La Piedra de las Lágrimas (A Espada da Verdade #3)
- Автор: Гудкайнд Терри
- Серия: La Espada de la Verdad #2
- Язык: испанский
- Переводчик: Joana Claverol
- Жанр: Фэнтези
Электронная книга - «La Piedra de las Lágrimas (A Espada da Verdade #3)». Краткое содержание книги:
Para vencerlo, Richard debe aprender a dominar sus incipientes talentos arcanos, pues de otro modo morirá. A no ser que Richard aprenda a controlar sus poderes, nadie, ni siquiera su amada Calan, la poderosa pero benevolente Madre Confesora, podrá salvar al mundo. El único modo de lograrlo es ponerse en manos de las misteriosas Hermanas de la Verdad, que afirman ser su única esperanza.
El amenazante resplandor anaranjado de sus ojos desapareció, siendo reemplazado por el habitual azul pálido con motas violeta que Margaret conocía tan bien.
— Hermana Margaret —la saludó en tono de befa, como burlona era la sonrisa de sus labios—. ¿Has disfrutado con el espectáculo? Seguro que sí.
Margaret se puso en pie despacio, completamente atónita. La Hermana que había sostenido la mordaza también se levantó y se retiró la capucha.
— Margaret, querida —le dijo—, qué amable eres al mostrar tanto interés por nuestro pequeño grupo. No sabía que eras tan estúpida. ¿De veras creíste que te dejé ver el quillion en mi despacho por descuido? ¿Que no sabía que alguien estaba interesado? Tenía que descubrir quién merodeaba y metía las narices en lo que no le importaba. Así pues, dejé que lo vieras. No estuve del todo segura hasta que nos seguiste. —Su sonrisa heló a Margaret—. ¿Nos tomas por idiotas? Vi perfectamente el charco de han que conjuraste para que lo pisáramos. Qué lástima, para ti.
Margaret aferraba con fuerza la flor de oro que llevaba al cuello, y hundía las uñas en la palma de su mano. ¿Cómo era posible que hubiesen visto el charco de su han? La respuesta era trágicamente simple: las había subestimado. Había subestimado lo que podían hacer con el don. Y ese error iba a costarle la vida.
Pero sólo la suya. Sólo la suya. Margaret rogó al Creador que sólo fuera la suya. Sentía la presencia de Jedidiah a su lado.
— Jedidiah —susurró—, corre. Yo trataré de contenerlas mientras tú huyes. Corre, amor mío. Sálvate.
— Creo que prefiero quedarme, «amor mío». —La poderosa mano del joven la agarró por el brazo. Margaret no podía dejar de mirar esa expresión cruel y vacía—. Traté de salvarte, Margaret. Intenté que regresaras, pero tú no quisiste escucharme. Si logro que jure, ¿no podríamos… —preguntó a la Hermana situada al otro lado del claro. Ésta se limitó a mirarlo iracunda—. No, supongo que no. —Jedidiah suspiró.
De un fuerte empellón, la empujó hacia el calvero. Margaret trastabilló y se detuvo al borde de las velas. Se sentía como entumecida. Su mente se negaba a trabajar, y no podía hablar.
— ¿Se lo ha contado a alguien más? —preguntó a Jedidiah la Hermana que estaba al mando, entrelazando las manos al frente.
— No. Sólo a mí. Quería conseguir una prueba antes de pedir ayuda a otros. No es así, ¿amor mío? —De nuevo, Jedidiah sacudió la cabeza, y una leve sonrisa asomó en sus labios. En esos labios que ella había besado. Margaret sintió náuseas. ¿Cómo había podido ser tan estúpida?—. Qué lástima.
— Lo has hecho muy bien, Jedidiah. Serás recompensado. Y en cuanto a ti, Margaret… bueno, mañana Jedidiah informará que, después de intentar rehuir las insistentes insinuaciones de una mujer madura, tuvo que rechazarte claramente y con firmeza, y que tú saliste corriendo avergonzada y humillada. Si vienen aquí y encuentran tus huesos, se confirmarán sus temores de que preferiste poner fin a tu vida porque te sentías indigna de seguir viviendo como Hermana de la Luz.
— Entrégamela. Deja que ponga a prueba mi nuevo don. Deja que lo disfrute —rogó la Hermana de los ojos moteados.
Esos ojos mantenían a Margaret helada. Su mano continuaba aferrando la flor del colgante. El abrumador dolor de saber que Jedidiah la había traicionado apenas la dejaba respirar.
Margaret había suplicado al Creador que diera fuerzas a Jedidiah, fuerzas para ayudar al prójimo, aunque no sabía quién era ese prójimo. Y el Creador había escuchado todas sus plegarias, sus insensatas plegarias.
Cuando la Hermana consintió, los finos labios esbozaron una ansiosa sonrisa. Bajo la penetrante mirada de esos ojos moteados, Margaret se sintió desnuda, indefensa.
Al fin, su mente empezó a funcionar de nuevo. Sus aterrorizados pensamientos buscaron frenéticamente el modo de huir, tanteando posibilidades desesperadas. Sólo se le ocurría una cosa antes de que fuera demasiado tarde. Con una determinación que nacía del pánico, dejó que su han explotara a través de todas las fibras de su ser y creó un escudo; el escudo más poderoso que podía conjurar, un escudo de aire que hizo tan duro como el acero e igualmente impenetrable. En ese escudo, la Hermana volcó todo su dolor y su odio.
Pero la otra Hermana no dejó de sonreír. Sus ojos moteados no se movieron.
— Aire, ¿verdad? Con el don ahora puedo verlo. ¿Quieres que te enseñe lo que puedo hacer con el aire, de lo que es capaz el don?
— El poder del Creador me protegerá —balbució Margaret.
— ¿De veras lo crees? Deja que te muestre la impotencia del Creador. —La fina sonrisa se tornó gesto de sorna.
La Hermana alzó la mano, y Margaret se esperó una bola de fuego de mago. Pero lo que se le vino encima fue una bola de aire tan densa que podía verlo, podía ver cómo se acercaba. Era tan denso que a través de él todo se veía deformado. Margaret sentía su rugido al aproximarse y el lamento de su poder. Atravesó su escudo como brea ardiendo que atraviesa papel.
No debería haber sido capaz de hacer eso, pues su escudo era de aire. En principio, aire no podía romper un escudo de aire tan fuerte como el suyo. Pero era aire creado no por una Hermana corriente, sino por una Hermana con el don, el don de un mago.
Confusa, Margaret se dio cuenta que estaba tirada en el suelo y miraba hacia las hermosas estrellas, la obra del Creador. No podía respirar, simplemente no podía.
Era extraño. No recordaba que el aire la hubiera golpeado, sólo que de pronto algo la había dejado sin respiración. Sentía frío, aunque tenía algo cálido en la cara, cálido y húmedo. Era un consuelo.
Sus piernas se negaban a moverse. Por mucho que lo intentara, no lo lograba. Haciendo un supremo esfuerzo consiguió levantar un poco la cabeza. Las Hermanas no se habían movido, pero ahora parecían estar más lejos. Todas la miraban, y Margaret hizo lo mismo.
Algo iba terriblemente mal.
Por debajo de las costillas apenas tenía nada, sólo despojos de sus entrañas y nada más. Donde debería haber estado el resto de su cuerpo no había nada. ¿Qué había pasado con sus piernas? Tenían que estar en alguna parte.
Sí, allí estaban. A cierta distancia, donde antes estaba ella de pie.
Así pues, por eso no podía respirar. No comprendía cómo el aire le había hecho eso; era imposible. Al menos, no en manos de una Hermana. Era un milagro.
«Creador, Creador, ¿por qué no me has ayudado? Yo hacía tu trabajo. ¿Por qué has permitido que esto pasara?»
Debería dolerle, ¿no? Debería sufrir al haber sido desgarrada por la mitad. Pero no, no sentía el más mínimo dolor.
Frío. Solamente sentía frío. Sin embargo, la cálida masa de sus entrañas contra el rostro la aliviaba, le daba calor. Margaret se consoló con ese calor.
Tal vez no le dolía gracias al Creador. «Creador, te doy las gracias. Lo he hecho lo mejor que he podido. Lo siento, te he fallado. Tendrás que enviar a otra.»
Unas botas se acercaron. Era Jedidiah, su marido, un monstruo.
— Traté de avisarte, Margaret. Traté de mantenerte lejos. No puedes decir que no lo intentara.
Margaret tenía los brazos extendidos a ambos lados. En la mano derecha notaba aún la flor de oro. No la había soltado. Pese a que la habían partido en dos, no la había soltado. Ahora quiso hacerlo, pero la mano no se le abría. Ojalá tuviera fuerza suficiente para dejar ir la flor. No quería morir con ella en la mano. Pero le era imposible soltarla.
«Creador mío, también te he fallado en esto.»
Puesto que no podía soltarla, hizo lo único que se le ocurrió: enviarle todo su poder. Tal vez alguien la vería y formularía la pregunta correcta.
Cansada. Estaba tan cansada.
Trató de cerrar los ojos, pero no pudo. ¿Cómo podía alguien morir si ni siquiera podía cerrar los ojos?
Había muchas estrellas en el cielo. Estrellas hermosas. Pero le parecían menos de las que recordaba, que eran muy pocas ahora. Una vez su madre le había dicho cuántas había, pero no podía recordarlo.