La Piedra de las Lágrimas (A Espada da Verdade #3)
- Автор: Гудкайнд Терри
- Серия: La Espada de la Verdad #2
- Язык: испанский
- Переводчик: Joana Claverol
- Жанр: Фэнтези
Электронная книга - «La Piedra de las Lágrimas (A Espada da Verdade #3)». Краткое содержание книги:
Para vencerlo, Richard debe aprender a dominar sus incipientes talentos arcanos, pues de otro modo morirá. A no ser que Richard aprenda a controlar sus poderes, nadie, ni siquiera su amada Calan, la poderosa pero benevolente Madre Confesora, podrá salvar al mundo. El único modo de lograrlo es ponerse en manos de las misteriosas Hermanas de la Verdad, que afirman ser su única esperanza.
— Llevas con los ojos cerrados más de una hora —replicó la Hermana, enarcando una ceja.
Richard la miró fijamente, tras lo cual alzó los ojos hacia el sol. Éste parecía haber dado un salto en el firmamento. Más de una hora. ¿Cómo era eso posible? Un cosquilleo de aprensión le recorrió todo el cuerpo.
— ¿Creíste que habían pasado sólo unos minutos? —inquirió la hermana Verna, ladeando la cabeza.
Richard se puso de pie. No le gustaba el ceño de la mujer.
— No sé —contestó—. No prestaba atención. Supongo que sí que ha sido una hora.
El joven empezó a guardar las pocas cosas que había sacado para pasar la noche. Cuanto más pensaba en lo que había visto, menos real le parecía. Era como un sueño al despertar, el miedo, la nitidez, la realidad y cómo se había desvanecido. Empezó a sentirse estúpido por haberse dejado asustar tanto por un sueño.
¿Un sueño? Pero si no estaba durmiendo. ¿Cómo podía soñar si estaba despierto?
Tal vez no estaba despierto. Se sentía terriblemente cansado. Quizá cuando estaba allí sentado tratando de concentrarse en la espada, se había quedado dormido. A veces le había ocurrido; podía concentrarse en algo hasta que se dormía. Era lo único que podía explicar por qué el tiempo había transcurrido tan rápidamente. Había estado dormido; todo lo que había visto era un sueño.
El joven lanzó un fuerte suspiro. Se sentía muy tonto por haberse asustado tanto, pero también se sentía aliviado. Al volverse, la hermana Verna seguía observándolo.
— ¿Te afeitarás ahora? ¿Después de demostrarte que mi único deseo es ayudarte?
— Te lo repito: los prisioneros no se afeitan —repuso Richard, poniéndose derecho.
— No eres ningún prisionero, Richard.
— ¿Me quitarás el collar? —preguntó, mientras guardaba la manta en su mochila y la apretaba por las puntas para que cupiese.
— No. —La Hermana tardó en responder, pero cuando lo hizo su tono fue de firmeza—. Sólo a su debido tiempo.
— ¿Puedo marcharme e irme donde desee?
La mujer soltó un suspiro de impaciencia.
— No. Debes acompañarme.
— ¿Y si no lo hago, y si trato de dejarte?
La Hermana entornó los ojos levemente.
— En ese caso, me vería obligada a impedírtelo. Y descubrirías que no te gusta nada.
Richard asintió con gesto solemne.
— Todo lo que dices encaja con lo que yo considero un prisionero. Mientras sea un prisionero, no pienso afeitarme.
Al aproximarse a los caballos, éstos relincharon y alzaron las orejas hacia él. La hermana Verna los observó con recelo. Richard les devolvió el saludo con palabras amables y rascándoles con firmeza el cuello. Luego sacó los cepillos y almohazó rápidamente a cada uno de ellos, dedicando especial atención a los lomos.
— ¿Por qué haces eso? Ya los cepillaste anoche —dijo la hermana Verna, contemplándolo de brazos cruzados.
— Porque a los caballos les gusta revolcarse en la tierra y podrían tener algo donde va la silla. Es como caminar por ahí con una china en el zapato, aunque peor; podría causarles una llaga y entonces no podríamos montarlos. Así pues, prefiero echarles un vistazo antes de ensillarlos. —Al acabar, limpió los cepillos golpeándolos unos contra otros.
»¿Cómo se llaman? —preguntó.
— No tienen nombre. Son sólo caballos. ¿Qué sentido tiene bautizar a unos estúpidos animales? —replicó la Hermana con gesto agrio.
Richard señaló con la almohaza al caballo castaño castrado.
— ¿Ni siquiera has puesto nombre al tuyo?
— No es mío. Todos pertenecen a las Hermanas, de la Luz. Monto el que está disponible. La yegua que montaste ayer es la que yo montaba antes de que te vinieras conmigo, pero da lo mismo. Simplemente monto el que está disponible.
— Bueno, pues desde ahora tendrán nombres. De este modo se evitan confusiones. El tuyo, el castaño, se llamará Jessup; mi yegua será Bonnie; y la otra yegua Geraldine.
— Jessup, Bonnie y Geraldine —resopló la Hermana—. No hay duda de que has sacado esos nombres de Las Aventuras de Bonnie Day.
— Me alegra oír que has leído otras cosas aparte de profecías, hermana Verna.
— Como ya te he dicho, los poseedores del don son llevados a palacio cuando aún son niños. Uno de ellos trajo Las Aventuras de Bonnie Day, y yo lo leí para comprobar si era apropiado para las mentes jóvenes y si contenía buenas enseñanzas morales. Me pareció una historia ridícula sobre tres personas a las que les habría ido mucho mejor si al menos una de ellas hubiese tenido un poco de cerebro.
— En ese caso, son nombres perfectos para unos «animales estúpidos» —comentó Richard en tono de mofa.
Pero la Hermana no estaba para bromas.
— Era un libro totalmente carente de valor intelectual, y lo destruí.
La sonrisa de Richard quiso desaparecer, pero éste no lo permitió.
— Mi padre… bueno, el hombre que me crió como a su hijo y al que me gusta considerar mi padre, George Cypher, bueno, viajaba muy a menudo. Una vez, de regreso a casa me trajo Las Aventuras de Bonnie Day como regalo por haber aprendido a leer. Fue el primer libro que tuve. Lo leí muchas veces; me encantaba y cada vez que lo leía me hacía pensar. Yo también creía que los tres héroes hacían cosas imprudentes y que luego siempre juraban no caer en los mismos errores. Es posible que a ti te pareciera un libro sin valor alguno, pero a mí me enseñó muchas cosas, cosas importantes. Me enseñó a pensar. Tal vez, hermana Verna, eso es algo que prefieres que tus estudiantes no aprendan.
»El otoño pasado, mi padre real, Rahl el Oscuro, se presentó en mi casa para buscarme —continuó explicando Richard, mientras se alejaba de ella y cogía las bridas—. Pretendía abrirme el vientre para leer mis entrañas. Justo así fue como mató a George Cypher. —El joven le lanzó un vistazo por encima del hombro—. Sea como sea, no estaba en casa en ese momento y, mientras esperaba, destrozó ese libro y esparció las páginas por todas partes. Tal vez no quería que aprendiera ninguna de las lecciones que contiene, ni tampoco que pensara por mí mismo.
La hermana Verna nada repuso, pero Richard sentía sus ojos posados en él mientras separaba las riendas y desataba las cabezadas y las riendas de los frenos. Una vez desmontadas, guardó las cabezadas y se colgó las riendas sobre el hombro.
— No pienso llamar a los caballos por ningún nombre —dijo la Hermana en voz baja y airada.
Richard apiló los tres bocados sobre la tierra que los caballos habían pisoteado.
— Tal vez quieras reconsiderar tu postura, hermana Verna.
— ¿Qué estás haciendo? ¿Por qué has desmontado las bridas? ¿Qué haces con esos bocados? —preguntó la Hermana, señalando al suelo y colocándose donde Richard pudiera verla.
Richard desenvainó la espada. Su característico sonido metálico vibró en el aire frío y claro. Al instante, la furia de la espada lo invadió.
— Destruirlos, Hermana.
Antes de que la mujer pudiera reaccionar, Richard lanzó un grito de rabia y descargó la espada con fuerza. La punta silbó en el aire. La hoja convirtió los tres bocados en pedazos de metal caliente que salieron disparados.
— ¿Te has vuelto loco? —exclamó la Hermana, corriendo hacia él tan rápido que la capa le ondeaba a la espalda—. ¡Necesitamos los bocados para controlar a los caballos!
— Ese tipo de bocados son muy crueles. No permitiré que los uses.
— ¡Crueles! ¡Pero si son unas estúpidas bestias! ¡Bestias que hay que controlar!
— Bestias —masculló el joven, al tiempo que meneaba la cabeza y volvía a enfundar la espada. Ató el cabestro a Bonnie y empezó a sujetar las riendas a los anillos laterales—. No es necesario un bocado para controlar a un caballo. Yo te enseñaré cómo. Además, sin el bocado en la boca pueden comer mientras viajamos, y así estarán más contentos.
— ¡Pero es peligroso! Sin los bocados no hay modo de manejar a una bestia testaruda.