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El Peso De La Culpa

Электронная книга - «El Peso De La Culpa». Краткое содержание книги:

Parece que Asuntos Internos va a dejar de investigar de una vez por todas a la brillante, pero indisciplinada detective Barbara Havers. Tras una suspensión temporal como policía, Havers regresa al trabajo a las órdenes del lúcido Inspector Lynley en un extraño caso: el hallazgo de dos jóvenes en un bosque, con signos visibles de haber sufrido una cruenta muerte. Un asesinato de especial virulencia que abre una puerta hacia las oscuras y poderosas alteraciones de la psique humana. Un sórdido espacio en el que el sexo deviene en sadomasoquismo, y el pasado se adentra en la cara odiosa de una doble vida.
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– ¿La música no valía nada? -preguntó.

– En absoluto.

Sitwell explicó que tal vez la partitura valiera una fortuna, pero daba igual, porque pertenecía a los herederos de Chandler, independientemente de cómo hubiera llegado a manos de Terry Cole. Bowers no podía subastaría, a menos que los herederos de Chandler autorizaran la venta. En cuyo caso, el dinero iría a parar a los Chandler supervivientes.

– ¿Cómo llegó la partitura a sus manos?

– ¿Oxfam? ¿Venta de artículos donados? Lo ignoro. A veces la gente tira artículos de valor sin darse cuenta de lo que hace, ¿verdad? O los guardan en una maleta o una caja de cartón, y la caja de cartón cae en manos de otra persona. En cualquier caso, el chico no lo dijo y yo no pregunté. Me ofrecí a localizar a los abogados de los herederos de Chandler y entregarles la partitura, para que la hicieran llegar a la viuda y los hijos, pero Cole prefirió hacerlo él mismo, con la esperanza, dijo, de recibir una recompensa, al menos, por entregar una propiedad encontrada.

– ¿Una propiedad encontrada?

– Ésa fue su expresión.

Lo único que preguntó el chico al final de la entrevista fue cómo localizar a los abogados de Chandler. Sitwell le había dirigido a King-Ryder Productions, puesto que, como sabía cualquiera que hubiera estado moderadamente informado durante las dos últimas décadas, Michael Chandler y David King-Ryder habían sido socios hasta la prematura muerte de Chandler.

– Ahora que lo pienso, tendría que haberle encaminado también hacia los herederos de King-Ryder -dijo Sitwell con aire pensativo-. Pobre desgraciado -comentó, en aparente referencia al suicidio de David King-Ryder, acaecido a principios de verano-. Pero como la compañía todavía sigue trabajando, pensé que lo más lógico era empezar por ellos.

Un método intrigante, pensó Barbara. Se preguntó si estaría relacionado con el asesinato, o con algo muy distinto.

Debido a su silencio, Sitwell compuso una expresión de disculpa. Lamentaba no poderle ser más útil. No había notado nada raro en la visita del muchacho. Sitwell había olvidado al instante la entrevista, y aún no entendía cómo había llegado a las manos de Terry Cole una de sus tarjetas, porque no recordaba haberle dado ninguna.

– Cogió una -dijo Barbara, e indicó con la cabeza un sujetatarjetas que descansaba sobre el escritorio de Sitwell.

– Ya. No recuerdo que lo hiciera, pero supongo que debió de ser así. Me pregunto por qué, de todos modos.

– Para su chicle -dijo Barbara, pensativa. Y gracias a Dios por eso.

Volvió a la calle. Sacó del bolso la lista de empleados que Dick Long le había proporcionado en Soho Square 31-32. Era una lista alfabética, ordenada por apellidos. Incluía el número de teléfono del despacho de la persona en cuestión, su dirección particular y el número de teléfono y la organización para la cual trabajaba.

Barbara repasó la lista hasta encontrar lo que buscaba.

«King-Ryder Productions», leyó al lado del décimo nombre.

Bingo, pensó.

La seguridad era inexistente en la dirección de Shelly Platt. Vivía cerca de la estación de Earl's Court, en un edificio restaurado, con el tipo de puerta que se abre pulsando desde el interior el portero automático. Ahora, no obstante, la puerta estaba abierta. Cuando, en respuesta instintiva al hecho de verla entreabierta, Lynley se detuvo para examinar su mecanismo de cierre, observó que, si bien la puerta contaba con las piezas necesarias, la jamba que la rodeaba había sido destruida. La puerta aún era capaz de cerrarse por su propio impulso, pero no encajaba en nada. «A disposición de los rateros», habría podido ser el lema del edificio.

No había ascensor, de modo que se encaminaron hacia la escalera, situada al final del pasillo de la planta baja. Shelly vivía en el cuarto piso, lo cual proporcionó a los dos hombres la oportunidad de poner a prueba su buena forma física. Nkata era el mejor, descubrió Lynley. Tal vez en otro tiempo hubiera sido miembro de una banda de navajeros del sur de Londres, pero sus labios jamás habían probado el tabaco. Esa abstinencia, por no hablar de la insultante juventud del hombre, saltaba a la vista. Pero Nkata tuvo la delicadeza de no mencionarlo. Aunque el muy maldito fingió detenerse en el rellano del segundo piso para admirar lo que pasaba por ser una vista, pero en realidad para conceder un respiro a Lynley que este jamás se habría permitido delante de su subordinado.

Había dos pisos en la cuarta planta, uno que daba a la calle y otro que dominaba la parte posterior del edificio. Shelly Platt vivía en este último, un estudio de un solo ambiente.

Tuvieron que llamar con los nudillos a la puerta varias veces antes de obtener respuesta. Cuando por fin se abrió, en toda la amplitud que permitía una cadena de seguridad insustancial, un rostro inquisitivo de pelo naranja, alterado por el sueño, se asomó.

– ¿Qué? Ah, los dos, ¿verdad? No te ofendas, cielo, pero paso de negros. No es por prejuicios, sino por un acuerdo con una tía que los tiene en exclusiva desde hace años. Si quieres puedo darte su número. -La joven tenía el típico acento de una mujer que había pasado sus años de formación al norte del Mersey.

– ¿Señorita Platt? -preguntó Lynley.

– Cuando estoy consciente. -Sonrió. Tenía los dientes grises-. No te vayas por las ramas. ¿Qué tienes en mente?

– Conversación. -Lynley exhibió su identificación y puso el pie cuando la mujer intentó cerrar la puerta-. DIC -dijo-. Nos gustaría hablar con usted, señorita Platt.

– Me habéis despertado. -De pronto parecía ofendida-. Volved más tarde, cuando haya descansado.

– Dudo que sea ese su deseo -dijo Lynley-. Sobre todo si más tarde tiene una cita. Eso podría perjudicar su negocio. Déjenos entrar, por favor.

– Joder -dijo la mujer, y sacó la cadena. Dejó la puerta abierta para que entraran.

Lynley vio una única habitación con una ventana de guillotina, cubierta por el tipo de cortina de cuentas que suele proteger puertas. Debajo de la ventana, un colchón en el suelo servía de cama, y Shelly Platt se encaminó hacia ella descalza, pasó por encima y cogió un guiñapo de dril que resultó ser unos pantalones. Se los puso sobre lo poco que llevaba: una camiseta desteñida impresa con el inconfundible rostro del anuncio de Les Misérables. Se calzó unos mocasines. En otro tiempo habían estado adornados con cuentas, pero lo poco que quedaba consistía en diminutos adornos color turquesa que arrastraba al caminar.

La cama estaba deshecha, el cubrecama era una colcha hindú amarilla y naranja, y la única manta tenía rayas púrpura y rosa, con un borde de raso deshilachado. Shelly se acercó a un lavabo, donde llenó una cacerola. La colocó sobre un quemador de un hornillo que descansaba sobre una cómoda rayada.

Había un único asiento en la habitación: un futón negro sembrado de manchas, todas de un gris similar. Al igual que nubes, adoptaban diversas formas. Si uno utilizaba la imaginación, podía ver de todo, desde unicornios hasta focas. Shelly indicó el futón con la cabeza, mientras volvía a la cama.

– Podéis aparcar ahí -dijo con indiferencia-. Uno tendrá que quedarse de pie.

Ninguno de ellos se acercó al mugriento mueble.

– Como queráis -dijo la mujer, y se dejó caer sobre el colchón, cogió una de las dos almohadas y la estrechó contra su estómago. Apartó de una patada otra pila de ropa: una minifalda roja de PVC, medias de malla negra aún sujetas a un portaligas y un top verde con manchas similares a las del futón. Observó a Lynley y Nkata sin expresión, con unos ojos destacables por su falta de vida, así como por la piel de debajo, que le prestaba el muy poco atractivo aspecto de adicta a la heroína que las modelos exhibían en las revistas de modas-. ¿Y bien? ¿Qué queréis? Habéis dicho DIC, no vicio. De modo que esto no tiene nada que ver con el negocio, ¿verdad?

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