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La Piedra de las Lágrimas (A Espada da Verdade #3)

Электронная книга - «La Piedra de las Lágrimas (A Espada da Verdade #3)». Краткое содержание книги:

Tras derrotar a Rahl el Oscuro, Richard se dispone a disfrutar de la máxima recompensa a la que podría aspirar, el amor de Calan. Pero, inadvertidamente, el joven rasgó el velo que separa el mundo de los vivos del de los muertos y ahora debe enfrentarse al mal supremo, al temible Custodio del inframundo, que intenta escapar.

Para vencerlo, Richard debe aprender a dominar sus incipientes talentos arcanos, pues de otro modo morirá. A no ser que Richard aprenda a controlar sus poderes, nadie, ni siquiera su amada Calan, la poderosa pero benevolente Madre Confesora, podrá salvar al mundo. El único modo de lograrlo es ponerse en manos de las misteriosas Hermanas de la Verdad, que afirman ser su única esperanza.
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Mientras la hermana Verna trataba de hacerse amiga de Jessup, Richard empezó a ensillar los caballos.

— ¿Está muy lejos el Palacio de los Profetas?

— Tenemos un largo y difícil viaje por delante en dirección sudeste.

— Bueno, entonces tendremos tiempo más que suficiente para que aprendas a manejar a Jessup sin bocado. Ya verás cómo te costará menos de lo que piensas. Jessup se postergará y seguirá a Bonnie. Bonnie es el caballo dominante.

— El macho es el dominante.

— El puesto más alto en la jerarquía siempre lo ocupa una yegua —repuso Richard, ensillando a Bonnie—. Las madres enseñan y protegen a los potros y conservan esa influencia toda la vida. No hay semental que una yegua no sea capaz de intimidar y ahuyentar. Las yeguas pueden expulsar a cualquier semental del grupo. El semental ahuyentará a un depredador, pero una yegua lo perseguirá y tratará de matarlo. Un macho siempre se somete a la autoridad de la yegua dominante. Bonnie es la yegua dominante. Jessup y Geraldine la seguirán e imitarán su comportamiento. Así pues, yo iré en cabeza. Tú sígueme y todo irá bien.

— La viga del salón principal. Es la más alta. Así todo el mundo me verá —dijo la Hermana, mientras montaba a su caballo.

— ¿De qué estás hablando?

— La viga del salón principal. Probablemente de allí es de donde me colgarán —contestó ella, solemne.

— Puedes elegir, Hermana —repuso Richard, montando a su vez a Bonnie—. No tienes por qué llevarme allí.

La hermana Verna suspiró.

— Sí que tengo que hacerlo. Richard —añadió, dirigiéndole su mirada más amable y considerada, que al joven le pareció muy convincente pero algo forzada—, yo sólo deseo ayudarte. Quiero ser tu amiga. Creo que ahora mismo tienes gran necesidad de tener una amiga.

— Es una oferta muy amable, Hermana —replicó Richard, que hervía por dentro—, pero debo rechazarla. Me parece que no te lo piensas mucho antes de clavar en la espalda de tus amigos ese estilete que guardas en la manga. ¿Te importó al menos un poco quitarle la vida a la hermana Elizabeth, a tu compañera y amiga? No lo pareció. No pienso darte ni mi amistad, ni tampoco la espalda, Hermana.

»Si realmente quieres ser amiga mía, te aconsejo que estés dispuesta a demostrarme tu amistad cuando te lo pida. Cuando llegue el momento, sólo tendrás una oportunidad. En este asunto, no hay tonalidades grises. O somos amigos o enemigos. Un amigo no pone un collar alrededor del cuello de un amigo ni lo mantiene prisionero. Cuando decida que ha llegado el momento, pediré a mis amigos que me ayuden. Quienes traten de detenerme no serán amigos míos, sino enemigos mortales.

La hermana Verna sacudió la cabeza y azuzó a Jessup, mientras seguía a Richard.

— La viga del salón principal —iba diciendo la Hermana—. Seguro que no me libro.

20

En sus oídos resonaban los latidos de su propio corazón. Pugnando por controlar su aterrorizada respiración, se agachó detrás del grueso tronco de un viejo pino y se aplastó contra la basta corteza. Si las Hermanas habían descubierto que las estaba siguiendo…

El aire oscuro y húmedo le llegaba a los pulmones en inspiraciones irregulares. Sus labios se movían dirigiendo silenciosas plegarias al Creador en las que le suplicaba protección. Con unos ojos tan abiertos como platos, clavó la vista en la oscuridad y tragó saliva para intentar humedecerse la garganta.

La figura oscura se deslizaba silenciosamente hacia ella. La Hermana la divisó apenas cuando asomó por el borde de un árbol. Haciendo un esfuerzo reprimió el impulso de gritar y echar a correr, y se dispuso a la lucha. Buscó en su interior la dulce luz y abrazó su han.

La sombra se aproximó aún más, vacilando, buscando. Un paso más, sólo uno, y saltaría. Tendría que hacerlo bien para asegurarse de que no daba la alarma. También tendría que ser rápida y lanzar al unísono diferentes tipos de redes. Pero, si era precisa y veloz, no sonaría grito alguno ni alarma, y sabría con toda certeza quién era. La Hermana contuvo la respiración.

Finalmente, la figura oscura dio un paso más. La mujer saltó desde detrás del árbol y lanzó las redes. Cordones de aire tan fuertes como sogas de amarre se arrollaron alrededor de la figura. Justo cuando ésta abría la boca, la mujer le lanzó un sólido nudo de aire que lo amordazó antes de poder lanzar el grito.

La Hermana hundió los hombros, aliviada, al comprobar que había evitado cualquier sonido, pero el corazón aún le latía desbocado y jadeaba. Con esfuerzo, logró recuperar su calma mental, aunque sin dejar escapar su han por miedo a confiarse demasiado, pues podrían rondar otras figuras. Entonces inspiró hondo y dio un paso hacia la figura inmovilizada. Cuando estaba lo suficientemente cerca para sentir su aliento en el rostro, extendió una palma hacia arriba y en el centro liberó un hilo de fuego que prendió una diminuta llama, justo lo necesario para ver la cara de la figura.

— ¡Jedidiah! —susurró. La Hermana presionó su mano contra la nuca del joven, y sus dedos palparon el liso y frío metal del rada’han. Entonces inclinó su frente contra la del joven mientras cerraba los ojos. Las lágrimas le corrían por las mejillas—. Oh, Jedidiah, me has dado un susto de muerte.

La mujer abrió los ojos y contempló la aterrorizada faz iluminada por la diminuta llama, que titilaba.

— Ahora te libero —susurró suavemente—, pero tienes que guardar silencio. ¿Me lo prometes?

El joven asintió tan bien como pudo considerando que estaba inmovilizado. La Hermana retiró las redes así como la mordaza de aire. Jedidiah dejó caer los hombros, aliviado.

— Hermana Margaret —susurró, con voz trémula—, me has asustado tanto que casi me lo hago encima.

La mujer rió en silencio.

— Lo siento, Jedidiah. Tú también.

La hermana Margaret cortó el hilo de han que alimentaba la pequeña llama, y ambos se dejaron caer al suelo, se recostaron el uno contra el otro y trataron de recuperarse del susto. Pese a ser varios años más joven que ella, Jedidiah era más alto y corpulento y muy atractivo. Dolorosamente atractivo, en opinión de la hermana.

Él le había sido asignado cuando llegó a palacio y ella era todavía una novicia. Jedidiah estaba ansioso por aprender y había estudiado muy duro. Desde el primer día había sido un encanto. Margaret sabía que otros eran difíciles, pero Jedidiah no. Él había obedecido siempre. Ella sólo tenía que decirle que hiciera algo, y él lo hacía de mil amores.

Algunos opinaban que Jedidiah se mostraba más ansioso por complacerla a ella que por complacerse a sí mismo en lo que hacía, pero nadie podía negar que era el mejor estudiante y que se estaba convirtiendo en el mejor mago, y eso era todo lo que importaba. Lo que importaba eran los resultados, no los medios, y Margaret había ascendido rápidamente a la categoría de Hermana de pleno derecho por su labor con él.

Jedidiah se había sentido más orgulloso que ella misma cuando fue ordenada Hermana de la Luz. Ella también estaba orgullosa de él; probablemente era el mago más poderoso que había conocido Palacio en mil años.

— Margaret —musitó el joven—, ¿qué estás haciendo aquí?

— Hermana Margaret —lo corrigió ella.

— No hay nadie cerca. —Jedidiah le besó una oreja.

— Para ya —rezongó la Hermana. El beso le produjo un cosquilleo que le recorrió toda la columna vertebral; el joven había añadido una brizna de magia a ese beso. A veces Margaret deseaba no habérselo enseñado, pero otras suspiraba por que lo hiciera—. Jedidiah, ¿qué haces tú aquí? ¿Por qué has seguido a una Hermana fuera de palacio?

— Te traes algo entre manos, lo sé. No trates de convencerme de que no. Y es algo peligroso. Al principio sólo estaba un poco preocupado, pero, al darme cuenta de que te encaminabas al bosque Hagen, me asusté mucho por ti. No voy a dejar que rondes sola por un lugar tan peligroso como éste. No sin que yo esté a tu lado para protegerte.

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