El Peso De La Culpa
- Автор: Джордж Элизабет
- Язык: испанский
- Жанр: Другие детективы
Электронная книга - «El Peso De La Culpa». Краткое содержание книги:
Descubrió que Sitwell era el mayordomo de las actividades del día. Era una figura rotunda, con un peluquín pasado de moda. Cuando Barbara se topó con él, estaba en cuclillas, inspeccionando una pintura sin marco de tres perros de caza que brincaban bajo un roble. Había dejado su tablilla en el suelo y metido la mano en un desgarrón del lienzo que nacía en la esquina derecha y bajaba en forma de rayo. O como un comentario sobre la obra, pensó Barbara. Se le antojó un esfuerzo inútil.
Sitwell retiró la mano y llamó a un joven ayudante, que iba de un lado a otro con varias pinturas apiladas en los brazos.
– Llévalo a restauración. Diles que lo quiero antes de seis semanas.
– De acuerdo, señor Sitwell -contestó el muchacho-. Lo haremos en un abrir y cerrar de ojos. Estos van a aptos. Vuelvo enseguida.
Sitwell se puso en pie. Saludó a Barbara con la cabeza, y señaló la pintura que había estado examinando.
– Saldrá por diez mil.
– Está de broma -contestó Barbara-. ¿Es por el pintor?
– Es por los perros. Ya sabe cómo son los ingleses. No puedo aguantarlos. Me refiero a los perros. ¿En qué puedo ayudarla?
– Me gustaría hablar con usted, si encontramos un lugar discreto.
– ¿Hablar de qué? En este momento estamos a tope. Van a llegar dos entregas más esta tarde.
– Hablar de un crimen.
Barbara exhibió su identificación. Efecto instantáneo: el hombre le dedicó toda su atención.
Subieron por una escalera estrecha. El despacho de Sitwell consistía en un cubículo que dominaba las salas de exposición. Estaba amueblado con sencillez, y se reducía a un escritorio, dos sillas y un archivador. Sus únicos adornos, si es que podían llamarse así, consistían en las paredes, recubiertas de corcho del suelo al techo, sobre las cuales estaba sujeta con chinchetas la verdadera historia de la empresa para la cual trabajaba Sitwell. Al parecer, la casa de subastas tenía un pasado glorioso. No obstante, al igual que un niño al que se concedía escasa atención en un hogar distinguido por hermanos muy inteligentes, necesitaba gritar para hacerse oír sobre la fama concedida a Sotheby's y Christie's.
Barbara le informó sobre la muerte de Terry Cole, un joven hallado muerto en Derbyshire que guardaba entre sus pertenencias una tarjeta con el nombre de Neil Sitwell. ¿El señor Sitwell tenía idea del motivo?
– Era una especie de artista -colaboró Barbara-. Un escultor. Trabajaba con útiles de jardinería y herramientas de labranza. En sus esculturas, quiero decir. Quizá le conoció en una exposición. ¿Le suena el nombre?
– En absoluto -dijo Sitwell-. Asisto a inauguraciones, por supuesto. Me gusta estar al corriente de lo que sucede en el mundo del arte. Es como afinar los instintos para saber lo que va a venderse y lo que no. Pero seguir el rastro de las últimas tendencias no es mi verdadera profesión, sino un simple pasatiempo. Como somos una casa de subastas y no una galería, no tenía motivos para dar mi tarjeta a un artista en ciernes.
– ¿Quiere decir que no subastan arte moderno?
– No subastamos obras de artistas no consagrados. Por motivos evidentes.
Barbara meditó sobre estas palabras, y se preguntó si Terry Cole habría intentado presentarse como un escultor consagrado. No parecía probable. Y si bien Cilla Thompson había vendido una de sus repugnantes obras, si se podía dar crédito a su afirmación, no parecía probable que la casa de subastas hubiera intentado conquistarla por mediación de su compañero de piso.
– ¿Cabe la posibilidad de que viniera aquí, o de que se conocieran en otro sitio por algún motivo?
Sitwell juntó los dedos debajo de la barbilla.
– Hace tres meses que andamos buscando un restaurador de cuadros cualificado. Como ese chico era artista…
– Utilizo la palabra en su sentido más amplio -advirtió Barbara.
– De acuerdo. Entiendo. Bien, como él sí se consideraba un artista, tal vez sabía algo acerca de restauración de cuadros, y vino aquí para entrevistarse conmigo. Espere un momento. -Extrajo una agenda negra del cajón central del escritorio. Empezó a pasar las páginas, mientras examinaba las citas concertadas para cada día-. Ningún Cole, ni Terry ni Terence, me temo. Ninguno.
Investigó a continuación una caja metálica mellada que contenía fichas archivadas en divisores alfabéticos. Explicó que tenía la costumbre de guardar los nombres y las direcciones de individuos cuyo talento le parecía útil para Bowers, y tal vez Terence Cole se encontraba entre esos individuos… Pero no. Su nombre tampoco aparecía en las fichas. Lo sentía muchísimo, dijo Neil Sitwell, pero al parecer no iba a poder colaborar en la investigación.
Barbara probó con una última pregunta. ¿Era posible que Terry Cole se hubiera hecho con la tarjeta del señor Sitwell de alguna otra manera?, preguntó. Por lo que había averiguado de su conversación con la madre y la hermana del muchacho, abrigaba el sueño de abrir su propia galería. Tal vez se había topado con el señor Sitwell en algún sitio, entablado conversación con él y recibido una tarjeta, con una invitación para pasarse por la galería y escuchar algunos consejos…
Barbara habló con tono decidido, pero sin excesivas esperanzas de dar en el blanco. Pero cuando pronunció las palabras «abrir su propia galería», Sitwell levantó el índice, como si hubiera recordado algo de repente.
– Sí, sí. La galería de arte. Por supuesto. Ahora me acuerdo. Es que usted ha dicho al principio que era escultor. Ese joven no dijo que fuera escultor cuando vino a verme. Ni siquiera artista, por cierto. Solo dijo que esperaba…
– ¿Le recuerda? -interrumpió Barbara, ansiosa.
– Parecía un proyecto bastante dudoso para alguien que hablaba tan… -Sitwell miró a Barbara y se enmendó sobre la marcha-: Bien, que vestía tan…
Sitwell vaciló, sin saber por dónde salirse. Se había dado cuenta de que podía ofender a la mujer. El acento de Barbara traicionaba sus orígenes, que eran casi idénticos a los de Terry Cole. En cuanto a su manera de vestir, no necesitaba un espejo de cuerpo entero para saber que no era una candidata para Vogue.
– Exacto. Iba siempre vestido de negro y tenía acento de clase obrera -dijo Barbara-. Perilla, pelo corto, coleta negra.
Sí, así era el chico, confirmó Sitwell. Se había presentado en Bowers la semana anterior, con una muestra de algo que, en su opinión, tal vez la casa deseara subastar. Los beneficios de dicha subasta, le contó, le ayudarían a financiar la galería que deseaba abrir.
¿Una muestra de algo para subastar? Lo primero que pensó Barbara fue en la caja de postales encontrada debajo de la cama de Terry Cole. Sin duda, cosas más extrañas se habían vendido al público. Pero no estaba segura de poder nombrar alguna.
– ¿Qué era? ¿Alguna de sus esculturas?
– Una partitura -contestó Sitwell-. Dijo que había leído sobre alguien que había vendido una canción manuscrita de Lennon y McCartney, o una libreta con letras, algo por el estilo, y esperaba vender una partitura de música que obraba en su posesión. El pentagrama que me enseñó formaba parte de dicha partitura.
– ¿Música de Lennon y McCartney, ha dicho?
– No. Era una pieza de Michael Chandler. El chico me dijo que tenía una docena más, y esperaba subastarlas. Supongo que imaginaba que varios miles de aficionados a las comedias musicales harían cola durante horas, con la esperanza de pagar veinte mil libras por una hoja de papel sobre la que un muerto había dibujado algunos garabatos.
Sitwell sonrió y le dedicó el tipo de expresión que debía de haber dedicado a Terry, de burla entre paternal y tolerante. Barbara tuvo ganas de abofetearle, pero se contuvo.