La Piedra de las Lágrimas (A Espada da Verdade #3)
- Автор: Гудкайнд Терри
- Серия: La Espada de la Verdad #2
- Язык: испанский
- Переводчик: Joana Claverol
- Жанр: Фэнтези
Электронная книга - «La Piedra de las Lágrimas (A Espada da Verdade #3)». Краткое содержание книги:
Para vencerlo, Richard debe aprender a dominar sus incipientes talentos arcanos, pues de otro modo morirá. A no ser que Richard aprenda a controlar sus poderes, nadie, ni siquiera su amada Calan, la poderosa pero benevolente Madre Confesora, podrá salvar al mundo. El único modo de lograrlo es ponerse en manos de las misteriosas Hermanas de la Verdad, que afirman ser su única esperanza.
— ¿Protegerme, dices? —susurró la Hermana, con severidad—. ¿Debo recordarte lo que acaba de suceder? Te dejé indefenso en un abrir y cerrar de ojos. Ni siquiera pudiste defenderte contra una sola de mis redes; no pudiste romper ninguna. Apenas eres aún capaz de tocar tu han, y mucho menos usarlo con efectividad. Tienes mucho que aprender antes de ser suficiente mago para ir por ahí protegiendo a alguien. De momento, ya tienes suficiente con no tropezar con tus propios pies.
El reproche lo silenció. A Margaret no le gustaba reprenderlo con tanta dureza, pero, si lo que sospechaba era cierto, era un asunto demasiado peligroso para que él se involucrara. Temía por él y no quería que le pasara nada malo.
Las cosas que había dicho no eran del todo verdad. Jedidiah era ya más poderoso que cualquier Hermana, en las raras ocasiones en las que ejecutaba correctamente todos y cada uno de los pasos. Pero algunas Hermanas ya no se atrevían a presionarlo demasiado. Margaret sintió cómo Jedidiah apartaba la mirada.
— Lo siento, Margaret —susurró—. Temía por ti.
La mujer sintió una punzada en el corazón al oír su tono dolido. Acercó la cabeza a la suya para seguir hablando en quedos susurros.
— Lo sé, Jedidiah, y me conmueve. De veras que sí. Pero éste es un asunto de las Hermanas.
— Margaret, el bosque Hagen es un lugar muy peligroso. En él habitan bestias que podrían matarte. No quiero que estés aquí.
En efecto, el bosque Hagen era un lugar muy peligroso. Lo había sido durante miles de años y así lo seguía siendo por decreto de Palacio. Como si pudieran hacer algo para impedirlo.
Se decía que el bosque Hagen era el campo de entrenamiento de un tipo de mago muy especial. Ese tipo de mago no era enviado allí, sino que iba por voluntad propia, porque quería, porque lo necesitaba y algo lo atraía irremisiblemente.
Pero no se trataba más que de un rumor. Margaret no conocía a ningún mago que se dedicara a pasear por ese bosque, al menos ninguno en los últimos mil años. Y quizá ninguno lo había hecho nunca. Según las leyendas, en tiempos muy remotos existían magos de ese tipo, poseedores de mucho poder, que se internaban en el bosque Hagen. También se decía que pocos volvían a salir. Pero, incluso en ese lugar, existían normas.
— El sol no se ha puesto mientras estaba aquí. Vine después de anochecer. Si no te encuentras en el bosque Hagen al atardecer, puedes salir de él, y yo no pienso quedarme aquí hasta el siguiente ocaso. Estoy relativamente segura. Pero tú no. Quiero que regreses ahora mismo.
— ¿Qué puede ser tan importante que te impulse a aventurarte aquí? ¿Qué estás haciendo? Espero una respuesta, Margaret. Una respuesta sincera. No admitiré que me des excusas. Corres peligro, y quiero ayudarte.
La Hermana tocó la flor de oro, delicadamente trabajada, que llevaba al cuello prendida en una cadena. Jedidiah la había hecho para ella no con magia, sino con sus propias manos. Era una campanilla que representaba su despertar a la conciencia del don, un despertar que ella había propiciado. Esa pequeña flor de oro era la más preciada posesión de Margaret.
La Hermana le cogió la mano y se recostó contra él.
— Muy bien, Jedidiah, te lo diré. Pero hay cosas que debo callarme. Correrías un grave peligro, si lo supieras todo.
— ¿Por qué? ¿Por qué es demasiado peligroso para decírmelo?
— Calla y escucha, o te mando de vuelta a palacio ahora mismo. Y sabes que puedo hacerlo.
— Margaret, tú no harías eso —replicó el joven mago, tocando el collar—. Dime que no lo harías, no después de haber sido…
— ¡Silencio! —Jedidiah enmudeció. La Hermana aguardó un momento para estar segura de que iba a permanecer callado antes de continuar—. Hace tiempo que sospecho que algunos de los poseedores del don que se han marchado o muerto, en realidad, han sido asesinados.
— ¿Qué?
— ¡Habla en voz baja! —susurró la Hermana en tono airado—. ¿Quieres que también nos maten a nosotros? —De nuevo, el joven enmudeció—. Creo que algo horrible sucede en el Palacio de los Profetas. Creo que algunas de las Hermanas los asesinaron.
— ¿Asesinados? ¿Por las Hermanas? —Jedidiah la miró fijamente en la oscuridad—. Margaret, tienes que estar loca para atreverte a sugerir tal cosa.
— No lo estoy. Pero todo el mundo me tomaría por tal si lo dijera en voz alta entre los muros de palacio. Tengo que hallar el modo de demostrarlo.
— Bueno, yo te conozco mejor que nadie —dijo Jedidiah, tras quedarse un momento pensativo—, y si tú dices que es cierto, te creo. Te ayudaré. Tal vez podríamos desenterrar los cuerpos, encontrar alguna prueba que contradiga la versión oficial o, incluso, a alguien que haya visto algo. Podríamos interrogar discretamente a los criados. Conozco a algunos que…
— Jedidiah, hay algo peor.
— ¿Qué podría ser peor que eso?
Margaret sostuvo la flor de oro contra la yema de un dedo y frotó el pulgar contra ella. Cuando habló, lo hizo en tono más bajo que antes.
— Hay Hermanas de las Tinieblas en palacio.
Aunque no podía verlo en la oscuridad, supo que al joven se le había puesto carne de gallina en los brazos. Alrededor de ellos chirriaban insectos nocturnos. La Hermana observaba el oscuro contorno de su cara.
— Margaret… Hermanas de las… No puede ser. No existen. Son sólo un mito… una leyenda.
— No son ninguna leyenda. Hay Hermanas de las Tinieblas en palacio.
— Margaret, te lo ruego, no digas eso. Podrían ejecutarte por lanzar una acusación como ésa. Si acusas a una Hermana de servir a las Tinieblas y no puedes demostrarlo, te condenarían a muerte. Y no puedes probarlo, porque no existen. No existen Hermanas de las…
El joven mago ni siquiera podía pronunciar esas palabras. La sola idea lo asustaba tanto que no podía expresarla en voz alta. Margaret conocía su temor. Ella misma lo sentía, pero se había topado con cosas ante las cuales no podía cerrar los ojos. Ojalá no hubiera ido nunca a ver al Profeta esa noche o, al menos, no lo hubiera escuchado.
La Prelada se había enfadado porque Margaret no quiso transmitir el mensaje del Profeta a una de sus ayudantes. Cuando, finalmente, le había concedido audiencia, se había limitado a clavar en ella unos ojos de mirada vacua y a preguntar qué significaba eso del «guijarro en el estanque». Margaret lo ignoraba. La Prelada le había echado un rapapolvo por molestarla con las tonterías de Nathan. Para acabarlo de rematar, el Profeta había afirmado que no recordaba haber enviado mensaje alguno a la Prelada.
— Ojalá fuera como tú dices, pero no es así. Son reales. Están entre nosotras. Viven en palacio. —La Hermana contempló un momento la oscura sombra del joven—. Por eso es por lo que estoy aquí. Para conseguir la prueba.
— ¿Cómo piensas hacerlo?
— Las he seguido hasta aquí. Han venido al bosque Hagen para hacer algo. Y yo voy a averiguar el qué.
Jedidiah giró la cabeza en todas direcciones, escrutando la oscuridad.
— ¿Quiénes? ¿Qué Hermanas son? ¿Las conoces?
— Sí. Algunas, al menos.
— ¿Quiénes son?
— Jedidiah, no puedo decírtelo. Si lo supieras y cometieras el más mínimo error… no podrías defenderte de ellas. Si estoy en lo cierto y, realmente, son Hermanas de las Tinieblas, te matarían sólo por saberlo. No puedo soportar la idea de que podrían hacerte daño. Antes de decírtelo debo ir a la oficina de la Prelada con la prueba.
— ¿Cómo sabes que son Hermanas de las… ¿Y qué prueba tienes?
Margaret escudriñó la oscuridad en busca de señales de peligro.
— Una de las Hermanas tiene algo. Es un objeto de magia negra. Se lo vi en su despacho. Se trata de una estatuilla. Me fijé en ella porque esa Hermana posee todo tipo de objetos antiguos, que todo el mundo cree que sólo son reliquias. La había visto antes y, como el resto de las demás cosas, estaba cubierta de polvo.