Traficantes de dinero
- Автор: Хейли Артур
- Язык: испанский
- Жанр: Современная русская и зарубежная проза
Электронная книга - «Traficantes de dinero». Краткое содержание книги:
– Pase lo que pase -dijo Wainwright con severidad- no quiero que usted piense o diga después que no le previne sobre los peligros… -hizo una pausa y meditó-. Ahora, hablemos de dinero.
Si Miles consentía en ser agente encubierto por cuenta del banco, afirmó el jefe de Seguridad, él le garantizaba un pago de quinientos dólares mensuales, hasta que, de una u otra manera, terminara la misión. El dinero sería pagado por un intermediario.
– ¿Figuraré como empleado del banco?
– Lógicamente no.
La respuesta era inequívoca, enfática, definitiva. Wainwright terminó: oficialmente el banco no estaría en modo alguno involucrado. Si Miles Eastin consentía en asumir el papel sugerido, dependería enteramente de sí mismo. Si se veía en dificultades y procuraba comprometer al First Mercantile American, sus afirmaciones serían negadas y nadie le creería.
– Desde que fue usted condenado y enviado a la cárcel -declaró Wainwright- no hemos vuelto a saber nada de usted.
Miles hizo una mueca.
– Es un acuerdo lateral.
– Exacto. Pero recuerde esto: es usted quien ha venido aquí. Yo no he ido a buscarlo. Cuál es su respuesta… ¿sí o no?
– Si usted estuviera en mi lugar… ¿cuál sería?
– No soy usted, y es poco probable que tenga jamás sus problemas. Pero le diré cómo veo la cosa. En su situación, no tiene usted muchas posibilidades.
Por un momento el antiguo humor y buen genio de Miles relampagueó.
– Cara, pierdo; cruz, pierdo. Creo que estoy en la bolsa del perdedor. Quiero preguntarle algo más.
– ¿Qué?
– Si todo da resultado, si consigo… si usted consigue, las pruebas que necesita… ¿me ayudará después a conseguir un puesto en el FMA?
– No se lo puedo prometer. Ya le he dicho que no soy yo quien ha escrito las reglas.
– Pero tiene usted influencia para ampliarlas.
Wainwright meditó antes de responder. Pensó: si llegaba el caso podía ir a ver a Alex Vandervoort y presentar el caso en favor de Eastin. El éxito valdría la pena. Dijo en voz alta:
– Lo intentaré. Pero es todo lo que le prometo.
– Es usted un hombre duro -dijo Miles Eastin-. Está bien. Lo haré.
Discutieron la cuestión del intermediario.
– A partir de hoy -previno Wainwright- usted y yo no volveremos a vernos. Es demasiado peligroso, cualquiera de los dos podría ser vigilado. Necesitamos a alguien que sirva de contacto para los mensajes… y para el dinero… entre ambas partes; alguien en quien los dos podamos confiar totalmente.
Miles dijo lentamente:
– Juanita Núñez. Si ella quiere hacerlo.
Wainwright pareció incrédulo.
– ¿La cajera a quien usted…?
– Sí. Pero me ha perdonado -había una mezcla de exaltación y excitación en su voz-. Fui a verla y… ¡que Dios la bendiga… me ha perdonado!
– ¡Que me cuelguen!
– Pídaselo usted -dijo Miles Eastin-. No hay ningún motivo para que consienta. Pero creo… creo, nada más, que seguramente aceptará.
5
¿Hasta qué punto era exacto el presentimiento de Lewis D'Orsey acerca de la Supranational Corporation? ¿Hasta qué punto era sólida la Supranational? La cosa preocupaba continuamente a Alex Vandervoort.
El sábado por la noche Alex y Lewis habían hablado de la SuNatCo. En lo que faltaba del fin de semana Alex meditó sobre las recomendaciones del «D'Orsey Newsletter» de vender las acciones de la Supranational a cualquier precio que pagara el mercado, y las dudas de Lewis acerca de la solidez del grupo.
Todo el asunto era excesivamente importante, incluso vital, para el banco. Pero, como Alex bien comprendía, era una situación delicada en la que debía actuar con cautela.
En primer lugar, la Supranational era ahora un cliente importante y cualquier cliente se sentiría justamente indignado si sus propios banqueros hacían circular rumores adversos acerca de él, especialmente si eran falsos. Y Alex no se hacía ilusiones: una vez que empezara a hacer preguntas en gran escala, éstas y su fuente serían comentadas y la cosa marcharía rápido.
Pero ¿eran falsos los rumores? Evidentemente -como había reconocido Lewis D'Orsey- no se basaban en nada concreto. Pero tampoco habían tenido en qué basarse los rumores sobre quiebras tan espectaculares como la de la Perm Central, la Equity Funding, el Franklin National Bank, el Security National Bank, el U. S. National Bank of San Diego, el American Bank y Trust y otros. Y también estaba la Lockheed, que todavía no había quebrado, aunque estaba cerca, y se hallaba en el aire, sostenida por un adelanto del gobierno de los Estados Unidos. Alex recordaba con inquietante claridad la referencia de Lewis D'Orsey al presidente de la SuNatCo, Quartermain, que, según Lewis, buscaba en Washington una especie de préstamo similar al de la Lockheed… excepto que Lewis había usado la palabra «subsidio», lo que no estaba tan lejos de la verdad.
Era posible, naturalmente, que la Supranational sufriera meramente de una escasez temporal de dinero líquido, cosa que ocurría a veces con las mejores compañías. Alex esperaba que esto -o algo menos grave- fuera la verdad. De todos modos, como funcionario del FMA no podía permanecer sentado y esperar. Cincuenta millones de dólares del dinero del banco habían sido otorgados a la SuNatCo; además, utilizando fondos que era tarea del banco salvaguardar, el departamento de depósitos había invertido fuertemente en acciones de la Supranational, hecho que todavía estremecía a Alex cuando lo recordaba.
Decidió que lo primero que correspondía hacer en justicia era informar a Roscoe Heyward.
El lunes por la mañana se dirigió desde su despacho, por el alfombrado corredor del piso treinta y seis, al despacho de Heyward. Llevaba consigo el último número del «D'Orsey Newsletter», que Lewis le había dado el sábado por la noche.
Heyward no estaba allí. Con un amistoso saludo de cabeza a la secretaria principal, mistress Callaghan, Alex entró y puso directamente el periódico sobre el escritorio de Heyward. Ya había marcado el comentario sobre la Supranational, y dejó prendida una nota que decía:
«Roscoe: Creo que debe usted ver esto».
Después Alex volvió a su despacho.
Media hora después se presentó Heyward como una tromba, con la cara enfurecida. Arrojó el periódico.
– ¿Es usted quien ha puesto sobre mi escritorio este asqueante insulto contra la inteligencia?
Alex señaló la nota que había dejado.
– Creo que sí.
– ¡Entonces hágame el favor de no mandarme más basura escrita por ese ignorante pretencioso!
– ¡Oh, vamos! No cabe duda de que Lewis D'Orsey es pretencioso, y me desagrada en parte lo que escribe, lo mismo que a usted. Pero no es un ignorante, y algunos de sus puntos de vista merecen ser tomados en cuenta.
– Ésa será su opinión, en todo caso. No la de otros. Sugiero que lea esto -y Heyward arrojó una revista abierta sobre el periódico.
Alex miró, sorprendido ante la vehemencia del otro.
– Ya lo he leído.
La revista era el «Forbes», y el artículo de dos páginas un violento ataque contra Lewis D'Orsey. A Alex el artículo le había parecido largo en rencor y breve en cuanto a los hechos. Pero señalaba algo que él ya sabía: los ataque al «D'Orsey Newsletter» por la prensa financiera establecida eran frecuentes. Alex señaló:
– El «Wall Street Journal» dijo algo similar hace un año.
– Entonces me sorprende que no acepte usted el hecho de que D'Orsey no tiene preparación ni conocimientos para ser consejero de inversiones. En cierto modo lamento que su mujer trabaje con nosotros.
Alex dijo cortante:
– Edwina y Lewis D'Orsey tienen a gala mantener separadas sus ocupaciones, como seguramente usted ya sabe. En cuanto a la preparación, debo recordarle que muchos expertos cargados de títulos no han servido para prever nada en las finanzas. Y Lewis D'Orsey lo ha previsto, con mucha frecuencia.