes talentos arcanos, pues de otro modo morirá. A no ser que Richard aprenda a controlar sus poderes, nadie, ni siquiera su amada Calan, la poderosa pero benevolente Madre Confesora, podrá salvar al mundo. El único modo de lograrlo es ponerse en manos de las misteriosas Hermanas de la Verdad, que afirman ser su única esperanza.
Bueno, tendría que contarlas ella misma.
Una… dos…
21
— ¿Cuánto tiempo hace? —preguntó Chase.
Los siete hombres de fiero aspecto sentados en cuclillas, formando un semicírculo frente a Chase y la niña, se limitaron a mirarlo fijamente y a parpadear. Ninguno de los siete llevaba armas, excepto un cuchillo al cinto, y uno ni siquiera eso. Pero muchos hombres de pie armados con arcos, lanzas o ambas cosas les guardaban las espaldas.
Rachel se abrigó lo mejor que pudo con su gruesa capa de lana marrón y apoyó el peso en la otra pierna mientras se ponía en cuclillas y movía los dedos, deseando que no hiciera tanto frío. Empezaba a sentir un hormigueo en los pies. La niña acarició el gran ámbar en forma de lágrima que le colgaba al cuello. Era perfectamente lisa, y la notaba cálida al tacto.
Chase murmuró algo que la niña no entendió. El guardián se echó la pesada capa negra sobre los hombros y señaló con un palo el dibujo de dos personas en la tierra. Cuando se inclinó hacia adelante, todas las correas de piel en las que llevaba las armas crujieron. Sus botas eran tan grandes que a cualquiera de los otros hombres les cabrían ambos pies en una. Chase volvió a dar ligeros toques con el palo en el suelo, tras lo cual se volvió y apuntó con una mano hacia la pradera.
— ¿Cuánto tiempo hace? —preguntó. Señaló el dibujo y repitió el gesto varias veces—. ¿Cuánto hace que se marcharon?
Los hombres barro respondieron algo que ni Chase ni Rachel entendieron, y entonces el hombre de larga melena plateada que enmarcaba un rostro tostado por el sol, el que no se cubría los hombros con una piel de coyote sino que llevaba simples ropas de gamuza, trazó otro dibujo en la tierra. Esta vez, Rachel reconoció al instante de qué se trataba. Era el sol. Luego hizo tres hileras de marcas debajo. Chase las fue contando.
— Tres semanas —dijo el guardián. Alzó la vista hacia el hombre de pelo largo y le preguntó, mientras señalaba al sol dibujado en el suelo y levantaba siete dedos tres veces—: ¿Tres semanas? ¿Hace tres semanas que se marcharon?
El hombre barro asintió y pronunció más palabras divertidas.
Siddin ofreció a la niña otro pedazo de pan con miel. Era delicioso. Rachel trató de comer despacio, pero se lo acabó antes de darse ni cuenta. Sólo una vez antes había catado la miel; fue en el castillo, donde vivía siendo la compañera de juegos de la princesa. La princesa nunca le dio miel, pues decía que no era para criadas como ella, pero uno de los cocineros se la dejó probar.
La niña notó una desagradable sensación en el estómago al recordar lo mala que había sido con ella la princesa. No quería vivir en un castillo nunca más. Y ahora, que era la hija de Chase, ya no debería hacerlo. Cada noche, antes de conciliar el sueño tumbada sobre las mantas, se preguntaba cómo sería el resto de su nueva familia.
Chase le había dicho que tendría hermanos y hermanas, y una madre de verdad. También le dijo que tendría que ser muy amable con ella. Rachel sabía que podría; es fácil ser amable cuando alguien te quiere.
Chase la quería. Nunca se lo había dicho, pero se lo demostraba; le pasaba uno de sus enormes brazos alrededor y le acariciaba el pelo cuando ella se asustaba por los sonidos de la noche.
Siddin le sonrió mientras se lamía la miel de los dedos. Rachel se alegraba mucho de volver a verlo. Al llegar allí, creyó que iban a tener problemas. Unos hombres de aspecto aterrador, pintados todos de barro y con hierba por todas partes, les salieron al paso en la pradera. La niña ni siquiera los vio llegar; simplemente aparecieron.
Al principio pasó mucho miedo, pues esos hombres los apuntaban con sus armas, y sus voces sonaban aterradoras y no podía entender qué decían. Pero Chase desmontó con tranquilidad y los observó sosteniéndola a ella en brazos. No desenvainó la espada ni ninguna otra arma. Chase era el hombre más valiente que Rachel conocía. Los desconocidos se la quedaron mirando, y ella les devolvió la mirada. Chase le acariciaba el pelo y le decía que no tuviera miedo. Entonces, los hombres bajaron las armas y los condujeron a la aldea.
Al llegar allí, Rachel vio a Siddin. Siddin los conocía de antes, de cuando Kahlan lo salvó de la reina Milena en el castillo. Zedd, Kahlan, Chase, Siddin y ella misma habían huido juntos con la caja. Pese a que ella y Siddin hablaban lenguas distintas, el niño los conocía y dijo a su padre quiénes eran. Después de eso, todo el mundo se mostró muy amable.
Chase señaló con un dedo el dibujo de una persona, con el dedo de la otra mano señaló otro, tras lo cual acercó ambos dedos y movió las manos como si salvaran montañas.
— ¿Richard y Kahlan se marcharon hace tres semanas y se dirigieron al norte? ¿A Aydindril?
Todos los hombres negaron con la cabeza y empezaron de nuevo a parlotear. El padre de Siddin alzó una mano para reclamar silencio. Entonces se señaló a sí mismo y a los otros hombres, y levantó tres dedos, tras lo cual señaló la figura en el suelo con un vestido y pronunció el nombre de Kahlan. A continuación señaló hacia el norte.
Chase señaló el dibujo del sol, luego el de Kahlan, a los hombres, levantando tres dedos, y por fin al norte.
— ¿Hace tres semanas Kahlan y tres de tus hombres se dirigieron al norte, a Aydindril?
Todos asintieron y dijeron «Kahlan» y «Aydindril».
El guardián apoyó una rodilla en el suelo, se inclinó hacia adelante y dio golpecitos al dibujo de la otra persona.
— Pero Richard también fue. —De nuevo señaló al norte y repitió—: Richard también partió para Aydindril. Con Kahlan.
Todos los hombres se volvieron hacia el de la melena plateada. Éste miró a Chase y luego negó con la cabeza. El hueso tallado que le colgaba de una cinta de cuero al cuello se balanceó a un lado y a otro. Entonces señaló el dibujo del hombre con la espada y apuntó en otra dirección.
Chase se quedó mirándolo durante un largo minuto y luego frunció el entrecejo como si no entendiera. El hombre se inclinó hacia el suelo con el palito y dibujó otras tres figuras, todas con vestido. Entonces alzó los ojos hacia Chase, como para asegurarse de que éste lo miraba, y tachó dos de las figuras con una «X». Luego cruzó los brazos sobre las rodillas y aguardó, los ojos clavados en Chase.
— ¿Que significa eso? ¿Muertas? ¿Es eso lo que quieres decir: que están muertas? —Los hombres lo miraban fijamente, inmóviles. Chase se pasó un dedo por la garganta—. ¿Muertas?
El hombre de la melena plateada asintió y dijo «muertas», pero pronunciando la palabra de un modo divertido, haciéndola más larga de lo que era. Entonces apuntó con el palo al dibujo del sol, luego al de Kahlan y, finalmente, señaló por encima del hombro la dirección que habían tomado. A continuación señaló de nuevo el sol, luego el dibujo de Richard, a la mujer sin la «X» y, por fin, en otra dirección.
Chase se levantó. Su pecho se hinchó y luego volvió a vaciarse con un profundo suspiro. El guardián era altísimo. Miraba fijamente la dirección que, según el hombre del pelo plateado, había tomado Richard.
— Este. Eso supone adentrarnos en la Tierra Salvaje —musitó para sí—. ¿Por qué no está con Kahlan? —El guardián se frotó el mentón. Rachel pensó que parecía preocupado. No podía ser que estuviera asustado; Chase no se asustaba nunca—. Por todos los espíritus, ¿qué podría inducir a Richard a internarse en la Tierra Salvaje? ¿Y cómo pudo permitírselo Kahlan? ¿Quién va con él? —Todos los hombres barro se miraron entre sí como si se preguntaran qué hacía Chase hablando solo.
El guardián volvió a agacharse con un crujido de cinturones de piel, señaló el dibujo de la tercera mujer, frunció el entrecejo y se encogió de hombros hacia los hombres. A continuación señaló el dibujo de Richard y la mujer y volvió a señalar al este. Con las palmas de las manos alzadas a ambos lados de los hombros, se encogió de hombros e hizo muecas para indicar que no entendía.