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Электронная книга - «Traficantes de dinero». Краткое содержание книги:

El presidente del banco FMI anuncia a toda la directiva que tiene cáncer y pronto va a morirse, hay dos candidatos para ocupar su puesto, Alex y Roscoe. Alex es liberal, con ideas nuevas, pero Roscoe es conservador. La lucha entre ambos para llegar a la cima conduce a una trama muy interesante que empieza cuando desaparecen misteriosamente 6000 dólares de la caja de la empleada Juanita Núñez, se nos revelan muchas incógnitas sobre el funcionamiento interno de un banco y cómo una mala inversión puede llevarlo a la quiebra de la noche a la mañana.
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– No en lo referente a la Supranational.

– ¿Sigue usted convencido de que la SuNatCo es sólida?

Alex hizo la última pregunta con tranquilidad, no por antagonismo, sino buscando información. Pero el efecto en Roscoe Heyward fue casi de un explosivo. Los ojos de Heyward lanzaron chispas desde sus lentes sin aro y en su cara congestionada surgió un rojo aún más profundo.

– ¡Estoy seguro de que nada le gustaría a usted más que ver un tropiezo de la SuNatCo y, por lo tanto, mío!

– No, no es ese…

– ¡Déjeme terminar! -Los músculos faciales de Heyward se torcieron a medida que fluía su rabia-. Hace tiempo que vengo observando sus pequeñas intrigas y su manera de provocar dudas, como cuando ha hecho correr esta basura… -señaló el «D'Orsey Newsletter»- y ahora debo decirle que termine con eso y que desista. La Supranational fue, es y será una compañía sana, progresista, con elevadas ganancias y muy buena dirección. Conseguir a la SuNatCo… por mucha envidia personal que usted tenga… ha sido obra mía. Y es asunto mío. Y ahora le prevengo: no se meta en esto.

Heyward giró sobre sus talones y salió.

Durante varios minutos Alex Vandervoort permaneció en silencio, pensativo, meditando sobre lo que había ocurrido. El estallido le había dejado atónito. En los dos años y medio que conocía y había trabajado con Roscoe Heyward, entre los dos había habido desacuerdos, y ocasionalmente se había revelado su mutua antipatía. Pero nunca había perdido Heyward el control de esta manera.

Alex creyó comprender el motivo. Debajo del ruido, Roscoe Heyward estaba preocupado. Cuanto más pensaba en la cosa más convencido se sentía.

Antes, Alex había estado personalmente preocupado con la Supranational. Ahora se planteaba el interrogante: ¿estaba también Heyward preocupado con la SuNatCo? Si así era… ¿qué iba a pasar?

Mientras meditaba, algo se agitó en su recuerdo. Un fragmento de una conversación reciente. Alex apretó un botón del intercomunicador y dijo a su secretaria:

– Vea si puede localizar a miss Bracken.

Pasaron quince minutos antes que la voz de Margot dijera, alegre:

– Esto tiene que ser importante. Me has sacado del tribunal.

– Confía en mí, Bracken -y no perdió tiempo-. En esa historia de la tienda de la que hablaste el sábado… dijiste que habías empleado a un detective privado.

– Sí. Vernon Jax.

– Creo que Lewis le conocía, o sabía algo de él.

– Así es.

– Y Lewis añadió que era un hombre capaz y que trabajaba para el Servicio Secreto.

– También estaba enterada. Tal vez se deba a que Vernon tiene un título en ciencias económicas.

Alex añadió la información a unas notas que ya había tomado.

– ¿Es discreto Jax? ¿Se puede confiar en él?

– Totalmente.

– ¿Dónde puedo dar con él?

– Yo lo buscaré. Dime cuándo y dónde quieres verle.

– En mi despacho, Bracken. Hoy, sin falta.

Alex estudió al hombre descuidado, medio calvo, indescriptible, sentado frente a él en la zona de conferencias de su despacho. Era mediada la tarde.

Jax, calculó Alex, tendría cincuenta y tantos años. Parecía un almacenero de pueblo, no demasiado próspero. Sus zapatos estaban gastados y tenía una mancha de comida en la chaqueta. Alex ya estaba enterado de que Jax había sido detective del Servicio Secreto antes de establecerse privadamente.

– Me dicen que tiene usted un título en ciencias económicas -dijo Alex.

El otro se encogió de hombros, con desdén.

– Escuela nocturna. Ya sabe usted cómo es eso. El tiempo de que se dispone… -su voz se arrastró, dejando incompleta la explicación.

– ¿Y trabajos de contaduría? ¿Sabe usted algo de eso?

– Algo. Estudio ahora mismo para examinarme.

– Escuela nocturna, supongo -Alex empezaba a ponerse a la par.

– Ajá… -una pálida sonrisa fantasma.

– Míster Jax… -empezó Alex.

– Casi todo el mundo me llama Vernon.

– Vernon, estoy pensando en encargarle una investigación. Requiere una discreción total y la rapidez es esencial. ¿Ha oído hablar de la Supranational Corporation?

– Claro.

– Quiero una investigación financiera de esa compañía. Pero tendrá que ser… me temo que no haya otra palabra… una tarea de entrometido.

Jax sonrió de nuevo.

– Míster Vandervoort -esta vez su tono era más decidido-, ése es precisamente mi oficio.

Se pusieron de acuerdo en que sería necesario un mes de trabajo, aunque Alex recibiría un informe entretanto, si era necesario. El secreto respecto al papel investigador del banco sería guardado. El pago del detective iba a ser de 15 000 dólares, además de los gastos razonables, la mitad pagaderos inmediatamente, el resto cuando entregara el informe final. Alex efectuaría el pago por intermedio de los fondos de operaciones del FMA. Comprendió que, más adelante, debería justificar el gasto, pero ya se preocuparía de eso cuando llegara el momento.

Al fin de la tarde, cuando Jax se había ido, telefoneó a Margot.

– ¿Le has contratado?

– Sí.

– ¿Te ha impresionado?

Alex decidió jugar el juego.

– De verdad, no.

Margot rió suavemente.

– Te impresionará. Ya vas a ver.

Pero Alex esperaba que no fuera así. Esperaba ardientemente que el instinto de Lewis D'Orsey estuviera equivocado, que Vernon Jax no descubriera nada, y que los rumores adversos contra la Supranational demostrasen ser nada más que rumores.

Aquella noche Alex hizo una de sus visitas periódicas a Celia en el Remedial Center. Ahora temía más que nunca las visitas; siempre se retiraba profundamente impresionado, pero seguía visitándola por un sentimiento de deber. ¿O era porque se sentía culpable? No podía estar seguro.

Como de costumbre fue acompañado por una enfermera hasta el cuarto privado que ocupaba Celia en la institución. Cuando la enfermera se fue, Alex se sentó a hablar en una charla tonta, una especie de monólogo sobre cualquier cosa que se le ocurría, aunque Celia no daba señales de escuchar, y ni siquiera parecía percibir su presencia. En una ocasión había hablado una especie de trabalenguas, para ver si la expresión inmutable de ella cambiaba, pero no había sido así. Después se había sentido avergonzado y no había vuelto a repetirlo.

De todos modos, en aquellas visitas a Celia, había tomado la costumbre de charlar sin ton ni son, apenas atento a lo que decía, mientras la mitad de su mente vagaba por otra parte. Esta noche, entre otras cosas dijo:

– La gente tiene toda clase de problemas hoy en día, Celia; problemas en los que nadie hubiera pensado hace algunos años. Junto con cada cosa que la humanidad descubre o inventa, se presentan docenas de interrogantes y decisiones que nunca debimos tomar antes. Pongamos, por ejemplo, los abrelatas eléctricos. Si se tiene uno… y yo lo tengo en mi apartamento… está el problema de dónde enchufarlo, cuándo usarlo, cómo limpiarlo, qué hacer con él cuando se avería. Son problemas que nadie tendría si no hubiera abrelatas eléctricos y, después de todo, ¿quién los necesita? Hablando de problemas, tengo varios en estos momentos… personales y en el banco. Hoy se ha presentado uno grande. En cierto modo tú estás aquí mejor.

Alex se interrumpió comprendiendo que, si no hablaba un trabalenguas, por lo menos estaba diciendo tonterías. Nadie estaba aquí mejor, en este trágico crepúsculo de semivida.

Sin embargo, a Celia no le quedaba otra cosa; en los últimos meses el hecho se había vuelto aún más patente. El año pasado todavía había rastros de su antigua belleza infantil y frágil. Ahora habían desaparecido. Su pelo rubio, alguna vez tan glorioso, estaba opaco y parecía escaso. Su piel tenía un tono grisáceo; había ronchas en algunos puntos en los que se había rascado.

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