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Электронная книга - «Traficantes de dinero». Краткое содержание книги:

El presidente del banco FMI anuncia a toda la directiva que tiene cáncer y pronto va a morirse, hay dos candidatos para ocupar su puesto, Alex y Roscoe. Alex es liberal, con ideas nuevas, pero Roscoe es conservador. La lucha entre ambos para llegar a la cima conduce a una trama muy interesante que empieza cuando desaparecen misteriosamente 6000 dólares de la caja de la empleada Juanita Núñez, se nos revelan muchas incógnitas sobre el funcionamiento interno de un banco y cómo una mala inversión puede llevarlo a la quiebra de la noche a la mañana.
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En el primer momento había procurado considerar con calma lo que Wainwright le había sugerido. Pero, mientras él hablaba y ella escuchaba, se había sentido asaltada por dudas e interrogantes; después, al considerar las cosas, su enojo y su emoción crecieron, hasta que finalmente había estallado. Unido a su estallido había renovado odio y asco por el hombre que estaba a su lado. Todos los dolorosos sentimientos de su primera experiencia con él volvían ahora, aumentados. Y estaba enojada, no sólo por sí misma, sino por el uso que Wainwright y el banco se proponían hacer de Miles.

Al mismo tiempo Juanita sentía resentimiento contra Miles. ¿Por qué no la había entrevistado él directamente? ¿No era acaso bastante hombre? Ella se acordaba de que, menos de tres semanas antes, había admirado su coraje en acercarse a ella, mirarla humildemente y pedirle perdón. Pero ahora sus acciones, el método de convencerla a través de otra persona, se parecía más a su primera actitud, cuando la culpó de su propio delito. Rápidamente su pensamiento viró. ¿Se estaría mostrando injusta? Mirando para sus adentros, Juanita preguntó: ¿No sería parte de su frustración en este momento, una desilusión de que Miles no había vuelto después del encuentro en su departamento? ¿Y no habría -exacerbando esa desilusión aquí y ahora- un resentimiento de que Miles, a quien ella quería a pesar de todo, estaba representado por Nolan Wainwright, a quien ella no quería?

Su enojo, nunca de largo aliento, disminuyó. Fue sustituido por la duda. Preguntó a Wainwright:

– ¿Y qué va a hacer ahora?

– Cualquier cosa que decida, puede tener la certeza de que no se la diré- el tono era cortante, la tentativa de ser amable había desaparecido.

Con súbita alarma Juanita se preguntó si no se había mostrado innecesariamente combativa. Podía haber rechazado el pedido sin los insultos. ¿Era posible que Wainwright encontrara la manera de vengarse dentro del banco? ¿Acaso había comprometido su empleo?… El empleo del que dependía para mantener a Estela. La ansiedad de Juanita se acrecentó. Tuvo finalmente la sensación de estar atrapada.

Y comprendió, también, otra cosa: si pensaba con sinceridad, cosa que procuraba hacer, tenía que confesarse que lamentaba la decisión tomada, porque representaba no ver más a Miles.

El coche disminuía la marcha. Estaban cerca de la curva que iba a llevarlos nuevamente al puente sobre el río.

Sorprendiéndose a sí misma, Juanita dijo con una vocecita inexpresiva.

– Está bien. Lo haré.

– ¿Hará qué…?

– Seré… lo que sea… una interm…

– Intermediaria -Wainwright le lanzó una mirada de reojo-. ¿Está segura?

– Sí, estoy segura.

Por segunda vez él suspiró.

– Usted es un caso raro.

– Soy una mujer.

– Sí -dijo él y algo de la amabilidad volvió- ya me he dado cuenta.

A una manzana y media del Forum East, Wainwright detuvo el coche, sin parar el motor. Sacó dos sobres de un bolsillo interior -uno repleto, el otro no tanto- y tendió el primero a Juanita.

– Es dinero para Eastin. Guárdelo hasta que él se ponga en contacto con usted -el sobre, explicó luego, contenía cuatrocientos cincuenta dólares al contado… el sueldo mensual convenido, menos cincuenta dólares de adelanto que Wainwright había dado a Miles la semana pasada.

– Más adelante esta semana -añadió- Eastin me telefoneará y yo le anunciaré una palabra código en la que estamos de acuerdo. Su nombre no será mencionado. Pero él comprenderá que debe ponerse en contacto con usted, cosa que hará.

Juanita asintió, concentrándose, guardando la información.

– Después de esa llamada telefónica, Eastin y yo no volveremos a estar en contacto directo. Nuestros mensajes, en ambos sentidos, se harán a través de usted. Será mejor que no los escriba, sino que los aprenda de memoria. Recuerdo que su memoria es buena.

Wainwright sonrió al decir esto y, bruscamente, Juanita rió. ¡Era irónico que su notable memoria, que una vez había sido causa de dificultades con Nolan Wainwright y con el banco, le inspirara ahora a él confianza!

– A propósito -dijo él-. Deme su número de teléfono. No lo encontré en la guía.

– Es porque no tengo teléfono. Es demasiado caro.

– De todos modos, necesita uno. Tal vez Eastin necesite llamarla, o yo. Si hace instalar de inmediato un teléfono haré que el banco se lo reembolse.

– Procuraré. Pero me he enterado por otros que se tarda tiempo para conseguir un teléfono en el Forum East.

– Entonces deje que yo arregle la cosa. Mañana llamaré a la compañía telefónica. Le garantizo que lo tendrá pronto.

– Bien.

Ahora Nolan Wainwright abrió el segundo sobre, el más liviano.

– Cuando entregue el dinero a Eastin, dele también esto.

«Esto» era una tarjeta de crédito clave, a nombre de H. E. Lyncolp. En la parte de atrás de la tarjeta había un espacio en blanco para la firma.

– Que Eastin firme la tarjeta con ese nombre, con su escritura normal. Dígale que el nombre es inventado, aunque, si mira las iniciales y la última letra, verá que se escribe la palabra H-E-L-P * Para eso está la tarjeta.

El jefe de Seguridad del banco explicó que la computadora había sido arreglada de tal manera que, si aquella tarjeta era presentada en cualquier parte, se aprobaría una compra de hasta doscientos dólares, pero simultáneamente una alarma automática resonaría dentro del banco. Esto notificaría a Wainwright que Eastin necesitaba ayuda, y dónde se encontraba.

– Podrá usar la tarjeta si está en algún lío bravo y necesita auxilio, o si sabe que está en peligro. Según lo que haya pasado hasta entonces decidiré lo que haya que hacer. Dígale que compre algo que valga más de cincuenta dólares, para que la tienda telefonee al banco pidiendo confirmación. Después de la llamada deberá demorarse todo lo posible, para darme tiempo a actuar.

A pedido de Wainwright, Juanita repitió las instrucciones casi palabra por palabra. Él la miró con admiración:

– Es usted muy inteligente.

– ¿De qué me vale, muerta?

– ¿Qué significa eso?

Ella vaciló, luego tradujo:

– Deje de preocuparse -desde el otro extremo del coche tendió la mano y tocó levemente las manos que ella tenía cruzadas-. Le prometo que todo marchará bien.

En aquel momento su confianza era contagiosa. Pero más tarde, de vuelta en el apartamento, mientras Estela dormía, el instinto de Juanita acerca de futuras amenazas volvió, con persistencia.

7

El club Double Seven olía a cocina, orina estancada, alcohol y hedor humano. Después de un rato, sin embargo, para quien estaba dentro, los diversos efluvios se fundían en un solo mal olor, curiosamente aceptable, de manera que el aire fresco que ocasionalmente entraba parecía fuera de lugar.

El club era un edificio de cuatro pisos como una caja, de ladrillo oscuro, en una calle abandonada y muerta en el límite de la ciudad. La fachada tenía cicatrices de medio siglo, descuido y -más recientemente- se le habían añadido graffiti. En lo alto del edificio había un resto de asta de bandera, que nadie recordaba haber visto entero. La entrada principal consistía en una única puerta, sólida, sin marca, que daba directamente a una acera notable por sus grietas, cubos de basura volcados e innumerables excrementos perrunos. Un vestíbulo iluminado con una tenue luz rosada estaba supuestamente custodiado por un matón borracho, que dejaba pasar a los miembros y con insolencia mantenía alejados a los desconocidos, pero, a veces, el matón no estaba y, por esto, Miles Eastin pudo entrar, sin dificultades.

Era poco después de mediodía, a mitad de la semana, y una disonancia de voces muy fuertes surgía desde algún punto, en el fondo. Miles caminó hacia el sonido, por un corredor principal, no demasiado limpio y adornado con retratos amarillentos de boxeadores. En el fondo una puerta semiabierta daba a un bar casi en tinieblas, de donde salían las voces. Miles entró.

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* Help: en inglés, socorro. M y n.

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