La Piedra de las Lágrimas (A Espada da Verdade #3)
- Автор: Гудкайнд Терри
- Серия: La Espada de la Verdad #2
- Язык: испанский
- Переводчик: Joana Claverol
- Жанр: Фэнтези
Электронная книга - «La Piedra de las Lágrimas (A Espada da Verdade #3)». Краткое содержание книги:
Para vencerlo, Richard debe aprender a dominar sus incipientes talentos arcanos, pues de otro modo morirá. A no ser que Richard aprenda a controlar sus poderes, nadie, ni siquiera su amada Calan, la poderosa pero benevolente Madre Confesora, podrá salvar al mundo. El único modo de lograrlo es ponerse en manos de las misteriosas Hermanas de la Verdad, que afirman ser su única esperanza.
Despacio, la figura encorvada alzó la cabeza. Margaret ahogó un grito al ver la cara de la bestia y su boca llena de colmillos, que se abrió con un grave gruñido. La Hermana sacó de su capa un cetro de plata delicadamente forjado y lo agitó con movimientos bruscos, mientras cantaba de nuevo y rociaba con agua a la mujer que se encontraba desnuda.
Algo le ocurría al quillion, pues brillaba y se apagaba. Los oscuros ojos de la bestia contemplaban la desnudez de la mujer tendida en el suelo. Margaret observaba con ojos desorbitados. El corazón le latía con tanta fuerza que tenía la impresión de que iba a abrirle un boquete en el pecho.
Cuando el quillion se apagaba, los ojos de la bestia relucían con luz naranja; el mismo color que el quillion. A medida que el fulgor del quillion perdía intensidad, el resplandor en los ojos de la bestia aumentaba, hasta que la estatuilla se apagó definitivamente y los ojos brillaron con fuerza.
Otras dos Hermanas se levantaron y se colocaron cada una a un lado de la que ya estaba de pie. Ésta se arrodilló, inclinó la encapuchada cabeza y miró a la mujer desnuda.
— Si estás segura, ha llegado el momento. Ya sabes qué debe hacerse; lo mismo por lo que hemos pasado todas nosotras. Te ofrecemos el don. ¿Lo aceptas?
— ¡Sí! Tengo derecho a él. Es mío y lo quiero.
A Margaret le pareció que reconocía ambas voces, pero no podía estar segura porque la capucha ahogaba las palabras.
— Entonces será tuyo, Hermana. —Las otras dos asimismo se arrodillaron junto a la primera, que sacó un trozo de tela de su capa y la enrolló—. Para ganar el don, tendrás que superar una prueba de dolor. Mientras dure, no podremos tocarte con nuestra magia, pero te ayudaremos lo mejor que podamos.
— Haré lo que sea. El don es mío. Empecemos ya.
La mujer desnuda extendió los brazos. Las Hermanas situadas a ambos lados se apoyaron con todo su peso sobre las muñecas de la yaciente.
La situada a su cabeza sostenía la tela enrollada por encima del rostro encapuchado.
— Abre la boca y muerde esto. —Dicho esto colocó la tela entre los dientes de la mujer—. Y ahora separa las piernas. Mantenlas así. Si tratas de cerrarlas, se interpretará como que rechazas lo que se te ofrece y perderás la oportunidad. Para siempre.
La mujer desnuda miraba fijamente hacia la nada. El pecho le subía y bajaba mientras jadeaba de miedo. Lentamente, separó las piernas.
La bestia reaccionó emitiendo un grave gruñido.
Los dedos de Margaret se hundieron en el antebrazo de Jedidiah.
La bestia olisqueó el aire. Cuando se irguió, despacio, Margaret se dio cuenta de que era mayor de lo que parecía encorvada. Era muy corpulenta y se asemejaba a un hombre. La centelleante luz de las velas se reflejaba en los sudorosos y abultados músculos de brazos y pecho. En las estrechas caderas empezaba a crecerle un pelo sedoso, que se iba haciendo más basto en piernas y tobillos, donde era más largo y grueso que en ninguna otra parte del cuerpo. Pero la cabeza no era la de un hombre. Era un horror de cólera y colmillos.
Una larga y delgada lengua asomó por sus fauces, venteando el aire. Sus ojos relucían a la tenue luz con el color naranja del poder del don que había absorbido del quillion.
Cuando se estiró sobre manos y rodillas hacia la mujer desnuda, Margaret a punto estuvo de soltar un grito. Reconocía a esa bestia. Había visto un dibujo de ella en un libro antiguo, el mismo en el que había visto parte de los hechizos dibujados en la arena. Sintió deseos de chillar.
Era un namble. Uno de los servidores del Innombrable.
«Oh, Creador mío —rogó con fervor—, por favor, protégenos.»
Gruñendo con un rumor sordo, el namble fue avanzando despacio hacia la mujer como un enorme felino, flexionando sus poderosos músculos. Sus inquietantes ojos relucían con brillo de color anaranjado. Con la cabeza gacha se arrastró entre las piernas de la mujer desnuda. Ésta, que jadeaba presa del pánico, seguía con la mirada fija en la nada.
El namble le olisqueó la entrepierna. Su larga lengua asomó entre los colmillos y la recorrió. La mujer se estremeció y soltó un sonido que quedó ahogado por la mordaza, pero mantuvo las piernas bien separadas. Su mirada permanecía inmóvil; no miraba al namble. Las Hermanas del círculo empezaron a entonar un suave cántico. De nuevo, el namble la lamió, esta vez más despacio y gruñendo. La mujer chilló amordazada. En su cuerpo desnudo brillaban gotas de sudor, pero mantuvo las piernas separadas.
La bestia se alzó sobre sus rodillas y lanzó un ronco rugido al negro firmamento. Su falo erecto, puntiagudo e incisivo, destacaba claramente recortado a la luz de las velas. Cuando se inclinó hacia adelante, colocando un puño a cada lado de la mujer, los abultados músculos de sus brazos y hombros sobresalieron poderosamente. Con la lengua lamió la garganta de la mujer, mientras lanzaba un gruñido sordo y vibrante, tras lo cual descendió sobre ella y la cubrió con su enorme cuerpo.
La bestia impulsó las caderas hacia adelante. La mujer cerró los ojos con gesto crispado mientras gritaba contra la tela que mordía entre los dientes. El namble le dio un rápido y fuerte empujón, y los ojos de la mujer se abrieron de golpe, aterrada. Aunque mordía la tela, sus gritos de dolor podían oírse por encima de los cánticos cada vez que la bestia la embestía, añadiendo cada vez más fuerza a los chillidos.
Margaret tenía que hacer esfuerzos para seguir respirando mientras observaba. Odiaba a esas mujeres, pues se habían entregado a algo de una maldad inconcebible. Pero seguían siendo sus Hermanas, y no podía soportar ver cómo una de ellas sufría. La Hermana se dio cuenta de que estaba temblando. Con una mano aferró la flor de oro que le colgaba del cuello, y con la otra agarró el brazo de Jedidiah. Lloraba a mares.
La bestia seguía retorciéndose encima de la Hermana a la que sus compañeras sujetaban en el suelo. Sus ahogados gritos de agonía se clavaban en el corazón de Margaret.
Finalmente, la Hermana que le sujetaba la mordaza dijo:
— Si deseas el don, tendrás que alentarlo para que te lo dé. No lo soltará a no ser que le hagas perder el control, a no ser que se lo arrebates. Debes ganárselo. ¿Comprendes?
Llorando y con los ojos firmemente cerrados, la mujer asintió.
— Muy bien, ahora es todo tuyo. Si quieres el don, quítaselo —dijo la Hermana, retirándole la mordaza.
Las otras le soltaron los brazos. Las tres regresaron a sus sitios en el círculo y se unieron al cántico. La mujer lanzó un lamento que heló la sangre a Margaret y le perforó los oídos.
Entonces, rodeó con brazos y piernas al namble, aferrándose a él y se movió con él al ritmo del cántico. Ahora ya no gritaba, sino que jadeaba por el esfuerzo.
La Hermana Margaret no fue capaz de continuar mirando la escena. Cerró los ojos y se tragó el gemido que trataba de brotarle de la garganta. Sin embargo, no era suficiente con cerrar los ojos, pues aún lo oía. «Por favor, Creador mío, que acabe. Por favor, que acabe», rezó mentalmente.
Entonces, con un ronco gruñido, acabó. Margaret abrió los ojos y vio que el namble se había quedado inmóvil, con la espalda encorvada. La bestia tembló y, lentamente, se quedó como sin vida. La mujer pugnaba por respirar bajo su pecho.
Con una fuerza que parecía imposible, se quitó de encima a la bestia. El namble, respirando agitadamente, regresó a cuatro patas al lugar que ocupaba antes en el círculo, donde se acurrucó convertido en un bulto oscuro. El cántico había cesado. La mujer se quedó caída en el suelo un rato, jadeando y recuperándose. Su cuerpo esta cubierto por una reluciente pátina de sudor que reflejaba la luz amarilla de las velas.
Después de inspirar hondo por última vez, se puso en pie con facilidad. Por las piernas le corría una oscura mancha de sangre. Haciendo gala de una tranquilidad que provocó un escalofrío en la espalda a la hermana Margaret y la dejó casi sin aliento, la mujer volvió la cara hacia ella y se quitó la capucha.