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Электронная книга - «Traficantes de dinero». Краткое содержание книги:

El presidente del banco FMI anuncia a toda la directiva que tiene cáncer y pronto va a morirse, hay dos candidatos para ocupar su puesto, Alex y Roscoe. Alex es liberal, con ideas nuevas, pero Roscoe es conservador. La lucha entre ambos para llegar a la cima conduce a una trama muy interesante que empieza cuando desaparecen misteriosamente 6000 dólares de la caja de la empleada Juanita Núñez, se nos revelan muchas incógnitas sobre el funcionamiento interno de un banco y cómo una mala inversión puede llevarlo a la quiebra de la noche a la mañana.
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Antes la posición enroscada, fetal, había sido ocasional, pero ahora la adoptaba la mayor parte del tiempo. Y aunque Celia era diez años menor que Alex, parecía una bruja con veinte años más.

Hacía casi cinco años que Celia había ingresado en el Remedial Center. En ese tiempo se había acostumbrado totalmente al sitio y probablemente seguiría así.

Al mirar a su mujer mientras seguía hablando, Alex sintió piedad y tristeza, pero ya no se sentía ligado a ella ni experimentaba cariño. Tal vez hubiera debido experimentar alguna de esas emociones, pero, si era sincero consigo mismo, comprendía que la cosa ya no era posible. Sin embargo, reconoció que estaba vinculado a Celia por lazos que él nunca iba a cortar, hasta que uno de los dos muriera.

Recordó su conversación con el doctor McCartney, director del Remedial Center, hacía casi once meses, al día siguiente al dramático anuncio de Ben Rosselli sobre su próxima muerte. Al contestar a la pregunta de Alex sobre el efecto que tendría para Celia el divorcio y el nuevo casamiento de Alex, el psiquiatra había dicho: Podría llevarla a cruzar el límite y caer en un estado totalmente demencial.

Y, más adelante, Margot había declarado: No quiero cargar sobre mi conciencia, ni sobre la tuya, el precipitar lo que queda del juicio de Celia a un pozo sin fondo.

Esta noche Alex se preguntó si la conciencia de Celia no estaba ya en un pozo sin fondo. Pero, aunque fuera verdad, eso no cambiaba su desagrado de poner en marcha la maquinaria brutal y definitiva del divorcio.

Tampoco se había puesto a vivir permanentemente en casa de Margot Bracken, ni ella vivía en la de él. Margot aceptaba cualquier acuerdo, aunque Alex seguía deseando el matrimonio, cosa que obviamente no podía lograr sin divorciarse de Celia. Pero últimamente había presentido la impaciencia de Margot por llegar a una decisión final.

Era raro que él, tan acostumbrado en el First Mercantile American a tomar grandes decisiones bruscamente, de un salto, tuviera tanta indecisión para luchar en la vida privada.

Alex comprendía que la esencia del problema era la ambivalencia acerca de su culpabilidad personal. ¿Hubiera sido posible, años atrás, con mayor esfuerzo, amor y comprensión, salvar a su joven, nerviosa e insegura mujer de lo que había llegado a ser? Si él hubiera sido un marido más solícito y un banquero menos solícito, sospechaba que habría podido ser así.

Por eso seguía viniendo aquí, por eso hacía lo poco que podía hacer.

Cuando llegó el momento de despedirse de Celia, se levantó y fue hacia ella, con intenciones de darle un beso en la frente, como hacía cuando ella se lo permitía. Pero esta noche ella retrocedió, su cuerpo se curvó todavía más, en sus ojos ansiosos apareció un súbito miedo. Él suspiró y abandonó la tentativa.

– Buenas noches, Celia -dijo Alex.

No hubo respuesta y él salió, dejando a su mujer en el solitario mundo que habitaba, sea cual fuere.

A la mañana siguiente Alex hizo llamar a Nolan Wainwright. Dijo al jefe de Seguridad que los honorarios del detective Vernon Jax serían pagados por intermedio del departamento de Wainwright. Alex autorizaría el gasto. Alex no aclaró, y Wainwright no preguntó, cuál era la naturaleza específica de la investigación de Jax. Por el momento, pensó Alex, cuantas menos personas supieran cuál era la meta, tanto mejor sería.

Nolan Wainwright traía también un informe para Alex. Se refería a su arreglo para que Miles Eastin fuera agente encubierto del banco. La reacción de Alex fue inmediata.

– No. No quiero que ese hombre vuelva a figurar en nuestra nómina de empleados.

– No estará en la nómina -replicó Wainwright-. Le he explicado que, en lo que al banco se refiere, él no tiene situación. Cualquier dinero que reciba será al contado, y nada demostrará de dónde proviene.

– No es hilar muy fino, Nolan. De una u otra manera estará trabajando para nosotros, y yo no estoy de acuerdo.

– Si usted no está de acuerdo -protestó Wainwright- me ata las manos y no me deja cumplir con mi trabajo.

– Cumplir con su trabajo no significa contratar a un ladrón convicto.

– ¿Nunca ha oído decir que se puede utilizar a uno para pescar a otro?

– Entonces use a alguien que personalmente no haya defraudado al banco.

Discutieron una y otra vez, a veces con calor. Al final, de mala gana, Alex cedió. Después preguntó:

– ¿Sabe Eastin hasta qué punto corre riesgos?

– Lo sabe.

– ¿Le habló usted del hombre muerto? -Wainwright había enterado, hacía meses, a Alex, de lo ocurrido con Vic.

– Sí.

– Sigue sin gustarme la idea… para nada.

– Le gustará todavía menos si las pérdidas por tarjetas falsas siguen aumentando, como aumentan.

– Bien -suspiró Alex-. Es su departamento, está usted autorizado a dirigirlo como guste, y por eso he cedido. Pero le recuerdo una cosa: si tiene usted algún motivo para sospechar que Eastin está en inmediato peligro, retírelo en seguida.

– Eso pienso hacer.

Wainwright se alegró de haber ganado, aunque la discusión había sido más dura de lo que había esperado. De todos modos, por el momento, no le pareció conveniente mencionar nada más… por ejemplo, su esperanza de que Juanita Núñez aceptara actuar como intermediaria. Después de todo, pensó, el principio estaba establecido: ¿para qué molestar a Alex con detalles?

6

Juanita Núñez se debatía entre la sospecha y la curiosidad. Sospecha porque desconfiaba y no simpatizaba con el vicepresidente de Seguridad del banco, Nolan Wainwright. Curiosidad porque se preguntaba para qué deseaba él verla, aparentemente en secreto.

No tenía nada de qué preocuparse personalmente, había asegurado Wainwright por teléfono, el día anterior, cuando la llamó a la sucursal central. Simplemente quería, había dicho, que ambos tuvieran una charla confidencial.

– Se trata de saber si quiere usted ayudar a otra persona.

– ¿A usted?

– No exactamente.

– ¿A quién entonces?

– Prefiero decírselo personalmente.

Por el tono de voz, Juanita percibió que Wainwright quería ser amable. No obstante, rechazó aquella amabilidad, recordando la dureza sin sentimientos que había mostrado cuando ella había sido acusada de robo. Ni siquiera las disculpas que le había pedido después habían logrado borrar el recuerdo. Dudaba que algo pudiera borrarlo jamás.

De todos modos, él era un funcionario importante del FMA y ella era una simple empleada.

– Bueno -había dicho Juanita- aquí estoy y la última vez que miré, el túnel seguía abierto -suponía que Wainwright iba a venir a verla desde la Torre de la Casa Central, o iba a decirle que ella se presentara allí. Pero tuvo una sorpresa.

– Es mejor que no nos veamos en el banco, mistress Núñez. Cuando le explique, entenderá el porqué. Puedo ir a buscarla esta noche a su casa, en mi coche. Daremos una vuelta y charlaremos.

– No puedo -estaba más desconfiada que nunca.

– ¿Quiere usted decir que está ocupada esta noche?

– Sí.

– ¿Y mañana?

Juanita quedó aturullada, procurando decidir.

– Tendría que ver…

– Está bien, llámeme mañana. Lo más temprano posible. Y, entretanto, le ruego que no mencione a nadie esta conversación -y Wainwright cortó.

Ahora era mañana… el martes de la tercera semana de septiembre. A mitad de la mañana Juanita comprendió que, si no llamaba a Wainwright, él volvería a llamarla.

Seguía inquieta. A veces, pensaba, ella tenía olfato para las dificultades, y ahora las olía. Un poco antes Juanita había pensado pedir consejos a mistress D'Orsey, a quien podía ver, en el otro extremo del banco, en su escritorio de gerente, sobre la plataforma. Pero vaciló recordando las palabras de cautela de Wainwright de que no dijera nada a nadie. Y eso, como todo lo demás, había aguijoneado su curiosidad.

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