La Piedra de las Lágrimas (A Espada da Verdade #3)
- Автор: Гудкайнд Терри
- Серия: La Espada de la Verdad #2
- Язык: испанский
- Переводчик: Joana Claverol
- Жанр: Фэнтези
Электронная книга - «La Piedra de las Lágrimas (A Espada da Verdade #3)». Краткое содержание книги:
Para vencerlo, Richard debe aprender a dominar sus incipientes talentos arcanos, pues de otro modo morirá. A no ser que Richard aprenda a controlar sus poderes, nadie, ni siquiera su amada Calan, la poderosa pero benevolente Madre Confesora, podrá salvar al mundo. El único modo de lograrlo es ponerse en manos de las misteriosas Hermanas de la Verdad, que afirman ser su única esperanza.
»Pero un día, después de que uno de los muchachos muriera, fui a su despacho para hablar con ella de su informe. La estatuilla estaba oculta en una esquina detrás de un libro, y ya no estaba cubierta de polvo. Estaba limpia.
— ¿Y sólo es eso? Una Hermana saca el polvo a una estatua y tú crees que…
— No. Nadie sabe qué es esa estatua. Después de ver que le había sacado el polvo, tenía razones para preguntarme de qué se trataba. Tuve que ser muy precavida para que nadie supiera qué información buscaba, pero al fin la hallé.
— ¿Cómo? ¿Cómo averiguaste qué era?
La Hermana recordó su visita a Nathan y que había jurado que jamás revelaría quién le había dicho qué era esa estatuilla.
— Eso da igual. No te incumbe.
— Margaret, pero ¿cómo…?
— Te repito que no pienso decírtelo —lo atajó la mujer—. Además, no tiene importancia. Lo importante es que sé qué es esa estatua, no cómo lo supe. Representa a un hombre que sostiene en alto un cristal. Ese cristal es quillion.
— ¿Quillion?
— Se trata de un tipo de cristal mágico muy poco común. Absorbe todo el poder de un mago hasta dejarlo seco.
Jedidiah se quedó mudo un momento por la sorpresa.
— Si es tan poco común, ¿cómo sabes que es quillion? ¿Cómo pudiste reconocerlo? Tal vez no es más que un cristal parecido.
— Quizá, si no hubiera sido usado. Cuando el quillion se usa para extraer la magia de un mago, resplandece con luz naranja por el poder de su don, de su han. Cuando ya me iba, vislumbré la estatua escondida tras el libro; el quillion irradiaba un resplandor naranja. Entonces no sabía qué era. Cuando lo descubrí, regresé para llevárselo a la Prelada como prueba, pero ya no brillaba.
— ¿Qué quiere decir eso? —susurró Jedidiah en tono de temor.
— Significa que el poder del mago había pasado del cristal a una persona. Un huésped. El quillion actúa sólo como recipiente del poder hasta que éste es transmitido a otra persona. Jedidiah, creo que las Hermanas están matando a poseedores del don y se lo roban para quedárselo ellas. Creo que están absorbiendo ese poder.
— ¿Además del que ya poseen? ¿Crees que ahora poseen también el poder del don de mago? —inquirió, con voz trémula.
— Sí. Y eso las hace mucho más peligrosas y más poderosas de lo que imaginamos. Eso es lo que más me asusta: no que me ejecuten por acusar a una Hermana de ser una Hermana de las Tinieblas, sino que ellas me descubran. Si realmente están absorbiendo el poder, no sé qué podría detenerlas. Ninguno de nosotros sería rival para ellas. Pero necesito una prueba si quiero que la Prelada me crea. Tal vez ella sabrá qué hacer. Yo, desde luego, no.
— Lo que no comprendo es cómo las Hermanas absorben el don contenido en el quillion. El don de un mago, su han, es masculino, mientras que las Hermanas son mujeres. Es imposible que una mujer capte el han masculino. Si fuera tan sencillo, simplemente lo absorberían mientras matan a los magos. Si de verdad absorben en ellas el han masculino, no entiendo cómo pueden hacerlo. ¿Y qué haces aquí, en el bosque?
La hermana Margaret cruzó los brazos para protegerse de un frío interior, aunque el aire era cálido.
— ¿Recuerdas el otro día cuando Sam Weber y Neville Ranson completaron todas las pruebas y se les iba a quitar el collar para que pudieran abandonar el palacio?
— Sí. —Jedidiah asintió en la oscuridad—. Me decepcioné mucho, porque Sam había prometido que vendría a decirme adiós y a mostrarme que realmente ya no llevaba el rada’han. Quería desearle buena suerte después de convertirse en un verdadero mago. Pero no vino. Luego supe que se había marchado por la noche, para evitar las despedidas lacrimógenas. Pero Sam era amigo mío, una persona muy amable y un sanador; no es propio de él marcharse de ese modo, sin decirme adiós. Me dolió que no se despidiera de mí. Yo quería desearle buena suerte.
»Lo asesinaron.
— ¿Qué? —Jedidiah flaqueó—. Oh, querido Creador, no. —La voz se le quebró por el llanto—. ¿Estás segura? ¿Cómo lo sabes?
La Hermana le puso una mano sobre el hombro para consolarlo y explicó:
— El día después de que, al parecer, se marchara de modo tan precipitado, sospeché que algo terrible había pasado. Quise comprobar si el quillion relucía de nuevo, pero la puerta estaba protegida.
— Eso no demuestra nada. Todas las Hermanas protegen sus alcobas o sus despachos en ocasiones. Tú misma lo haces cuando no quieres que nadie te moleste, por ejemplo, cuando estamos solos.
— Lo sé. Pero quería ver el quillion, por lo que esperé detrás de una esquina hasta que la Hermana se acercó a su despacho. Calculé el tiempo y salí de mi escondite, de modo que justo pasé por delante de la puerta cuando ella entraba. Antes de que la cerrara, pude echar un vistazo al despacho a oscuras y vi la estatuilla sobre el estante, detrás del libro. Brillaba con luz naranja. Lo siento, Jedidiah.
— ¿Quién era? ¿Qué Hermana? —preguntó el joven mago, bajando el tono de voz por la ira.
— No pienso decírtelo, Jedidiah. No hasta que pueda mostrarle a la Prelada la prueba. Es demasiado arriesgado.
— Si ese cristal es realmente quillion y puede demostrar qué es esa Hermana, ¿por qué no lo ha ocultado mejor? —preguntó Jedidiah, tras un momento de reflexión.
— Tal vez porque creía que era imposible que alguien lo reconociera. Tal vez porque no tiene miedo y no se molesta en ser más cuidadosa de lo que cree estrictamente necesario.
— ¿Por qué no volvemos, rompemos el escudo, cogemos esa maldita cosa y se la llevamos a la Prelada? Puedo romper el escudo. Sé que puedo.
— Yo misma iba a hacerlo esta noche. Regresé al despacho, pero ya no estaba protegido con un escudo. Entré a hurtadillas para coger la estatua, pero había desaparecido. Entonces vi cómo la Hermana en cuestión abandonaba palacio acompañada por otras, y las seguí hasta aquí.
»Si puedo robarle el quillion mientras aún brilla, podré demostrar que son Hermanas de las Tinieblas. Tengo que detenerlas antes de que arrebaten otra vida. Jedidiah, están cometiendo asesinatos, y lo peor es que me temo que conozco el motivo.
El joven lanzó un débil suspiro.
— Muy bien. Pero yo voy contigo.
— No —protestó la mujer, hablando entre dientes—, tú te vuelves.
— Margaret, te amo. Si me envías de vuelta para que me muera de preocupación, nunca te perdonaré. Yo mismo iré a la Prelada y le expondré la acusación para que te mande ayuda. Aunque pueden ejecutarme por hacer esa acusación, sé que levantaría sospechas y quizá la alarma. Sólo de ese modo podré ayudarte. O me permites que vaya contigo o iré a ver a la Prelada, te prometo que lo haré.
Margaret sabía que Jedidiah decía la verdad; él siempre cumplía sus promesas. Todos los magos poderosos lo hacían. La Hermana se arrodilló, se inclinó hacia él y le echó los brazos al cuello.
— Yo también te quiero, Jedidiah.
Margaret lo besó apasionadamente, mientras él también se ponía de rodillas para estar a su altura. Las manos del joven se introdujeron bajo su vestido y le agarraron las nalgas, al tiempo que la atraía hacia sí. El contacto de esas manos en su carne le arrancó a la mujer un suave gemido. Los cálidos labios de Jedidiah le besaron el cuello y luego la oreja, produciéndole mágicos cosquilleos. Con una rodilla separó las piernas de la mujer, ganando así un acceso para las manos. Ella ahogó una exclamación al sentirlas.
— Vayámonos juntos de aquí —le susurró Jedidiah al oído. —Volvamos a palacio, protege tu alcoba y te daré más hasta que chilles. Podrás chillar cuanto quieras, y nadie te oirá.
Margaret lo empujó lejos de sí y le apartó las manos de debajo del vestido. El joven estaba quebrando su resistencia, y la Hermana tuvo que hacer verdaderos esfuerzos para frenarlo. Jedidiah estaba usando su magia para seducirla y alejarla del peligro y así salvarla. Margaret sabía que si lo dejaba continuar un segundo más, no podría detenerlo.