Traficantes de dinero
- Автор: Хейли Артур
- Язык: испанский
- Жанр: Современная русская и зарубежная проза
Электронная книга - «Traficantes de dinero». Краткое содержание книги:
Al poder sumergirse al fin en sus libros, que guardaba en su cubículo del tercer piso, Miles habló a La Rocca y a otros acerca de las más extrañas formas de dinero. La moneda corriente más pesada que nunca había existido, les dijo, eran los discos de piedra agronita, usados en la isla Yap, en el Pacífico, hasta el estallido de la segunda guerra mundial. La mayoría de los discos, explicó, tenían treinta centímetros de ancho, pero una denominación tenía una anchura de cuatro metros y, cuando la llevaban para compras, había que transportarla en un palo.
– ¿Y qué pasaba con el cambio? -preguntó alguien entre carcajadas, y Miles les aseguró que lo daban… en discos de piedra más pequeños.
Por el contrario, informó, la moneda más ligera que se conocía era un tipo raro de plumas usadas en las Nuevas Hébridas. También, durante siglos, la sal había circulado como dinero, especialmente en Etiopía, y los romanos la usaban para pagar a sus obreros, de ahí la palabra «salario», que provenía de «sal». Y en Borneo incluso en el siglo xix, dijo Miles a los otros, las calaveras humanas eran moneda legal.
Pero invariablemente antes que terminaran las charlas, la conversación volvía a las monedas falsas.
Después de una de estas charlas, un enorme guardia que recorría el club mientras los otros jugaban a las cartas, llevó aparte a Miles.
– Eh, muchacho, hablas muy bien de falsificaciones. Mira esto… -y le mostró un limpio y crujiente billete de 20 dólares.
Miles aceptó el billete y lo examinó. La experiencia no era nueva para él. Cuando trabajaba en el First Mercantile American solían traerle los billetes sospechosos a causa de sus conocimientos de especialista.
El grandullón mostró los dientes, sonriendo.
– Bueno, ¿eh?
– Si es falso -dijo Miles- es la mejor falsificación que he visto.
– ¿Quieres comprar unos pocos? -de un bolsillo interior el guardaespaldas sacó nueve billetes de a veinte dólares-. Dame cuarenta de los verdaderos, y estos doscientos son tuyos.
Era el precio habitual, según sabía Miles, para los falsificados de elevada calidad. Percibió también que los otros billetes eran tan buenos como el primero.
Vaciló antes de rehusar la oferta. No tenía intenciones de pasar dinero falso, pero comprendió que era algo que podía enviar a Wainwright.
– Un momento -dijo al tosco individuo y subió a su cuarto, donde había escondido un poco más de cuarenta dólares. Algunos provenían del adelanto de cincuenta dólares que le había dado Wainwright, los otros de propinas que había recibido en las salas de juego. Tomó el dinero, casi todo en billetes menores, y lo cambió abajo por los doscientos dólares falsos. Más tarde, esa noche, escondió en su cuarto el dinero falsificado.
Al día siguiente, con una mueca, Jules La Rocca le dijo:
– He oído que has hecho un negocio de cambios -Miles estaba ante un escritorio de tenedor de libros, en la oficina del segundo piso.
– Un poco -reconoció.
La Rocca acercó su barriga y bajó la voz.
– ¿Tienes ganas de entrar en acción?
Miles dijo, con cautela:
– Depende de lo que sea.
– Hacer un viaje a Louisville, por ejemplo. Llevar algo del dinero que compraste anoche.
Miles sintió que se le contraía el estómago: la cosa no sólo podía volver a llevarle a la cárcel, sino que además sería por mucho más tiempo. Pero, si no se arriesgaba: ¿cómo seguir aprendiendo y ganando la confianza de los otros?
– No hay más que llevar un coche desde aquí hasta allá. Se te pagarán doscientos dólares.
– ¿Y si me detienen? Estoy bajo libertad condicional y no tengo permiso para conducir.
– El permiso no es problema si tienes una foto… de frente, de la cabeza y los hombros.
– No tengo, pero puedo tenerla.
– Date prisa.
En el intervalo para el almuerzo, Miles se dirigió a una estación de autobuses y se sacó una foto en una máquina automática. La entregó a La Rocca esa misma tarde.
Dos días después, mientras Miles trabajaba, una mano silenciosa colocó un trocito de papel en el estante que tenía delante. Con sorpresa vio que era un permiso de chófer, con la foto que él había suministrado.
Cuando se volvió, La Rocca estaba detrás de él, mostrando los dientes.
– Mejor que uno legítimo, ¿eh?
Miles dijo, incrédulo:
– ¿Quieres decir que es falso?
– ¿Notas alguna diferencia?
– No, no puedo notar ninguna -examinó el permiso, que parecía idéntico a los oficiales- ¿Cómo lo conseguiste?
– No importa.
– Vamos -dijo Miles-, de verdad me gustaría saberlo. Sabes que me intereso en estas cosas.
La cara de La Rocca se ensombreció. Por primera vez sus ojos revelaron desconfianza.
– ¿Por qué quieres saberlo?
– Simple interés. Es lo que te he dicho -Miles esperó que no se notara su súbito nerviosismo.
– Hay preguntas que no conviene hacer. Si un tipo las hace, la gente empieza a preocuparse. Y el tipo puede salir lastimado. Malamente.
Miles permaneció en silencio, mientras La Rocca le miraba. Luego, aparentemente, pasó el momento de desconfianza.
– Será mañana por la noche -informó Jules La Rocca-. Se te dirá lo que debes hacer y cuándo.
Al día siguiente, antes del crepúsculo, le dieron las instrucciones, siempre por intermedio del perenne mensajero, La Rocca, quien dio a Miles un juego de llaves de auto, un recibo de aparcamiento y un billete de avión. Miles debía recoger el coche -un Chevrolet Impala marrón- sacarlo del parking y conducirlo esa noche hasta Louisville. Al llegar debía ir al aeropuerto de Louisville y dejarlo allí, poniendo luego el billete de estacionamiento del aeropuerto y las llaves bajo el asiento delantero. Antes de irse debía limpiar con cuidado el coche para borrar las huellas digitales. Después tenía que tomar uno de los primeros aviones en vuelo de regreso.
Los peores momentos para Miles fueron temprano, cuando localizó el coche y lo sacó del parking. Se preguntó, tenso: ¿era posible que el Chevrolet estuviera vigilado por la policía? Quizá la persona que había aparcado el coche, fuera quien fuese, era sospechosa, y la habían seguido. En tal caso, éste era el momento en que la ley iba a actuar. Miles sabía que el riesgo debía ser grande. De otro modo no hubieran usado como correo a una persona como él. Y aunque no lo sabía positivamente, presumía que el dinero falso -probablemente en gran cantidad- estaba en el portamaletas.
Pero no pasó nada, aunque sólo empezó a sentirse tranquilo cuando el parking quedó atrás y estaba ya cerca de los límites de la ciudad.
Una o dos veces en el camino, cuando encontró patrullas en coches policiales, el corazón empezó a latirle más fuerte, pero nadie le detuvo, y llegó a Louisville poco antes del alba en un viaje sin accidentes.
Sólo sucedió una cosa que no estaba en el plan. A unas treinta millas más o menos de Louisville, Miles salió del camino principal y, en la oscuridad, con ayuda de una linterna, abrió el portamaletas. Adentro había dos pesadas maletas, ambas cerradas con llave. Por un momento pensó en forzar una de las cerraduras, pero el sentido común le dijo que se comprometería al hacerlo. Cerró el portamaletas, copió el número del Impala y prosiguió.
Encontró sin dificultades el aeropuerto de Louisville y, tras cumplir con el resto de las instrucciones, tomó un avión para volver y se presentó en el club Double Seven poco antes de las 10. Nadie hizo preguntas acerca de su ausencia.